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26 noviembre 2018 1 26 /11 /noviembre /2018 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (XV)

El trastorno climático no puede atribuirse a toda la humanidad, porque eso significa desconocer que en cada país la sociedad está atravesada por múltiples mecanismos de división y segmentación, entre ellos los de la clase, el género, la “raza”. Considerando esas divisiones, entre las cuales se destaca la de clase (presentada en forma esquemática como la existencia de una minoría de ricos y una mayoría de pobres), las modificaciones climáticas han sido generadas a nivel mundial por ciertos países (a la cabeza de los cuales se encuentran los Estados Unidos) y por los sectores sociales opulentos y acaudalados del mundo. Estos han hecho dominante un modo de producción, de consumo y hasta de muerte, como es el capitalismo, del cual se lucran, pero hasta ahora no pagan por las consecuencias climáticas y ambientales de su modo de vida

Renán Vega Cantor

Llegados a este punto, hemos de denunciar la tremenda falacia que suponen términos y conceptos como el de "desarrollo sostenible", "capitalismo verde", y otros por el estilo. El ejemplo de "desarrollo sostenible" es por sí mismo un oxímoron, una clara contradicción, pues si nos "desarrollamos", en el sentido capitalista del término (que es el que aplicamos a nuestra civilización industrial), implica que crecemos, y ello, como estamos viendo, es algo absolutamente incompatible con la sostenibilidad. Ningún desarrollo entendido desde el enfoque capitalista puede ser, por tanto, sostenible. Ningún crecimiento puede ser sostenido en el tiempo, porque si por ejemplo afirmamos que pretendemos que el PIB de nuestro país crezca, por ejemplo, un 1% anual, estamos asimilando que cada año nuestra "riqueza" nacional debe aumentar en dicho porcentaje, lo cual no es sostenible. Más bien al contrario, lo que debemos "sostener" son las riendas del crecimiento económico, asimilando la idea (en la cual iremos profundizando en subsiguientes entregas) de que cada vez tenemos que crecer menos, o si se quiere, decrecer. Debemos por tanto abandonar el objetivo de la "sostenibilidad", y cambiarlo por el de resistencia ("resiliencia" como lo denominan algunos), es decir, la capacidad de resistir el gran golpe civilizatorio que se nos avecina. Hemos de adaptarnos a él, precisamente para crear el mínimo sufrimiento social posible. El colapso civilizatorio nos obligará a materializar formas de vida más locales, más simples, menos ambiciosas, menos consumistas, tanto en lo social, como en lo económico y en lo cultural. Se impone por tanto no sólo una revolución económica, sino también individual, mental, en nuestros principios y valores, en nuestros hábitos, costumbres y estilos de vida. 

 

Manuel Casal afirma en la referida entrevista: "No lo dudemos: en la medida en que seamos capaces de articular modos de vivir sin capitalismo y sin Estado (...) estaremos siendo más "resilientes" y estaremos más preparados para resistir el colapso y para ayudar a otros a resistir. Hay que construir botes salvavidas para huir de este Titanic que se hunde ya sin remedio, por utilizar una recurrida metáfora". Intentar suavizar el modelo capitalista, reformarlo o "refundarlo" (como en su día propuso el ex Presidente francés Nicolás Sarkozy) sería la peor idea que se nos podría ocurrir. De hecho, estos maquillajes o disfraces del capitalismo no están funcionando. Es evidente que vamos a tener que potenciar la idea del Bien Común, de servicios públicos, priorizando las necesidades sociales por encima del lucro, y poniendo la democracia por encima de los mercados. Es algo que ya venimos proponiendo en muchos de nuestros artículos del Blog, pero que desde esta dimensión del colapso de la civilización industrial, ya no es una opción, sino una imperiosa necesidad para minimizar sus efectos. La mejor forma de resistir el colapso, intentando evitar que se den potentes revueltas sociales, es garantizando que al menos cada persona pueda tener cubiertas sus mínimas necesidades. Ideas como la Renta Básica Universal (que ahora mismo estamos desarrollando y exponiendo con profundidad en nuestra serie de artículos "Arquitectura de la Desigualdad") se vuelven muy necesarias, pero no sólo: también deberíamos implementar una Reforma Agraria (para garantizar el acceso o usufructo de la tierra para todos), así como una democratización y garantía de acceso a los suministros básicos (energía, agua, transportes...), teniendo en cuenta además que el propio trabajo humano (hijo en la acepción capitalista de la propia civilización industrial) también entra en crisis, y deja de ser un elemento clave para garantizar la vida digna, o si se prefiere, la libertad material de la persona. 

 

