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3 septiembre 2017 7 03 /09 /septiembre /2017 23:00
Por la senda del Pacifismo (66)

Al menos 60.000 personas mueren cada día de hambre por el terrorismo económico-político

Nazanín Armanian (Politóloga)

Parece claro, por tanto, que las actuales amenazas que sufrimos, derivadas de la demencial globalización capitalista y del ansia imperialista de los bloques militares (aliados del complejo militar-industrial), lejos de poder ser defendidas por ningún Ejército, obedecen a otros planteamientos, a otras causas, a otras etiologías, y han de ser combatidas, por consiguiente, de otros modos. Sin pretender agotar la lista, las actuales amenazas son de tipo económico (el paro, las reducciones salariales, los trabajadores pobres, la terrible desigualdad...), alimentarias (no disponer de alimentos, escasez de materias primas, privatización de semillas, ausencia de soberanía alimentaria, dependencia de las importaciones...), sanitarias (propagación de epidemias, privatización de los servicios sanitarios, inaccesibilidad a los medicamentos, deterioro constante de la cobertura y protección a la salud, nuevas enfermedades derivadas de nuestro caótico modo de vida...), sociales (violencia física, represión política, violencia de género, existencia de mafias descontroladas que trafican con armas, drogas, personas, explotación infantil, discriminación étnica, xenofobia, racismo, fascismo...), comunitarias (deterioro del tejido cívico, involución y decadencia institucional, cultivo del individualismo egoísta, predominio de los valores del neoliberalismo, conflictos religiosos...), medioambientales (deterioro de los ecosistemas locales y mundiales, agotamiento de los recursos naturales, agresivo extractivismo, desastres naturales provocados por la contaminación y el cambio climático, éxodos migratorios provocados por dichos efectos...), políticas (falta de respeto a los derechos humanos, falta de protección a las libertades públicas básicas, estados de excepción, controles intimidatorios a la población, restricción de movimientos, invasión de la privacidad...). Podríamos continuar, pero creo que ya hemos enumerado una pequeña muestra. 

 

¿Pueden nuestros Ejércitos, con sus actuales estructuras, formación y misiones, defendernos de todas estas amenazas? Las guerras son sólo una pequeña parte de nuestro caótico mundo globalizado, y además forman parte de las consecuencias de la estructura y las correlaciones de poder de nuestro mundo, nunca de sus causas. Las rígidas estructuras militares del pasado, aún latentes en nuestras Fuerzas Armadas, no tienen ni la capacidad ni los medios para enfrentarse a dichas amenazas. Los enemigos están camuflados. Los verdaderos enemigos de los pueblos son los que los atacan mediante estas amenazas, y los Ejércitos no hacen nada para defenderlos, es decir, son hoy día absolutamente inútiles. Debemos reconvertir nuestras Fuerzas Armadas en el sentido en que venimos insistiendo en las entregas anteriores, y que pasa por una mayor orientación de estos brazos armados en defensa del pueblo hacia la protección de los derechos fundamentales y de las libertades básicas de la ciudadanía, en vez de constituirse en fuerzas defensoras del Estado, un Estado que hoy día torna hacia un cariz autoritario y represor. El Estado representa la maquinaria del poder, de las élites que nos gobiernan, tanto nacionales como supranacionales, y que se alejan cada vez más del pueblo, y de las clases trabajadoras, como lleva sucediendo desde hace décadas. En este sentido, los Cuerpos de Seguridad no pueden convertirse en sus cómplices, sino que se deben siempre a la defensa de la integridad de las personas (entendiendo la integridad en todos sus ámbitos y dimensiones), así como a la garantía del libre ejercicio de sus derechos fundamentales y de sus libertades básicas. Esta es básicamente la reconversión que nuestros Ejércitos necesitan. Nuestras FF.AA. no responden hoy día a estas amenazas, ni velan por estos objetivos.

 

