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7 marzo 2018 3 07 /03 /marzo /2018 00:00
Por un Proceso Constituyente (23)

España puede volver a ser una República. Hay que decirlo más. No hay que tener miedo a proponer un Proceso Constituyente que impida el proceso restituyente que las élites han puesto en marcha justo cuando estaban más debilitadas

Javier Gallego

Continuaremos en esta entrega profundizando en los conceptos de un Estado Laico, que es una de las características principales de la nueva Constitución que queremos crear como resultado del Proceso Constituyente. En concreto, una República Democrática, Federal, Laica y Socialista. Es decir, una República solidaria y participativa. Una República al servicio de las personas. Y el laicismo, como ya estamos comentando desde anteriores entregas, es un principio fundamental. Vamos a profundizar en él con ayuda de este magnífico artículo de Andrés Carmona Campo, Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural, que ejerce como Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria. El artículo que vamos a seguir fue publicado en el medio Filosofía en la Red, y nos ayudará a aclarar algunos conceptos de cara a las posibles discusiones sobre el verdadero alcance del laicismo. Andrés Carmona comienza afirmando que pese a las controversias que suscita el término, existe consenso en definir el laicismo en base a cuatro principios fundamentales: libertad de conciencia, igualdad, separación y neutralidad. Ya hemos insistido sobre los mismos en anteriores artículos, así que nos centraremos en el posible debate sobre el laicismo expresado en los espacios públicos "formal" e "informal". Lo que fundamentalmente está en juego es el papel de la religión en el ámbito público. De los cuatro principios anteriores, el principio de separación viene a distinguir tajantemente entre dos ámbitos: el público (la res publica) y el privado (la res privata). El primero es el ámbito de lo universal, de lo político, de lo que es de todos sin exclusión, y remite al "laos" o pueblo indiferenciado (de ahí la génesis de "laicidad") donde las pertenencias comunitarias, identitarias o religiosas son irrelevantes. El segundo es el ámbito de lo particular, de lo íntimo y privado, de las creencias, de las identidades personales o comunitarias. 

 

Este principio de separación implica la mutua independencia y autonomía de cada ámbito, sin permitir injerencias de uno en el otro. Así se garantiza la universalidad en el ámbito público y la máxima libertad en el ámbito privado. Por otra parte, el cuarto principio (el de neutralidad) impide identificaciones del público con el privado. La idea principal es que todo el mundo, cualquiera (pertenezca a mayorías o a minorías) se sienta incluido en el ámbito público y representado por los cargos públicos. Esto no estaría garantizado si el ámbito público o sus representantes se identificaran con una opción de conciencia (o religiosa) determinada. Por esta razón, la laicidad impide que los cargos públicos participen como tales en actos religiosos, por ejemplo. En palabras de la STC 24/1982 del Tribunal Constitucional: "El Estado se prohíbe a sí mismo cualquier concurrencia, junto a los ciudadanos, en calidad de sujeto de actos o de actitudes de signo religioso". Pero no obstante, pueden surgir dudas con respecto a otras cuestiones mucho más concretas. Por ejemplo, una procesión, de claro carácter religioso, tiene lugar en la calle, que es un espacio público. ¿Vulneraría el desfile procesional la laicidad? A primera vista podría parecer que sí, pero expongámoslo con más calma. De hecho, desde el clericalismo se hace caricatura del laicismo para intentar "demostrar" que los laicistas quieren hacer cosas como esa: prohibir las procesiones o cualquier otra manifestación pública de la fe particular. De acuerdo a esta falacia, el principio de separación "encierra" a la religión en el ámbito privado de la conciencia y prohíbe todas sus formas de manifestación pública, por ejemplo las procesiones. Dicha falacia les sirve para contraponer maliciosamente el "laicismo" a la "laicidad": el laicismo se expresaría en esa caricatura que hemos ejemplificado, y otra cosa sería la laicidad, que sí permitiría cualquier manifestación pública de la fe. 

 

