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21 septiembre 2017 4 21 /09 /septiembre /2017 23:00
Viñeta: Martirena

Viñeta: Martirena

En España hay 57.218 millonarios, personas que declaran tener una base imponible en el impuesto sobre patrimonio superior a 1,5 millones de euros. Han aumentado un 1% respecto a 2014 y un 28% desde 2011. En concreto, el número de superricos ha crecido un 24% desde el inicio de la recuperación económica. Son las 549 personas que declaran tener un patrimonio superior a 30 millones

Cive Pérez

En el anterior artículo de esta serie ya comentábamos algunos aspectos relacionados con la denominada "cultura de la escasez", implantada por esta aberrante arquitectura de la desigualdad, y que se manifestaba en multitud de aspectos sociales: escasez de suministros básicos, de trabajo, de tiempo, de salud, y también escasez de educación, como vamos a comentar a continuación, siguiendo el magnífico artículo de Armando B. Ginés. La educación, ya lo hemos comentado en otros muchos artículos de nuestro Blog, es pieza fundamental y puntal básico en la proyección de una sociedad. La educación como el medio de inserción social, donde se manifiesta el acceso a la cultura de una comunidad, y su aprendizaje previo en ciertos valores es, como decimos, pieza clave del sistema. Si este modelo educativo, en vez de usarse para los fines lícitos, es usado para el adoctrinamiento seguidista del sistema, no estaremos formando a futuras personas críticas, libres e iguales, sino a meros continuadores acríticos del injusto sistema proyectado. Esto es lo que lleva ocurriendo en muchos países, incluida España, y que también legitima en cierto modo la arquitectura de la desigualdad. Nos venden un mundo maravilloso de alta tecnología, de la comunicación, de investigación y desarrollo, todo ello bajo la moderna e idílica globalización, mientras existen en el mundo más de 750 millones de personas que aún no saben leer ni escribir, y a los que hay que insertar en el mundo digital. De dicha obscena cifra, las dos terceras partes son mujeres, y el resto (unos 115 millones aproximadamente) lo protagonizan niños, niñas y jóvenes adolescentes entre 15 y 24 años de edad. La mitad viven en el Oeste y el Sur de Asia, y en torno al 20% en el África Subsahariana. 

 

El analfabetismo funcional es todavía hoy un gran problema de nuestro mundo, de ahí que muchos Gobiernos postneoliberales de América Latina se plantearan en su momento sacar de la pobreza, de la marginalidad, pero también del analfabetismo, a millones de niños y niñas de sus respectivos países. Y en palabras de Armando B. Ginés: "En el epígrafe educativo es donde es más verdad que en ningún otro rubro el aserto de que la escasez provoca aún más escasez en las personas que la padecen". De ahí que la escuela (desde la escuela primaria a la Universidad) sea tomada por el capitalismo como plataforma de lanzamiento para sus futuros cachorros defensores del mismo sistema que los maltrata y que los margina. Romper con la arquitectura de la desigualdad implica también romper con este modelo educativo, y fomentar la paulatina y progresiva inmersión en un modelo educativo público, universal, inclusivo, gratuito, laico, democrático, solidario y multicultural, que incluso contemple no solamente las enseñanzas regladas, sino que también incluya y valore las tradiciones seculares de muchos pueblos indígenas que aún subsisten en muchas partes del mundo, y a los cuales el arrasador e implacable capitalismo neoliberal sumerge en las profundidades del abismo hasta su completo exterminio. En vez de ello, hoy día padecemos modelos educativos aberrantes, dedicados únicamente a formar mano de obra poco cualificada, es decir, ejércitos de obreros a los que sólo hay que formar en lo imprescindible para su futuro trabajo, es decir, las mínimas habilidades técnicas para que puedan desempeñar sus cometidos concretos, sin plantearse ni un ápice más allá de ello. Se huye de la formación integral, de la formación humanística, de la formación filosófica, pues todo lo que huela a aprender a pensar es censurado implícitamente por el sistema. 

 

