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18 octubre 2018 4 18 /10 /octubre /2018 23:00
Fuente Viñeta: Cronicón Virtual (https://cronicon.net)

Fuente Viñeta: Cronicón Virtual (https://cronicon.net)

Durante las últimas cuatro décadas, la automatización ha traído consigo la desaparición de trabajos clásicos de la clase media, y ahora tenemos una nueva oleada tecnológica que nos lleva a la automatización de gran parte de los trabajos de baja cualificación y mal remunerados. Veremos cómo aumenta la presión para lograr trabajos más precarios, a tiempo parcial y eventuales. Así que la cuestión no es si rechazamos la automatización, sino cómo aceptamos que va a suceder inevitablemente y nos adelantamos para construir un sistema que permita que no sea tan devastadora para los trabajadores

Nick Srnicek

También hemos de considerar, intentando analizar todos los aspectos de la arquitectura de la desigualdad laboral, hasta qué punto las estrategias clásicas del movimiento obrero (inspiradas en el Marxismo y en la lucha de clases) se quedan inoperantes bajo el actual escenario de la globalización capitalista. Pensemos por ejemplo en la huelga. Independientemente de que los propios sindicatos no las organizan como debieran, ni cuantitativa ni cualitativamente, tenemos que enfrentarnos, desgraciadamente, al hecho de que la globalización ha potenciado increíblemente el poder de las grandes corporaciones, lo cual ha tenido como consecuencia que las huelgas laborales pierdan gran parte de su eficacia. Siguen siendo una herramienta potente, interesante, de carácter colectivista, pero pierden hoy día todo su significado, si pensamos por ejemplo que una huelga organizada en tal o cual empresa de cualquier país (cualquier transnacional típica que posea sedes y sucursales por medio mundo), es muy poco temida por sus directivos, ya que la empresa puede ser trasladada a otro país (o a otro punto del mismo país) muy fácilmente. Las huelgas por tanto ya no poseen el enorme poder de antaño, y a ello hay que unirle la gran ventaja que el capital nos lleva en cuanto a poder de organización, de concentración y de concienciación. Solo existen algunos casos donde una huelga laboral indefinida puede tener éxito (medido éste por la fuerza de presión que se ejerza sobre la empresa a la hora de conseguir mejoras en las condiciones laborales), que se reducen a empresas locales que puedan paralizar el funcionamiento de toda una ciudad, o bien a huelgas estratégicas que puedan aunar la fuerza de varios sectores laborales a la vez. Pero estos escenarios son difíciles de conseguir hoy día. El capital nos alecciona y adoctrina diaria y continuamente para debilitar nuestra conciencia de clase, y con ello, nuestro poder como agente social fundamental. La precarización laboral y el alto nivel tecnológico conseguido en las empresas actuales disipan igualmente el fantasma de las huelgas masivas que antaño consiguieron grandes conquistas para la clase obrera, tanto local como internacional. 

 

Al final, si metemos todos estos asuntos en una coctelera, es posible que comencemos a darnos cuenta de que la única solución reside en construir lo que Alex Williams y Nick Srnicek llaman en su libro (ya reseñado en el artículo anterior) la sociedad del postrabajo. Es un modelo de sociedad que aún no siendo todavía poscapitalista, representa una superación (o si se prefiere, una transición) hacia un proyecto de sociedad que pueda serlo. Tengamos en cuenta que la superación total del capitalismo no puede darse de un día para otro. No podemos tirar abajo de un día para otro el avance de siglos de hegemonía capitalista, donde se nos han inculcado valores, pensamientos, doctrinas, mitos, comportamientos sociales, etc., basados en la perversidad de este sistema. Aplicado al asunto que nos ocupa, que no es otro que la arquitectura de la desigualdad aplicada al mundo laboral, se trataría de poner los cimientos para un modelo social donde se elimine la necesidad de la gente de tener que trabajar para poder sobrevivir. Para estos autores (y nosotros estamos convencidos de ello), la mejor manera de conseguir esto es mediante la implantación de la Renta Básica Universal (RBU), que abordaremos profundamente en breve. Pero de momento, continuemos exponiendo los puntos de vista que tienen que ver con las Nuevas Tecnologías aplicadas al contexto laboral. La investigadora del Grupo ETC Silvia Ribeiro nos expone lo siguiente en este artículo para el medio mexicano La Jornada: "Una serie de artículos del New York Times sobre la nueva clase trabajadora en Estados Unidos da cuenta del proceso: en 1900, las fábricas y campos de cultivo empleaban al 60 por ciento de la fuerza de trabajo. En 1950, los dos sectores juntos sólo empleaban al 36 por ciento. A 2014, menos del 10 por ciento. El sector servicios ha ido aumentando porcentualmente y a 2015, ocupaba al 56 por ciento de los trabajadores. El mayor crecimiento es en el de cuidados de ancianos y niños, de los cuales se ocupan mayoritariamente inmigrantes, al igual que muchos otros empleos que por ser rutinarios, mal pagados o tener bajo estatus social, no quieren hacer los estadounidenses (NYT, The Jobs American Do, 23/2/17). Aquí influyen varios factores, entre ellos la automatización, pero también la globalización neoliberal y la deslocalización de producción hacia países con salarios miserables".

