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30 noviembre 2018 5 30 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://economipedia.com/

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Desde nuestra condición de contribuyentes, los ciudadanos y ciudadanas españoles llevamos años pagando costes privados sobre los que no poseemos ni control ni beneficio alguno: quiebras bancarias, bancarrotas de autopistas, déficits de tarifas eléctricas, cierres de centrales nucleares o sondeos fallidos de almacenamiento de gas. Es justo, pues, reclamar una contrapartida a este esfuerzo nacional en forma de indemnización social por el saqueo de los bienes públicos. Lo cual refuerza el argumento político para reivindicar un ingreso de ciudadanía garantizado e incondicional

Cive Pérez (Escritor y miembro del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de ATTAC Madrid)

A estas alturas de lo que llevamos de exposición en cuanto al instrumento de la RBU, ya debe entenderse ésta como una medida realmente revolucionaria, un proyecto social para revertir la peligrosa e indecente arquitectura de la desigualdad, y una medida realmente capaz de abrir caminos para la articulación de escenarios sociales más justos, equitativos y avanzados, así como para la construcción de relaciones sociales y laborales más libres. Hoy día, la RBU debe enmarcarse en una nueva línea de derechos humanos emergentes, en línea con la tradición republicana, que incida en la consecución de mayores grados de libertad material, tanto personal como colectivamente. Pero detengámonos ahora en la característica de la universalidad, ya citada igualmente en entregas anteriores. Esta característica implica que la RBU la recibirá todo el mundo. Enseguida salen los detractores más demagogos a replicar: "¿Qué quieres? ¿Dársela también a los ricos?", como si sufrieran un ataque de solidaridad social. Y la respuesta es que sí, que pretendemos que también la cobren los ricos, pero que ello no implica que todos "ganen" por igual al percibir la RBU. Unas nociones básicas de fiscalidad nos llevan a la idea de que los ingresos que realmente percibe una persona están en proporción a su nivel de ingresos reales menos los impuestos que ha de pagar a las arcas públicas, para el sostenimiento del Estado del Bienestar, y del propio Estado en todas sus instancias y manifestaciones. Pues bien, basta con aplicar una Reforma Fiscal realmente progresiva (repetimos, realmente progresiva) para que aunque los ricos reciban también la RBU, no ganen, sino que pierdan. Dicho en otros términos, hemos de entender que la Renta Básica se encuentra integrada en el propio sistema impositivo, del que salen los recursos necesarios para financiarla. Por ser un instrumento universal, va destinada a todo el conjunto de la población (más ricos, menos ricos, jóvenes, viejos, empleados, desempleados...). Hasta aquí, estupendo (nótese que hemos dicho "menos ricos", porque bajo la RBU dejarían de existir los pobres).

 

Pero por hallarse vinculada al propio sistema fiscal, y atendiendo al principio de progresividad, las personas con más recursos (que más tienen y más cobran) aportarán más (en algunos casos mucho más) de lo que obtienen en concepto de renta básica. En el prólogo del texto "Renta Básica Incondicional", David Casassas incluye el siguiente símil, que nos parece muy acertado: "En este sentido, la renta básica opera como un hospital público --allá donde el acceso a la salud es un derecho universal, claro está--: todo el mundo, incluidas las personas con más recursos, tienen el derecho a acudir a él --hagan tal derecho efectivo o prefieran recurrir a la sanidad privada--; pero, de promedio y a lo largo de toda una vida, lo que estas personas con más recursos aportan al sistema sanitario a través de los impuestos es más de lo que gastan de él". Y así, en efecto, la propia financiación de la RBU surge de todo el mundo, de lo que aportan los más ricos (mucho más) y de lo que aportan los menos ricos (en muchos casos incluso nada, como ahora la gente que está exenta de la Declaración de IRPF). Pero como es universal, todo el mundo disfruta de ella. Esto es así porque la RBU funciona como un suelo de ingresos, no como un techo. Sencillamente, a partir de ella podemos (si lo deseamos) ir acumulando otros ingresos procedentes de las fuentes que estimemos oportunas, y en el caso en que tales ingresos superen ciertos umbrales, nos corresponderá ir aportando a la sociedad (es decir, al resto de perceptores de la RBU) a través del sistema impositivo. Y por su parte, tener la existencia material garantizada incondicionalmente (es decir, como un derecho de ciudadanía) nos permite alzar nuestra voz de forma libre y rotunda, y lograr participar de forma efectiva en los procesos de toma de decisiones relativas a todo tipo de contratos y relaciones sociales que podamos estar construyendo. 

