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12 septiembre 2017 2 12 /09 /septiembre /2017 23:00
Fuente Viñeta: https://gaceta.es

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El Estado Español está enfermo de franquismo. Ni siquiera se ha condenado formalmente el golpe militar ni la dictadura. No podemos sacudirnos el lastre de la cultura franquista, entre otras razones, porque los franquistas siguen dentro del Estado. Impregnan todo. Y el Partido Popular se niega a rechazar la dictadura. Ni siquiera se condenan los actos de exaltación del franquismo

Gerardo Iglesias (Fundador de IU)

La Transición nos trajo también, como sabemos, la Constitución de 1978, que ya hemos comparado con su antecesora republicana de 1931 en entregas anteriores de esta serie, y hemos visto los lastres, insuficiencias y limitaciones que contiene. De la Constitución de 1978 deriva el régimen político actual, sus bases y sus propias reglas de funcionamiento. Pero más allá de cuestionar dichas bases, la pregunta podría ser: ¿Tiene sentido que las generaciones actuales sigan siendo gobernadas y administradas bajo el contexto de una Carta Magna que tiene más de 40 años? Los que en 1978 teníamos menos de 18 años ni siquiera pudimos votarla ni refrendarla, pero los dirigentes políticos actuales pertenecientes a los partidos surgidos de aquél régimen nos siguen hablando de la Constitución como si de un texto sagrado e intocable se tratara. Nosotros creemos, por tanto, que esto no tiene ningún sentido democrático. Tampoco se trata de cambiar por cambiar, pero es lógico al menos admitir que el país ha sufrido (al igual que el contexto internacional) demasiados cambios como para no actualizar una Carta Magna que representa nuestra ley más general, nuestra base para la convivencia como sociedad. Sólo por el contexto político y social que hemos expuesto en la época en que los famosos "padres" redactaron la Constitución, ya sería motivo más que suficiente como para remozarla, y al menos, actualizar su contenido, eliminando aspectos negativos, e incluyendo y/o desarrollando otros muchos que no vienen contemplados en ella. El Partido Popular, hoy día en el Gobierno, se niega a ello, y el PSOE, la otra pata del bipartidismo imperante desde entonces, sólo plantea vagas e imprecisas modificaciones. 

 

¿Cuál puede ser el motivo para tanta resistencia a cambiar la actual Constitución? Sólo se nos ocurre uno: el marco constitucional vigente garantiza unas correlaciones de fuerza, una presencia de ciertos poderes fácticos y una serie de reglas para la convivencia que les favorecen o les privilegian, y no quieren arriesgarse a perder su status quo. Pero como afirmó Thomas Jefferson: "Los vivos tienen la tierra en usufructo; y los muertos no tienen poder ni derechos sobre ella. La porción que ocupa un individuo deja de ser suya cuando él mismo ya no es, y revierte a la sociedad (...). Ninguna sociedad puede hacer una constitución perpetua, ni tan siquiera una ley perpetua. La tierra pertenece siempre a la generación viviente: pueden, por tanto, administrarla, y administrar sus frutos, como les plazca, durante su usufructo". Todas las leyes, todas las Constituciones, incluso todos los códigos éticos y morales, son hijos de su tiempo. Para el caso que nos ocupa, la Constitución de 1978 surge del momento en cuestión, determinado por la urgente necesidad de modernizar una sociedad proveniente del régimen dictatorial y sangriento anterior, para comenzar a migrarlo hacia una sociedad más abierta y tolerante. La plena superación del franquismo implica, también, actualizar o abrir un nuevo Proceso Constituyente que devuelva la voz al pueblo, último garante y depositario de la soberanía popular, para redactar otra nueva Constitución que, superando los marcos y las dificultades del momento en que se redactó la actual Carta Magna, sea fiel reflejo de los deseos, anhelos y necesidades del pueblo hoy día. En el caso de la Constitución de 1978, la oligarquía volvió a imponer sus normas, sus reglas de juego, sus limitaciones al pueblo, definiendo los marcos de convivencia para una sociedad que, aunque más libre y tolerante que la proveniente del franquismo, aún pervivía sujeta a ciertas ataduras, y era gobernada bajo los mismos poderes. 

