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4 octubre 2017 3 04 /10 /octubre /2017 23:00
Contra los Tratados de Libre Comercio (50)

Cuando me despierto por la noche y pienso en el sistema de arbitraje, nunca deja de sorprenderme que Estados soberanos hayan aceptado cualquier forma de arbitraje con inversores (…). Se les da el poder a tres personas privadas para que revisen, sin ningún tipo de restricción o procedimiento de apelación, todas las acciones del gobierno, todas las decisiones de la justicia y todas las leyes y reglamentos provenientes del parlamento

Juan Fernández-Armesto (árbitro español)

En el último artículo de esta serie nos quedamos hablando sobre el ALBA, como un claro ejemplo de alternativa a los TLC. Comentamos allí sus características, claramente enfrentadas y opuestas a los objetivos que persiguen los tratados actuales, como el CETA, el TPP, el TISA, etc. El ALBA sobre todo tiene claro que la intervención estatal es absolutamente necesaria, ya que sin una clara intervención pública dirigida a reducir las disparidades, desequilibrios y asimetrías entre los diferentes países firmantes del tratado, la libre competencia entre desiguales no puede conducir sino al empoderamiento de los más fuertes en perjuicio de los más débiles. Los tratados comerciales, lejos de estar enfocados a la obtención de más beneficios por parte de las transnacionales, deben estar enfocados hacia la integración regional, que revierta en beneficio para las poblaciones locales y regionales, y está claro que ello requiere una agenda económica definida por los propios Estados soberanos, representantes de sus pueblos, fuera de toda nefasta influencia de los organismos internacionales como la OMC (ya comentada a fondo en artículos anteriores). Y además, ALBA es mucho más que un tratado comercial. En su seno se han creado y difundido proyectos de integración regional que han servido para contribuir a la fraternidad y la cooperación entre sus diferentes países, tales como medios de comunicación (Telesur), entidades financieras (Banco del ALBA), monedas virtuales (el SUCRE), o empresas extractivas (Petrocaribe), entre otros. Gracias al ALBA, ha sido posible alcanzar hitos de integración regional latinoamericana nunca antes vistos, así como confraternizar a sociedades y pueblos hermanos bajo objetivos comunes. 

 

Por tanto, existen y se han probado fehacientemente otras alternativas más beneficiosas a los actuales estándares en tratados de libre comercio, y a ellos nos remitimos. Unas alternativas que parten del respeto a la soberanía popular, que se orientan al desarrollo de los pueblos, que respetan el medio ambiente, que no colocan como objetivo fundamental el incremento de los beneficios empresariales, que incrementan los servicios públicos, que expanden la democracia, y que sirven como verdaderas herramientas de integración regional. Se ha demostrado que la simple apertura de fronteras comerciales (en realidad, apertura hacia la libre circulación de capitales, productos, bienes y servicios) no basta, ni mucho menos, para traer prosperidad a los pueblos implicados. Más bien al contrario, la desregulación salvaje de los mercados han traído las recientes crisis y han socavado las democracias populares, incidiendo en un empeoramiento en la calidad de vida del conjunto de la ciudadanía. Este, por tanto, no es el camino correcto. Pero están claras las alternativas. Si queremos construir acuerdos comerciales justos y equilibrados, respetuosos hacia la democracia y la justicia social y ambiental, es urgente replantearse las reglas de juego impuestas por los grandes agentes económicos. Y es preciso escapar de la perversa lógica comercial impuesta por los grandes organismos internacionales. Hay que variar las reglas y los objetivos. Debe entenderse que el comercio internacional, así como el conjunto de la economía, están al servicio del ser humano y de la naturaleza, y no al contrario. Por eso, la vida, la salud, el trabajo o la alimentación no deberían estar sujetas a los mercados. Existen unos mínimos vitales que tenemos que respetar, si pretendemos mínimamente garantizar sociedades justas y sostenibles. Los servicios públicos, el acceso al agua, la seguridad alimentaria, o la obtención de medicamentos vitales a precios asequibles, entre otros, son objetivos irrenunciables. 

