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4 enero 2019 5 04 /01 /enero /2019 00:00
Fuente Viñeta: https://nulla.org/

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Hoy, el problema de la superación del trabajo asalariado es el problema principal en el mundo

Franco Berardi

Precisamente, en entregas anteriores nos hemos ocupado de la crisis del trabajo asalariado, acosado desde diversos frentes al mismo tiempo: la robotización y automatización de tareas humanas, la crisis de los modelos de negocio y su necesaria transformación en otros más sostenibles, la crisis energética y la transformación laboral que su adaptación provocará (lo estamos llamando colapso en nuestra serie de artículos "Filosofía y Política del Buen Vivir", actualmente en publicación), etc. Está claro que el trabajo asalariado será una pieza de museo dentro de no mucho tiempo, que esta crisis no acabará nunca, y que será necesaria la consagración de mecanismos que garanticen a todas las personas sus necesidades fundamentales, so pena de fomentar graves estallidos sociales. Pues bien, en este sentido, la RBU puede abrir amplias posibilidades, al poner en evidencia que el problema fundamental de las personas no es la falta de trabajo asalariado (que poco a poco tenemos que ir asumiendo), sino la imposibilidad de satisfacer sus necesidades básicas. El capitalismo poco a poco desposee a los más débiles para enriquecer a los más fuertes, y en ese sentido, hemos de desligar el instrumento "trabajo" del fin último de éste, que no es otro que garantizar una vida digna para las personas. La crisis terminal y civilizatoria cada vez ahondará en el abismo entre ambos conceptos. La alienación capitalista hacia el trabajo permite que todavía escuchemos el deseo de mucha gente de querer trabajar "aunque sea en una fábrica de armas, en una mina contaminante, o en un edificio pegando al mar". Va desapareciendo también la propia ética ligada al trabajo humano, tal como ya expusimos en concreto en nuestro artículo "Yemen, Arabia y Navantia". Hemos de tener claro, siendo coherente con nuestros razonamientos, que debemos abandonar la idea de que las personas "tengamos que trabajar para ganarnos la vida", asumiendo la dimensión capitalista de dicho trabajo, y anulando otras posibilidades. En ese sentido, como venimos comentando, la RBU es un instrumento liberador para la clase trabajadora. 

 

Nuestras necesidades materiales básicas son de alimento, de ropa, de un lugar digno donde vivir...pero no de poseer un trabajo remunerado en cualquier sitio, al que dedicarle varias horas de nuestra existencia diaria. Eso no es una necesidad esencial, sino una necesidad creada por la filosofía capitalista. El trabajo remunerado será únicamente una forma concreta de poder alcanzar otro objetivo, el dinero, que es el que realmente (bajo el modelo capitalista) nos permite conseguir los otros objetivos (la vivienda, el alimento, etc.). Manuel Casal en su fantástico ensayo "La izquierda ante el colapso de la civilización industrial", ya referido en entregas anteriores, y en el que nos basaremos en muchas ocasiones durante esta serie de artículos, nos ilustra con el ejemplo del lema de las Marchas de la Dignidad: "Pan, Techo y Trabajo", y resalta que mientras las dos primeras sí deben entenderse como necesidades materiales básicas, la tercera entra en otra dimensión conceptual distinta, y por tanto, no se debe poner al mismo nivel que las otras dos. El trabajo sería un "satisfactor de segundo nivel", ya que lo necesitamos para a su vez conseguir los otros objetivos. Casal Lodeiro afirma: "Tanto la izquierda como el conjunto de la sociedad parecen haber perdido de vista que el trabajo --tal como lo entendemos y reclaman muchos hoy-- es una categoría social muy reciente en la historia, un vehículo creado interesadamente por el capitalismo a lo largo de su desarrollo industrial, y en el que acabó creyendo ciegamente la izquierda (esto es, la mitología del trabajo), defendiéndolo al final como si fuera un fin en sí mismo". Es totalmente cierto, y en ese sentido, una parte de la izquierda debería releer a Marx para distinguir perfectamente todos los elementos que el capitalismo nos induce en nuestra vida, para que creamos en ellos como si fueran principios universales. Pero no lo son. El trabajo asalariado es simplemente un elemento de nuestra cultura capitalista, e históricamente no alcanza más de siglo y medio aproximadamente. Lo que hemos de hacer es procurar las necesidades materiales básicas de las personas de forma que queden garantizadas, independientemente de que tengamos o no un trabajo asalariado, nos dediquemos a filosofar, a escribir, a la música, a hacer cursillos, a cocinar, a educar a nuestros hijos, a viajar, o a cualquier otra actividad. 

 

