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5 abril 2018 4 05 /04 /abril /2018 23:00
Viñeta: Quino

Viñeta: Quino

El paro es el resultado de la aplicación de políticas económicas deliberadas para que una empresa como Endesa pueda en 2014 repartir 14.600 millones de euros en dividendos entre sus accionistas. O que los seis principales bancos españoles ganaran 8.000 millones de euros en el primer semestre de 2015, un 48% por encima de los beneficios registrados en el mismo periodo de 2014. Son las mismas entidades financieras que después cierran sucursales y anuncian ERE

Juan Torres López

Y esos grandes accionistas, directores, ejecutivos y demás ralea de los altos vuelos empresariales practican un absoluto desprecio hacia los bienes comunes y hacia los servicios públicos, generando aún más desigualdad. Son los promotores de los falaces mensajes de que "lo gratis no funciona", "lo público es insostenible", y demás lindezas por el estilo. Claro, ellos y ellas no necesitan los servicios públicos, y la insolidaridad rezuma por los poros de sus pieles. Los multimillonarios y sus familias disfrutan de una vida más larga y saludable que los trabajadores y trabajadoras que laboran en sus empresas, sometidos al chantaje, a la presión y a la precariedad impuesta por sus jefes y jefas. Los grandes gerifaltes empresariales no necesitan ni seguros médicos ni hospitales públicos. Un CEO (director ejecutivo, según sus siglas en inglés) vive un promedio de diez años más que un trabajador y disfruta de veinte años más de condiciones de vida saludable. Por eso los vemos trabajar con 70 o más años, porque su mundo es un mundo de garantías, no de incertidumbres, es un mundo de placeres, no de necesidades, es un mundo de satisfacciones, no de precariedad. Los multimillonarios y sus familias disfrutan de accesos privilegiados a las escuelas y a las clínicas más prestigiosas, y sus parejas suelen ser igualmente personas privilegiadas y bien conectadas con las que unen sus inmensas fortunas, multiplicándolas y acumulándolas para sus sucesivas generaciones, inculcando en las mismas ese culto a la desigualdad. Y así, los grandes imperios empresariales forjan imperios aún más grandes. Pero no se debe en la inmensa mayoría de casos, como ya adelantábamos en la entrega anterior, a su especial inteligencia o dedicación. 

 

Se debe a que disfrutan de un mundo capitalista y globalizado pensado para ellos, para perpetuar y aumentar sus riquezas, para incrementar sus privilegios, para mejorar su imagen social. Su riqueza les permite comprar una cobertura de prensa favorable, incluso servil, y les garantiza el acceso a los voceros, abogados y defensores más influyentes, para encubrir y disfrazar sus malas prácticas, sus abusos y sus estafas. A su vez contratan a personal intermedio con dotes de mando para que se ocupen de crear nuevas formas de recortar los salarios, de incrementar la productividad y de asegurarse de que las desigualdades se profundicen aún más. Bancos, tecnologías de la información, fábricas, alimentos, artefactos, laboratorios farmacéuticos, hospitales, etc., están directamente relacionados con las élites políticas que se deslizan por sus puertas giratorias, y de donde se nutren para sus fichajes. Si existen grandes empresarios que se alejen de este perfil que estamos describiendo, lo celebramos. Precisamente, trabajamos por un mundo donde la iniciativa empresarial se limite a una competencia limpia, sin agredir ni depredar al mundo laboral, ni a la naturaleza, ni al resto de animales. Trabajamos por un mundo donde a los empresarios también les preocupen las desigualdades, y a los cuales también les importe el bien común, y no estén pensando continuamente en destruirlo. Trabajamos por un mundo donde los empresarios también comprendan que sus asalariados/as también tienen derecho a vivir unas vidas dignas, como sus jefes, directivos y accionistas. Ojalá llegue el momento donde podamos contar todo eso. Pero desgraciadamente, en pleno siglo XXI, estamos a años luz de dicho escenarios. 

 

Y naturalmente, los multimillonarios están detrás de los idearios políticos más reaccionarios y neoliberales, hasta llegar al fanatismo, siendo los ponentes de las propuestas y medidas más antisociales que podamos imaginar. Estos grandes empresarios suelen comprar a las élites políticas, que incorporan en sus programas las medidas para congelar o reducir los salarios, recortar las obligaciones de las corporaciones, diseñar propuestas legislativas favorables para sus empresas, y aumentar sus ganancias privatizando empresas públicas, y facilitando los traslados y deslocalizaciones de las mismas a terceros países con salarios e impuestos más bajos. Ese "mundo global" que ellos defienden es el mundo creado a su imagen y semejanza, que magnifica su poder, que anula sus fronteras en beneficio de sus empresas, que anula barreras a su expansión, que elimina leyes que les estorban, y que mientras permiten todo ello, exprimen cada vez más a los trabajadores y a la naturaleza. A la vez que ellos consiguen todas estas ventajas y privilegios, la clase trabajadora es empujada cada vez más a la precariedad, a la inestabilidad laboral, a la incertidumbre vital, a la pobreza, a la miseria, al exilio, a la desesperanza, a la exclusión social y a la muerte. La arquitectura de la desigualdad consagra todas estas reglas como destino inevitable, y además, pretende que lo veamos como algo natural, para lo cual no existen alternativas. La clase capitalista "global" (es decir, la surgida de esta maligna globalización), como un todo, tanto la local, como la nacional y la internacional, persiguen las mismas políticas regresivas, promoviendo las desigualdades en su incesante y demencial lucha por incrementar sus ganancias. 

