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27 agosto 2017 7 27 /08 /agosto /2017 23:00
Por la senda del Pacifismo (65)

Mi patria es una patria que no maltrate, expulse y abandone a sus soldados y que estos puedan trabajar en unas condiciones dignas (y, también, que sus misiones sean loables y no las actuales: neocolonialismo, estados fallidos, ejércitos al servicio de las industrias y las empresas,…)

Luis Gonzalo Segura (ex Teniente del Ejército de Tierra, y miembro del Colectivo ANEMOI)

Necesitamos por tanto unas Fuerzas Armadas muy diferentes a las actuales, unas FAS que se transformen tanto en su fondo (ideario y organización de las mismas), como en su forma (visión y misiones encomendadas). Y venimos indicando que en el epicentro de todo ello, lo que debemos colocar es el convencimiento de que la senda pacifista nos lleva a combatir con otras amenazas distintas a la guerra clásica. En mayo de 2013 ya publicamos en nuestro Blog un extenso artículo titulado "Por un Nuevo Modelo de Seguridad y de Defensa", donde exponíamos detenidamente en qué consisten estas amenazas. Vamos a retomar lo fundamental de lo explicado en aquél artículo, para situar en su contexto las nuevas funciones de nuestros Ejércitos. En primer lugar, partimos de la base (que actualmente sólo es un deseo por el que luchamos desde la izquierda transformadora) de superación de nuestra actual Carta Magna de 1978, para mediante un Proceso Constituyente alcanzar una nueva Constitución, donde entre muchos asuntos, se declare la renuncia a la guerra como instrumento de política internacional, como de hecho ya hacía la Constitución de la República de 1931. En este sentido, el nuevo papel de nuestros Ejércitos debe insertarse en las relaciones de paz, desde una perspectiva de salida de la OTAN y de cualquier otro bloque militar, y de la expulsión de las bases norteamericanas de nuestros territorios. El debate principal, en torno al cual gira ese proyecto de "unidad cívico-militar" al que ya nos hemos referido en entregas anteriores, es preguntarnos quién es el sujeto político de la defensa y de la seguridad: ¿las personas, el Estado, las élites que nos gobiernan? Y en base a ello: ¿Cuáles son las amenazas que hay que afrontar hoy día? ¿Siguen siendo las mismas que las de hace 50 años? ¿Qué naturaleza tienen, y cómo podemos abordarlas? 

 

En nuestro primer bloque temático de esta serie de artículos, dedicado al Terrorismo Internacional, ya hemos dejado bien claro que los verdaderos intereses de las guerras y de los conflictos armados son de tipo geopolítico y económicos, y que por tanto, la senda pacifista nos obliga a alejarnos de ellos. Por tanto, abandonando ese prisma, concluimos que el concepto de Seguridad debe entenderse en un contexto moderno, amplio, complejo y multidimensional, pero siempre bajo la premisa del pacifismo en toda su extensión. Por otra parte, la clásica defensa de los valores de soberanía, independencia, integridad territorial, etc., chocan hoy día con la presencia de las estructuras políticas y económicas supranacionales a las que pertenecemos (Unión Europea, Espacio Shengen, OCDE, Eurozona, etc.) y en las que delegamos algunas funciones comunes. Pero sobre todo, tenemos que poner el énfasis en que, frente a los modelos clásicos de seguridad y de defensa, donde priman los territorios (antaño incluso el de los imperios), tenemos que acercar dicha seguridad a los ciudadanos, a las personas, a la población en general, es decir, tenemos que pensar en una seguridad más humana. La seguridad pública es un concepto muy debatido actualmente, amenazado por muy diferentes contextos, que están en plena evolución. Hay que adaptarse por tanto a estas nuevas amenazas, y abandonar los prismas y enfoques obsoletos de las Fuerzas Armadas tradicionales. Ni qué decir tiene que los tipos de amenazas que sufrimos en pleno siglo XXI son de índoles muy distintas a las del pasado, y van ocupando los primeros puestos y pasando a tener mayor relevancia las amenazas de tipo social, global, económico o medioambiental. Los problemas que aquejan hoy día a los pueblos suelen ser de esta naturaleza, y son este tipo de amenazas las que deben centrar la agenda de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, incluyendo por supuesto a los Ejércitos. 

 