 

En otros términos, tener la existencia material garantizada incondicionalmente nos habilita para poder decir que no queremos vivir como se  pretende que vivamos, todo ello para poder decir que sí queremos vivir de otros modos, con arreglo a otros criterios, bajo otras concepciones de la vida. En una palabra, tener la existencia material garantizada nos proporciona más libertad. ¿Libertad para qué? Pues libertad para negarnos a realizar determinados trabajos que no nos interesan, que no cuadran con nuestros principios, o para los cuales no nos gustan las condiciones que nos ofrecen. Libertad para practicar períodos de descanso, de realizar otro tipo de proyectos, de salirnos de la rutina diaria, y sobre todo, libertad para poder vivir por nosotros mismos, sin los recursos y el permiso de otros. Y es que cuando tenemos un conjunto de recursos que garantizan nuestra existencia material, adquirimos mayores cuotas de poder de negociación, pues tenemos mayor fuerza para aguantar pulsos a lo largo del tiempo, períodos sin otros ingresos, y mayor capacidad de emprender riesgos y de explorar opciones alternativas. El mundo de las actividades humanas se enriquecería enormemente con la implantación de una RBU. Como ya hemos debatido en anteriores entregas, el modelo clásico de empleo remunerado (bajo la visión capitalista, dominante y explotadora) está entrando en una profunda crisis, y además, sabemos que no todo el trabajo humano que se realiza cuadra con el perfil de trabajo asalariado y rentable económicamente. Existen muchos otros trabajos que no responden a estas características, y que debemos o podemos querer llevar a cabo en algún momento de nuestras vidas. La RBU actúa a modo de "caja de resistencia" en este sentido, liberándonos de la carga del trabajo asalariado, para poder enfocar nuestra atención a otras tareas. La renta básica, al garantizar nuestra existencia material como un derecho, nos capacita y nos fortalece para poder salir (cuando queramos o lo necesitemos por un tiempo) de los mercados de trabajo, es decir, para desmercantilizar la fuerza de trabajo. 

 

Pero ojo, porque salir de los mercados de trabajo no significa no realizar ningún tipo de trabajo, como la mayoría de las personas entienden. No nos estamos refiriendo a disfrutar de dos años "sabáticos" (que también), sino a desempeñar otras tareas que necesitemos, bien porque sea el momento (cuidar de nuestros hijos, de nuestros mayores, de nuestros nietos, levantar una empresa...), o bien porque simplemente nos lo pida el cuerpo (hacer un viaje, llevar a cabo un voluntariado, matricularnos en la Universidad, dedicarnos a escribir, a pintar, a administrar nuestra comunidad de vecinos, a cualquier otro hobby o afición que tuviéramos desatendida...). Bien al contrario, por tanto, poder salir de los mercados de trabajo equivale a poder constituir otros centros de trabajo, otras unidades productivas, otras tareas o actividades enriquecedoras. Esta es la razón por la que también la RBU se nos ha presentado vinculada con la democracia económica: en efecto, la desmercantilización de la fuerza de trabajo nos puede convertir en actores con verdadera capacidad para alumbrar nuevas estructuras productivas de titularidad colectiva donde actuemos como trabajadores/socios/cooperativistas con efectivos derechos políticos sobre las decisiones de inversión, organización de la producción, distribución del excedente, etc. David Casassas afirma: "Los hechos nos demuestran que el cooperativismo es posible sin renta básica; la hipótesis que manejamos aquí apunta a una posible extensión social del cooperativismo como resultado de la garantía universal de una base material de la que capas inmensas de la población carecen hoy en día". La RBU es un instrumento tremendamente liberador en todos estos sentidos. Nos empodera frente a cualquier tipo de presión o negociación, frente a cualquier intento de chantaje o coacción, y frente a determinadas actividades que no queramos llevar a cabo por principios, o por simple elección personal. Bien, pero llegados a este punto, hay que darle entrada a la pregunta del millón: Entonces...¿Trabajaría la gente con una renta básica?

 

Es precisamente ese otro de los argumentos de los detractores de la medida, que fundan su opinión en que con la RBU, la gente, simplemente, dejaría de trabajar. Pero...¿realmente estamos seguros de que, en el caso de contar con una RBU para todo el mundo, la gente tendría incentivos para trabajar? De entrada, los experimentos que hasta ahora se han implementado en algunos lugares del planeta, también echan abajo este sucio argumento. Efectivamente, las personas, aún disponiendo de los ingresos fijos, continuos e indefinidos de una RBU, no han dejado de dedicarse a lo que ya se venían dedicando. La realidad, por tanto, desmiente este argumento. Pero es que independientemente de ello, la pregunta tiene muchas trampas por debajo. Vamos a ver si somos capaces de desmontarlas todas. La primera trampa está bien clara: si alguien poseía ya un trabajo muy precario, que además ni le gustaba llevar a cabo (es decir, no poseía para esa persona ningún tipo de incentivo, ni material ni espiritual), seguramente lo abandonará si le proporcionamos una RBU. Pero esto en ningún modo hay que entenderlo como que la gente "deja de trabajar". En casos como éste, es simplemente que las personas tenían una actividad que no les compensaba, pero de la que no podían prescindir porque no tenían otro modo de sufragar sus necesidades básicas. Y ahora, con la RBU, ya sí lo tienen, y por eso abandonan esa actividad. Pero es lógico pensar que cuando puedan disfrutar de un puesto de trabajo que les incentive en cualquier ámbito, seguro que lo elegirán antes que seguir inactivos. Por otra parte, se no se nos puede olvidar (por eso hemos planteado ese debate justo en las entregas anteriores) que "trabajo" no siempre significa "empleo" desde el punto de vista capitalista al que estamos acostumbrados (es decir, en su acepción de "trabajo remunerado"), por lo cual que las personas estén recibiendo su RBU y que no tengan ningún "empleo" no significa que estén inactivas. Pero aún no hemos acabado nuestro razonamiento. Lo continuaremos en siguientes entregas.

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