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30 agosto 2017 3 30 /08 /agosto /2017 23:00
Contra los Tratados de Libre Comercio (47)

Hoy, los grandes TLC mega-regionales impulsados tanto por EEUU como la UE y China (TPP, TTIP, CETA, TISA y RCEP) implican un avance en los derechos y privilegios de las grandes corporaciones transnacionales, pretendiendo la apertura y privatización en todos los sectores económicos que aún se encuentran regulados. Avanzan también en la protección de los inversores y del capital extranjero, garantizando su capacidad para demandar a los Estados ante tribunales de arbitraje internacional ante cualquier política que consideren afecta sus ganancias esperadas. Lo que pone de manifiesto que el “libre comercio” no es más que una máscara que oculta los intereses de las corporaciones, que pretenden garantizarse mayores ganancias a costa de los derechos sociales, laborales y medioambientales de nuestros pueblos

CADTM

Los Organismos e instituciones que controlan el comercio internacional están gestionadas por personas, personas que se apoyan en una serie de ideas, conceptos y creencias que ellos presentan como hipótesis científicas, pero que no lo son porque no han sido establecidas con métodos empíricos, ni están contrastadas por la experiencia y la historia (de algunas de ellas más bien se constata lo contrario de lo que proclaman). Por ejemplo, defienden de forma entusiasta y convencida que el sector privado funciona mejor que el sector público, ya que (según ellos) los funcionarios ahogan cualquier iniciativa y despilfarran el dinero público. Creen que se debe librar al pueblo y a la industria de las cargas del Estado, un Estado que pretenden llevar a su mínima expresión, a un Estado residual, que sea lo menos intervencionista posible. De ahí que los TLC incluyan típicamente entre sus cláusulas alguna variante de los ISDS (mecanismos de arbitraje privado internacional), mediante los cuales las grandes empresas transnacionales puedan "defenderse" de la acción de los Estados y de sus gobernantes (confesando un absoluto desprecio a la democracia), cuando éstos deciden alguna medida que pueda ir en contra de los intereses de estos grandes actores económicos. Creen también que los niveles de vida aumentan con el libre comercio, ya que sostienen que, a pesar de los desequilibrios y las desigualdades que genera el libre mercado, al final todos saldrán beneficiados. Piensan también que el libre comercio da a los consumidores más posibilidades de elección y una mayor información, lo que les permite tomar decisiones más acertadas. 

 

Piensan también los líderes de estos organismos internacionales que el libre comercio fomenta el uso más eficaz de los recursos naturales, de las personas y del capital. Esto es un completo absurdo que se puede demostrar experimentalmente y de forma constante, ya que el efecto que los TLC han tenido sobre los países firmantes de los mismos siempre ha sido libertad y protección para el capital, a la vez que desprecio y desprotección para las personas y para el medio ambiente. La guerra voraz por el control sobre los recursos naturales la gana siempre, evidentemente, quien más tamaño y poder posea, y en esta cruenta guerra, es el propio medio ambiente y el planeta los que siempre salen perdiendo, mientras el gran capital termina beneficiándose de forma obscena y desaforada. Los países y territorios que poseen grandes reservas de recursos naturales son literalmente invadidos por las grandes empresas transnacionales, que los saquean y expolian de forma cruel y despiadada, y acaban con toda resistencia que puedan ofrecer las poblaciones locales, los grupos indígenas y los activistas por el medio ambiente. Desde hace años se cuentan por decenas los líderes sociales y activistas que han sido asesinados por ejercer un gran liderazgo e influencia en la defensa de los territorios y de sus recursos naturales. Quizá en este caso es donde se vea más claramente la certera afirmación de que "El capitalismo mata". Los defensores del libre comercio concluyen, a tenor de todas las falacias que hemos relatado, que cualquier medida proteccionista que se adopte por parte de cualquier país o asociación de los mismos (aranceles, cuotas, especificaciones técnicas, normativas, etc.) sólo sirve para reducir la riqueza mundial como resultado de producir unos bienes y servicios más caros, al dejar que funcionen industrias sin capacidad de competir, que tendrán que sobornar a los funcionarios para seguir recibiendo la protección. 

 