En última instancia, el concepto de seguridad debe estar sujeto a un componente humano fundamental, donde la defensa convencida de los valores, de los principios y de los Derechos Humanos (individuales y colectivos, objetivos y subjetivos, clásicos y emergentes) queda inextricablemente unida al bienestar social de las personas, implicando que toda la población pueda ejercer sus derechos básicos y fundamentales, así como sus libertades públicas y la satisfacción de sus necesidades, bajo un entorno seguro, social, político y medioambiental. La seguridad extiende sus facetas, pues, y no se queda únicamente en el clásico ámbito del orden público, sino que afecta a la seguridad alimentaria, económica, sanitaria, medioambiental, personal, política y comunitaria. Y las Fuerzas Armadas deben ser el brazo ejecutor, aliado al pueblo, que garantice que siempre y en todo momento, circunstancia o situación, todos estos derechos y garantías se cumplen para el conjunto de la población. Porque en nuestro mundo actual, globalizado (bajo una equivocada óptica de la globalización neoliberal), interdependiente, tecnológico, insolidario, materialista, egoísta, competitivo, despiadado, belicista y depredador, las amenazas que estamos destinados a sufrir (mientras no consigamos cambiar este contexto a nivel mundial, y no sólo en un determinado país) se refieren al terrorismo internacional (cuyas causas ya han sido debatidas en el primer bloque temático), a la delincuencia organizada (mafias o sectas que trafican con drogas, armas, personas, etc.), a la ciberdelincuencia (los mismos delitos, pero utilizando medios tecnológicos y atacando a los sistemas de información), la violencia directa, los desastres naturales, las catástrofes medioambientales, el cambio climático, las hambrunas, las sequías, la desertización, la escasez de alimentos, los accidentes de tráfico, la violencia de género, etc. Pero también amenazas sociales como los desahucios, el desempleo, o la privatización de los servicios públicos, donde también los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado deben estar al servicio de la población, y no contra ella. 

 

Éstas y no otras son las amenazas que sufren nuestras sociedades actuales, y resulta a todas luces absolutamente ridículo pensar que todo un Ejército al estilo clásico (dotado con aviones de combate, misiles, bombas, buques de guerra, submarinos, tropa terrestre, etc.) sea de verdadera utilidad contra el crimen organizado, la ciberdelincuencia, los robos, las mafias, los desastres naturales, los accidentes o el terrorismo. Los Ejércitos tienen que ser adaptados a estas nuevas realidades sociales, y a estas nuevas amenazas. Por tanto, más allá del debate estéril sobre su existencia, lo debates que debemos plantearnos sobre el Ejército deben girar en torno a cuáles podrían ser sus funciones, sus procesos de adaptación, cuáles son las auténticas amenazas de nuestro mundo, y cómo podemos luchar y enfrentarnos más eficazmente contra ellas. La senda pacifista no anula pues la existencia de unas Fuerzas Armadas, lo que hace es ligarlas indisolublemente al pueblo al que defienden, y canalizarlas para que sean efectivas ante las nuevas amenazas de nuestro mundo capitalista y neoliberal. Parece más bien, por tanto, que fomentando una política de desarme nuclear a nivel internacional, respetando los protocolos de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, y desarrollando redes internacionales de colaboración más potentes entre policías y jueces, así como promoviendo el desmantelamiento de los paraísos fiscales, seríamos más efectivos a la hora de luchar contra todas estas nuevas amenazas a nuestros pueblos. Es más lógico pensar que la lucha contra todas ellas se hará de forma más efectiva potenciando dichos medios, invirtiendo en ellos, y a la vez también reduciendo los gastos en Defensa, reduciendo el potencial bélico de nuestros Ejércitos, dejando de fabricar y de exportar armas, y en general, intentando reducir el carácter militarista, belicista e imperialista de las grandes potencias. 

 

Tenemos que migrar por tanto hacia un nuevo concepto de Seguridad, que bien pudiéramos llamar Seguridad Humana. Básicamente, consiste en romper los prismas actuales, abandonar las visiones guerreristas (incluso las "humanitarias" y de "reconstrucción" de los países en conflicto), renunciar a los planteamientos de alineación del Ejército con el Estado y las élites que lo controlan, y optar por un planteamiento de unidad cívico-militar de carácter popular. Se trata de situar al conjunto de la ciudadanía (y la defensa de sus intereses populares) en el centro mismo de todo el desarrollo de las políticas integrales de derechos humanos, nacionales e internacionales, de seguridad y de defensa, de completa garantía en el desarrollo de su protección, y de su integridad a todos sus niveles. En último término, una Seguridad que se dirija a resolver las auténticas necesidades de millones de personas afectadas por las inseguridades, por las incertidumbres, por las tragedias derivadas de la globalización capitalista en los ámbitos político, económico, social, cultural y medioambiental. Esto es exactamente lo que pone en jaque la seguridad de nuestras sociedades actuales, en todas partes del mundo. Un nuevo modelo de Seguridad y Defensa debe ser coherente con todo ello. Y las Fuerzas Armadas son su brazo ejecutor principal. Esta es la seguridad que hay que cultivar, y todo lo demás vendrá como un añadido natural. Porque evitando estas causas, evitando los motivos que son la fuente de la inseguridad, irán disminuyendo progresivamente los ataques a la seguridad que sufren personas y colectividades a nivel mundial. Hemos de conceder mayor relieve a las políticas de cooperación y de ayuda al desarrollo (fuente de la solidaridad entre países), luchando contra el paradigma obsoleto y anacrónico de la seguridad centrada en su punto de vista exclusivamente militar, y de protección de las fronteras nacionales y del territorio frente a supuestos ataques o invasiones externas. El mundo ha cambiado, y necesitamos adaptarnos a las nuevas amenazas, porque hoy día los antiguos planteamientos militares no tienen sentido, y además son excluyentes y contradictorios con el pleno desarrollo y la cooperación entre los pueblos. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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