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22 agosto 2017 2 22 /08 /agosto /2017 23:00
Hacia la superación del franquismo (37)

Si se convocara un minuto de silencio por las víctimas del franquismo, estaríamos en silencio 79 días, 6 horas y 6 minutos

Víctor Arrogante

La Transición fue, por tanto, una orquestada operación que para nada respondió al estereotipo que ha sido divulgada de ella. Floren Dimas, del Colectivo de Militares ANEMOI, ha descrito en este artículo dicha etapa en los siguientes términos: "Domesticado el más beligerante y concienciado partido antifranquista, el PCE, y sometida la docilidad política de un PSOE antimarxista y pro-capitalista --desaparecido por cierto en una lucha clandestina de cuarenta años--, refundada la derecha en el nuevo partido de la UCD, fue posible entonces pergeñar una salida airosa al inmenso aparato político-económico-religioso-institucional franquista, sin pedirles explicaciones por las autorías y complicidades inherentes a la responsabilidad de haberse sublevado contra el gobierno legal y legítimo de la II República, haber desencadenado una guerra civil, y haber instaurado en España una cruel dictadura fascista durante más de cuarenta años. Un régimen responsable de cientos de miles de crímenes, saldado con la más absoluta de las impunidades". Impunidad que aún continúa en nuestros días, y la razón es bien sencilla: si comenzamos a tirar del hilo, llegamos a la evidente conclusión de que el propio régimen, la propia Monarquía, fue una imposición del dictador, y por tanto, un régimen ilegítimo que hay que desmontar, o al menos, consultar al pueblo a tal efecto. Por tanto, rompamos también con el mantra de que la Transición fue obra de unos cuantos ilustrados de la época con altos valores democráticos que tuvieron la capacidad de negociación, consenso y acuerdo para establecer las bases de un nuevo marco de convivencia democrática. Nada más lejos de la realidad. 

 

Porque lo cierto es que el ocaso del franquismo, por más que historiadores de la línea oficialista y políticos del régimen insistan en que fue gracias al papel de mediación de una serie de políticos "excepcionales", de alta gama, que supieron anteponer los intereses del país a los suyos propios, y a su capacidad de saber transigir, negociar y acordar, de ceder posiciones, lo cierto es que los verdaderos demócratas fueron los que se jugaron la vida en las calles: estudiantes en las Universidades, obreros en las fábricas, manifestaciones populares masivas, etc. Según Alfredo Grimaldos ("Claves de la Transición 1973-1986", 2013, Ed. Península, pag. 5): "Más de cien militantes de izquierda fueron asesinados, entre 1976 y 1980, en manifestaciones y atentados. Por la policía, la Guardia Civil y la extrema derecha instrumentalizada desde el poder". No obstante, pese a la tenaz lucha de los verdaderos demócratas en la calle contra el franquismo, sería erróneo no darse cuenta del exitoso proceso para las élites franquistas que fue tanto el control de una oposición democrática rupturista devenida en simplemente reformista, como el travestismo político de miembros del aparato franquista reconvertidos urgentemente en "demócratas de toda la vida", lo que le dio un peso gigantesco a éstos últimos en la configuración política del nuevo régimen (el de la Constitución de 1978) creado. Grimaldos cita también en su obra las palabras de José  Luis Mendizábal ("De Franco a Juan Carlos I", Ed. Revolución, 1979), cuando afirma: "Durante la Transición, las nuevas instituciones que van surgiendo coexisten con organismos engendrados por el franquismo. Y los personajes que han hecho carrera en éstos se trasvasan con toda naturalidad a los primeros. La alta burocracia, los jueces, la policía y los mandos militares permanecen en sus puestos. Y con ellos, una gran cantidad de hábitos antidemocráticos y mecanismos represivos". 

 

