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10 septiembre 2017 7 10 /09 /septiembre /2017 23:00
Por la senda del Pacifismo (67)

El capitalismo es un sistema absolutamente antagónico a la paz. Todos sabemos que bajo el capitalismo la paz verdadera es imposible. No es lo mismo conquistar “treguas” que conquistar la paz. Desde sus púlpitos mediáticos el capitalismo nos relata, a voz en cuello, su amor por la muerte, su pasión por la destrucción y su romance eterno con el belicismo serial

Fernando Buen Abad Domínguez

Hemos hablado en las entregas anteriores sobre las nuevas amenazas que las sociedades neoliberales nos ciernen sobre nuestras cabezas, y sobre cómo unas Fuerzas Armadas al estilo clásico no tienen absolutamente nada que ver con eso. También hemos expuesto algunos conflictos concretos que nuestros Ejércitos deben superar aún, como su grado de democratización. Pero aún nos quedan algunos aspectos por tratar en torno a las FAS. Un asunto crucial es el tema de la disciplina. La disciplina militar, que es la que nos interesa para esta dimensión. Y nuestra imagen de entradilla la hemos elegido sobre los Derechos Humanos, porque precisamente son dos asuntos que tienen mucho que ver entre sí. Nosotros hemos afirmado en recientes entregas que uno de los aspectos que las FAS deben adaptar y actualizar es el tema de la disciplina. Y ello, precisamente en la dimensión de entender que la disciplina militar no puede estar por encima de los Derechos Humanos. Históricamente se ha entendido la disciplina militar como un asunto cerrado, donde nadie ajeno al terreno castrense podía entrar, ya que la filosofía en la que se basaba la disciplina era ciertamente diferente. Los Ejércitos clásicos han entendido siempre la disciplina como un asunto de primer orden de su propia idiosincrasia, basado esencialmente en la obediencia ciega al superior. La escala de mandos militares es sagrada para ellos, posee sus propios protocolos, y una base fundamental del comportamiento de cualquier soldado u oficial es entender que el respeto a la disciplina ha de ser total y absoluto. Ninguna orden puede ser discutida. Todas las órdenes han de ser respetadas y acatadas, sin cuestionarse nada más. Pero ello, evidentemente, tratándose de cualquier organización humana (y las FAS lo son) pueden provocar situaciones extremadamente injustas, peligrosas o absurdas. 

 

La disciplina militar se ha basado siempre en el máximo respeto a la obediencia debida, uno de sus dogmas más sagrados. Un principio indiscutible, incuestionable y aceptado sin reservas, pero que como decimos, es insostenible desde un punto de vista democrático. Simplemente porque si la disciplina militar se coloca como base del comportamiento de las Fuerzas Armadas, podrían llegar a superponerse sobre el debido respeto a todos los Derechos Humanos, algo que resulta de todo punto inadmisible. La disciplina militar por tanto ha de reconvertirse. Los militares de nuestros Ejércitos no pueden ni deben obedecer jamás órdenes que contravengan los más elementales derechos de las personas, los animales o la naturaleza. Por tanto, la conclusión está clara: la obediencia debida no existe. Y aquéllos militares que tomen como pretexto dicho absurdo principio, ordenando o ejecutando actos criminales, deberán ser juzgados y condenados por ello. Toda sociedad democrática lo exige. Y como ya afirmamos en entregas anteriores, la democratización de las FAS debe llegar hasta el corazón de las mismas, hasta sus fundamentos más profundos. Y la disciplina es uno de ellos. Como venimos insistiendo, necesitamos unos Ejércitos renovados, desde su propia misión constitucional, hasta su propio funcionamiento interno, lo cual también incluye a la propia visión ideológica de aquéllos que dirigen las Fuerzas Armadas. Las solemnes Declaraciones de Derechos Humanos, en sus diversas vertientes, tienen ya varios siglos desde su proclamación, y toda sociedad democrática que se precie de ello no puede consentir ni albergar en su seno personajes que no los respeten en su intrínseca totalidad, en su plena dimensión. Las Fuerzas Armadas deben estar con el pueblo, con la gente, ser parte de la población, estar integradas en ella, de forma totalmente normalizada, y esto implica, de forma democrática. En su seno no pueden albergarse comportamientos intolerantes, xenófobos, discriminatorios, groseros, indecentes, irrespetuosos con las minorías, u obcecados en la persistencia de ideales fascistas. 

