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3 noviembre 2017 5 03 /11 /noviembre /2017 00:00
Arquitectura de la Desigualdad (62)

Desde el estallido en 2008 de la llamada “Gran Recesión” se ha constatado con claridad el enorme poder de la banca y el sector financiero. Cuando se inició la crisis, sorprendía la rapidez con la que gobiernos de todo el mundo aprobaban planes de rescate con sumas faraónicas de dinero público para ayudar a los bancos. Es algo completamente insólito, los culpables de la crisis han sido ayudados generosamente por los Estados, mientras las víctimas (parados, pensionistas, trabajadores) eran desatendidas, expuestas a los efectos de los recortes, e incluso se las convertía en culpables acusadas cínicamente de “haber vivido por encima de sus posibilidades”

Raúl Navas

Ante todos los desmanes de la banca privada, ya expuestos en las últimas entregas, la solución se nos aparece clara y nítida: la Banca Pública. En un artículo para el medio Rebelion firmado por varios autores, todos ellos pertenecientes a ATTAC-Navarra Nafarroa, se afirma lo siguiente: "El sistema bancario privado es incapaz de garantizar la correcta circulación del dinero. La última crisis, cuyas secuelas tardaremos en superar, lo ha puesto en evidencia. Esto es así porque los bancos privados, como casi cualquier otra empresa, tienen como objetivo principal conseguir el máximo beneficio. Por supuesto, es un objetivo lícito, pero tiene sus consecuencias. Durante años, y en aras de satisfacer los requerimientos de sus inversores, estos bancos incurrieron en riesgos desmesurados, y contribuyeron al crecimiento de las burbujas inmobiliaria y financiera, cuyo estallido dio origen a la crisis". Debido a ello, cientos de miles de pequeñas y medianas empresas tuvieron que cerrar, al verse imposibilitadas para continuar sufragando el crédito necesario para poder subsistir. Empleos que se perdieron por causa de los desmanes de la gran banca privada, que además provocaron la caída de ingresos del Estado, y el aumento de sus gastos para poder sufragar ayudas públicas. No es algo que haya ocurrido sólo en nuestro país, es cierto, pero ello no es óbice para justificar las aberrantes prácticas bancarias. Se ha demostrado que la economía no puede estar sometida al riesgo de fiar la totalidad del flujo de capitales a una banca privada que es capaz de comportarse de forma tan irresponsable. Un sistema de banca pública, avalado por el Estado y controlado democráticamente, estaría fuera de los vaivenes del mercado, y de la voracidad de determinados accionistas. 

 

Un sistema de banca pública permitiría llevar a cabo políticas monetarias anticíclicas, que permitirían paliar los efectos negativos de los altibajos de la economía. En su libro "Banca pública en la era de la financiarización", el Profesor e investigador alemán Christoph Scherrer, de la Universidad de Kassel, expone algunos casos exitosos de banca pública, como por ejemplo en Alemania, donde los efectos de la crisis han podido ser suavizados mediante algunas de estas entidades, o bien en la India, donde el sector bancario público es mayoritario, y ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del país y el correcto reparto de los recursos. En la India, un 40% del capital prestado por la banca pública se destina a la actividad agrícola, base fundamental de la producción del país, lo cual provoca y apoya la creación de millones de puestos de trabajo en dicho sector. La banca pública, por tanto, no es una ilusión ni una utopía, sino una esplendorosa realidad. Su objetivo fundamental debe ser gestionar de manera prudente los ahorros de la ciudadanía, para proporcionar crédito a familias y empresas. Esto implica definir un modelo de gestión que incluya criterios y controles sociales, así como una financiación de la economía real (productiva) que resulte eficaz y rentable. Una banca pública debe estar pensada para el conjunto de la ciudadanía, y por tanto debe garantizar la inclusión financiera de todas las personas. Una banca pública debería permitir además destinar el ahorro disponible hacia actividades y proyectos de interés social, primando unos sectores sobre otros. Asímismo, también debería servir para financiar proyectos estratégicos y líneas de desarrollo socioeconómicas de interés público, fomentando determinado nicho de negocios o de actividades económicas, así como puestos de trabajo en sectores donde se necesita mano de obra, pero donde el sector empresarial privado no entra. 