 

Los dos últimos factores que menciona Silvia Ribeiro ya los hemos venido analizando en entregas anteriores, así que intentaremos centrarnos en el primero, es decir, en la influencia y deriva de los procesos de automatización, informatización y robotización de las tareas de fábricas, modelos de negocio y empresas, y sus consecuencias y posibles enfoques y soluciones al mundo laboral. Por ejemplo, tomemos el sector agrícola. A la industrialización masiva implementada en el sector, se han sumado últimamente nuevas formas de robótica, almacenaje digital y minería de enormes volúmenes de datos, inteligencia artificial, genómica y nuevas biotecnologías, todo lo cual converge en un nuevo modelo de agricultura de precisión, cuyo destino es un campo sin agricultores, sustituidos por unos pocos operadores informáticos. Y así, las fusiones de empresas que vemos en el sector agrícola (Bayer/Monsanto, Syngenta/ChemChina, Dupont/Dow...) se explican en parte por estas nuevas convergencias tecnológicas. El perfil de una empresa química (como Bayer, por ejemplo) aliada con una empresa de semillas (como Monsanto, por ejemplo) no sólo es una combinación explosiva, sino que demuestra a las claras por dónde van las tendencias. Varias de estas empresas han invertido en enormes bancos de datos digitales agrícolas (que conocen suelos, climas, genómica de fauna, flora y microorganismos, etc.) y poseen contratos de colaboración con firmas de maquinaria que manejan robótica, información por satélite, etc. El campo agroindustrial futuro estará dominado por drones y sensores, que junto al manejo de datos digitales físico-químicos y genómicos, administrarán agrotóxicos o agua a través de software y maquinaria no tripulada. La convergencia de biotecnología, nanotecnología, robótica e inteligencia artificial y redes de comunicación de datos será la tónica presente en otros muchos sectores. 

 

Por su parte, las empresas de distribución también están evolucionando hacia modelos y sistemas totalmente automatizados que procesan desde la atención al cliente hasta la selección de pedidos en el almacén y los correspondientes envíos (caso de Amazon, por ejemplo). También realizan distribución mediante vehículos no tripulados. Geolocalización, identificación mediante dispositivos móviles, automatización de sistemas de pago, etc., también están a la orden del día. La inteligencia artificial combinada con el llamado "Internet de las cosas" ya diseñan nuestras viviendas del futuro, que nos reconocerán por la voz, entenderán nuestras órdenes, y programarán nuestros dispositivos y electrodomésticos a nuestra llegada. Podríamos mencionar muchos otros sectores que verán revolucionada su actividad y su funcionamiento debido a la aplicación de las Nuevas Tecnologías. Pues bien, a tenor de todo lo mencionado...¿podríamos concluir que los robots acabarán con el trabajo humano? Como muy bien explica Juan Torres López en este artículo para eldiario.es (octavo artículo de su serie "Desvelando mentiras, mitos y medias verdades económicas", cuya lectura completa recomendamos), si atendemos al incremento de productividad generado desde finales del siglo XX no ha producido un desempleo gigantesco, sino que la jornada de trabajo se ha reducido a la mitad, y la especialización de los trabajadores se ha vuelto más importante. Ya en otras ocasiones en la historia se ha augurado, equivocadamente, el fin del trabajo humano (en su acepción capitalista, que ya hemos comentado en anteriores entregas) por culpa de la aparición y evolución de las máquinas, de las computadoras, de los robots, de la Inteligencia Artificial, en definitiva, de la aplicación de las Nuevas Tecnologías a los diversos campos de actividad. Pero eso nunca ha ocurrido. En lugar de ello, se ha perdido, es cierto, un volumen considerable del empleo que existía, pero también, con el tiempo y la especialización en nuevos campos y actividades, se han ganado otro tipo de empleos, con otras características.

 

Todo ello nos induce a pensar que en realidad, más que una revolución, lo que las Nuevas Tecnologías aportan es una evolución. Una evolución que se manifiesta en la automatización de multitud de tareas, en la concepción de la relación humana con dichas tareas, en la especialización técnica de muchos perfiles laborales, y en el aumento de la innovación y de la productividad. También el volumen total de empleo ha crecido durante el último siglo entre un 30% y un 50%. En todas estas variables han influido también las duraciones de las jornadas laborales (pues no puede considerarse la productividad como un factor aislado). En nuestro país, por ejemplo, según el Profesor Torres, el 74% de los trabajadores tenía en 1914 una jornada de 60 horas semanales, esto es, algo más de 3.000 horas anuales, frente a la actual jornada de 40 horas semanales, lo que supone unas 1.600 horas anuales. Juan Torres concluye muy acertadamente: "Cuando una oleada de innovación no se acompaña de menos tiempo de trabajo, el paro aumenta. Por el contrario, si baja la jornada de trabajo, si se trabajan menos horas en cada puesto de trabajo cuando aumenta la productividad, no sólo no tiene por qué aumentar el paro sino que se pueden crear más empleos". La regulación de la jornada laboral es un instrumento muy importante de cara al reparto del empleo existente (una medida a la que son muy reticentes los patronos), pero también para minimizar el impacto de la implantación de las nuevas tecnologías a los puestos de trabajo. Se necesitan también, no obstante, políticas económicas que eviten que caiga la demanda, así como políticas laborales que formen y reciclen tanto a los trabajadores como a la población en general. En definitiva, hemos de tener claro que la automatización de las tareas sólo provocarán caída en el empleo total si y sólo si no baja la duración de la jornada de trabajo y si se mantienen las políticas económicas actuales, orientadas a producir artificialmente la escasez porque así bajan los salarios y aumenta la tasa de beneficio de las grandes empresas y de la banca, disparándose con todo ello las desigualdades. Continuaremos en siguientes entregas.

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