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19 noviembre 2018 1 19 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Kike Estrada

Viñeta: Kike Estrada

Los humanos han modificado el mundo natural de múltiples maneras. Han destruido casi la mitad de los bosques naturales que cubrían los continentes hace apenas 2.000 años. Han provocado la desaparición de miles de especies de plantas y animales. Han contaminado los suelos, el agua y el aire con sustancias tóxicas de su propia invención. Han llenado los océanos con desechos químicos y plásticos que amenazan la vida marina. Han alterado los ciclos de las precipitaciones y aumentado la intensidad y frecuencia de los huracanes

Julio César Centeno

Con todas estas credenciales sobre la actividad del ser humano sobre la faz de la Tierra, no es de extrañar que nos encontremos en la situación actual. Pero no hay que ser muy avispado para comprender la situación de colapso a la que nos dirigimos. Sólo hay que contemplar los programas informativos diarios, para comprobar cómo cada vez en mayor medida las noticias tienen que ver con la situación ambiental y con las decisiones políticas que se toman para intentar revertirla. Sin ir más lejos, en esta misma semana hemos tenido los terribles incendios de California (al momento de escribir esta entrega ya van por 66 las víctimas mortales y decenas de desaparecidos), el informe de diversos científicos que advierten sobre la progresiva pérdida de nieve en los Pirineos (que causará mayor número de aludes, o el cambio en el ciclo de migraciones de las aves, entre otros efectos), las tremendas lluvias torrenciales en el Levante español y el Mediterráneo, y el debate social que se ha provocado por las tímidas medidas que el Gobierno va a implementar en torno a los vehículos de motor y sus emisiones. Todos estos efectos, informes, situaciones, etc., nos dan la pista de que se trata de una serie de factores causantes del colapso, que se realimentan e interaccionan entre sí, pero sobre todo que no nos presentan el colapso como un momento puntual (tal como lo han hecho algunas películas de Hollywood), sino que hemos de entenderlo como un proceso desplegado en varias etapas y manifestado en diferentes frentes. No afecta por igual a todos los lugares, ni a todas las capas sociales. Quizá sea el agotamiento del petróleo y el declive energético que este hecho representa uno de los que primero ha disparado el comienzo de este colapso, tal como indica Manuel Casal Lodeiro en esta entrevista, y cuyo magnífico libro ya hemos reseñado en la entrega anterior. Nuestro modelo productivo aún depende en gran medida de esta fuente energética, y esto además realimenta fenómenos como el caos climático, que en realidad no es sino la otra cara del mismo problema histórico, como es la quema desaforada de combustibles fósiles en busca del crecimiento permanente de una economía capitalista y globalizada. 

 

Y frente a esta aplastante realidad...¿Cuál es la reacción de la sociedad en su conjunto? Causa pavor, tristeza y desolación comprobar cómo existe un reducido número de personas realmente concienciadas del problema, frente a una inmensa mayoría social absolutamente ajena al mismo (bien por ignorancia o por ideología), apoyada por unos desalmados e ignorantes empresarios que sólo son capaces de ver la punta de su nariz, y concentrar su atención sólo en los beneficios económicos a corto plazo. Esta clase empresarial ignorante y temeraria es la que se encarga (como estamos pudiendo comprobar ahora con su resistencia a las medidas implementadas por el Gobierno en torno al abandono de los vehículos de gasolina y diésel para el año 2040) de oponerse a cualquier estrategia que se quiera imponer para que los países puedan enfrentarse a esta deriva con cierta previsión. No son capaces de entender simplemente el descenso de energía que supondrá el agotamiento de los combustibles fósiles. Y si poseemos menos fuentes de energía, habremos de renunciar al actual nivel de complejidad de nuestra sociedad y de nuestra economía. Hace pocos días era entrevistado el responsable de una cadena de montaje industrial de vehículos, y advertía de que frente a los cuatro empleados que normalmente se necesitan para montar un vehículo con motor a combustión, se necesitarán tan solo dos empleados para el montaje de un vehículo eléctrico. Esto es tan sólo un ejemplo elemental que podemos extrapolar a un sinfín de industrias, actividades y modos de producción y de consumo donde ahora nos movemos. Y frente a este hecho...¿qué decidimos? ¿Seguir con las cadenas de montaje actuales para no perder los empleos que requieren? Eso es como quien va conduciendo con su vehículo y ante un muro que visualiza a unos 100 metros, en vez de frenar, acelera. Lo que hemos de hacer, por tanto, es adaptarnos cuanto antes mejor, pero por otra parte, pensar que las energías renovables van a ser explotadas a tiempo en su totalidad y en la medida suficiente para cubrir la falta de petróleo es un autoengaño muy peligroso. 