 

Todo ello tiene que ser superado. Lo explican muy bien Alberto Garzón, Esther López Barceló y Rafael Escudero en este artículo para UCR (Unidad Cívica por la República), cuando afirman: "Tras la muerte de Franco, diferentes leyes pusieron los cimientos a un régimen que nacía sin dejar lugar a la improvisación, garantizando la impunidad de los crímenes franquistas y silenciando el mérito de la lucha antifranquista. En el relato sobre la Transición que se transmitió de forma hegemónica a la sociedad española, se omitió esa oposición --con respuesta violenta desde los propios resortes del Estado-- en las calles y centros de trabajo, sin la cual nada de lo que de social tiene nuestro actual sistema constitucional hubiera sido posible. Incluso, no dudó en utilizarse una demanda del movimiento obrero durante la Transición, como fue la amnistía para vaciar las cárceles de los presos políticos que todavía quedaban en ellas, como herramienta para garantizar la impunidad y ocultarla bajo el manto de tratarse de una reivindicación antifranquista". Como hemos denunciado, la Transición se situó en una especie de equidistancia entre la Segunda República y el franquismo, argumento que se mantiene aún en la actualidad. Es la misma equidistancia que puede haber entre democracia y dictadura. Por tanto, son muchas las razones para superar el marco constitucional actual, y hacerlo evolucionar hacia posiciones más democráticas, tales como la cuestión de la Jefatura del Estado, la misión de las Fuerzas Armadas, la estructura Federal, la eliminación de los privilegios a la Iglesia Católica, y sobre todo, la plasmación y desarrollo concretos del conjunto de derechos sociales, culturales, políticos y económicos de los que debe gozar la población. Necesitamos por tanto una Constitución más abierta y plural, más actual y coherente con las necesidades democráticas, que defina mecanismos de participación directa de la ciudadanía, así como mecanismos de democracia económica. 

 

En definitiva, los tiempos cambian, las correlaciones de fuerza son distintas, las necesidades de la inmensa mayoría social son otras, los temores y amenazas que se ciernen sobre la población son muy diferentes a las del contexto de 1978, y necesitamos un marco constitucional nuevo, sensible pero poderoso, y sobre todo, que responda cabalmente a la nueva realidad política y social de nuestro pueblo. El mero reformismo cosmético no nos servirá. Necesitamos la recuperación de un texto constitucional salido de nuestro tiempo, coherente con las aspiraciones actuales, que defina los moldes de una sociedad absolutamente comprometida con el respeto a los Derechos Humanos, de los animales y de la naturaleza, y que garantice mecanismos de democracia real, así como de igualdad material entre las personas. Necesitamos un contexto pleno de libertad material para el conjunto de la ciudadanía, desde la posición de entender que sólo la libertad material de poder vivir y existir sin el permiso de los demás nos hará realmente libres. Por tanto, la plena superación del franquismo nos obliga a la invocación de un nuevo Proceso Constituyente, esto es, un proceso para la creación de una nueva Constitución. Dicho proceso sólo puede surgir con una ruptura democrática, pacífica pero radical, con el contexto político actual. De otro modo, las actuales correlaciones de fuerzas surgidas del Régimen del 78 impedirán alcanzar un texto constitucional coherente con las líneas maestras que hemos indicado. Hemos de trasladar el mensaje de que las generaciones actuales necesitan protagonizar también su momento histórico, y no permanecer ancladas a las "reglas de juego" que la sociedad se dió a sí misma en 1978, bajo el contexto histórico ya referido. Nuestra realidad social es nueva, nuestro contexto histórico es diferente, y ya no valen componendas, medias tintas ni paños calientes. Los intentos de cambiar cosas para que al final nada cambie tendrán muy pequeño recorrido. No se puede continuar engañando al pueblo. 

 

Los citados autores finalizan su texto afirmando: "El mejor homenaje consciente y responsable es exigir una Constitución que sirva de instrumento a la sociedad que la engendra y dejar de adorar una reliquia de otro tiempo que no nos representa. Porque queremos ser protagonistas de nuestra historia, queremos una Constitución hija de nuestro tiempo". Necesitamos un nuevo texto constitucional valiente, riguroso y justo, amplio y completo, sensible hacia todas las demandas sociales que existen actualmente, que deje atrás la prevalencia de ciertas normas y valores anacrónicos para la sociedad actual, que defina nuevas normas de convivencia, que destierre algunas concepciones y aspectos derivados de la presión social de ciertos sectores, y que sea fiel con los anhelos sociales de un pueblo que quiere ser libre. Necesitamos una nueva Constitución que defina nuestro país bajo unos moldes de solidaridad, de respeto, de paz, de laicidad, de cooperación, de libertad y de garantías a los derechos de las personas y de los pueblos. Una Constitución que deje atrás los moldes franquistas bajo los cuales aún funcionamos, que olvide los tics antidemocráticos que aún padecemos, que funcione bajo reglas electorales más justas, que permita la participación y decisión ciudadana en los aspectos que les conciernen, que garantice plenamente los derechos humanos en toda su extensión, sin atender a grados ni a jerarquías, sino que todos por igual puedan estar sujetos a la tutela judicial efectiva. Necesitamos una Constitución nueva que regule nuestra sociedad sometida a los principios del federalismo, de la unión de los pueblos bajo principios de solidaridad y cooperación voluntarias, que recupere los valores republicanos, de solidaridad social, que garantice la cohesión, que no pueda albergar situaciones de pobreza ni de exclusión social para la población. Una Constitución que defina una sociedad de iguales ante la ley, moldeada bajo principios absolutamente democráticos. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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