Necesitamos por tanto, si queremos abordar la senda pacifista de una manera seria, no sólo escapar de los planteamientos belicistas, sino preparar a nuestras Fuerzas Armadas para que sean lo que deben ser: los protectores de la soberanía popular, y para ello, la integridad absoluta del conjunto de la ciudadanía (en su defensa ante estas amenazas de nuestro mundo) es el verdadero epicentro. Nos basamos a continuación en un artículo publicado en mayo de 2016 en el medio InfoLibre por Jorge Bravo, Secretario General de la AUME (Asociación Unificada de Militares Españoles), donde incide en la necesaria democratización de nuestras Fuerzas Armadas. Porque en efecto, este asunto representa hoy día una asignatura pendiente. Sería en primer lugar necesaria una reforma constitucional para dejar de endosar a las Fuerzas Armadas las actuales misiones, como punto previo y fundamental. Los militares, como miembros de las FAS, pero como ciudadanos/as, son también partícipes de nuestro Estado de Derecho, y por ello han de participar también en él, así como gozar totalmente del alcance de dicho sistema. En ese sentido, de entrada, ciertas restricciones y prohibiciones de algunos derechos fundamentales a nuestros militares, deben ser abolidas. También ha de desterrarse su carácter sexista y machista, así como controlar cualquier actitud discriminatoria hacia el colectivo LGTBI. Como explica Jorge Bravo: "Las Fuerzas Armadas llegaron tarde a la puesta en marcha de la transición democrática, en cierto modo porque fueron apartadas de las reformas profundas. Sólo en los últimos diez años se han comenzado a poner en marcha las transformaciones necesarias para dotarlas de una estructura en consonancia con los usos democráticos y con plena integración en la sociedad. Los militares han estado sometidos, incluso en democracia, a reglamentos y normas preconstitucionales que regulaban derechos ya recogidos en la Constitución. Fue con la Ley Orgánica de la Defensa Nacional de 2005 con la que se diseñaron las primeras transformaciones de calado en la democratización interna de las FAS". 

 

En efecto, con el fin del franquismo, las Fuerzas Armadas fueron uno de los colectivos que no se actualizaron, y donde todavía anidaba, en alguna parte de sus estructuras y de sus mandos, una concepción fascista de la sociedad y del país. Esto, como sabemos, culminó con la intentona golpista del 23 de febrero de 1981. Pero más allá de ello, los Ejércitos han estado caracterizados por un blindaje de sus estructuras, de sus normativas y de sus prácticas, que los han convertido prácticamente en inexpugnables de cara a la democratización de su funcionamiento. Una claro ejemplo son las condiciones laborales: horarios abusivos, retribuciones injustas, inexistencia de la prevención de riesgos, son, entre otros muchos, ejemplos del resultado de una actividad laboral sin control democrático, sin participación del trabajador (ya que el militar no se entiende ni se identifica como tal), y con grandes carencias en protección y asistencia profesional. La renovación pendiente de nuestros Ejércitos no atañe sólo, por tanto, a las misiones a desarrollar (bajo un nuevo enfoque de la seguridad), sino también a sus propios valores y normas de funcionamiento. No obstante, la perspectiva actual ha cambiado con las últimas normativas. La Ley Orgánica de Derechos y Deberes de los miembros de las Fuerzas Armadas, de julio de 2011, estableció las bases para el avance democrático de la organización armada. Se reguló el asociacionismo profesional de los militares, se creó el Consejo de Personal de las Fuerzas Armadas (COPERFAS) y el Observatorio de la Vida Militar, además de regularse las reuniones de militares en los cuarteles y de activar de forma decidida los servicios de protección de riesgos laborales. Pero aún necesitamos muchos más esfuerzos, ya que la escasez de cultura democrática de muchos de sus miembros, el tradicional sistema clasista y de privilegios, consolidado como acervo histórico, y sobre todo, la falta de impulso político por parte de las instituciones públicas, son parte del freno a la necesaria, definitiva y completa instalación del sistema democrático en la organización militar. 

 

También se han llevado a cabo una reforma del Régimen Disciplinario y del Código Penal Militar para que puedan experimentar una actualización, pero aún con todo ello, continúa latente la escasa profundidad de la democratización de las Fuerzas Armadas. Las FAS necesitan una mayor transparencia y un funcionamiento y organización más orientados a la protección de los derechos humanos de sus miembros. Nuestros Ejércitos necesitan, si pretenden modernizarse de verdad, la renuncia a una serie de parámetros de organización y funcionamiento anquilosados y anacrónicos, comenzando por el famoso artículo 8 de nuestra Constitución (que afirma que "Las Fuerzas Armadas (...) tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional"), ya que no puede permanecer por más tiempo la ambigüedad, la falta de control y la amenaza latente (aunque cada vez más alejada) de una posible actuación autónoma de la organización armada. Hemos de alcanzar "la plena permeabilización del Estado de Derecho en las FAS" (en palabras de Jorge Bravo), con igual alcance al del resto de la sociedad, cubriendo todos sus aspectos, renovando sus misiones y objetivos, pero también su organización interna, sus estructuras y normas de funcionamiento. Todo ello se conseguirá con una mayor educación democrática en su seno. La normalización democrática de nuestras Fuerzas Armadas es, pues, para la senda pacifista, un objetivo de vital trascendencia. Es un reto para la organización armada, pero también para el conjunto de la sociedad que requiere unos Ejércitos plenamente integrados y en absoluta armonía con los derechos del resto de la ciudadanía. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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