Y lógicamente, tuvieron que esparcir un barniz lo suficientemente fuerte como para simular que habían hecho limpieza de la dictadura (sin hacerla), y esa fue la Constitución de 1978, una nueva Carta Magna que venía a sustituir a la Constitución Republicana de 1931, pero que como vamos a ir viendo a continuación, difieren mucho en su filosofía y en sus contenidos. La Carta Magna republicana de 1931 era una Constitución abierta, moderna, laica, pacifista y soberanista, solidaria e internacionalista, entre otras características. Frente a ella, nuestro actual marco constitucional es más cerrado, limitado, confesional, capitalista, monárquico y consagrado a los poderes fácticos, determinando una democracia de baja intensidad que llega hasta nuestros días, puesto que ningún Gobierno del bipartidismo ha tenido la voluntad política de ir adaptándola con el paso de los años, más allá de pequeñas modificaciones cosméticas o exigidas por nuestra pertenencia al contexto europeo. Nos vamos a basar a continuación en este artículo de Alejandro Torrús para el medio Publico, que realiza un pequeño estudio comparativo entre ambas Constituciones, a partir del libro "Modelos de democracia en España: 1931 y 1978", de Rafael Escudero Alday. Es un ejercicio absolutamente imprescindible llevar a cabo esta comparación, para que se vean claramente las diferencias entre ambas, y de este modo podamos comprender las limitaciones que el régimen del 78 nos impone. A su vez, esto es determinante para comprender algunos de los problemas fundamentales que arrastra nuestra democracia, y rescatar de la herencia republicana (abruptamente aniquilada por el franquismo) las soluciones y visiones aportadas. Pues bien, el primer gran punto que Torrús destaca en su artículo es el enfrentamiento entre una democracia participativa (CE 1931) frente a una democracia de baja intensidad (CE 1978). Ello es importante porque la participación ciudadana en la toma de decisiones que afectan a la colectividad denota la calidad de todo sistema democrático, y afecta al grado de compromiso que los ciudadanos adquieren con él. 

 

En este sentido, Escudero Alday afirma que "De la mayor o menor distancia entre la ciudadanía y los núcleos de poder, del fomento o no de herramientas democráticas que vayan más allá de elegir a sus representantes políticos cada cierto tiempo, dependerá una mayor implicación e identificación de las personas con el sistema; una mayor cultura democrática, en definitiva". Es precisamente en este punto, señala Escudero, donde mejor se puede apreciar el diferente modelo de sociedad política hacia el que conduce cada una de las Constituciones. Mientras que la CE 1931 parecía buscar una ciudadanía participativa y comprometida con la gestión de la "res pública", el texto de 1978 prefiere limitar la participación ciudadana a la elección periódica de nuestros gobernantes. El texto constitucional republicano buscó consolidar los mecanismos a través de los cuales el conjunto de la ciudadanía pudiera ejercer su soberanía directamente. Escudero Alday señala dos mecanismos, ambos incluidos en su artículo 66: el referéndum sobre leyes votadas en las Cortes y la iniciativa legislativa popular, sin olvidar la extensión de la participación ciudadana a otros ámbitos como la constitucionalización de la libertad sindical, o el jurado popular. La CE 1978, por su parte, no establece la figura del referéndum legislativo que sí contemplaba el texto de 1931. El régimen de 1978 consagra únicamente la figura del referéndum vinculante (como obligatoriedad de consultar a la ciudadanía) en los casos de reforma del núcleo duro de la Carta Magna, así como para la aprobación y reforma de algunos Estatutos de Autonomía de ciertas Comunidades. Ello fue debido al dominio que durante la Transición aún continuaban ejerciendo las fuerzas conservadoras herederas del franquismo. La CE 1978 ofrece, de este modo, muy poco espacio a la democracia directa. 

 

La plena superación del franquismo ha de volver a traernos, y además de forma progresivamente ampliada, todo el reconocimiento y la instalación de las formas y mecanismos que la auténtica democracia pone a disposición de los pueblos para poder dirigir su destino, y tomar sus decisiones de forma colectiva. Nosotros lo hemos desarrollado a fondo en este artículo, que recomiendo a mis lectores y lectoras. Y así, la Tercera República debe conducirnos a avances en la democracia representativa (mejorando aspectos como la Ley Electoral para que el reparto de escaños sea más proporcional), en la democracia participativa (aumentando y definiendo nuevos cauces democráticos de participación ciudadana en la toma real de las decisiones políticas que nos afecten), en la democracia decisoria (ampliación de la figura del referéndum vinculante para dar más fuerza a esta herramienta de soberanía popular), en la democracia revocatoria (mediante la definición de mecanismos populares para poder destituir de sus respectivos cargos políticos e institucionales, electos o designados, ante situaciones de clara ilegitimidad, como es el caso de incumplimiento del programa electoral), e incluso en la democracia económica (definiendo mecanismos de participación de los/as trabajadores/as en los foros y ámbitos de decisión de las empresas, tanto públicas como privadas). Aspiramos por tanto a superar el tímido contexto democrático que la CE 1978 definió, y que claramente nos ha conducido a la democracia tutelada y de baja intensidad que padecemos. El Movimiento del 15-M ya denunció en sus manifestaciones los tremendos déficits democráticos de nuestra sociedad, y la preponderancia en las decisiones políticas de los poderes económicos. La Constitución de 1978 involucionó por tanto democráticamente, y la superación del franquismo ha de conseguir un mayor contexto democrático, incluso superando el contexto establecido en la Constitución republicana de 1931. Continuaremos con este análisis comparativo en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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