Overblog
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
3 diciembre 2018 1 03 /12 /diciembre /2018 00:00
Viñeta: Luc Descheemaeker

Viñeta: Luc Descheemaeker

Ahora sabemos, porque ya lo estamos viviendo (fenómenos meteorológicos extremos, aumento del nivel del mar, megaincendios, deshielo polar), que el cambio climático iba en serio cuando nos lo dijeron, hace más de 30 años. Si hubiéramos empezado a actuar entonces no estaríamos donde estamos, ni estaríamos caminando hacia el abismo. En lugar de eso decidimos acumular más ciencia, más conocimiento, más certezas. El cambio climático fue ganando presencia mediática: películas, documentales, discursos en la Asamblea General de la ONU, premios Nobel, cumbres mundiales, acuerdos, protocolos. Pero acción, acción climática, acción política, acción legislativa: de eso nada. Nada vinculante, nada obligatorio. Nada de compromisos ineludibles. Nada de sanciones, impuestos disuasorios ni cambios forzosos. Y aquí estamos, con toda la información sobre el desastre que se nos avecina pero sin ningún avance significativo para evitarlo. La calidad de vida de las generaciones futuras va a depender de lo que hagamos en las próximas tres décadas. Hemos agotado la prórroga del cambio climático: vamos a los penaltis

José Luis Gallego

Nos quedamos en el último artículo comentando algunos ejemplos sobre la falta de responsabilidad en los acuerdos firmados recientemente por los diferentes Gobiernos y demás actores políticos y sociales, para la consecución de una serie de compromisos (¿vinculantes?) encaminados a conseguir reducir las emisiones de GEI y el consecuente calentamiento global. Nos estamos documentando en este artículo de Roberto Savio para el medio Alainet, que se centra sobre estos aspectos. Por ejemplo, la Comisión del Acuerdo de París (2015) propuso reducir los biocombustibles (a base de productos de consumo humano, como el aceite de palma) al 3,8%. Pero en cambio los Ministros, contrariamente a todas sus declaraciones sobre la lucha contra el hambre en el mundo, decidieron duplicarlo al 7%. El Acuerdo de París (COP25, Conferencia de las Partes) estuvo organizado por el IPCC (Panel Internacional sobre Cambio Climático), que es una organización auspiciada por la ONU, cuyos miembros son 194 países, pero su fortaleza proviene de los más de 2.000 científicos de 154 países que trabajan juntos en el tema del clima. El IPCC se fundó en 1988, y en 2013 llegaron a una conclusión definitiva: la única manera de detener el rápido deterioro del planeta, consiste en impedir que las emisiones de GEI superen los 1,5 grados centígrados sobre la temperatura del planeta en 1850. El IPCC ha explicado claramente que nuestro planeta está ya deteriorado, y no podemos recuperarnos de dicho deterioro. Hemos quemado demasiada gasolina y emitido demasiados gases contaminantes, que ya están actuando sobre nuestra atmósfera. Pero si conseguimos detener este proceso, aunque ya nunca podremos revertir el daño causado (que durará algunos miles de años), podemos de algún modo estabilizar el planeta. 

 

Lo que concluyeron los científicos del IPCC fue que si superamos los 1,5 ºC con respecto a la temperatura de 1850, cruzaremos irreversiblemente una línea roja, tras la cual ya no podremos modificar la tendencia, y el clima quedará fuera de control, con dramáticas consecuencias para nuestros ecosistemas. El Acuerdo de París ha sido el acto final de un proceso que comenzó en Río de Janeiro en 1992, con la Conferencia de Medio Ambiente y Desarrollo, que representó la primera gran cumbre de Jefes de Estado sobre el problema climático. El siguiente gran hito fue la Declaración del Protocolo de Kioto (1997), que únicamente dotó de un marco de referencia no vinculante, y cuyos compromisos tampoco fueron asumidos. Y a diferencia de Kioto, se suponía que París sería un acuerdo realmente global, con el fin de incluir la mayor cantidad posible de países firmantes. Pero el límite para el calentamiento global que asumió el Acuerdo de París ya ha sido alcanzado, y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha estimado que los compromisos asumidos por los países en París, si no cambian, nos llevarán a 6ºC, un aumento que según la comunidad científica internacional hará inhabitable una gran parte de nuestro planeta. De hecho, durante los últimos 4 años hemos registrado los veranos más calurosos desde 1850. En 2018 ya tenemos el récord de emisiones de GEI en la historia, alcanzando las 41,5 gigatoneladas. De dichas emisiones, un 90% proviene de actividades relacionadas con los humanos, mientras que las energías renovables (cuyo coste ahora se ha vuelto competitivo con respecto a las energías fósiles), cubren en la actualidad tan sólo el 18% de toda la energía consumida en el planeta. Los datos pintan muy mal, como puede comprobarse. Por otra parte, y para empeorar las cosas, los países más contaminantes son precisamente los que menos compromisos adquieren a la hora de reducir sus niveles de emisiones (Estados Unidos, Rusia, China...). 

