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24 agosto 2017 4 24 /08 /agosto /2017 23:00
Arquitectura de la Desigualdad (52)

De esta crisis nadie saldrá como antes. Lo que nos espera es, o bien un horizonte feudal con un aumento brutal de las desigualdades, una concentración sin precedentes de las riquezas, nuevas formas de precariedad para la mayoría de la ciudadanía; o, por otro lado, una revolución democrática, en la que participan miles de personas para cambiar el final de la película

Ada Colau

Porque en efecto, para revertir la desigualdad, hay que desmontar muchos privilegios, privilegios (de unos pocos) que niegan derechos (de muchos). Hay que desmontar estrategias fiscales (mediante las cuales los ricos llevan a cabo toda una ingeniería fiscal para tributar menos), hay que desmontar paraísos fiscales (nos ocuparemos de ellos ampliamente en su correspondiente bloque temático), hay que desmontar el mecanismo de la deuda pública de los países, hay que desmontar la tremenda hegemonía empresarial y la brutalidad desregulada de los mercados de trabajo, y también hay que desmontar las indecentes normas  que regulan el comercio internacional (las estamos contando también en nuestra serie de artículos dedicados a la lucha contra los tratados de libre comercio). Los aparatos estatales son claros aliados y cómplices de los súper ricos, y compiten entre ellos para atraerlos, cediendo incluso la propia soberanía. Hay que denunciar y desmontar todos estos intereses aliados, si pretendemos demoler toda esta arquitectura social consagrada a la desigualdad. Los continuos informes de Oxfam Intermón lo dejan muy claro al respecto: "Este tipo de lobby político proactivo por parte de los súper ricos y sus representantes es causa directa del incremento de la desigualdad, ya que contribuye a reforzar un círculo vicioso que se retroalimenta, y en el que los grandes ganadores obtienen aún mayores rentabilidades y privilegios que a su vez les permiten obtener cada vez más beneficios". La diferencia entre las clases sociales se incrementa notoriamente, los límites se vuelven obscenos e indecentes.

 

Y lo peor de todo es que el pensamiento dominante llega a legitimar con tal rotundidad estas aberrantes situaciones, que incluso una gran parte de las clases populares y más vulnerables entienden como algo lógico que esto sea así. Sólo hay que presenciar la cantidad de aficionados que se dan cita a las puertas de los tribunales donde se va a juzgar por delitos fiscales a los grandes astros del fútbol, y escuchar los gritos de apoyo a sus ídolos, a los cuales les importa poco que dicho as del deporte rey haya defraudado varios millones de euros al erario público. Evidentemente, a los que se concentran allí poco les importa que un señor que da patadas a un balón pueda ganar en un mes lo que ellos no ganarían ni en varias vidas que vivieran. Incluso las directivas de sus respectivos clubs emiten comunicados oficiales "de apoyo" a sus delincuentes jugadores, demostrando que bien poco les interesa el hecho de que hayan defraudado o no a la hacienda pública, sino los beneficios que les procuran, y la pasión que levantan en sus aficiones. Si organizamos mañana una manifestación popular contra la desigualdad seguro que tendremos menos asistencia que la que concurre a las plazas públicas cuando su equipo preferido gana la liga. Así de triste. Es una clara muestra de la alienación masiva que sufre nuestra sociedad, y una prueba evidente del poder del pensamiento dominante, que legitima y justifica estas aberrantes desigualdades. El pensamiento económico (incluso el que se enseña en facultades y escuelas de negocios) admite sin fisuras (y la población lo asume masivamente) falacias como que el mercado nunca se equivoca, que hay que minimizar el papel de los Gobiernos, que las empresas tienen que maximizar sus beneficios a toda costa, que la riqueza individual extrema no es perjudicial sino síntoma de éxito, que la desigualdad no es relevante, que el crecimiento del PIB debe ser el principal objetivo de la política económica, o que los recursos de la naturaleza y de nuestro planeta son ilimitados. 

 

