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25 octubre 2018 4 25 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Antonio Fraguas "Forges"

Viñeta: Antonio Fraguas "Forges"

La OIT contaba más de 192 millones de desempleados en enero de 2018, pero ahora sospechamos que el ascenso es notoriamente superior. Abrimos los ojos y vemos el mundo, en el cual enormes filas de desempleados cuyas quejas apenas llegan a través de los desfallecidos sindicatos, trabajadores de todas las edades que se acumulan en el paro como animales infectados en el matadero y tratados como cuerpos tóxicos

Eduardo Camín

Por tanto, más que la preocupación por si los robots o la inteligencia artificial se quedarán con nuestras tareas, o sobre los millones de puestos de trabajo que se perderán con la implantación de las nuevas tecnologías en las empresas, podríamos y deberíamos hacernos otras preguntas, como las que formula Paula Bach en este artículo para el medio Izquierda Diario: "¿Será la humanidad capaz de reducir el tiempo de trabajo gris y cotidiano en el mediano o aún en el largo plazo? ¿de cuántas horas será una jornada de trabajo media teniendo en cuenta la ayuda de este eventual "ejército de robots"? ¿de 6? ¿de 4 horas? ¿de 3, de 2? ¿será capaz la humanidad de crear las máquinas que le permitan a las amplias mayorías conquistar el tiempo libre necesario para desarrollar la imaginación, la creatividad, el arte, la ciencia?". Éstas y otras por el estilo son las preguntas verdaderamente interesantes a las que hay que dar respuesta, o mejor dicho, trabajar políticamente para hacer realidad las respuestas adecuadas. No hagamos caso por tanto a las profecías del advenimiento masivo de robots que ocuparán nuestros puestos de trabajo, desahuciándonos de los mismos, ya que no es más que propaganda financiada por el capital para inculcarnos miedo y convertir en otro designio de la naturaleza sus perversas intenciones. Al capital le interesa que la clase trabajadora vea a los robots como una amenaza, como un nuevo rival, como nuestros enemigos, cuando nada más lejos de la realidad. Detrás de toda esa mensajería interesada, se pretende que los trabajadores y trabajadoras se comporten aún de forma más sumisa con el capital, con los patronos, presionados por esta "amenaza robotizada" que viene a suplantarnos en las empresas. 

 

¿Qué sentido le damos entonces al concepto de "desempleo tecnológico"? Varios flecos ocurren por esta vía de la implantación de la tecnología en las empresas: por una parte, se crean nuevos empleos al albur de la creciente mecanización de las tareas que hasta ahora desarrollaban los humanos, a la par que se destruyen empleos antiguos cuya naturaleza o fines dejan de interesar. Pero mientras todo ello ocurre, nos encontramos en una fase donde el capitalismo (siempre ávido de obtener mayores beneficios) utiliza la tecnología en contra de los trabajadores, creando plustrabajo en un polo (demasiado trabajo para algunos) y desempleo en el otro (reducción masiva de plantillas por adecuación tecnológica de las mismas). Debemos luchar, en aras de minimizar la arquitectura de la desigualdad, por nivelar estos dos polos, jugando, como ya indicábamos en la entrega anterior, con el factor de la productividad por una parte, y con el reparto del trabajo, por la otra. Porque hay que resaltar que igual que nos preocupa la desaparición del trabajo en masa, también es ciertamente preocupante la deriva de la precariedad laboral, es decir, la gradual desaparición del trabajo de calidad, estable y con derechos. Pero no nos engañemos: este último factor no ha ocurrido por la tecnología, sino por la globalización y la deslocalización de las empresas, fenómenos ya expuestos en entregas anteriores. La mejor herramienta para luchar contra todo ello es la exigencia del reparto de las horas de trabajo entre los trabajadores disponibles, sin reducciones salariales, para poner al servicio de la clase trabajadora las conquistas de la ciencia y de la técnica. No obstante, esta medida también nos hace pensar sobre la posibilidad de que los ingresos por trabajo retribuido no alcancen el mínimo para poder desarrollar una vida digna, lo cual nos trae de nuevo al debate sobre la Renta Básica Universal (RBU), que trataremos en breve. 

