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7 septiembre 2017 4 07 /09 /septiembre /2017 23:00
Viñeta: Iñaki y Frenchy

Viñeta: Iñaki y Frenchy

El planeta está enfermo de desigualdad

Joan Benach y Carles Muntaner

A estas alturas de la serie de artículos ya deben tener claro todos nuestros lectores y lectoras que la actual arquitectura de la desigualdad genera y dispara todo un sistema de violencia estructural. Es decir, es el propio diseño de nuestro sistema económico, político y social el que proyecta las desigualdades en la población, y son estas desigualdades las que a su vez proyectan el resto de conflictos que afectan a prácticamente todas las facetas de nuestra vida. La violencia que genera la desigualdad se plasma, como ya hemos mencionado en entregas anteriores, en casos de estress, infelicidad, enfermedades mentales, sentimiento de fracaso social, consumo de drogas, disminución de la esperanza de vida, aumento de la tasa de suicidios, disminución del rendimiento académico, comisión de delitos, y un largo etcétera que las estadísticas sociales por países y poblaciones nos confirman. La desigualdad está en la base de la incidencia de todos estos factores, y ha sido profundamente estudiado y demostrado, desde múltiples ámbitos, que la reducción de las desigualdades afecta positivamente en la mejora de todos ellos. Y abundando en esto, hay que recordar que los valores sociales propugnados por el neoliberalismo imperante, tales como la competitividad, el egoísmo, el individualismo, además de legitimar públicamente las desigualdades, cumplen también una misión de acrecentarlas. Debido al profundo arraigo de estos valores, las sociedades van creando una especie de guetos sociales, a modo de marcas de distinción, que tienen que ver con la apariencia, los hábitos, las formas de comunicarse, los lugares a los que se asiste, los objetos que se consumen, el nivel de vida que se alcanza, y demás. 

 

La arquitectura de la desigualdad cala entonces hasta en lo más profundo de las estructuras sociales, en sus más íntimos comportamientos, tendiendo a anular la cohesión social, como fruto de todo ello. Todas estas acciones implican una cierta violencia simbólica para los estatus inferiores, pues el objetivo es delimitar su espacio de élite, su posición de privilegio, frente a las clases más desfavorecidas. Ello se traslada a la educación, a los puestos de trabajo, y todo a su vez se proyecta intra e intergeneracionalmente, consagrando las distancias sociales. Por último, los prejuicios y la discriminación se usan para impedir el ascenso social dentro de una misma población, siendo a su vez caldo de cultivo para los microfascismos sociales, donde entrarían todas aquéllas conductas que profesan cierto tipo de odio al diferente (racismo, xenofobia en sus diversos tipos, etc.). A medida que las sociedades reducen sus desigualdades, y por tanto resultan más cohesionadas, todas estas conductas van desapareciendo. Y es que las grandes diferencias materiales acentúan las pequeñas diferencias que existen entre los estatus. En las sociedades desiguales estas distinciones se acentúan, abriendo mucho más la brecha entre clases sociales. Como consecuencia del predominio de este tipo de exclusión, los niveles sociales medios o pobres actúan, en cadena, del mismo modo, discriminando a quienes están en niveles inferiores. A estas acciones se les conoce en Psicología Social como "agresión desplazada". Los costes de la desigualdad son, pues, como estamos comprobando, enormes, y en todos los órdenes de la vida social. Las desigualdades generan discriminación social, violencia cultural de las clases altas, marginalización geográfica de los sectores de población más vulnerable, violencia estructural, desconfianza, ansiedad, problemas de salud física y mental, soledad, adicciones a determinadas sustancias, reducción de la esperanza de vida, disminución del rendimiento, acoso escolar, limitación de oportunidades, y exclusiones en el sistema educativo, entre otras muchas manifestaciones. 

 

