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7 diciembre 2018 5 07 /12 /diciembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: http://www.expansion.com/

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En definitiva, quienes defienden la renta básica participan de la idea de que una vida que merezca la pena ser vivida es una vida pluriactiva que acomoda todo tipo de actividades —de formación, de cuidado propio y de quienes nos rodean, de trabajo remunerado, de ocio, de participación cívico-política—, y de que una gestión autónoma y liberadora de toda esa diversidad de actividades, muchas de las cuales implican una interrupción de nuestra relación con los mercados de trabajo, requiere una base material incondicionalmente garantizada que nos haga inmunes a cualquier forma de chantaje o coacción y que nos empodere para proponer —y si es preciso forzar— unos repartos de los trabajos que respeten los deseos y aspiraciones individuales y colectivos de todos y todas

David Casassas

Nos quedamos en el artículo anterior exponiendo quizá uno de los argumentos más utilizados (cuando ya se quedan sin los demás), tanto por la "izquierda" como por la derecha, por parte de los detractores de la RBU. Se trata de aquél que alega, simplemente, que con la RBU la gente no trabajaría, quedaría ociosa, nos convertiríamos en unos vagos. Ya habíamos contestado a este argumento, como razón principal, que el concepto de "trabajo" debía adaptarse a un rango más amplio, y no considerar sólo al modelo clásico de empleo remunerado. Pero hay más argumentos. Tanto para la derecha como para algunas izquierdas algo despistadas, "el trabajo dignifica". Ya hemos debatido sobre esta afirmación en entregas anteriores, pero la volveremos a traer a colación aquí. Y como según ellos el trabajo dignifica, no tendría sentido apoyar una medida que incondicionalmente transfiriera recursos a las personas "a cambio de nada". Parece que tienen una imagen en su retina donde se ve a ese perceptor o perceptora de la RBU todo el día tumbado en el sofá de su casa, esperando recibir la tan ansiada asignación. Además de tener una imagen muy pobre de la especie humana en general, resulta que esta imagen, en la práctica, no se daría. Y nos remitimos para ello a varios datos. El primero, ya señalado, alude a las experiencias ya implementadas de la RBU en algunos territorios, que contradicen este argumento, pues demuestran que la gente ha continuado trabajando, aún percibiendo la renta básica. Parece ser que no eran tan vagos/as como este argumento intentaba presentarnos a estas personas. Y ello porque la RBU en ningún caso cuestiona la centralidad del trabajo, sino que es una medida que, al cubrir las necesidades esenciales de la vida, favorece la emergencia del trabajo realmente deseado, y actúa como caja de resistencia para oponerse a los trabajos indeseados. Sin la renta básica, y bajo este capitalismo opresor, nos encontramos abocados por la necesidad de agarrarnos a cualquier oferta de empleo, aunque nos parezca indigna, precaria o explotadora. En cambio, la RBU nos libera de dicha opresión. Quizá es precisamente esto lo que temen quienes proporcionan este simplista, injusto, débil, infantil y reduccionista argumento. 

 

La denominada "economía de mercado" nos esclaviza, nos somete y nos desposee, obligándonos a abandonar nuestros proyectos y prioridades de vida, para aceptar cualquier oferta que nos llegue. La RBU, en cambio, puede ser vista como una palanca que reactiva el empleo realmente deseado y necesitado, aquél que de verdad nos dignifica y proyecta nuestras capacidades. Y ello es importante, como nos recuerda David Casassas, no solo por una cuestión de justicia y de equidad, sino también por una cuestión de eficiencia y hasta de regeneración de la actividad económica. La RBU, desde este punto de vista, estimula la creatividad y la capacidad para emprender caminos propios, así como explorar nuevas relaciones productivas. Estimula las destrezas, las habilidades, la justicia social, el talento y la utilidad pública del trabajo humano. Todo esto sí es lo que dignifica, además de la cobertura de nuestras necesidades materiales básicas. La derecha política, social y mediática enseguida proyecta el argumento del parasitismo social, difundiendo una imagen negativa de los "subsidios" en general, y de la RBU en particular. Ante ello, nosotros planteamos algunas incoherencias. Por ejemplo, ¿no padecemos ya la existencia de un grupo minoritario de personas que gozan del derecho a vivir sin trabajar? Nos estamos refiriendo a los ricos que cuentan ya con rentas no ganadas, que les permitirían vivir (incluso varias vidas en algunos casos) sin hacer literalmente nada. Ellos sí que son absolutamente improductivos, su vida es absolutamente ociosa, no aportan nada digno a la sociedad. En este sentido, pues, con una medida como la RBU se podría universalizar un derecho que ya existe para una minoría de la población, que sería el derecho al parasitismo. Este derecho ya lo habíamos desarrollado nosotros en este otro artículo. Pero en un plano puramente empírico (es decir, investigable y demostrable), nos encontramos con innumerables datos que nos conducen a pensar que, aún con la renta básica, existe infinidad de motivaciones para el trabajo (remunerado o no), como demuestran los casos de personas que llevan a cabo horas extraordinarias, personas jubiladas que continúan trabajando, las que emprenden una dedicación al voluntariado, los propios ricos que aún no necesitándolo trabajan, y un largo etcétera. 

