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21 noviembre 2018 3 21 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

Las ciudades de Ceuta y Melilla con su vallas son una imagen medieval, ciudades amuralladas con indeseables tratando de traspasar sus alambradas: negros, árabes, magrebíes y subsaharianos tratando de buscar mejores perspectivas de vida al otro lado del que alguna vez se denominó Mare Nostrum. Estremece ver las imágenes de centenares de seres humanos durmiendo a la intemperie, adormecidos con el denominado “Efecto Llamada” a los pies del Monte Gurugú en Marruecos, esperando el momento de lanzarse al abordaje de sus sueños y muriendo en esos intentos, como sucedió el pasado mes de enero cuando 15 de estos inmigrantes murieron alcanzados por proyectiles de la Guardia Civil española

Pablo Jofré Leal

Venimos exponiendo durante las últimas entregas (basándonos en este magnífico artículo de Jofré Leal para el digital Rebelion.org, de donde tomamos toda esta información) los diferentes muros que podemos encontrarnos a lo largo y ancho de nuestro planeta. Los hemos descrito en su trazado y longitud, en sus características, en su protección, en las fronteras que separan. Pero como ya advertíamos al comienzo de su recorrido, no sólo los muros físicos o geográficos son los que inundan las diversas fronteras. También existen otra clase de muros que es preciso derribar, porque también, a su modo, representan fronteras que es necesario abatir. Son muros de tipo social, político, religioso...Son igualmente muros infranqueables, que incluso representan barreras inasumibles en un mundo libre y democrático. Un mundo que como vemos, continúa obligando a desplazar a las personas, a la vez que impidiendo su libre acceso y recorrido, controlando sus desplazamientos, limitando sus migraciones, acotando su supervivencia. Son los muros que segregan, muros elitistas, muros supremacistas, muros intolerantes. A veces incluso poblaciones enteras, debido a su religión, su raza o su cultura, son demonizadas por los propios países donde residen, marginándolos e impidiendo su libre convivencia e integración con el resto de la población. Un ejemplo de ello es la población rohinya en Birmania, por constituir una minoría étnica musulmana. Suelen también usarse dentro de un mismo país, para intentar segregar a sus propios conciudadanos por razones económicas, sociales, religiosas o de orden racial. Estos muros también necesitan nuestra atención, aunque no tengan una frontera física construida. Muchas veces se usan para aislar a los barrios más empobrecidos y separarlos así de las zonas colindantes más lujosas, constituyendo una forma de segregación. Un buen ejemplo de ello lo constituyen los muros que el Estado de Rio de Janeiro en Brasil está construyendo alrededor de las favelas de algunos barrios desfavorecidos. 

 

Otros muros tienen connotaciones religiosas u orígenes políticos. En Irlanda del Norte, y específicamente en su capital (Belfast), a partir del año 1969 se comenzaron a erigir las denominadas "líneas de paz" como medida temporal para separar a las comunidades católicas y protestantes de este enclave inglés en territorio irlandés. Son una serie de barreras de separación, que a pesar de los acuerdos de paz firmados entre Londres y el Ejército Republicano Irlandés (IRA) en el año 1998, siguen en pie e incluso el último de esos muros fue levantado el año 2013 en los terrenos de una escuela primaria, tras una serie de hechos que tensionaron la convivencia entre ambos grupos religiosos. Se calcula que en total existen unos 20 kilómetros de muralla y como muestra de su presencia, las puertas de hierro que separan al Este unionista (aliado del Reino Unido) del sector mayoritariamente independentista y republicano, se cierran cada noche en un virtual toque de queda. Otro ejemplo de muro racista se da en Eslovaquia, en la hoy día llamada "Europa del Este". Allí las autoridades, principalmente de algunos municipios de sus principales ciudades, sobre todo durante los últimos 8 años, han estado construyendo una serie de muros (14 hasta el momento) destinados a separar a la comunidad romaní del resto de la sociedad eslovaca. Ciudades como Velka, Ida, Kosice y Ostrovany son algunas donde estos baluartes de la segregación tratan (según las autoridades municipales, que son las que han ordenado levantarlos) de "evitar un infierno diario a las personas que viven cerca de los barrrios gitanos". Desgraciadamente, las comunidades romaníes están hoy día prácticamente retiradas en guetos en las grandes ciudades, debido al racismo imperante, y a la intolerancia de sus dirigentes y autoridades locales. En la misma civilizada y milenaria Europa, nuestro Viejo Continente, en una pequeña isla del Levante Mediterráneo, se encuentra Chipre. Allí las comunidades griegas (mayoritarias) y turcas ocupaban distintos barrios de su capital, Nicosia, constituyendo de facto una línea divisoria que se materializó tras la Declaración de Independencia de Chipre de 1960. Posteriormente, una serie de enfrentamientos en el año 1963 obligaron a las autoridades británicas, en un trabajo conjunto con fuerzas griegas y turcas presentes en la isla, a dividir la capital mediante una denominada Línea Verde que se extiende a lo largo de 180 kilómetros, una franja desmilitarizada patrullada por una Misión de las Naciones Unidas. 

