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5 marzo 2018 1 05 /03 /marzo /2018 00:00
Viñeta: Cecilia Zamudio

Viñeta: Cecilia Zamudio

Que en tiempos de crisis aspectos como la economía o la corrupción política adquieran protagonismo es inevitable, pero que después de algo más de una década hayamos pasado por las guerras en Iraq, Afganistán, Libia, Siria o Ucrania; en unos momentos en que hay 36 países en conflicto con una población de 2700 millones de personas en riesgo de conflicto bélico; con 9 de cada 10 niños que llegan a Italia huyendo de la guerra haciéndolo solos… Que en esta situación la preocupación por las guerras sea del 0,0 sólo significa que el poder hace su labor con una eficacia realmente impactante

Joaquín García (Foro Contra la Guerra)

En nuestra cita de entradilla, el autor se refiere a la expresión de la ciudadanía en las últimas Encuestas del CIS, en torno al problema de las guerras, y como él afirma, todos los agentes que auspician y controlan las guerras hacen muy bien su trabajo, a tenor de la poca preocupación que este asunto despierta en la opinión pública. Y ello ocurre porque la guerra se normaliza, se va modelando en el imaginario colectivo como parte de nuestra realidad cotidiana. Es un proceso de normalización de la barbarie, al que asistimos de forma subconsciente. Porque debajo de todo ello, lo estamos explicando en este bloque temático, se cruzan los múltiples y variados intereses de las empresas que trabajan en el sector de la industria militar, así como los intereses de los Gobiernos de carácter geopolítico, que también responden a una casuística muy variada. Asistimos desde hace varias décadas a un incremento de la militarización, a un mayor patrocinio y protección pública de la industria del armamento, a un mayor protagonismo de nuestro país en los escenarios de la OTAN, a una potenciación de las exportaciones de armas (incluso a países en conflicto o que las utilizan a su vez en dichos conflictos), y asistimos, como analizábamos en la entrega anterior, a un aumento de las compras internas de armamento (lo que también engrosa la deuda pública), disfrazadas en los PGE de forma descarada. Unos presupuestos que, cuando son analizados de forma rigurosa, descubren un ingente gasto militar ilegítimo, opaco e insolidario. 

 

Esos son los motivos por los que los gastos militares (y el empleo que se hace de los mismos) pasa desapercibido ante el conjunto de la opinión pública, ante la capa de silencio, irrelevancia, opacidad y falta de transparencia de la que sus promotores hacen gala. Estos gastos en Defensa son inaceptables en comparación con los gastos necesarios para hacer frente a otras prioridades públicas y sociales. Sin ir más lejos, los pensionistas están en pie de guerra en nuestro país desde hace algunos días, denunciando y enfrentándose a la cruel y desalmada política del Gobierno, que los empobrece más cada año. Y ante tamaña situación de despropósito, nuestros gobernantes continúan aduciendo que "no hay dinero" para pagar las pensiones de nuestros mayores, aunque sí para aumentar los presupuestos de Defensa. Una absoluta vergüenza. Pero lo peor es que todo ello nos obliga, como estamos señalando, a una mayor sumisión respecto a los "señores de la guerra" y los vendedores de armas, en general los halcones de Occidente y su agresiva política militar. Según el colectivo "Utopía Contagiosa", el gasto militar oculto supone más del 80% del gasto militar real (una estimación que para el año 2016 suponía por ejemplo más de 25.000 millones de euros), un montante que a los ojos de la sociedad no existe, a pesar de repercutir gravemente en nuestro nivel de vida, en la deuda ilegítima que nos obligan a pagar (en este caso con doble motivo, porque es deuda para adquirir armas en beneficio de unos pocos y con ocultación y en perjuicio de todos), y en las posibilidades de usar el dinero público en bienes sociales y en servicios públicos, en vez de en una creciente militarización y participación de nuestro país en todo tipo de conflictos bélicos. 

 