 

Insistimos no obstante en que para revertir la arquitectura de la desigualdad, además de las medidas que proponemos aquí, sería necesaria una mayor implicación del sector público en el área de las nuevas tecnologías, de tal forma que dicho campo no fuera patrimonializado ni dominado únicamente por el gran capital. Dicho de otro modo, es necesario facilitar cierto grado de soberanía tecnológica, para de algún modo impedir que los capitalistas controlen e impongan a su albedrío (con las terribles consecuencias que ello podría ocasionar para la clase trabajadora) los avances científicos y tecnológicos en el mundo laboral, y en general, en el resto de actividades humanas. Véase, a modo de ciencia-ficción, el hipotético escenario que imaginan Diego Saravia, Nilsa Sarmiento y Rafael Rico Ríos en este artículo para el digital Rebelion, bajo el enigmático título: "La era del robot, ¿fin de la lucha de clases?". En el citado texto, los autores nos relatan, desde un punto de vista de ficción, los posibles peligros de los avances de la robótica aplicados al capitalismo y a la lucha de clases, y las posibilidades y estrategias para frenarlo. Curioso artículo donde los haya. En definitiva, y reconsiderando todos los factores que hemos expuesto durante las últimas entregas de esta serie (precariedad laboral, trabajadores pobres, el debate sobre el fin del trabajo, el aumento del uso de las nuevas tecnologías en las empresas, etc.), creemos que está clara la necesidad de repensar los mecanismos de inclusión social, y no construirla únicamente desde la base del empleo, sobre todo si entendemos éste en su versión capitalista. Rompamos así con ese mantra de la derecha que reza: "La mejor política social es el empleo" (sobre todo porque se refieren a continuar creando empleos precarios para aumentar el ratio de obreros pobres).

 

En el fondo de este planteamiento, radica la necesidad y urgencia de pensar en el trabajo humano bajo nuevos enfoques, en nuevos términos, con otros objetivos, sujeto a otra naturaleza. O si se prefiere, abriendo nuevas acepciones, es decir, no limitándonos a la acepción clásica (capitalista) del trabajo remunerado. Hoy día es muy difícil pensar en la justicia social en base únicamente al trabajo humano como la posesión de un empleo, ya que sustenta un modelo de mercantilización de todas las facetas de nuestra vida, que siempre, de manera incondicional, terminará superponiendo el valor de mercado sobre la dignidad de las personas. Necesitamos abrir el abanico, dejar entrar un poco de humanidad en el concepto de trabajo, legitimar otras posibilidades a las ocupaciones humanas, que no sean sólo aquéllas que están sujetas a un horario, a un salario y a una determinada producción. Y por supuesto, debemos acabar con la precariedad laboral, pero esto, evidentemente, no puede hacerse solicitando a los empresarios su buena voluntad y cooperación, mediante compromisos no vinculantes o códigos de buenas prácticas (como se hizo con la banca), sino que ha de hacerse por ley. Simplemente, se debe elaborar un determinado marco legal que prevea al máximo las posibilidades de utilizar fraudulentamente determinados tipos de contratos, y además, racionalizar los salarios, los horarios y las cotizaciones, para que nadie tenga que sufrir un trabajo indigno. Bien, y mientras eso no llega...¿Qué? Pues mientras eso no llega, el sistema debe dotar a las personas de una Renta Mínima, de carácter indefinido, para asegurar su subsistencia material. 

 

Todo ello implica que no se puede dejar la tarea de la creación de empleo únicamente en las manos privadas, sino que hace falta de forma imperiosa un desarrollo masivo del sector público, recuperando empleos públicos, revirtiendo los recortes que se han practicado durante los últimos años, abriendo la iniciativa pública a sectores aún no existentes (por ejemplo, la Educación Infantil de 0 a 3 años), recuperando empresas del sector público, y sobre todo, devolviendo a la esfera pública (de donde nunca debieran haber salido) las empresas que gestionan los servicios y suministros básicos (energía, transportes, agua, banca, telecomunicaciones...), de tal forma que tales servicios dejen de constituir un lujo para quien pueda pagarlos, sino que sean servicios públicos (gratuitos y universales), ligados a derechos fundamentales del conjunto de la ciudadanía. Con todo esto aún no basta, y entonces, como hemos insistido, necesitamos repartir el trabajo existente, y eso lo podemos hacer mediante una reducción de la jornada laboral sin disminución salarial, pasando a la jornada de 30, incluso de 20 horas semanales (para algunos sectores con mucha presencia tecnológica la jornada podría reducirse aún más). Además, esa es la única manera (junto con otros complementos tributarios) de hacer viable el Sistema Público de Pensiones y de dignificarlas, logrando la creación de puestos de trabajo estables y bien pagados, que creen riqueza social. Como la iniciativa privada no contribuirá en este propósito (o lo hará en la mínima proporción), para eso venimos recomendando la implantación de los Planes de Trabajo Garantizado (PTG), que diseñan la Relación de Puestos de Trabajo (RPT) realmente necesarios (desde un punto de vista social) para una determinada comunidad. Serían, como hemos expuesto, trabajos controlados por la iniciativa pública, y bajo control democrático. La guinda de todo este pastel la pondría la Renta Básica Universal (RBU), pensada para los casos donde las personas no tuvieran ninguna oportunidad en este abanico de posibilidades, o simplemente no quisieran acogerse a ninguna. Continuaremos en siguientes entregas.

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