 

Otro caso lo tenemos en el sur de África. Allí, la valla construida por el Gobierno de Botsuana que lo separa de su vecino Zimbaue, tiene como argumento principal el impedir la propagación de la fiebre aftosa entre el ganado de ese país surafricano, que es la segunda fuente de ingresos del país tras la explotación de diamantes. La verja en cuestión, construida a partir del año 2003, con alambre de púas, tiene dos metros y medio de altura y se extiende a lo largo de unos 500 kilómetros. La idea original contemplaba electrificarla y vigilarla mediante un cuerpo especial. Sin embargo, las propias condiciones geográficas y el coste económico impidieron dicha idea. No obstante, dicha valla continúa dividiendo a dos pueblos, uno con mayor nivel económico que el otro, pero ambos muy lejos de los mejores indicadores de desarrollo humano. Zimbaue por su parte considera que dicha construcción está destinada a detener el creciente flujo de migrantes de su país, en busca de mejores oportunidades de vida en su país vecino. La economía de Zimbaue está en ruinas, con niveles de hiperinflación que han llegado al cien mil por ciento, y una tasa de desempleo del 90%, junto a una crisis sanitaria de envergadura que representa el virus del VIH, que afecta a un 30% de su población. Como consecuencia de todo ello, son miles los habitantes de Zimbaue que tratan de cruzar a Botsuana como también a Sudáfrica, que son consideradas dos de las economías más prósperas del continente africano. Por su parte, en Asia Central, otra de las "zonas calientes" del mundo, la República de Uzbekistán ha levantado una barrera de alambres de púas, cercas electrificadas y campos minados para impedir, según el gobierno uzbeco, la entrada de "militantes islámicos radicales" de las vecinas Afganistán, Kirguistán y Tayikistán. Se trata de una política ampliamente respaldada por Estados Unidos, que ve en esta relación con el gobierno uzbeco la posibilidad de acceder no sólo a las riquezas hidrocarburíferas de esta ex República Soviética, sino también servir de aliado en su lucha contra los talibanes y país tapón contra los deseos de hegemonía rusa en la región.

 

La frontera entre Uzbekistán y Afganistán está dotada de una cerca electrificada con 380 voltios, que se unen a los 1.100 kilómetros de alambres de púas que separan a este país de Kirguistán. Y en la frontera con Tayikistán, en sus 1.500 kilómetros de longitud, la barrera de alambre de púas está reforzada por campos de minas antipersonas sin la presencia de mapas de seguridad que indiquen dónde están colocadas, lo que supone un altísimo nivel de peligrosidad. Pero en general, sea en América del Norte, en Asia, en Europa, en Oriente Próximo o en el continente africano, los muros, vallas, cercas o alambradas, los sistemas de seguridad, las patrullas, las concertinas, las cámaras de vigilancia y toda su tecnología asociada, así como las armas que se utilizan en dichas barreras, son perversas creaciones del ser humano creadas para separar, para segregar, para dividir y para contribuir a la lejanía entre las sociedades. Asistimos a una etapa histórica nociva, donde se ha agravado enormemente la brecha entre ricos y pobres, y la miseria se ahonda según se aleja de la holgura soberbia de los poderosos. Brechas que son aprovechadas para hurgar en las heridas, en las diferencias, y para remarcar lo que separa, en vez de lo que une. Brechas donde los muros permiten taponar las exigencias, frenar los anhelos, detener los sueños de mejores perspectivas de vida. Brechas que constituyen atentados a la humanidad, por suponer flagrantes motivos para la aniquilación de seres humanos inocentes. No son invasiones, no son agresiones, sólo son movimientos de una parte de la humanidad motivados por los más básicos instintos de conservación: el hambre, la miseria, la guerra. Hoy día, abismales diferencias pueden separar unos mundos de otros, unas sociedades de otras. Las hambrunas periódicas, las guerras, la pobreza y la miseria en gran parte de la humanidad, frente a la insultante e innecesaria riqueza de ciertas personas en el mundo "desarrollado". Mareas humanas se dirigen en largos caminos de días, de semanas, de meses, de unas zonas a otras, cual atávica peregrinación en busca de mejores oportunidades para sus vidas. Y al final de dichos caminos, en gran parte de los casos, lo que se encuentran es la hostilidad y la arrogancia de otros seres humanos que son incapaces de comprender su miseria, que no entienden de solidaridad, de cooperación, de fraternidad, que los tratan de forma indigna, como si no merecieran ser tratados como personas. 

 

Los procesos migratorios no sólo se mueven a lo largo de los cuatro puntos cardinales, sino también a través de las propias migraciones internas del campo a las ciudades, movimientos que están despoblando las zonas rurales de todo el mundo, y contribuyendo a la masificación de grandes zonas urbanas, a la presencia de guetos y a los centros de contaminación de los recursos naturales que necesitamos todos para vivir. Y en todos estos planos, los muros cumplen su papel de puntas de lanza del dominio, separando no sólo físicamente a los países y los continentes, sino separando también en los órdenes religioso, económico, social, político y militar. Derribar todos estos muros se convierte, hoy día, en un imperativo moral y humano, en una necesidad vital si no queremos continuar diseñando un planeta peligroso y hostil, inhóspito, desagradable, inhumano, brutal, indigno de ser habitado. Derribar todos estos muros, los físicos y los políticos, los sociológicos y los religiosos, los tribales y los continentales, es una tarea urgente bajo otra política de fronteras, centrada en el avance de los pueblos, en la solidaridad y en la integración. Una nueva política de fronteras que abrace a las personas, que no coloque muros de intransigencia, que no levante murallas de intolerancia, que no discrimine a las personas porque no son como nosotros, porque hablan distinto, comen distinto, trabajan distinto, o adoran a otro Dios distinto. Derribar todos los muros que existen en el planeta nos hará sentirnos más libres, más humanos, más integrados, más conscientes de nuestra diversidad, de nuestra multiculturalidad, de nuestra riqueza como especie humana. Derribar todos los muros, sean de la naturaleza que sean, y estén donde estén, contribuirá a eliminar las diferencias entre seres humanos, a proyectar sociedades más equitativas, más libres, más justas y más avanzadas. Desde esta humilde tribuna apostamos por una política de fronteras que elimine muros, barreras, vallas y alambradas, porque precisamente haya eliminado todas las circunstancias y situaciones que obliguen a las personas a traspasarlas. Continuaremos en siguientes entregas.

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