 

Necesitamos también otros enfoques frente a algunos asuntos. Por ejemplo, hemos de considerar a la agricultura y la alimentación no sólo como fuente de nutrición, sino también como verdaderos pilares donde se asientan comunidades, culturas, civilizaciones y ambientes rurales y urbanos justos y saludables. Y para ello, la soberanía en todos estos aspectos es un objetivo irrenunciable. Quizá la soberanía alimentaria sea un ejemplo paradigmático de lo que decimos: esta soberanía alimentaria ha de ser entendida como el derecho de cada pueblo a decidir sobre sus propias políticas agropecuarias, y a proteger la producción de alimentos locales, regionales y nacionales en sus mercados, a fin de alcanzar metas de desarrollo sostenible, precios justos y razonables, y garantizar su autosuficiencia. Asímismo, los tratados comerciales han de situar como metas la erradicación de la pobreza y de la exclusión social, en vez del enriquecimiento de las empresas. En el horizonte de los TLC no debe situarse la expansión de las grandes transnacionales y su ingente poderío, sino el respeto a los derechos humanos, de los animales y de la propia naturaleza, y la integración beneficiosa de los pueblos. Cambiar estas reglas del juego, reorientar las políticas y los objetivos de los actuales TLC exige incrementar, como ya se está haciendo, la enorme presión social necesaria para invertir la situación, cambiar la correlación de fuerzas, empoderar a la ciudadanía y a los pueblos, y apoyar propuestas alternativas para demostrar que otro mundo es posible, que otras relaciones comerciales son posibles, que otras normas y objetivos son posibles. 

 

No podemos permitir que en secreto se estén negociando perversos tratados que amenazan la democracia y la soberanía de los Estados (mediante Consejos de Cooperación Reguladora, o Tribunales de Arbitraje), amenazan los servicios públicos (mediante su privatización salvaje), que amenazan la seguridad alimentaria (mediante la entrada de alimentos transgénicos, eliminación de información en el etiquetado, eliminación del principio de precaución, eliminación de las denominaciones de origen...), amenazan el clima y la energía limpia (mediante el incremento de las actividades extractivas, el desprecio hacia los efectos del cambio climático, la potenciación del fracking...), amenazan el medio ambiente y la agricultura (mediante la pérdida de biodiversidad, la reducción de la agricultura y ganadería ecológicas, el aumento de las emisiones de CO2 a la atmósfera...), amenazan los derechos sociales y laborales (mediante la armonización a la baja de las legislaciones, limitación de derechos fundamentales, pérdida de puestos de trabajo, pérdida de mercado para las pymes, devaluación salarial y dumping social...), amenazan la privacidad y el control de datos personales (mediante un mayor acceso a los mismos por parte de las multinacionales, impactos negativos sobre la libertad de expresión, o aumento de los derechos sobre la propiedad intelectual...), amenazan a la salud pública (mediante el reforzamiento de las patentes en contra de los genéricos, y por tanto, mercantilización de la salud, opacidad de los ensayos clínicos...), amenazan la transparencia y la participación ciudadana (mediante el silencio de los medios de comunicación y los partidos políticos, o la ausencia de participación en las negociaciones del resto de actores y representantes de la sociedad civil, como sindicatos, movimientos sociales...). Podríamos continuar. Remitimos a los lectores y lectoras a los artículos anteriores de la serie, donde nos hemos detenido profundamente a explicar cada uno de los peligros de estos TLC.

 

Necesitamos alternativas que vayan y se orienten por otros caminos. Lejos de instalar democracias de excepción, globalización neoliberal y estrecho margen de maniobra para los Gobiernos, hemos de avanzar hacia instrumentos de liberación comercial e integración justa y equitativa de los pueblos. Necesitamos reorientar los actuales procesos de mercantilización de la naturaleza, de desprecio hacia el mundo animal y hacia la sosteniblidad, y de ninguneo hacia la democracia. Ya es hora de poner freno a la irracional codicia desmedida de las grandes empresas, de reducir y controlar su poder, de impedir sus graves tropelías internacionales. Ya es hora de poner freno a la despiadada comercialización con la salud humana, de controlar las actividades y los objetivos de las grandes empresas farmacéuticas, y de impedir el libre albedrío de los gigantes de la alimentación mundial. Ya es hora de poner freno al control privado de las semillas, y a la ola privatizadora desenfrenada e irracional. Ya es hora de controlar y reducir las amenazas constantes a nuestra soberanía como pueblos, de hacer que se respete la democracia, y de reducir la presión y la opacidad con la que estos perversos acuerdos se negocian, así como los actores que intervienen. Ya es hora de poner freno a las terribles dinámicas capitalistas que nos llevan al desastre. Ya es hora de interceptar la indecente labor de estos grandes agentes del mundo económico, y de impedir que su desmedido afán de lucro y riqueza personal puedan destruir las grandes conquistas de las sociedades más justas y equilibradas. Ya es hora de tumbar el control corporativo, de hacer desaparecer los organismos internacionales que imponen sus normas, de ejercer una resistencia eficaz y sostenida, de proponer alternativas y de llevarlas a la práctica. Ya es hora de diseñar otro mundo comercial. Ya es hora de reaccionar. Ya es hora de organizar la ofensiva popular contra los TLC. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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