Estos defensores de los TLC se oponen a cualquier "obstáculo" o "barrera" proteccionista, pero a lo que se oponen en el fondo es a cualquier impedimento que una sociedad democrática pueda interponer en el camino hacia la multiplicación exponencial de sus beneficios. Y de entre todos los organismos defensores a ultranza de estas ideas, destaca la Organización Mundial del Comercio (OMC). La OMC es de hecho la gran impulsora de la liberalización del comercio internacional. Sus orígenes se remontan al final de la Segunda Guerra Mundial. Concretamente, en la Cumbre de Bretton Woods de 1944 se decidió crear dos organismos internacionales que preservaran el orden en los terrenos monetario y financiero: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Y respecto al comercio internacional, también se había previsto la creación de algún organismo que permitiera la negociación de acuerdos comerciales y mecanismos que garantizaran su cumplimiento. La idea fundamental era tratar de prevenir la ola de medidas proteccionistas unilaterales que los distintos gobiernos aplicaron durante los años 30 como medida de reactivación económica, y que contribuyeron a que determinados países trataran de conquistar determinados mercados por la fuerza (lo que supuso la causa inmediata para la Segunda Guerra Mundial). Se había pensado en principio en fundar un organismo multilateral para este fin: la Organización Internacional del Comercio (OIC). Sin embargo, no llegó nunca a crearse, principalmente por el boicot ejercido por los Estados Unidos, que participaron de las negociaciones, pero que al momento de quedarse obligado jurídicamente, no ratificó los tratados (¿nos suena de algo esta historia?). Los estatutos originales de la OIC preveían ciertos estándares laborales, mecanismos de compensación y de condiciones de producción que se contraponían a determinados intereses económicos de los Estados Unidos (¿nos sigue sonando esta historia?). 

 

Por eso, cuando los tratados internacionales que formaban la OIC fueron llevados al Congreso estadounidense, recibieron las quejas de los fuertes lobbies locales que presionaron para que fuese finalmente rechazada la propuesta. Este rechazo fue fundamental para que el proyecto de la OIC muriera sin llegar a ver la luz. No obstante, algunos capítulos de los tratados previos fueron aprobados, y se utilizaron como referencia hasta 1994, marcando las reglas del comercio internacional identificado estrictamente como el intercambio de productos manufacturados y las cuestiones arancelarias. Quedaban fuera de su esfera todo lo que tenía que ver con productos agrícolas, el comercio de servicios, y otros temas que hoy día sí están incluidos dentro de las típicas negociaciones de los TLC, y que marcan un punto diferencial, para nada menor, entre los actuales marcos jurídico-institucionales de los TLC y las normas anteriores. Durante varias décadas se fueron perfilando acuerdos de liberalización comercial, reducción de tarifas, propiedad intelectual y otros aspectos, todas ellas cuestiones de gran interés para los grandes países industrializados, pero que poco aportaban al desarrollo de los demás. Las nuevas coyunturas mundiales propiciadas a finales de los años 80 y primeros de los 90 (caída del muro de Berlín, implosión de la antigua URSS, etc.), más la imparable expansión del neoliberalismo impulsado por los gobiernos norteamericano y británico propiciaron de nuevo la ocasión perfecta para volver a retomar la idea del gran organismo internacional que velara por el comercio internacional, creándose finalmente la OMC en 1994. A partir de su fundación se incluyeron nuevos temas en las negociaciones comerciales comúnmente no tratados dentro de la agenda del comercio internacional, y se extenderían los TLC bilaterales y multilaterales por todo el mundo. La OMC tiene su sede en Ginebra (Suiza), y actualmente cuenta con 153 países miembro, y unos 30 en calidad de observadores, si bien los países de la Unión Europea negocian con una sola voz. 

 

La OMC, lógicamente, fue fundada bajo el marco ideológico del neoliberalismo imperante, y sus dogmas y principios se proyectan a cada uno de los acuerdos y negociaciones que se suceden bajo su amparo. Sus máximas son el acceso libre a los mercados, la facilitación al comercio, y el fomento de los flujos comerciales. Las reglas de la OMC impiden subsidiar la producción nacional, restringir la importación de productos, o dar un trato legal diferente a los productos vernáculos que a los foráneos  (todo ello se considera competencia desleal). La OMC también es ferviente defensora de los principios de "seguridad jurídica", que se traducen en una protección para los inversionistas, sin importar que ello signifique no otorgar el mismo nivel de "seguridad jurídica" para los derechos y estándares sociales instalados y reconocidos localmente. Detrás de todos estos principios y marcos de actuación se esconde un ataque a todo lo público y estatal, así como una visión condescendiente hacia los principales motores del libre comercio, que son las corporaciones transnacionales. La OMC también funciona bajo el principio de la liberalización progresiva, que implica el constante avance dentro de las negociaciones, no permitiendo nunca una marcha atrás en las mismas. Y con el fin de garantizar plenamente el cumplimiento de sus acuerdos, la OMC ha diseñado toda una serie de mecanismos vinculantes para las partes, y una vez que un país ingresa en este organismo, los acuerdos adoptados en su seno se convierten en vinculantes para todos (salvo los acuerdos multilaterales adoptados por un grupo de países). La OMC impone los acuerdos a sus países miembro, e incluso aquéllos acuerdos que puedan revelarse como desfavorables con el tiempo, no pueden rectificarse posteriormente, incluso si el pueblo soberano no ratifica el acuerdo y cambia al gobierno firmante. El desprecio a la democracia es pues absoluto, pues la OMC constituye el sostén fundamental donde se apoyan las teorías liberalizadoras del comercio, y el apoyo sin reservas a los grandes agentes económicos. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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