 

En efecto, este tipo de energías (eólica, solar, geotérmica...) sólo representan hoy día una fracción mínima del consumo global, y presentan limitaciones enormes y no sólo técnicas, sino también de materiales, de inversión, etc., todo lo cual dibuja un panorama aún muy dudoso en torno a que puedan ampliar al ritmo necesario como para suplir al petróleo y al resto de energías fósiles. Atendiendo a todo esto, diversos científicos e investigadores han estimado que tendremos que reducir en los próximos años nuestro consumo sobre un 80%-90% en los países más industrializados para poder sostenernos únicamente con las energías renovables (que serán las únicas que nos queden en las próximas décadas). Precisamente en esto consiste el colapso, es decir, el colapso no es ni más ni menos que el proceso de adecuación a todos los niveles de nuestros sistemas de producción y consumo para adaptarnos a los recursos energéticos que tendremos disponibles. Pero una vez asumido esto, lo que tenemos que hacer es dirigir y controlar ese colapso de la mejor forma posible, pues de nosotros depende (del conjunto de la sociedad) que dicho proceso de reducción de consumo y complejidad se lleve a cabo de forma ordenada, o de forma caótica, o si se quiere, de forma democrática y socialmente justa, o dirigido y controlado por las élites económicas, que sólo atenderán a su propia supervivencia. Desde este punto de vista, el Buen Vivir que propugnamos sería una alternativa (existen otras) para diseñar un modelo de sociedad que no sólo simplifique sus esquemas en todos los niveles, sino que además represente una opción de mayor justicia social. Una opción que diseñe un modelo de sociedad más simple y más austero, pero para ello nuestra mentalidad también tiene que cambiar, y no sólo asumiendo los postulados que nos llevan al colapso y su necesidad de afrontarlo, sino comprendiendo que nuestros principios, valores y ambiciones elementales han de cambiar. 

 

Sobre todo, hemos de renunciar al modo de producción capitalista y a su industrialismo desarrollista, que es el que se ha apropiado de las nociones de "progreso", "bienestar", etc., y las ha inoculado a la sociedad de manera perversa. Manuel Casal Lodeiro lo resume magníficamente en los siguientes términos: "Si hemos lanzado a la atmósfera tal cantidad de carbono es porque lo estamos quemando para alimentar la maquinaria mundial del crecimiento industrial, dirigido por la lógica capitalista de la acumulación de plusvalías y por el perverso mecanismo de la creación de dinero en forma de deuda que nos obliga a crecer para poder devolver los préstamos más los intereses". En efecto, nuestra infernal máquina del crecimiento nos obliga a producir y a consumir cada vez más (aumento del PIB) para poder "vivir mejor", lo cual se traduce en "creación de empleo", y todo esto es un relato que nos marca nuestra manera de entender el mundo, el planeta y nuestra vida. Un relato que nos ha conducido a la situación límite donde estamos. El punto del agotamiento (o declive) de recursos como el petróleo nos pondrá delante de la cruda realidad, es decir, abordar el problema del caos climático nos permite abordar al mismo tiempo la necesidad apremiante de aprender a vivir sin petróleo. Ambos fenómenos se retroalimentan entre sí, forzándonos a diseñar lógicas de producción y consumo alternativas a las actuales. Es decir, debido al cambio climático tenemos que abandonar el petróleo y realizar profundas y rápidas transformaciones sociales, pero esto también es debido a su propio agotamiento. Lo ideal sería parar totalmente las emisiones de forma inmediata y a nivel planetario, pero es tan ingenuo pensarlo como inimaginable para los gobiernos y las empresas transnacionales y su depredador modelo productivo. 

 

Como no es posible hacerlo, lo hemos de hacer gradualmente, pero apremiados por una situación de agotamiento del combustible por una parte, y por otra por los crecientes fenómenos climáticos que padeceremos durante los próximos años, lustros y decenios. Todo ello nos obligará a reformular radicalmente nuestros esquemas productivos para vivir de manera menos compleja, y sobre todo, mucho menos consumista. Así que ambas caras de la moneda, ambas facetas del problema nos empujan de manera determinista al mismo tipo de políticas, aunque quizá con ciertos matices y grados o ritmos diferentes según dónde pongamos el énfasis, si en las consecuencias y efectos del caos climático, o en las derivadas del agotamiento energético y nuestra transición a las energías renovables. Pero todo ello, es decir, la superación de los marcos políticos y económicos actuales, para comprender la importancia de las medidas a aplicar, no podrá hacerse desde el actual marco capitalista. Lo vemos diariamente. Puede comprobarse de forma continua, fácil y rápida. Y este es el epicentro de la cuestión ambiental y energética. El capitalismo no puede cambiar su filosofía, sus principios de funcionamiento. Las variantes de "Capitalismo Verde", que han intentado suavizarlo y humanizarlo, o hacerlo más justo en su redistribución, claramente no han funcionado. En el ADN del capitalismo está el crecimiento. No puede renunciar a él. Necesita crecer continuamente para generar más capital. Y por tanto, si el crecimiento económico es directamente proporcional al consumo energético (esto es algo que puede demostrarse empíricamente), la conclusión está bien clara: en un contexto de contracción en cuanto a la disponibilidad energética, sólo cabe decrecer. Pero esto va en clara contradicción a los postulados capitalistas, por lo cual nuestro imaginario colectivo tiene que cambiar. No sólo tienen que cambiar los procesos productivos, y los modelos energéticos, sino nuestros propios hábitos, costumbres y valores. Pero en dicho proceso de transición hay que tener mucho cuidado, porque como estamos contando, pueden volver a aparecer los fantasmas del pasado, es decir, los fascismos y las dictaduras, si no somos capaces de redirigir la sociedad hacia unos marcos de funcionamiento radicalmente democráticos. Continuaremos en siguientes entregas.

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