Lo ideal bajo una sociedad plenamente democrática sería que el gasto militar y sus correspondientes asignaciones presupuestarias se decidieran de forma democrática y transparente en su totalidad por la población. Estamos aún en un escenario muy alejado, ya que lo que tenemos frecuentemente son incrementos ocultos de presupuesto, artimañas contables para disfrazar (y hacer aparecer como menor) un gasto militar que ya de por sí es grande, y ausencia de control social y parlamentario en este aspecto. El gasto militar real revela que nuestros gobernantes realizan sus funciones de espaldas a la sociedad, atendiendo a espurios intereses, engañando al conjunto de la opinión pública y sin dar verdaderas explicaciones democráticas. De hecho, si el nivel de ocultación de gasto militar ocurriera en cualquier otro Ministerio, esto se consideraría escandaloso, y enseguida saltarían todas las alarmas y controles para sacarlo a la luz. En cambio, esto no ocurre con el gasto militar, porque como decíamos más arriba, se ha instalado en el imaginario colectivo que los gastos en Defensa disponen de unos privilegios que no poseen los demás. Hemos de revelar todas estas falacias, e intentar que este asunto vuelva (si es que lo estuvo alguna vez) a estar gobernado por la cordura, la racionalidad y la transparencia. En el fondo, esta situación anómala delata también que el Ejército actúa como un Estado dentro del Estado que sólo vela por sus intereses. Conforma una casta altamente privilegiada, y a la vez, oculta a la crítica social por múltiples mecanismos políticos y económicos. Asistimos, en palabras del Colectivo Utopía Contagiosa, a una "impunidad total del militarismo", ciertamente un aspecto grave que cualquier sociedad que se denomine democrática no puede tolerar. 

 

Todo ello es proclive igualmente a la generación de un clima de corrupción en el ámbito del complejo militar-industrial-tecnológico y su relación con las élites políticas y económicas, donde el despilfarro, el descontrol económico y político, y muy posiblemente la corrupción sistémica en las cuestiones de defensa campen a sus anchas. El engaño social en estos temas es generalizado, y para mantenerlo, utilizan en su favor la desinformación, el miedo y la ignorancia en la sociedad, a lo que por supuesto se prestan muy bien los medios de comunicación dominantes. Pero se nos olvida también que el gasto militar no sólo es inversión directa en armamentos o en exportación de armas, sino que nos influye también en multitud de circunstancias, todas ellas de carácter negativo, tales como el coste de la violencia, el elevado número de operaciones militares en el exterior donde participamos, la dependencia del entramado de la OTAN, la militarización del territorio, la deuda militar, la huella ecológica de la actividad militar, o la pérdida de oportunidades vitales, entre otras muchas que se pueden citar. La escalada militarista no es, en ningún aspecto, buena consejera. Estamos refiriéndonos a nuestro país, pero en el ámbito europeo de los países de nuestro entorno cercano el tema es igualmente delicado: el complejo militar-industrial europeo, con la suma de todas sus empresas, factura al año más de 140.000 millones de euros, y es de los más potentes del planeta; cuenta con una Agencia Europea de Defensa plenamente operativa, y que moviliza miles de millones de euros; recientemente se ha constituido, por acuerdo de sus Presidentes de Gobierno, un gran fondo europeo para gasto militar que ya ha movilizado 5.000 millones de euros en 2017, y que movilizará 25 millones anuales entre 2018 y 2019 y unos 500 millones anuales a partir del año 2020.

 

Volviendo a nuestro país (pero igualmente extrapolable a los países de nuestro entorno), es lógico pensar que todo este ingente gasto militar sirva a un conjunto de intereses creados de la élite política y económica, sea funcional a dichos intereses, de los cuales se sirve también el Ejército. Pero los militares, con sus desfiles, con su colorido, con su exhibición propia, sus acciones, sus maniobras, etc., sólo son la punta de este grandísimo iceberg que representa el sistema de militarización del gasto público, que posee muchos otros promotores y beneficiarios. Según este artículo del medio "El Salmón Contracorriente", tenemos tres ámbitos fundamentales de interés, a saber: el círculo militar, el círculo financiero-económico militar, y el círculo internacional. Esta configuración por capas tiene la misión principal de ocultar muchos millones de euros fuera de los PGE, justamente para que no se note tanto la presencia de lo militar en el resto de ámbitos de nuestra sociedad. En el primer círculo tenemos al Ministerio de Defensa como actor y promotor principal, pero también al Ministerio del Interior (con la Guardia Civil que son personal militar), el Ministerio de Presidencia (con el CNI y su labor de espionaje, donde alrededor de un 50% de su personal también es militar), así como la financiación de las clases pasivas y de los Organismos Militares Autónomos. Por su parte, el círculo financiero-económico militar lo componen los Ministerios de Industria, Hacienda y Economía, con funciones coordinadas y diversas (autorizan los gastos y excesos, emiten la deuda, delimitan las estrategias para ocultar el gasto militar, promueven las industrias armamentistas, etc.). Por fin, tenemos el círculo internacional, que sirve de soporte y legitimación internacional, promocionando el gasto militar español de forma espiral, y adscribiéndonos al militarismo internacional. Aquí participan el Ministerio de Asuntos Exteriores, las operaciones militares en el exterior y todo su despliegue, y la propia Casa Real (que también posee gasto militar oculto). Continuaremos en siguientes entregas.

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