El crecimiento de las desigualdades conduce inexorablemente a sociedades disfuncionales, patológicas, ya que además todos los factores enumerados se influencian unos a otros, es decir, no pueden considerarse únicamente de forma aislada, sino conjuntamente. Los estudios e informes de múltiples investigadores y organismos revelan que en los países con menor desigualdad los resultados estadísticos de todos los aspectos anteriormente mencionados son más favorables. Por el contrario, en los países con mayor desigualdad, los índices relativos a los problemas descritos aumentan considerablemente. En el fondo, el nivel de desigualdad determina la calidad de vida de una sociedad. Los autores Richard Wilkinson y Kate Pickett, en su estudio "Desigualdad: Un análisis de la infelicidad colectiva", en el que nos estamos basando para estos datos, afirman rotundamente: "En una sociedad desigual sus habitantes tienen 5 veces más probabilidades de ir a prisión, 6 veces más de sufrir obesidad, 5 veces más de padecer enfermedades mentales, y 6 veces más de verse en una situación de homicidio (...). La conclusión es simple: las sociedades igualitarias viven mejor". Frente a la armonía deseada de una sociedad igualitaria, la desigualdad promueve distinciones de acuerdo a los estatus, genera competencia individual, odios, rencillas, envidias, rencores, codicia, desconfianza en los demás, prejuicios, temores, marginación, violencia, estress, menos salud y menos calidad de vida. Podemos comprobar entonces hasta qué punto es cierta nuestra cita de entradilla: "El planeta está enfermo de desigualdad". Hemos olvidado las características propias de los individuos como seres sociales, que nos demuestran que somos una especie que disfruta con la amistad, la cooperación y la confianza. Por tanto, es lógico concluir que la desigualdad y la exclusión causan dolorosos daños no sólo individuales, sino sociales. Al comprender esto, se puede comprender por qué las sociedades más desiguales son tan disfuncionales. 

 

Pero desgraciadamente, el neoliberalismo se ha encargado de erradicar de nuestras mentes y de nuestros comportamientos esta visión social absolutamente necesaria, imprescindible para nuestra salud social. Fue la famosa "Dama de Hierro", la Premier Británica Margaret Thatcher, la que enunció sin despeinarse que "La sociedad no existe. Sólo existen sus individuos", anulando los valores grupales y de colectividad, de bien común y de propiedad participada que habían caracterizado muchas sociedades del pasado. Pero existe incluso una explicación científica para nuestra vertiente social: nuestra constitución cerebral ha evolucionado mucho con el paso del tiempo hasta lo que ahora somos, debido sobre todo a un desarrollo de ciertas partes específicas del cerebro humano, como el neocórtex, que actualmente ocupa la mayor cantidad de nuestro cerebro, representando la parte más nueva dentro de nuestra línea evolutiva. Es una zona característica de los humanos, que el resto de las especies animales no tienen tan desarrollada. El neocórtex aloja (entre otras funciones) las conexiones que se vinculan con los aspectos de la sociabilidad humana, tales como el control de los impulsos, la comprensión de las reglas y la reflexividad sobre los actos y las emociones. Esta evolución neurológica fue posibilitada por la propia interacción social, que también fue evolucionando, y se ha demostrado que cuanto más sociables son las especies, más grande es esta parte de su cerebro. En definitiva: los valores del neoliberalismo que tienden hacia la anulación de la sociabilidad de las personas (fomentando la competencia, el egoísmo y el individualismo) están en contra de las evidencias científicas, ya que la idea de la competencia en solitario no es compatible con el camino de la evolución humana.

 

Incluso el cuerpo humano experimenta placer en el momento de compartir. Neurológicamente se segrega la hormona oxitocina, la cual es la responsable de generar una serie de sensaciones corporales de vinculación, muy conocida en los lazos afectivos maternales durante la lactancia. Mientras que lo opuesto, el rechazo, produce dolor emocional, que a nivel neurológico activa los centros del dolor físico. Por tanto, la arquitectura de la desigualdad está en contra de nuestra propia vertiente social como especie humana. No pensar en cambiar esta arquitectura, o creer que no puede ni debe ser alterada, supone por tanto renunciar a la humanidad misma, a su felicidad, y a la posibilidad de confiar en su evolución y sus destrezas sociales. Estas condiciones cognitivas le han permitido de hecho a la humanidad sobrevivir a condiciones de extinción. Es evidente que las sociedades igualitarias son más avanzadas, justas y solidarias que aquéllas que cultivan la desigualdad. A medida que reducimos las desigualdades fabricamos sociedades más humanas. Debemos por tanto retomar los valores colectivos, si queremos de verdad marcarnos metas de reducción de las desigualdades. Debemos aspirar no sólo (lo hemos indicado en entregas anteriores) a la erradicación de la pobreza, sino a la paulatina reducción de las desigualdades, lo cual será síntoma de sociedades sanas, estables, pacíficas y avanzadas. La igualdad en todos los ámbitos es el más firme pilar sobre el que han de construirse las sociedades más prósperas y evolucionadas, más justas y más humanas. Wilkinson y Pickett concluyen afirmando: "Hay que trabajar mucho en la conciencia y en los compromisos sociales, políticos y éticos, apoyando con participaciones decisivas y demandando formas concretas de trabajo político y económico de forma sostenible". Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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