 

Y mientras discutimos a nivel mundial para ponernos de acuerdo sobre la reducción necesaria de las emisiones, continuamos practicando justo lo contrario. En este momento, gastamos 10 millones de dólares ¡por minuto! para subsidiar a las industrias de los combustibles fósiles. Y lo peor es que los subsidios no contemplan sólo dinero en efectivo, sino que también implican el uso de la tierra, la destrucción del suelo, el uso del agua, etc. Vamos dejando en ese sentido una huella ecológica difícil de revertir. La Administración Trump pretende reabrir las minas de carbón, y no sólo porque esto atrae los votos de aquéllos que perdieron un trabajo obsoleto, sino porque la industria de los combustibles fósiles también financia los fondos y las campañas del Partido Republicano. Hay un caso muy especial y señalado: los multimillonarios hermanos Koch, los mayores propietarios de minas de carbón en Estados Unidos, declararon haber "invertido" 800 millones de dólares en la última campaña presidencial. Pero después escucharemos asegurar por todos los medios de comunicación dominantes que EE.UU. es una "democracia avanzada". Así nos va. Pero esto no ocurre sólo en EE.UU. Según la organización Transparencia Internacional, en Europa existen más de 40.000 lobistas que actúan para ejercer influencia política a favor de sus intereses. Sus representantes superan en 7 veces el número de sindicatos y organizaciones de la sociedad civil. El poder de la industria de los combustibles fósiles explica por qué en 2009 los gobiernos ayudaron al sector con 557.000 millones de dólares, mientras que la industria de las energías renovables recibió sólo unos 45.000 millones de dólares, según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía. Es decir, que esos mismos gobiernos que proclaman en las cumbres climáticas sus férreos compromisos con la reducción de emisiones, son los mismos que después financian (con el dinero de los ciudadanos, claro está) a una industria clave en la destrucción de nuestro planeta. Es toda una oda a la hipocresía internacional, a los papeles mojados, a las intenciones secuestradas, a la negación de la realidad, y al ecocidio premeditado. Este no es el camino, pero aquí seguimos. 

 

Pero en el fondo, no es más que un reflejo de la sociedad, donde existe un casi nulo conocimiento del problema, así como una pobre concienciación sobre el mismo. Por tanto, si los propios ciudadanos no son conscientes y no están preocupados...¿por qué habrían de estarlo sus políticos? Estamos en un círculo vicioso donde al no existir ciudadanos responsables, tampoco existen políticos responsables, y viceversa. Alguien debe romper esta decadente cadena de desinformación y nula acción sobre algo que nos acecha quizá como el primer problema a nivel mundial. Pero la incapacidad de los gobiernos para tomar en serio sus responsabilidades es manifiesta, porque disponen de toda la información necesaria para saber que nos dirigimos hacia un desastre. Los impactos de los fenómenos climáticos extremos (que ocurren cada vez con más frecuencia) se hacen sentir cada vez más por las poblaciones, lo que provoca igualmente oleadas de damnificados, y éxodos masivos. Se estima que durante la última década, entre 200 y 300 millones de personas han resultado afectadas cada año por desastres naturales o accidentes tecnológicos. "Todos estos fenómenos, cada vez más extremos y menos excepcionales, provocan, además de altos costes económicos, un agravamiento del hambre y la pobreza en las zonas afectadas, actuando como catalizadores en guerras y conflictos", asegura Santiago Álvarez Cantalapiedra, en este Boletín de la organización Fuhem Ecosocial, que estamos tomando como referencia. La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNISDR), encargada de estudiar los impactos y costes de los fenómenos extremos que provoca la desestabilización del clima, señala que la media de 335 desastres anuales registrados en los últimos diez años (entre 2005 y 2015) representan un 14% más que en la década anterior, y más del doble de los acontecidos en los años 80 del pasado siglo. Y la incidencia de estos fenómenos es mayor en los países de renta media y baja, donde la población sufre de forma desproporcionada las consecuencias de estas catástrofes climáticas. El número de desastres en dichos países se ha duplicado desde el principio de la década de los 90.

 

Las personas afectadas (como también las de aquéllas islas que van a desaparecer por el aumento del nivel del mar) no tienen muchas más alternativas que emigrar o pedir refugio, sin que aún exista en este último caso una figura jurídica consensuada para proteger a estos grupos de desplazados por motivos ambientales. Quizá debamos crear la categoría de "refugiado ambiental" para definirlos. Y es que en general, la desestabilización del clima está creando unas condiciones ambientales mucho más adversas, que al afectar a la producción de alimentos, al suministro de agua o a la salud pública, provocan crecientes situaciones de inseguridad humana por hambrunas, pandemias o desplazamientos forzados de población. A su vez, todos estos factores causan y se retroalimentan con los conflictos violentos y las guerras. El informe de la FAO del año 2017 puso de manifiesto la relación entre los conflictos violentos y el hambre, resaltando cómo la violencia atenta contra la seguridad alimentaria de las poblaciones afectadas, y este deterioro contribuye, a su vez, al agravamiento del propio conflicto en un terrible círculo vicioso. Todos estos factores y el estudio de sus interrelaciones nos llevan a concluir que el caos climático pasa su más gravosa factura a los pobres, que por otro lado son quienes menos han contribuido a su creación. En palabras de Santiago Álvarez: "El calentamiento global lleva en su seno la injusticia socioambiental". Las poblaciones menos responsables de generar el problema son, en una cruel paradoja, las más vulnerables ante sus consecuencias. Todo lo cual nos lleva a concluir que el colapso también está muy relacionado con las clases sociales y las desigualdades entre ellas. Hay que prepararse para las migraciones internas y externas que el colapso traerá consigo, manifestadas a través de las agresiones climáticas a cientos de millones de personas. De hecho, este artículo de la web Ecoportal recoge que, según el Banco Mundial, para 2050, se calcula que el cambio climático podría obligar a desplazarse a más de 140 millones de personas, empujándolas a migrar dentro o fuera de sus propios países hacia diferentes regiones del mundo. El aumento del nivel del mar, la disminución de la producción agrícola, las sequías extremas, y otros factores relacionados causarán, si no se actúa pronto y de forma decidida, estos fenómenos migratorios. Continuaremos en siguientes entregas.

Compartir este post
Repost0

Comentarios

Presentación

  • : Actualidad Política y Cultural - Blog de Rafael Silva
  • : Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
  • Contacto

Búsqueda

Categorías