Las formaciones políticas adscritas a la izquierda, sobre todo a la izquierda clásica, no están incorporando en sus respectivos programas electorales, con la debida importancia, la preocupación por estos asuntos. La mayoría de la izquierda sigue anclada en las propuestas socialistas de siempre, sin darse cuenta de que el propio avance del capitalismo las ha convertido también en inviables. La redistribución de la riqueza es una de ellas: por supuesto que no estamos en contra de ella (todo lo contrario, la apoyamos sin reservas), pero a la luz del advenimiento del colapso energético y civilizatorio, esa creación de la "riqueza" también debemos ponerla en cuarentena. No obstante ya se van produciendo reacciones, y cada vez existen más partidarios del decrecimiento y del ecologismo social. Los movimientos laborales, atravesados por el sindicalismo clásico, también deben comprender la evolución de sus planteamientos, al ponerse en crisis, como ya comentábamos, el factor trabajo. El clásico conflicto capital-trabajo (al que el Marxismo le dedicó la mayor parte de su exposición) debe ir sustituyéndose por el conflicto capital-planeta, o capital-vida, si se prefiere. La izquierda política y social debería en general superar sus planteamientos clásicos, liberarse de anclajes del pasado que están siendo superados, y no porque cambien los objetivos finales de pretender alcanzar un modelo de sociedad con mayor equidad y justicia social (que compartimos), sino porque los medios para llegar a alcanzarla se están viendo torpedeados por la propia involución macabra del capitalismo globalizado. Existen una serie de barreras, no ya sólo ideológicas, sino también mentales y culturales, que son tremendamente difíciles de superar. Pero la excepcionalidad del momento histórico que estamos atravesando y la transformación a la que nos dirigimos, debe hacer prevalecer los planteamientos pragmáticos y funcionales sobre los clásicos e ideológicos. El hecho es que si nos enfrentamos a una tragedia social de incomparable envergadura y de trascendencia planetaria, debemos dirigir todos nuestros esfuerzos en intentar conseguir que los impactos sean lo más pequeños posibles.

 

La izquierda no puede construir sus postulados de manera ajena al conocimiento científico, y éste nos está exponiendo a las claras cuál es la situación, y cuánto tiempo tenemos para reaccionar. Ya sabemos que son mensajes radicales, pero es mejor contarlos así al conjunto de la ciudadanía, aunque ello suponga arriesgarse a perder algún nicho de potenciales votantes. La verdad científica no puede relegarse al cortoplacismo electoralista. Hemos de contar a la gente la verdad de la situación actual, evitando caer en el sensacionalismo, pero sin eliminar un ápice de la gravedad de la misma. Hemos de volver al estadío anterior a la Revolución Industrial, donde sólo se producía para satisfacer las necesidades, y no para obtener un incesante lucro para unos pocos, que se traduce a su vez en pobreza y miseria para una gran mayoría. La Revolución Industrial comenzó a "inventar" nuevas necesidades para el ser humano, comenzando una diabólica espiral de mercantilización que llega hasta nuestros días. Ese desmedido afán de beneficio es el que nos ha conducido hasta la presente y caótica situación. La actual filosofía del consumo masivo es insostenible, debemos revertirla, y la única manera para hacerlo es consiguiendo una revolución mental a nivel humano que se cuestione nuestras verdaderas necesidades. El colapso nos obligará a controlar ese irracional consumo, y hemos de estar preparados para ello. Es más: si las propias corporaciones no cambian su estrategia, y no lo harán mientras puedan seguir explotando recursos y materias primas, a los seres humanos, a los animales y al entorno natural, entonces somos las personas las que tenemos la responsabilidad de hacer caer su enorme actividad, y la única forma es escapando de esta gigantesca ola de consumismo irracional y enloquecido. No podemos contar tampoco con los Gobiernos, que se dedican a proteger determinadas industrias extractivas (como el petróleo, el carbón o el gas de esquisto) que son absolutamente nocivas. Hace tiempo que la política "realmente existente" es simplemente un juego de intereses, despreocupando los valores (a veces hasta con la inexistencia de éstos). 

 

Repasemos por ejemplo la conducta de los Estados que han firmado determinados acuerdos climáticos. Por ejemplo, el reciente Acuerdo de París (2015) fue adoptado por los 195 países participantes, de los cuales 171 ya han suscrito el tratado, en sólo dos años, lo cual está muy bien si no fuera porque dicho acuerdo es sólo una colección de buenos deseos, de magníficas pretensiones, de declaradas intenciones, pero sin ningún compromiso concreto. Ello avala la filosofía de los tratados anteriores. No se establecen compromisos concretos, específicos, ni metas cuantificables. Cada país decidirá sus propios objetivos y será responsable de su implementación. Como muy acertadamente compara Roberto Savio en este reciente artículo para el medio Alainet (que estamos siguiendo para exponer las responsabilidades políticas y empresariales en toda esta deriva), esto es como pedir a todos los ciudadanos de un país que decidan cuáles y cuántos impuestos quieren pagar, pero que no se preocupen, porque si no los pagan, no existen sanciones. La tónica general es que los propósitos van relajándose conforme avanza el tiempo, sobre todo porque los políticos poseen menos fuerza que las corporaciones. Por ejemplo, durante el Acuerdo de París (que ya ha abandonado Estados Unidos con Donald Trump al frente) en 2015, Europa se comprometió a llegar a utilizar el 27% de energías renovables (reduciendo el uso de energías fósiles), fijando el objetivo del 20% para el año 2020. Pero del 27% se bajó al 24,3%. Además, los Ministros decidieron mantener los subsidios para la industria de las energías fósiles hasta el año 2030 en lugar del 2020, tal como estaba previsto. Y aunque la propuesta de la Comisión organizadora del tratado era que las plantas de energías fósiles perdieran los subsidios si no reducían sus emisiones a 500 gr. de CO2 por tonelada para 2020, los Ministros extendieron los subsidios hasta el 2025. Lo podemos extrapolar a todos los ámbitos que queramos: siempre ocurre igual. Los objetivos originales se relajan, los plazos se alargan, los compromisos se diluyen, y mientras todo eso ocurre, el planeta avanza en su descomposición, los recursos naturales se agotan, el calentamiento global aumenta. Continuaremos en siguientes entregas.

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