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14 septiembre 2017 4 14 /09 /septiembre /2017 23:00
Arquitectura de la Desigualdad (55)

Antivalores como el individualismo, el mal, el hambre, la pobreza, el egoísmo, la violencia, el engaño, la mentira, la intolerancia, la esclavitud, la discriminación, el racismo, el colonialismo, la tortura, el terrorismo de Estado, las guerras coloniales y neocoloniales, la desigualdad, la exclusión social y todas las formas de enajenación, son generados por las estructuras y superestructuras capitalistas

Camilo Valqui

La arquitectura de la desigualdad implantada a sangre y fuego en nuestras sociedades ha socializado también lo que pudiéramos denominar dos culturas antagónicas, como son la cultura de la opulencia y la cultura de la escasez. Y así, hemos legitimado como algo "normal" que mientras existen personas y comunidades pobres en esencia, también existen personas y comunidades eminentemente ricas. Nos lo explica muy bien Armando B. Ginés en su artículo "El laberinto de la escasez", que vamos a tomar como referencia a continuación, y que recomiendo a mis lectores y lectoras. Se trata de un imaginario de valores colectivos que hemos de combatir, ya que una sociedad justa no debería permitirse tanta "amplitud material" en sus componentes. Y así, mientras determinados personajes llevan un tren de vida lujoso e impresionante, otros muchos viven en la más absoluta pobreza (muchos de ellos incluso en la indigencia). Sufrimos escasez de tiempo, de salud, de educación, escasez de felicidad (ya comentábamos en la entrega anterior sus diversas manifestaciones), y por supuesto, escasez económica, que se manifiesta a su vez en múltiples facetas. De entrada, la alimentación y la vivienda deberían considerarse derechos inalienables que todo ser humano debería tener cubiertos, pues sin ellos no se puede vivir. Según la FAO, actualmente se producen alimentos para dar de comer diariamente a 12.000 millones de personas (la población mundial ronda los 7.000 millones). Sin embargo, un total de 800 millones de personas pasan hambre, y la mitad de las muertes de niños y niñas menores de 5 años son provocadas directamente por las malnutriciones que padecen. Esta escasez de alimentos para una gran parte de la población tiene que ver con decisiones políticas. 

 

Y ello es porque los alimentos, las semillas, los nutrientes, se han transformado en una mercancía más, sujeta a oferta y demanda, y los territorios no disponen en su mayoría de la debida soberanía alimentaria, como capacidad para producir y distribuir sus propios alimentos al conjunto de su población. Y en cuanto a la vivienda, la ONU estima entre 100 y 200 millones la cantidad de personas que viven al raso cada noche. En nuestro país, sin ir más lejos, existen 3,4 millones de pisos vacíos, casi 400.000 nuevos y nunca habitados por nadie. Se estima que existen unas 40.000 personas sin hogar viviendo en la calle o en albergues, todo ello consecuencia de que la vivienda también se ha convertido en un producto sujeto a la especulación urbanística e inmobiliaria. Lo grave es que todo aquéllo que entra en esta perversa órbita deja de pertenecer a la órbita de los derechos humanos, pues comienzan a predominar sobre ellos los objetivos del beneficio, en vez de la satisfacción de las necesidades. Está claro que la primera gran meta para revertir esta arquitectura de la desigualdad sería garantizar para todo el mundo el poder comer a diario, y gozar de un alojamiento digno. Pero desgraciamente, nuestro mundo prefiere desperdiciar comida a mansalva, o quemar los alimentos excedentarios, o mantener cerrrado un piso a cal y canto, antes que ofrecérselos a personas sin recursos. Por su parte, el tiempo es otro gran factor que nos mantiene esclavos a objetivos espurios. Hoy día podemos afirmar que el tiempo es negocio, tanto en su faceta laboral como de ocio y esparcimiento. El tiempo es un recurso impuesto por la propia filosofía capitalista, por la sociedad de consumo y por los hábitos sociales adquiridos. 

 