 

Un sistema de banca pública podría estar muy relacionado con los proyectos sociales de Trabajo Garantizado (TG, propuesta que hemos desarrollado más a fondo en este artículo), que provocarían la salida del desempleo de cientos de miles de personas, que serían contratadas por las Administraciones Públicas para cubrir actividades y sectores rentables socialmente, pero que no le interesan a la iniciativa privada. Por tanto, apostamos por una banca pública como herramienta financiera fundamental para reorientar las políticas públicas hacia otros criterios y objetivos, más acordes con las necesidades de la inmensa mayoría social. Una banca pública podría ser una estupenda garantía de que las comunidades recuperen el control sobre sus recursos públicos y bienes comunes, de los cuales depende su prosperidad, sin que los gigantes de esta gran banca privada transnacional los perviertan. En efecto, la élite económica que está detrás de la gran banca privada se ha apropiado de un conjunto fundamental de bienes públicos, que deben ser recuperados como bienes comunes. Lo explica perfectamente George Monbiot en este artículo para el medio The Guardian, traducido por Javier Biosca para eldiario.es. En él se expone que los bienes públicos no pertenecen al Estado ni al mercado, y poseen tres elementos definitorios: en primer lugar, recursos como la tierra, el agua, los minerales, la investigación científica, el hardware o el software. En segundo lugar, una comunidad de personas que ha compartido un acceso igualitario a dichos recursos, y que se ha organizado para controlarlo. Y en tercer lugar, las reglas, sistemas y negociaciones que se desarrollan para mantenerlos, redistribuir su riqueza y gestionar sus beneficios. Está claro que si potenciamos estos bienes públicos, estaremos revirtiendo también la arquitectura de la desigualdad. 

 

Porque un verdadero bien público no se gestiona para la acumulación de capital o para la obtención de beneficio, sino para asegurar una prosperidad y un bienestar social constantes. Los bienes públicos son inalienables, lo que significa que no se deberían vender ni donar, ya que son rentables socialmente (y no bajo otro prisma). Cuando los bienes públicos se refieren a recursos naturales, como los bosques o los mares, debe existir un interés en su protección a largo plazo, ya que de ellos depende la sostenibilidad humana, social y medioambiental, en vez de las ganancias a corto plazo que se podrían obtener con su destrucción. Cuidar los bienes públicos contribuirá a proyectar una sociedad más justa e igualitaria. Lógicamente, el capitalismo voraz y despiadado ha atacado los bienes públicos durante siglos, con su obsesiva transferencia de valores del ámbito público al privado. En cuanto se huele una oportunidad de beneficio privado, el capitalismo intenta transferir desde la órbita de lo público, de lo común, hacia la órbita privada. Detrás de ese "emprendimiento", de esa "visión de negocio" a la que muchas veces se apela, a menudo se encuentra la exploración de ciertas formas nuevas de apoderarse del trabajo y de los bienes comunes de las comunidades. Lo hacen continuamente las grandes empresas transnacionales en su continua devastación de recursos naturales, no sólo destruyendo las capacidades físicas del planeta, sino también los hábitats naturales y medios de supervivencia de determinadas poblaciones. Proyectos de corte extractivista, tales como los mineros, los hidrológicos, los forestales, los gasísticos, etc., se llevan a cabo continuamente a costa de practicar esta destrucción de recursos y bienes comunes. La desigualdad, por tanto, sigue proyectándose en ellos. Porque la apropiación por los gigantes empresariales privados de todos estos medios y recursos comunes deja en la miseria a determinadas comunidades, simplemente para aumentar los beneficios de sus empresas. 

 

Por tanto, estos procesos de apropiación crean nuevos nichos de desigualdad, y producen modelos de economía rentista, ya que aquéllos que capturan o extraen recursos naturales esenciales, fuerzan a todo el mundo a pagar por ellos, para poder obtener acceso a los mismos. Se trata de crímenes económicos en toda regla, ya que destrozan y empobrecen a las comunidades, alejan a las personas de sus trabajos, de sus medios de producción y de vida, y destruyen el entorno natural, creando graves desequilibrios medioambientales. Son ecosistemas que se destruyen por dinero, para enriquecer a unos pocos, mientras se empobrece a muchos. En una palabra: desigualdad. Desigualdad que es conscientemente proyectada por los grandes magnates y directivos de estas empresas, y que es conscientemente permitida por los Estados y sus respectivos Gobiernos, que bajo el dogma neoliberal, se convierten en vasallos al servicio del gran capital. Hemos de revertir todos estos indecentes procesos. Hemos de volver a valorar los bienes públicos, a situarlos y a respetarlos en su propia esfera, a concederles la importancia que merecen, y a comprender que de ellos depende que los tremendos e insostenibles niveles de desigualdad se continúen disparando. Hay que introducir la filosofía del bien común, el respeto hacia los mismos, el concepto de comunidad, los límites para que dichos bienes no puedan ser enajenados. Hay que infundir la valoración social de los mismos, consiguiendo desterrarlos del mundo de la iniciativa privada, para blindarlos en su única esfera permitida, que no es otra que la pública. Bien, finalizamos aquí, como ya advertimos en el artículo anterior, este segundo bloque temático de la serie, y partir de la siguiente entrega comenzaremos a exponer el tercero, dedicado a otro potentísimo elemento sostenedor de la desigualdad, como es la deuda pública de los países. 

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Published by Rafael Silva - en Política
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