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30 julio 2017 7 30 /07 /julio /2017 23:00
Viñeta: Antonio Rodríguez

Viñeta: Antonio Rodríguez

Hasta que el Trío de las Azores (Bush, Blair y Aznar) aprobó ir a la guerra contra Irak, el 15 de marzo de 2003, España había sido considerada por sus “primos musulmanes” el mediador ideal entre Europa y el Islam. Con la sonrisa de hiena de Aznar abrazando al emperador yanqui, Madrid perdió toda su credibilidad y pasó, a lo bobo, de amigo a enemigo

Javier Cortines

Todos los focos de violencia y de conflicto están generando, últimamente, el desplazamiento de personas a un máximo sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. La guerra, la violencia, el hambre, la falta de horizontes vitales y la persecución están llevando a cientos de miles de personas (millones en todo el planeta) a abandonar sus lugares de residencia, donde han nacido, se han criado y tienen a sus familiares y amigos, buscando otros lugares donde poder asentarse y desarrollar nuevos proyectos de vida dignos. No nos ocuparemos en esta serie de artículos sobre las políticas de fronteras, ya que este asunto tiene entidad y problemática suficiente como para dedicarle una serie de artículos separada (de hecho, ya la tenemos en preparación). Pero por su estrecha relación con los diversos conflictos armados, hemos de hacer siquiera una breve referencia. Según ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, son ya 65,6 millones de personas (era la cifra al término de 2016) las que se encuentran a nivel mundial en situación de desplazamiento forzado. Dicha cifra representa un aumento de 300.000 personas sobre el año anterior. Del global de la cifra anterior, hemos de distinguir tres componentes. En primer lugar, las propias cifras de refugiados, que con 22,5 millones de personas son las más altas de las que se tiene constancia. De éstos, 17,2 millones se encuentran bajo el mandato de ACNUR, y el resto son refugiados palestinos registrados ante la organización hermana UNRWA, especializada en el conflicto palestino-israelí. Las personas que huyen de las guerras son una consecuencia directa y dramática de ellas, como es evidente, y ello a su vez genera múltiples conflictos en otros órdenes. 

 

El conflicto de Siria sigue siendo el que genera más refugiados a nivel mundial (5,5 millones), aunque en 2016 el principal país afectado fue Sudán del Sur, donde la desastrosa ruptura de los esfuerzos por la paz en julio de ese año contribuyó a la salida de casi 740.000 personas hasta finales de diciembre de 2016 (actualmente 1,87 millones). Los desplazamientos forzados de personas son unas de las consecuencias directas de las guerras, los conflictos armados y el terrorismo internacional, desplazamientos que desestructuran y empobrecen los recursos de los lugares de éxodo, abandonándolos al pillaje, al caos y al desorden. Por su parte, los desplazados y refugiados sufren el tener que adaptarse a los ambientes locales y culturales de los países que les ofrezcan acogida, que dicho sea de paso, es un proceso cada vez más penoso y limitado. La globalización neoliberal ha establecido completa libertad para los movimientos de capitales, pero establece enormes restricciones para los movimientos de personas, desde sus visiones excluyentes de la sociedad. Hoy día, por tanto, el racismo, la xenofobia y los programas basados en la "identidad" nacionalista forman parte de los típicos idearios de las formaciones políticas de nuevo cuño que surgen por doquier en los países de la Unión Europea, y de otros lugares del mundo. Se trata de formaciones con evidentes tintes neofascistas, que propugnan la expulsión de los extranjeros, y una serie de absurdas políticas culturales de "identidad". Poseen fanáticas visiones de su civilización y de su cultura, y por tanto, entienden como un "peligro" la llegada de inmigrantes, refugiados o extranjeros en general. Se da una curiosa paradoja: precisamente los países que más contribuyen a los conflictos armados son los que albergan mayor número de fuerzas políticas y sociales racistas y xenófobas. Saquen los lectores y lectoras sus propias conclusiones. 