Por tanto, pongamos las cosas en claro: ni es cierto que el laicismo se identifique con esa caricatura, ni hace falta una laicidad "abierta" o de otro tipo para evitarlo. El laicismo tal cual, bien entendido, se basta. Y bien entendido significa que el principio de separación, que a efectos de divulgación se explica con trazo grueso, a nivel de detalle y concreción hay que matizarlo mucho más, para que no haya lugar a dudas, equívocos o malas interpretaciones. No es que en realidad el asunto se preste a confusión, sino que debido a la inmensa influencia de la religión en nuestra sociedad (por una parte), y a la intencionalidad manifiestamente perniciosa de los que quieren crear confusión, la cosa se ha complicado bastante. Concretamente, la separación público-privado hay que trazarla con pincel fino en el ámbito público para subdividirlo en dos: el primero, público-formal. El segundo, público-informal. El ámbito privado no requiere mayor nivel de subdivisión, porque es el ámbito propio de la conciencia: es un ámbito totalmente protegido frente al Estado, para garantizar la plena libertad de conciencia. El Estado no puede entrar a legislar este ámbito, ni dictar lo que la ciudadanía debe o no debe creer. Es el espacio íntimo (personal, familiar, comunitario) donde se puede cultivar cualquier creencia o religión. Pero como decíamos, el ámbito público se subdivide en dos nuevos espacios: el ámbito público-formal es el propio del Estado, sus instituciones y sus cargos públicos: Parlamento, Gobierno, Presidente, Ministros, Ejército, hospitales, escuelas, etc. En este ámbito la exigencia del principio de neutralidad es máxima. Aquí no caben símbolos o creencias particulares. Sería inconcebible, por ejemplo, que un juez, al dictar sentencia, tuviera en cuenta sus creencias religiosas (o de otro tipo) para hacerlo. Por lo mismo, no caben crucifijos o medias lunas en Ayuntamientos, ni procede que los Concejales, en su calidad de tales, asistan a actos religiosos. Sería impensable, como acaba de ocurrir con el Rey Felipe VI hace pocos días, que el Presidente de la República asistiera en calidad de tal al besapiés del Cristo de Medinaceli, por poner un ejemplo concreto. 

 

Pero también tenemos, como ya hemos avanzado, el ámbito público-informal. Este ámbito es aquél que es público (porque no es privado y está regulado también desde instancias públicas), pero para el cual su publicidad deriva de que es un ámbito abierto a cualquiera, y por supuesto, ese cualquiera vendrá con sus propias creencias, religiones o aspectos de conciencia determinados. Un buen ejemplo de este ámbito son las calles y plazas públicas, en las que la ciudadanía puede expresar libremente sus ideas. En este ámbito no sería de recibo exigir, atendiendo al principio de separación, que se cumpliera también aquí el mismo grado de estricta neutralidad que en el ámbito público-formal. De un juez o un diputado exigimos que no tenga en cuenta para nada sus propias creencias religiosas a la hora de juzgar o legislar (ámbito público-formal), pero de unos manifestantes en la calle, procedentes de tal o cual colectivo, con su propia idiosincrasia, educación y características, no podemos esperar que no expresen con total libertad sus opiniones o creencias particulares, sino que más bien al contrario, debemos garantizarles absolutamente que puedan hacerlo. Y es que en este ámbito público-informal, aunque es público, participa la sociedad civil como tal. Incluimos a continuación una imagen que muestra gráficamente el espacio de los tres ámbitos señalados.

Fuente: Filosofía en la Red (http://www.filosofiaenlared.com/2016/06/laicismo-espacio-publico-formal-e.html)

Fuente: Filosofía en la Red (http://www.filosofiaenlared.com/2016/06/laicismo-espacio-publico-formal-e.html)

El Profesor Carmona Campo añade además que para entender correctamente lo anterior debemos tener en cuenta otra distinción, la que se expresa entre "laicidad" y "secularidad", porque muchas veces pueden llevarnos a engaño o confusión añadida. La laicidad se predica desde el Estado y sus instituciones, pero no desde la sociedad. En este sentido, la sociedad no es laica, si acaso será secular, que es distinto. El término "secular" alude a la pérdida progresiva de importancia de la religión en la sociedad. Y así, mientras que la laicidad es un concepto político, una aspiración o característica del Estado, la secularidad es un término sociológico, que expresa el grado de inmersión de las religiones en una sociedad determinada. Tanto la laicidad como la secularidad se miden en grados, no en valores absolutos. Si mezclamos los dos conceptos en sus diferentes grados, tendríamos cuatro posibilidades, dependiendo de Estados más laicos (con sociedades más o menos secularizadas) o Estados menos laicos (con sociedades más o menos secularizadas). Es decir, Estados más o menos laicos, con poblaciones más o menos religiosas. De hecho, podemos poner ejemplos de Estados que mezclan estos dos conceptos de forma diametralmente opuesta, incluso antagónica, pues pueden declarar la laicidad del Estado, pero poseer sociedades fuertemente religiosas. Por ejemplo, Francia posee una Ley de Separación Estado-Iglesia desde 1905, y el principio de laicidad recogido en el Art. 1 de su Constitución. O por ejemplo Estados Unidos, uno de los países más religiosos del mundo, donde la Primera Enmienda de su Constitución establece el principio de separación Iglesia-Estado. Tenemos variantes de todos los tipos. Continuaremos en siguientes entregas.

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