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28 diciembre 2018 5 28 /12 /diciembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://www.mediatics.com/

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En la historia humana hasta el momento actual, el hombre ha visto limitada su libertad de actuar por obra de dos factores: el uso de la fuerza por los gobernantes (esencialmente su capacidad de matar a quienes se oponen), y lo más importante, la amenaza del hambre contra quienes no están dispuestos a aceptar las condiciones de trabajo y de existencial social que se les imponen

Erich Fromm

La cuantía concreta de la RBU es otro tema importante a concretar, no obstante no lo haremos aquí para no profundizar en asuntos que la implementación concreta realizaría. Recomiendo a mis lectores y lectoras acudir a los diversos estudios que en el sitio oficial de Red Renta Básica han publicado sus autores, principalmente los profesores de la Universidad catalana, con Daniel Raventós a la cabeza. Ellos han publicado varios trabajos donde no solo concretan la cantidad que la RBU debería alcanzar, sino que demuestran hasta qué punto la combinación eficaz de un nuevo sistema fiscal progresivo (junto con las otras medidas que ya hemos comentado en entregas anteriores) haría perfectamente financiable la medida. Aquí sólo recalcaremos algunas cuestiones sobre la cuantía de la RBU: en primer lugar, el criterio a contemplar debe ser el que marquen los indicadores de pobreza oficiales (españoles, Eurostat, UE...), pero insistiendo que no nos valen los indicadores de "pobreza familiar", sino de "pobreza individual", pues la RBU siempre es personal e intransferible. En segundo lugar, recalcar el hecho de que la cuantía puede variar según el segmento de edad al que se aplica, dependiendo de diversas propuestas de varios autores. Algunos plantean dos cantidades para la RBU: una para los menores de edad (que percibirían una RBU más pequeña), y otra para los adultos. Otras propuestas distinguen hasta tres escalas de edades (con tres cuantías de RBU distintas), y otros incluso distinguen una sola cuantía de RBU perceptible sólo para los adultos. Donde sí insistimos es en que la RBU haría confluir en ella todas las demás prestaciones monetarias que los ciudadanos/as puedan percibir por su situación (desempleo, invalidez, jubilación, viudedad, orfandad, incapacidad, prestaciones no contributivas, pensiones especiales...). Al confluir todo tipo de prestaciones en la universalidad de la cuantía de la RBU, dejarían de ser problema todas las prestaciones mínimas indignas que se conceden en la actualidad. 

 

Ni que decir tiene que las personas que ya estuvieran disfrutando de pensiones (o cualquier otro tipo de prestación económica) superiores a la cuantía que se estableciera para la RBU, no verían mermadas sus prestaciones. Es decir, en el momento de entrada en vigor de la RBU, todas las pensiones superiores a ella en cuantía se respetarían. Volvemos a insistir en que el problema de fondo para la implantación de la RBU no es financiero ni macroeconómico, sino político. Siendo la RBU un mecanismo simple de redistribución de la riqueza, mediante el cual se erradica la pobreza de nuestra sociedad y se empodera a la clase trabajadora y más vulnerable, este escenario asusta mucho a las élites económicas, sociales y políticas del país. A partir de ahí, se han diseñado todo un corolario de absurdos e insostenibles argumentos para intentar desbancarla. Ninguno está sólidamente fundamentado. Únicamente representan en el fondo el miedo que dichas élites tienen a que se implante una medida de tal calado. Existe toda una estructura de poder que simplemente no está dispuesta a admitir ninguna concesión sobre la pérdida (aunque sea pequeña) de sus privilegios por una parte, y por otra parte, existe toda una resistencia cultural (debido a tantos siglos de capitalismo) contra toda política de rentas que no pase por el control, los filtros y las decisiones del mercado de trabajo (ver entregas anteriores donde hemos expuesto a fondo este debate). La RBU presenta un derecho de ciudadanía consagrado y universal, desde el nacimiento a la muerte, y para la cual no hay que presentar documentos ni solicitudes. Es tu país quien te reconoce ese derecho, extendido también para los migrantes que se establezcan en el país. Comparemos esto con las prestaciones actuales, basadas en una montaña de requisitos excluyentes: si trabajas, dejas de cobrar; si alcanzas un nivel de ingresos que supere el estipulado, dejas de cobrar; si no eres mujer trabajadora, aunque tu hijo/a sea menor de tres años y estés muy necesitada, no cobras; si no eres mayor de 25 años o no puedes probar que eres pobre de solemnidad, no cobras; si cumples con todos los requisitos, pero no aportas una contraprestacion, no cobras; si no consigues trabajar un número mínimo de peonadas al año, no cobras...