 

Tenemos también la vertiente del desplazamiento de personas dentro de su propio país, los llamados éxodos locales o interiores, cuyo número llegaba a 40,3 millones de personas al término de 2016. Siria, Irak y el todavía muy considerable desplazamiento de personas en Colombia, fueron los principales lugares para este desplazamiento interno. No obstante, el desplazamiento interno es un problema de ámbito mundial y representa casi dos tercios del desplazamiento forzado total en el mundo. En tercer lugar tenemos el contingente de los solicitantes de asilo, que son personas que han tenido que huir de su país de origen (debido a riesgo o persecución por motivos políticos o ideológicos) y solicitan protección internacional como refugiados. Al concluir el pasado año 2016, el número de personas que habían solicitado asilo en el mundo era de 2,8 millones. Esto agrava el inmenso coste humano de la guerra y la persecución en el mundo: la cifra de 65,6 millones significa que, por término medio, una de cada 113 personas en el mundo se halla en situación de desplazamiento forzado, es decir, una población mayor que la del Reino Unido, que es el 21º país en el mundo por número de habitantes. Fillippo Grandi, Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, ha declarado al respecto: "Desde cualquier punto de vista, esta cifra es inaceptable, y plantea con más fuerza que nunca la necesidad de mayor solidaridad y un propósito común para prevenir y resolver las crisis y para garantizar entre todos que los refugiados, desplazados internos y solicitantes de asilo del mundo reciben protección y atención adecuadas, al tiempo que se buscan soluciones. Tenemos que hacerlo mejor por estas personas. En un mundo en conflicto, lo que se necesita es determinación y valor, no miedo". 

 

Bien, la senda del pacifismo contribuiría bastante a reducir estas cifras, hoy día vergonzosamente engrosadas debido a los diferentes puntos calientes existentes en el planeta. Si los conflictos armados y el terrorismo internacional van disminuyendo, y los poderosos esfuerzos diplomáticos se consolidan, es evidente que este nuevo escenario repercutirá muy positivamente en la generación de las cifras de personas en situación de desplazamiento forzoso. Todo ello además con los innumerables efectos secundarios que genera, y que básicamente obligan a millones de personas a establecerse en países de otra cultura a la original, y a sufrir persecuciones, maltrato, discriminación, a ser víctimas de mafias dedicadas al tráfico de personas, y un largo etcétera. Y si las cifras de desplazados en el mundo remiten, es evidente que ello contribuirá a una situación de mayor calma internacional. Porque una de las principales conclusiones del citado informe de ACNUR es que las cifras de nuevos desplazamientos en particular siguen siendo muy altas. Del total ya referido de 65,6 millones de personas, 10,3 millones se convirtieron en desplazados forzosos durante el pasado año 2016, de las que aproximadamente dos tercios (6,9 millones) habían huido en el interior de su propio país, sin cruzar una frontera internacional. Al mismo tiempo, los retornos de refugiados y desplazados internos a sus lugares de origen, unidos a otras soluciones como el reasentamiento en terceros países, permitieron que, para algunos, 2016 trajera una perspectiva de mejora. Unos 37 países admitieron conjuntamente a cerca de 190.000 refugiados para su asentamiento. Más o menos medio millón de refugiados pudieron retornar a sus respectivos países de origen, y aproximadamente 6,5 millones de desplazados internos lo hicieron a sus zonas de origen, aunque en muchos casos en condiciones que distaban mucho de ser las ideales, y con unas perspectivas inciertas. 

 

En todo el mundo, la mayoría de los refugiados (el 84%) estaban en países de ingresos bajos o medios a finales de 2016, y uno de cada tres (4,9 millones) eran acogidos por los países menos desarrollados. Este enorme desequilibrio refleja varias cosas, entre ellas la persistente falta de consenso internacional en lo relativo a la acogida de refugiados y la proximidad de muchos países pobres a regiones de conflicto. También ilustra la necesidad de que los países y comunidades que apoyan a los refugiados y otras personas desplazadas reciban más recursos y apoyo, cuya ausencia puede generar inestabilidad, tener consecuencias para la labor humanitaria que puede salvar vidas, o dar lugar a desplazamientos secundarios. Por su parte, los menores, niños y niñas, que representan la mitad de los refugiados del mundo, siguen soportando una carga desproporcionada de sufrimiento, principalmente por su extrema vulnerabilidad. Lamentablemente, se recibieron 75.000 solicitudes de asilo de menores que viajaban solos o separados de sus progenitores, aunque la cifra real podría ser incluso superior. Estos niños y niñas son especialmente carne de cañón para las perversas mafias que comercian con ellos/as, y que pueden truncar desgraciadamente sus vidas para siempre. La senda pacifista debe complementarse por tanto con una adecuada política sobre fronteras, y en cuanto a asilo, refugio y reasentamiento de personas, que garantice que en tanto en cuanto estos conflictos no se solucionen y las vías pacíficas no se instalen, disminuyendo el tráfico de personas a nivel mundial, el total de las personas desplazadas forzosas son perfectamente integradas en sus nuevos lugares. Y ello pasa igualmente por fomentar políticas de integración multicultural y de cohesión social, desterrando las visiones excluyentes, discriminatorias o xenófobas. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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