 

Las Fuerzas Armadas deben abandonar todo sesgo o rasgo que las defina como opuestas a una evolución política respetuosa de los intereses del pueblo. Las FAS deben entenderse como el brazo armado de la soberanía popular, desligándose de todo tipo de intereses espurios o ajenos a la propia organización. Las FAS surgen del pueblo, y al pueblo se deben. Las FAS no deben servir a ningún poder exterior, ya sea éste de tipo económico, político, mediático, social o de cualquier otro orden. Bien, ¿responden actualmente nuestros Ejércitos a estas bases? Pues tomando como referencia este artículo publicado en Rebelion por el Colectivo ANEMOI, vamos a destacar a continuación los rasgos que caracterizan a nuestras Fuerzas Armadas españolas:

 

1.- Han orientado su organización, doctrina, estrategia y armamento hacia los patrones imperialistas establecidos en las alianzas militares que sostienen el sistema económico neoliberal. La OTAN (de la que hablaremos a fondo en el próximo bloque temático) es el gran paradigma en este sentido

 

2.- Las acciones militares de las FAS españolas no se han lanzado para defender los intereses del pueblo español, sino los del gran capital transnacional. La inmensa mayoría de intervenciones armadas eran absolutamente innecesarias. Incluso aquéllas que han sido organizadas bajo el paraguas del humanitarismo

 

3.- Las FAS están estructuradas constitucionalmente sobre la tradición franquista y sus valores, destacados en los siguientes puntos:

 

4.- La obediencia directa a una Monarquía, impuesta por la dictadura, y cuyo titular se considera Jefe Supremo de las FAS

 

5.- Su papel, definido en la Constitución, se percibe como el garante de la perpetuación de un juego institucional que impide un genuino ejercicio democrático que ponga en cuestión la verdadera naturaleza de la estructura de poder heredada del franquismo. El artículo 8 es bastante ilustrativo al respecto, con la referencia a la "unidad de España, patria común e indivisible de todos los españoles". 

 

6.- Su esquema de valores morales sigue siendo esencialmente franquista, adaptado gradualmente a los imperantes en las democracias liberales aliadas, especialmente los contenidos en las llamadas "doctrinas de seguridad nacional" de los Estados Unidos

 

7.- La Iglesia Católica conserva una situación de privilegio para el control y manipulación de las conciencias de sus componentes. Continúan existiendo las figuras de los capellanes y de los curas castrenses, y muchas cofradías de Semana Santa están muy emparentadas con determinados cuerpos militares

 

8.- El respeto a los derechos humanos es percibido como un impedimento a la eficiencia del aparato militar, tanto en su preparación como en combate

 

9.- En el seno de las FAS, las libertades civiles de los militares siguen siendo fuertemente cuestionadas, como si se tratara de un cuerpo estanco sometido a sus propias reglas de obediencia

 

10.- Se mantiene como concepto clave el de una disciplina orientada a la obediencia ciega y acrítica, deliberadamente vaga en su definición como para poder reprimir el simple disenso con la jerarquía militar. Como ya hemos comentado más arriba, es absolutamente preciso renovar este concepto anacrónico de la obediencia, y poner el respeto a los Derechos Humanos en la cima de la jerarquía de los valores de nuestros Ejércitos

 

Aún nos quedan más características que comentar sobre el funcionamiento y la orientación de nuestras Fuerzas Armadas. Las seguiremos exponiendo en la próxima entrega. 

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Published by Rafael Silva - en Política
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