 

Requisitos y más requisitos, cada cual más absurdo, porque no es digno para nadie tener que "demostrar" ante la Administración su nivel de pobreza. Dichos requisitos no están basados en los niveles de justicia social y equidad, sino en que los balances presupuestarios cuadren. Lo que se hace es decir: "Tenemos este dinero para repartir prestaciones. Vamos a diseñar un cuadro de requisitos para tener que pagar, según nuestras estadísticas, al número de personas que nos permite el presupuesto". Desde esta injusta mirada, son las personas las que se tienen que adaptar al presupuesto, y no al contrario. Así que si aún así nos salen más perceptores de la cuenta, volvemos a establecer condiciones, precondiciones y cruces de requisitos, para ver si así se reduce el número de perceptores totales. La óptica social, con la RBU, tiene prioridad absoluta. Los requisitos sobran. Con la RBU no habrá nadie pobre, pero no todo el mundo ganará, sino que los más ricos perderán. Este planteamiento, verdaderamente socialista de la redistribución de la riqueza, será enseguida maldecido por los poderosos, para los cuales apareceremos como "peligrosos comunistas", por aplicar dos criterios de clara justicia social: 

 

1.- "De cada cual, según sus capacidades". Este principio tiene que ver con la financiación de la RBU, porque en efecto, la implantación de un sistema fiscal realmente progresivo permitirá que los que más tienen y más cobran aporten más al sistema universalizado de la RBU que los que menos tienen. Es decir, la financiación para la RBU no es homogénea, sino que proviene precisamente de los que más aportan mediante los impuestos a las arcas públicas: IRPF, Impuesto de Sociedades, Impuesto al Patrimonio y las Grandes Fortunas, Impuesto a las Transacciones Financieras...

 

2.- "A cada cual, según sus necesidades". Este principio tiene que ver con el proceso de redistribución de la riqueza que la RBU consigue, y desde este sentido, se garantiza que no exista la pobreza en ninguna sociedad donde se implemente. Con la RBU, ya lo hemos dicho, seguirá habiendo ricos, pero los pobres dejarán de existir, y con ello, toda la rocambolesca acción de la caridad, implementada en acciones institucionales, Iglesia Católica, ONG's y demás organizaciones caritativas. La caridad se acaba en una sociedad que no lo necesita. Las personas no necesitamos limosnas, ni bancos de alimentos, sino que nuestra sociedad nos garantice la cobertura de nuestras necesidades básicas.

 

Esta filosofía política de la "redistribución progresiva" es tremendamente eficaz para conseguir una sociedad igualitaria. Los más ricos y poderosos no la apoyan, porque prefieren (incluso hemos señalado que existe una idea de la RBU que lo persigue) que los servicios sean pagados por quienes los usan, sin progresividad ninguna. Desde este enfoque insolidario, muchos pueden plantearse: ¿Por qué tengo que pagar yo mi parte proporcional para financiar una RBU que yo no necesito? Pues por la misma razón que todos pagamos las Universidades (aunque no las usemos), por la misma razón que todos pagamos las autovías (aunque muchos no posean coche), por la misma razón que todos pagamos la sanidad pública (aunque no estemos enfermos), etc. Es obvio que el uso y disfrute de los bienes públicos no es totalmente homogéneo ni igualitario, pero no por ello hemos de renunciar a los pilares de un modelo de sociedad altamente redistributiva, porque esta idea no es injusta ni regresiva, sino solidaria. Los que piensan así es que en el fondo están en contra de todo bien público, es decir, están a favor de que se elimine todo lo público. La RBU es en sí misma un bien público, al igual que los demás: todos recibimos la misma cantidad, pero no todos contribuimos lo mismo. Pero como esta idea crea auténticos sarpullidos en los más ricos y poderosos, es por ello que la idea de la RBU lleva aparcada en los cajones durante décadas, y seguro que aún costará muchos años poder llegar a una primera implementación práctica de la misma. Insistimos: la RBU no es el "bálsamo de fierabrás", no es la panacea que nos vaya a eliminar todos los problemas de nuestra sociedad, pero veámoslo desde este punto de vista: ¿Hemos calibrado alguna vez la importancia de la dimensión humana de una sociedad donde no existan pobres? ¿De verdad hemos calculado en términos de eficiencia y felicidad el modelo de sociedad que alcanzaríamos con la RBU? ¿Nos hemos parado a pensar cuánto sufrimiento eliminaríamos, cuanta desdicha, vergüenza e injusticia seríamos capaces de paliar? Pues pensémoslo: merece la pena, a lo mejor alguien es capaz de convencerse de la bondad de esta medida imaginándose una sociedad que alcance dichos objetivos. Continuaremos en siguientes entregas.

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