Precisamente por eso la RBU es un instrumento liberador. Las reglas del capitalismo no pueden permitir que las personas queden con sus necesidades básicas cubiertas de forma independiente a que posean o no un trabajo, porque eso rompe sus esquemas de dependencia de forma absoluta, y empodera a las mayorías sociales, que de forma autónoma pueden elegir a qué dedican su tiempo, y cuánto tiempo dedican a cada tarea o actividad. Pero además, si las mayorías sociales alcanzan esta situación de liberación, también serán más conscientes de que necesitan menos (horas de trabajo) para vivir (bien), lo cual también es una afrenta peligrosa para el capitalismo. La reducción de la jornada laboral para un gran número de personas será una opción viable, después una opción elegida voluntariamente, a medida que nos demos cuenta de que realmente no necesitamos "tantas cosas" (es decir, consumir tanto) para poder vivir bien. El Buen Vivir basa su filosofía de vida en la verdadera austeridad, en la frugalidad de la vida, en el ser más feliz con menos, en renunciar al consumo masivo, para adecuar los parámetros de nuestra vida a una vida más local y más simple, sin lujos ni ostentaciones, pero con más tiempo libre, con más riqueza y con más contemplación, y por lo tanto, con más disfrute. No en vano es el modo de vida adoptado durante siglos por pueblos indígenas de todo el mundo (incluso actualmente podemos distinguir tribus en varios sitios del planeta que lo cultivan), cuyos modos de vida son fáciles, simples y locales, aprovechando lo que tienen alrededor. Desde la izquierda transformadora, por tanto, debemos empujar en el sentido de que la sociedad relativice el concepto del "derecho al trabajo", para que no lo santifique, para que deje de adorarlo, y se centre en los verdaderos derechos humanos fundamentales. Pero además de todo ello, la defensa de ese "crecimiento del empleo" que aún defienden las centrales sindicales mayoritarios y nuestros ineptos políticos, se basa a su vez en el propio crecimiento económico, y como venimos explicando, este concepto va expresamente en contra de la sostenibilidad del planeta y de nuestra vida dentro de sus límites (lo estamos explicando más profundamente en nuestra serie "Filosofía y Política del Buen Vivir"). 

 

Por tanto, desde la izquierda transformadora, defender medidas como la RBU implica también alejarse del discurso clásico y dogmático de "la lucha de la clase obrera contra el capital" entendida como la defensa a ultranza de todo tipo de empleos, porque ya estamos viendo que este discurso nos amarra a una realidad que no será posible. El productivismo laboral no puede colocarse sobre parámetros insostenibles, o bien que atenten contra los otros grandes pilares donde la izquierda del siglo XXI debe basarse (como son el ecologismo, el pacifismo, el feminismo, etc.). La bandera de lo laboral no puede colocarse por encima de todas las demás. Esa bandera debe pasar a ser la bandera de la emancipación de las mayorías sociales sobre el concepto de trabajo asalariado, su liberación de él, y su evolución hacia sistemas que se centren en cómo somos capaces, como sociedad, de garantizar a todo el mundo sus necesidades materiales básicas. El objetivo clásico del "pleno empleo" debe ser abandonado. En primer lugar porque una medida como la RBU liberará a todas las personas de su "impulso" a trabajar por un sueldo, pero en segundo lugar, la crisis civilizatoria que se nos avecina volverá imposible este objetivo. Hay que contarle a la gente que existen otras maneras de que las personas tengamos satisfechas nuestras necesidades básicas, sin tener que pasar obligatoriamente por la herramienta trabajo y por la "necesidad" dinero. El propio Casal Lodeiro critica en su referido ensayo la posibilidad de la RBU, ya que aporta el criterio energético (y el hecho del próximo agotamiento de los combustibles fósiles) en el mantenimiento de todas las estructuras de producción del Estado y de las empresas privadas, que actuarían impidiendo también que se pudiera mantener en el tiempo las asignaciones monetarias que la RBU intenta consagrar al conjunto de la ciudadanía. En posteriores entregas seguiremos analizando este enfoque ecosocialista sobre la posibilidad de la RBU, por su importancia y su peso específico en la consecución de esta medida. 

 

Otro crítico de la RBU desde la izquierda es el economista argentino y columnista del medio "La Izquierda Diario" Esteban Mercatante, que en este artículo se plantea ya desde el título: "Renta básica universal, ¿una solución capitalista a los males del capitalismo?". Para Mercatante, "aceptarla [a la RBU] por el lado "progresista" es cometer un error fatal: tomar por buena la premisa del fin del trabajo y proponer librar en otro terreno la pelea por el ingreso. De aceptar estas propuestas, la clase trabajadora tiene ya la mitad de la batalla perdida". Según este economista, no es una medida anticapitalista porque no se plantea expropiar los medios de producción. Nosotros pensamos que Mercatante emite estos juicios porque considera un análisis sesgado de la RBU. Retomo sus palabras: "...una renta básica que venga "desde arriba", como una política pública de seguridad social, difícilmente será universal, sino focalizada en los segmentos de bajos ingresos, y probablemente tampoco será básica, sino por debajo de la línea de pobreza. Sólo de esta forma podría compatibilizarse con la continuada explotación de la fuerza de trabajo en condiciones laborales cada vez más degradadas que necesita el capitalismo contemporáneo". Su análisis, por tanto, no corresponde con el enfoque que le estamos dando a nuestra propuesta de RBU. Esteban Mercatante desconfía de la posibilidad de que cualquier Gobierno pudiera llevar a cabo una propuesta decente de la RBU, debido a las fuertes presiones de las grandes corporaciones capitalistas, que no podrían tolerar el empoderamiento de los/as trabajadores/as que una medida de semejante calibre provocaría. Este economista plantea como mejor alternativa el reparto de las horas de trabajo, proponiendo incluso una reducción de la jornada laboral a 6 horas, y el reparto de todo el trabajo disponible "entre todas las manos posibles". Al igual que los que oponen los Planes de Trabajo Garantizado (PTG) a la Renta Básica Universal, nos parece que Mercatante, no convencido de las posibilidades reales de la RBU (o de que sea una medida realista ante la fuerza disciplinadora del gran capital), propone el reparto del trabajo y la reducción de la jornada como alternativa, cuando en realidad nosotros lo vemos como un complemento. Somos de la opinión de que lo necesitamos todo: el reparto del trabajo (para que todo el mundo que quiera trabajar y sea válido pueda hacerlo), los PTG (para que no se dependa únicamente de los puestos de trabajo procedentes de la corporación privada), y la RBU (para que nadie tenga que depender de modelos laborales agotados y en crisis para poder mantener sus necesidades materiales cubiertas). Continuaremos en siguientes entregas.

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