Romper con la tiranía del tiempo tiene que ver también mucho con la arquitectura de la desigualdad, ya que implicaría erradicar tanta explotación laboral por horas trabajadas injustamente, erradicar hábitos de sacrificio temporal, y sobre todo, volver a incidir en aspectos que tienen que ver con la igualdad de género, tales como la división sexual del trabajo, o la valoración del trabajo de cuidados, desempeñada por mujeres en su inmensa mayoría. Se sabe que el 90% de las tareas domésticas son llevadas a cabo por mujeres, que representan además el 80% a escala mundial del trabajo doméstico asalariado, aunque muchas de esas laborales se llevan a cabo sin relación contractual legalizada, lo que permite aún más si cabe las prácticas de explotación laboral. En los peores casos, cuando subsistir es el único y obsesionante pensamiento diario de cientos de millones de personas a escala planetaria, el tiempo absoluto como tal resulta una quimera o una simple convención social. Por su parte, el tiempo dedicado al ocio también se mercantiliza a marchas forzadas, suponiendo ya en muchas de sus facetas un lujo al alcance de cada vez menos personas. Y es que el ocio forma parte también del negocio capitalista. Armando B. Ginés lo ha explicado en los siguientes términos: "Es obligado explotar hasta los instantes más nimios de cualquier existencia que tenga un solo euro en su cuenta personal. Incluso comprar compulsivamente se ha convertido por mor de la ideología consumista del entretenimiento banal en un espacio programado para el ocio: ir de compras es una terapia excelente contra el aburrimiento y la soledad. Así lo certifican algunas tendencias psicológicas new age". Y aquí también se contempla y se proyecta la arquitectura de la desigualdad, ya que mientras muchas personas compran objetos, bienes y servicios de forma compulsiva, otras muchas no pueden adquirir ni lo más básico. 

 

Todo está pensado y dirigido para que el tiempo de ocio también genere la máxima rentabilidad para los grandes agentes del capitalismo. Ello también tiene que ver con la alienante sociedad en que vivimos (hecho que también interesa al mundo capitalista), ya que con tanto tiempo dedicado al ocio programado o de serie, poco tiempo libre queda para pensar, pasear, dialogar, reflexionar, jugar, mirar, escuchar, imaginar, amar...En una palabra, disfrutar de la vida, de la vida de las pequeñas cosas, de la vida de las cosas cotidianas, que han quedado absorbidas por la vorágine de la sociedad de consumo. Esa vorágine también ataca nuestra salud, que se resiente de nuestros modelos de vida agresivos, de prisas y de ciertos hábitos dañinos. El propio concepto de la salud se ha distorsionado, y ya ha dejado de verse como algo global del cuerpo y de la mente humanas, sino como aspectos parciales y concretos que tenemos que cuidar. Evolucionan las bacterias, los virus, las enfermedades derivadas de dichos modos de vida, pero sobre todo el gran factor que incide bajo la filosofía capitalista en el mundo de la salud es, de nuevo, la contemplación de la misma como un derecho humano. Con ello tiene mucho que ver la perversa industria farmacéutica, empeñada en hacer de las medicinas que nos puedan curar un estratégico negocio por todo el mundo, donde únicamente están accesibles a los países y personas que puedan pagarlas. Los medicamentos son la tercera causa de muerte en el mundo, después de los infartos al corazón y el cáncer. En concreto, por errores de medicación y efectos adversos fallecen al año más de 200.000 personas. Y es que cuando la sanidad como servicio público, gratuito y universal pasa a ser gestionado por empresas privadas, se multiplican estos perversos efectos. 

 

La industria farmacéutica es una de las más poderosas del mundo, y la última tendencia es fusionarse también con las poderosas empresas de alimentación, creando un tándem ciertamente muy peligroso. Y por otra parte, también incide en la obsesión de dicha industria farmacéutica para medicalizarlo todo, inventar enfermedades (debido a las influencias de los lobbies farmacéuticos) que crean a su vez enfermos imaginarios, etc. La proyección en la arquitectura de la desigualdad es manifiesta. Y es que el sector farmacéutico factura cada año más que la industria del armamento o de las telecomunicaciones. Sus tentáculos son poderosos. El sector de las patentes industriales está muy dominado por los laboratorios privados, que más que curar enfermedades, lo que pretenden es engancharnos a una marca comercial determinada (de pastillas, de jarabes, de pomadas, etc.) o patente exclusiva, para ser pacientes de por vida. Las empresas farmacéuticas, tan obstinadas en no ceder sus patentes a los países pobres (cuyos habitantes continúan muriendo de enfermedades que podrían ser fácilmente curadas), presumen de los elevados costes que destinan a la investigación de sus productos, pero la realidad es que de cada 100 euros dedicados a la I+D+i en el terreno de la salud, el 85% procede de las arcas públicas, y el resto de fondos provenientes de los laboratorios. Al igual que con la farmacología sucede también con los productos de belleza: la industria crea patrones o modelos de belleza a seguir a través de sustancias con efectos secundarios o nocivos por su uso indiscriminado, ofreciendo otros que reparan las secuelas de los primeros. Un círculo vicioso muy difícil de sortear, cuando estamos hablando de una industria que genera un volumen de negocio superior a los 265.000 millones de euros. Siguiendo los banales mensajes publicitarios acerca de la belleza ideal y las recomendaciones obsesivas sobre salud en general, el tiempo robado no nos deja tiempo (valga la redundancia), para simplemente vivir sin perjuicios, ni miedos sociales impuestos por la gran ola capitalista y de consumo. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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