El objetivo del sistema está claro en este sentido: crear escasez intelectual, cultural e ideológica, para que los individuos no sean capaces de cuestionarse los grandes puntales de la sociedad en que viven, y que por tanto, no pongan en debate la arquitectura de la desigualdad de la que son víctimas. Al sistema le preocupa únicamente formar a futuros trabajadores/as de la masa, que sean excelentes técnicos en sus respectivas materias, en sus parcelas de trabajo, porque así serán piezas más fácilmente manipulables, dóciles y explotables que aquéllos/as que adquieran otro tipo de destrezas intelectuales más abiertas o creativas. De ahí que las tendencias en el mundo educativo sean privatizar los centros, anular la democracia en la comunidad educativa, mantener la educación religiosa, mercantilizar los resultados educativos, fomentar el mecenazgo de las grandes empresas en los centros y las Universidades, derivar al alumnado hacia los itinerarios formativos lo antes posible, eliminar recursos y personal educativo, e invertir en educación cuanto menos mejor, ya que todo ello conduce a un modelo educativo funcional al beneficio empresarial. Y por fin, todo ello confluye en lo que pudiéramos llamar la escasez de la felicidad, manifestada (como también hemos comentado en entregas anteriores de esta serie) en multitud de aspectos. La felicidad es el grado de inserción vital de las personas y las comunidades, el grado de disfrute que las personas pueden obtener del mundo en el que viven, y evidentemente, dado el panorama que estamos describiendo, parece que no contribuimos a un incremento de la felicidad mundial. Los datos demuestran que la globalización nos ha hecho más infelices, y existen infinidad de trabajos, encuestas, informes y estudios que así lo manifiestan. La tendencia en cuanto a convivencia social va evolucionando hacia los hogares de personas solas, lo cual revoluciona muchos parámetros sociales. 

 

Hoy día, parámetros como la esperanza de vida, la empatía social, la participación en movimientos u organizaciones sociales, la generosidad, la solidaridad, o la libertad para tomar decisiones privadas de cualquier tipo son valores a la baja. En cualquier caso, medir la felicidad es ardua y compleja tarea, pues confluyen en esta medición gran cantidad de factores objetivos, pero también subjetivos. ¿Cómo se mide la escasez de felicidad? ¿Cuánta felicidad significa la plenitud? ¿En qué factores se manifiesta la ausencia de ella? La felicidad más bien parece un concepto etéreo, una pregunta sin respuesta o un problema sin solución, antes que un concepto a debatir con argumentos concretos, valorables y convincentes. Pero lo cierto es que está ahí como aspiración vital y humana, tal como incluso recoge la Constitución de Ecuador del año 2008. La arquitectura de la desigualdad es la responsable de toda esta cultura de la escasez, proyectada por los verdaderos amos del mundo, empeñados en convencernos de ridículas, absurdas y vacías proclamas, mientras continúan ignorando y fomentando la pobreza, la exclusión y la marginación, a la par que la obscena abundancia y opulencia. El legado de las últimas décadas de feroz neoliberalismo es desolador, provocando este tsunami de la escasez, y de la destrucción casi total de derechos sociales, y de la calidad de vida de las poblaciones. Sufrimos no sólo las consecuencias de dicha escasez multifacética, sino también una profunda involución social, civil, cultural y política. El incremento de las desigualdades no admite duda desde ningún punto de vista, ni resiste cualquier intento de minimizarlo. Sus dimensiones y alcances son gigantescos y están dejando una impronta brutal en las mayorías sociales de nuestros países. 

 

Tanto en términos de diferencia de bienestar, como en los grados de disfrute y manifestación de los derechos democráticos, la arquitectura de la desigualdad deja su rastro perverso. Hoy día, quien no quiera ver que estamos ante un sistema que ha creado, diseñado y perpetuado un mecanismo estructural y sistémico de transferencias permanentes de recursos desde las mayorías más desfavorecidas hacia una élite globalizada, es que es un perfecto ingenuo, o un cómplice (consciente o no) de dicho sistema. Todo un mecanismo voraz basado en lógicas extractivas, tanto en términos sociales como políticos e incluso medioambientales, se despliega ante nuestras narices, sin que seamos incluso capaces de llegar a ver sus límites. A la vez, todo un complejo sistema de valores son inculcados desde los púlpitos educativos neoliberales, que se manifiestan desde la más tierna infancia hasta los foros universitarios más prestigiosos. Ambas grandes piezas (políticas que favorecen la desigualdad, y conjunto de valores e imaginarios colectivos que las legitiman) actúan al unísono, conformando una tipología social despótica, salvaje, injusta e insolidaria, perfectamente "aceptada" y soportada por gran parte de nuestra sociedad. Hemos alcanzado los moldes para una sociedad que nos domina y nos somete, que nos vuelve más desiguales, pero que a su vez las propias víctimas legitiman, excusan y sostienen. De esta forma, el capitalismo neoliberal ha llegado a tal grado de perfección formal y a un grado de implementación globalizada, que es muy difícil enfrentarse a él sin ser víctima de sus feroces ataques, que llegan incluso a destruir cualquier atisbo crítico contra el mismo. Incluso países enteros con Gobiernos legítimos elegidos democráticamente sufren injustos y perversos ataques desde diversos frentes, sólo por quererse enfrentar y desmontar, aunque sea levemente, esta arquitectura de la desigualdad. Y así nos va. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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