Mientras la mayoría social piense de esta forma, no sólo es que la desigualdad va a seguir aumentando, sino que está proyectándose y conformándose de manera inequívoca el colapso social y económico, incluso en última instancia, civilizatorio. Por tanto, lo que debemos hacer es desterrar profundamente estas premisas, y debemos hacerlo rápido. Son presupuestos equivocados, injustos, antisociales, retrógrados, incorrectos, reaccionarios, y no han servido para alcanzar la prosperidad ni la estabilidad de las sociedades, sino que, por el contrario, nos están arrastrando al abismo. Necesitamos urgentemente una alternativa a este demencial modelo económico, es hora de construir una economía más humana. Hoy día, el modelo económico no es que sea capitalista, sino que ha derivado hacia un capitalismo depredador, rentista, parasitario, especulador y cortoplacista. Los intereses de los inversores se han convertido en un elemento determinante de las decisiones empresariales. La práctica de retribuir a los directivos con acciones como parte de su paquete de remuneraciones vincula directamente la toma de decisiones empresariales con los beneficios a corto plazo, y hace que los directivos actúen a favor de los intereses de los accionistas (es decir, de ellos mismos) en lugar de dar prioridad a la actividad productiva, a las ventas y a los intereses a más largo plazo. Se deja de invertir en innovación, en puestos de trabajo cualificados, todo lo cual socava los planes de sostenibilidad, tanto para las propias empresas como para sus empleados, los consumidores y el medio ambiente. Típicamente, estas empresas que se rigen por el principio del beneficio rápido no están generando un crecimiento inclusivo, pues la mayoría de dichos beneficios se quedan en sus propios directivos y sus grandes accionistas e inversores. 

 

Este capitalismo también se caracteriza por ser clientelar, ya que desde 1990 se ha producido un enorme incremento de la riqueza de los milmillonarios derivada de su actividad e inversión en sectores económicos que requieren una relación muy estrecha con los Gobiernos, como es el caso de la construcción y la minería. Ello determina importantes focos y prácticas de corrupción ligados a estas actividades, gracias a los cuales también aumenta inusitadamente la riqueza de estos agentes económicos, en detrimento del volumen de las arcas públicas. A este sector del capitalismo clientelar también se apuntaron empresas farmacéuticas, de las telecomunicaciones, de la energía, del sector financiero, de la sanidad, etc. Los análisis de Oxfam revelan que el 43% del patrimonio de las grandes fortunas del mundo procede o está vinculado a estas relaciones clientelares. Las grandes empresas son veneradas por los Gobiernos, y de hecho, el capitalismo neoliberal se viene esforzando durante estas últimas décadas en privatizar total o parcialmente las grandes empresas públicas (y rentables) de todos los países, con objeto de consolidar una estrategia de desposesión social, en favor del gran capital. Su mejor propaganda es que ellas contribuyen (por su tamaño, nivel de exportaciones, etc.) a incrementar el PIB, que como sabemos, es el indicador macroeconómico por excelencia. Ya hemos explicado en entregas anteriores básicamente en qué consiste este indicador: el Producto Interior Bruto fue creado por Simon Kuznets en 1937, sumando la totalidad de la producción acumulada de personas, empresas y Gobiernos, es decir, intentando representar la totalidad de la riqueza de un país. Y así, el PIB se convirtió poco a poco en una herramienta estándar para dimensionar la economía, así como en un indicador comparativo de primer nivel entre los diferentes países. El PIB también se extrapoló al ámbito continental e incluso al mundial, para que dichas comparaciones pudieran ofrecer otros puntos de vista. 

 

Es evidente que el PIB se ha convertido, gracias a la propaganda neoliberal y al pensamiento económico dominante, en un indicador poderoso para medir la calidad de vida y muchos resultados relativos al desarrollo humano, pero esto no es realmente cierto, y además, su uso se ha extendido más allá de la utilidad para la que fue concebido inicialmente. El PIB es un indicador sesgado, limitado y poco flexible, que únicamente se centra en contabilizar el volumen de producción de un país, sin pararse a distinguir de dónde proviene esa riqueza, ni cómo se redistribuye. Actualmente, la mayor parte de los políticos, economistas y medios de comunicación lo utilizan de forma "maximalista" como el gran indicador para medir el desempeño de una nación (y por lo tanto de sus líderes). Y así, se habla de que "creceremos más que el año anterior", "somos el país que más crece", o de las "previsiones de crecimiento" de tal o cual institución, gobierno u organismo. En política internacional, el poder e influencia de un país también se definen invariablemente en función del tamaño de su PIB. En abril de 2016, hasta una publicación tan conservadora como The Economist afirmó que el PIB "es un indicador de prosperidad profundamente deficiente, y sigue empeorando con el tiempo". El PIB per cápita (el PIB intrapolado a cada habitante) no tiene en cuenta la desigualdad, al tratarse de una simple media aritmética, y de hecho, como hemos referido en entregas anteriores, la mayor parte de los beneficios de este "crecimiento" ha ido a manos de los más ricos, es decir, ha provocado un crecimiento no inclusivo. El PIB no tiene en cuenta los trabajos no remunerados (como por ejemplo los trabajos de cuidados), realizado típicamente por mujeres, y que constituyen un enorme apoyo para la economía de un país. Incluso con cálculos conservadores, se estima que el tiempo que las mujeres dedican a llevar a cabo el trabajo de cuidados no remunerado tiene un valor aproximado de 10 billones de dólares anuales. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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