 

Cuenta Rubén Juste en su obra "IBEX 35: una historia herética del poder en España" los siguientes datos: "En 2016 la multinacional petrolera Repsol obtuvo unos beneficios netos de 1.736 millones de euros, el resultado más brillante del último cuatrienio. Los ingresos de los próceres de la entidad caminaron por la misma senda. El consejero delegado, Josu Jon Imaz, percibió 2,9 millones de euros; el presidente de Repsol, Antonio Brufau, 2,75 millones de euros y los miembros del consejo de administración de la petrolera se repartieron 12,75 millones de euros. Repsol es un ejemplo de esplendor en el IBEX-35 (índice de referencia en la bolsa española). Otro es el Banco Santander, que en el primer trimestre de 2017 alcanzó unos beneficios netos de 1.867 millones de euros, un 14% más que los tres primeros meses de 2016. Las remuneraciones de la cúpula directiva son tan pingües como las de la entidad financiera. La presidenta, Ana Botín, percibió 7,37 millones de euros en 2016; el sueldo del vicepresidente, Rodrigo Echenique, se situó en 3,8 millones de euros, y el consejo de administración obtuvo retribuciones por un valor de 25,8 millones de euros". Mientras, asalariados, parados y pensionistas tienen que mendigar por subidas insignificantes, y la mayoría de ellos no pueden desarrollar un proyecto de vida mínimamente digno. Extrapolado al ámbito internacional, las cifras son mareantes. Sólo daremos el siguiente dato: durante el año 2015, las diez mayores empresas del mundo obtuvieron una facturación superior a los ingresos públicos de 180 países juntos. ¿Es o no aberrante esta desigualdad? ¿Es sostenible un modelo de sociedad como el que describimos? 

 

Y por si alguien, queridos lectores y lectoras, os continúa insistiendo en que las fortunas inmensas de estos grandes empresarios se hacen "poco a poco", "con esfuerzo y gran trabajo", "con un enorme sacrificio", vamos a demostrar lo contrario. Y hemos dicho, y no es una errata, VAMOS A DEMOSTRAR. Así, tal como suena. Y si de números hablamos, las cosas sólo se pueden demostrar matemáticamente. Para ello, tomamos como referencia este artículo de Aday Quesada para el medio Canarias Semanal, donde el autor afirma directamente que "no es posible convertirse en multimillonario honestamente", y lo ejemplifica en el caso de Amancio Ortega, el hombre que forjó el imperio textil Inditex. Y es que simples operaciones matemáticas demuestran, como estamos contando, que la combinación entre los años trabajados (empleados en crear su imperio empresarial) y los beneficios que honestamente se pueden obtener anualmente, no pueden dar como resultante una fortuna de decenas de miles de millones de euros. Es simplemente IMPOSIBLE. En el caso de Inditex (extrapolable por supuesto a otros muchos) hemos de considerar la existencia de sus fábricas en Pakistán, Bangladesh y la India, donde la ropa que se confecciona en talleres situados en estos países procede de mano de obra esclava, con salarios miserables, que sólo permiten a sus operarios alimentarse para poder continuar trabajando al día siguiente. Pero en nuestras tiendas en España, resulta que mientras la compañía obtenía 3.157 millones de euros de beneficios durante el año 2016 (un 10% más que el año anterior), los empleados de tiendas de Madrid y León tuvieron que ponerse en huelga porque sus salarios permanecían en estado de latencia o hibernación. Vaya, que no aumentaban ni un euro. A todo ello hay que añadir que la empresa abusa de la contratación a tiempo parcial, y se niega a poner solución al extenso abanico de dolencias profesionales que afectan a aquéllos que trabajan para la compañía. Las matemáticas no fallan. ¿Tendría Amancio Ortega la misma fortuna si no evadiera impuestos, si pagara salarios decentes y la justa protección social a sus trabajadores, si no deslocalizara sus empresas, y si no abusara de un mercado laboral ya de por sí precario? Seguro que no. Continuaremos en siguientes entregas.

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