 

Todos estos casos demuestran perfectamente que las motivaciones para trabajar (remuneradamente o no) van mucho más allá del deseo de obtener con ello una renta estrictamente necesaria para cubrir las necesidades básicas de la vida. Estos casos demuestran hasta qué punto el ser humano emprende actividades porque lo necesita para perfeccionarse, para realizarse profesionalmente, para distraerse, para mantenerse activo, para realizar su sueño, para materializar sus hobbies o aficiones, etc. Están por tanto muy equivocados quienes piensan que la RBU desmotivaría a la gente para trabajar. En el fondo lo que existe, lisa y llanamente, es un miedo a que las personas se emancipen, se empoderen y se liberen de la neoesclavitud de los empleos precarios bajo este desbocado y enloquecido capitalismo. La RBU es una herramienta de liberación, y por lo tanto, una mala noticia para los acérrimos capitalistas que no saben ni quieren ver más allá de sus narices (sus narices sólo huelen los beneficios del próximo trimestre). Bien, llegados a este punto, plantearemos otro "dilema" clásico, otra duda fundamental podríamos decir, que se deduce del poco conocimiento que existe de esta medida. Esta duda fundamental ha sido introducida por las versiones de la RBU promovidas por la derecha, que como siempre, arriman el ascua a su sardina, y contemplan adaptaciones a su conveniencia, que aligeran o descafeinan las medidas. En este caso, conviene poner encima de la mesa, para su aclaración, si las virtudes que se atribuyen a la RBU pueden mantenerse en caso de que ésta actúe como red única de protección social. En otros términos: ¿son incompatibles la renta básica y los dispositivos propios de los Estados de Bienestar? ¿Qué desaparece y qué se mantiene con la introducción de una medida de este calado?

 

Hemos de aclarar esto porque como decíamos, existe por ahí una versión "de derechas" de la RBU que apuesta por una "sustitución" por parte de la renta básica de todas las demás prestaciones y servicios públicos que el Estado de Bienestar contempla (sanidad, educación, servicios sociales...). En este sentido, dicha versión contempla "intercambiar" la RBU por las coberturas del Estado de Bienestar, esto es, proporcionar a las personas la renta básica, pero despojarlas del resto de protecciones, que entonces se tendrían que costear el conjunto de la ciudadanía (hospitales cuando enfermaran, colegios para sus hijos/as...). Bien, vaya desde aquí nuestra rotunda oposición a este modelo, que no incide para nada en la reversión de la arquitectura de la desigualdad, que es precisamente el objetivo. Según la RBU que nosotros proponemos (el modelo propuesto por la Red Renta Básica), lo único que desaparece son las prestaciones monetarias de carácter condicionado (subsidios de desempleo, rentas no contributivas, pensiones de jubilación, etc.). Todas estas prestaciones quedan refundidas en una única prestación monetaria incondicional y universal, que nos acompaña durante toda la vida. Obviamente, si hay personas con derecho a prestaciones contributivas (pensiones de jubilación o prestaciones por desempleo) de una cuantía superior a la cantidad establecida para la RBU, ésta se complementará hasta poder satisfacer la cantidad que justamente corresponda a dichas personas. Pongamos un simple ejemplo: si la RBU está en 650 euros, y cierta persona, por su trayectoria laboral, tiene derecho a una pensión de 1200 euros, dicha persona percibirá una RBU de 1200 euros. 

 

Pero al margen de la cantidad que cada persona reciba (RBU + otros supuestos ingresos que pueda percibir), el Estado (es decir, cada persona con sus impuestos seguirá sufragándolo) seguirá cubriendo a todo el mundo los servicios públicos derivados del Estado del Bienestar, ya que todos ellos corresponden a derechos fundamentales que han de quedar reconocidos y plasmados en servicios públicos universales, gratuitos y de calidad. Desde la izquierda transformadora estamos convencidos de que las políticas del bienestar (sanidad, educación, vivienda, cuidados...) y de lucha contra la pobreza y la exclusión social ganan en efectividad cuando sus beneficiarios acceden a ellas desde la seguridad socioeconómica. Por ejemplo, y sin ir más lejos, la RBU sería una poderosa herramienta de emancipación para mujeres en situación de vulnerabilidad especial, debido por ejemplo a situaciones de violencia de género, discapacidad mental o física, etc. En definitiva, la RBU que proponemos aquí es vista siempre como una parte de un paquete de medidas mucho más amplio. Una parte muy esencial y vertebradora de las necesidades vitales de las personas, pero como decimos, complementada con el resto de protecciones que los derechos de un Estado de Bienestar proporcionan al conjunto de la población, y al que el conjunto de la ciudadanía contribuye con sus impuestos, pero de una manera justa y progresiva. Seguramente las personas que únicamente percibieran el montante de la RBU no aportarían nada, y el resto (todas aquéllas que poseen más ingresos además de la RBU) comenzarían a aportar (mediante sus Declaraciones de IRPF), en proporción a la cantidad de ingresos percibida. A más ingresos y más patrimonio, esa persona aportaría proporcionalmente más al sistema. A menos ingresos y menos patrimonio, se aportaría menos. Entendemos que es lo justo y lo necesario. Luego por tanto, la RBU constituye un suelo de ingresos garantizado en cualquier situación de nuestra vida, establecido como un mínimo vital para que las personas no caigan en pobreza ni exclusión social. Por ese suelo no se tributaría nada. Pero lo lógico es pensar que las personas se dediquen a cualquier otra actividad deseada, y que dicha actividad les proporcione más o menos ingresos. A partir de ahí comenzarían a tributar. El resto de prestaciones dejarían de existir (subsidios condicionados, rentas de inserción, pensiones no contributivas, subsidios por desempleo, pensiones de viudedad, orfandad, jubilación...), pues todas ellas convergerían con la RBU, que como hemos dicho, se complementaría hacia arriba hasta alcanzar los ingresos esperados. Este es nuestro modelo. Continuaremos en siguientes entregas.

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