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24 diciembre 2018 1 24 /12 /diciembre /2018 00:00
Viñeta: Shaditoon

Viñeta: Shaditoon

A los objetivos, motivaciones y valores del capital financiero internacional se le contraponen los objetivos, motivaciones y valores de las personas y los pueblos. Al crecimiento del beneficio del capital, autonomía para sus gestores y supervivencia del sistema del capital financiero especulativo internacional, desde la EBC se le contrapone la supervivencia de la Vida, la humanidad y las personas, la seguridad y tranquilidad en el futuro sostenible y la participación en la determinación de sus vidas con la democracia participativa. Al deseo de acumular riquezas y poder en un individualismo competitivo irreal y suicida como motivación del sistema del capitalismo financiero internacional le contraponemos la motivación de una sociedad inclusiva e integradora de personas felices y cooperadoras que comparten la satisfacción de sus necesidades con bienes y servicios públicos gestionados y compartidos democráticamente. A los valores de egoísmo, avaricia y vanidad del sistema actual se le contraponen los de dignidad, solidaridad, cooperación y respeto

Fernando Moreno Bernal

En la entrega anterior ya dimos un pasito adelante, presentando una opción alternativa a nuestro modo de vida, como es la Economía del Bien Común. Vamos a dar otro pasito, presentando en esta ocasión lo que podemos llamar la "Democracia Energética". Los lectores y lectoras entenderán que hablemos en este punto de esta alternativa, pues venimos contando desde el primer artículo de la serie que el colapso civilizatorio viene provocado fundamentalmente por el agotamiento de nuestras fuentes energéticas principales, que abastecen y proporcionan el motor para nuestra compleja sociedad. Pero la energía no la controlamos desde abajo: ni los pueblos, ni las comunidades, ni las asociaciones, ni el conjunto de la ciudadanía controla dichas fuentes de energía, sino que las últimas décadas de neoliberalismo imperante han provocado que sean las grandes corporaciones transnacionales las que posean la propiedad y la gestión de dichas fuentes energéticas, tanto de sus procesos de extractivismo como de sus procesos de producción y distribución a las mayorías sociales. Estamos convencidos de que este panorama tiene que cambiar, e imponerse nuevos modos y formas de controlar las fuentes energéticas, y de eso va la llamada democracia energética. Básicamente, la idea es que debemos reclamar el derecho de las comunidades para poder ejercer el control democrático y la propiedad social sobre la industria de la energía, y debemos reestructurar el sistema energético para dirigir un proceso de transición justa y planificada hacia un sistema de energía renovable bajo el control de los propios trabajadores/as, la comunidad y el municipio donde se localicen. Lo que pretende la democracia energética es cambiar el fundamento de operación de los grandes sistemas energéticos, gobernados hoy día por grandes corporaciones, que basan su existencia en la obtención máxima de beneficio. Todo lo demás no importa. La democracia energética debe destruir este modelo de negocio abyecto y criminal, que nos conducirá al suicidio, para tomar el control y el poder de decisión sobre las fuentes de energía, y al no operar bajo criterios de maximización del beneficio, proceder a la transición de nuestros modelos energéticos hacia modelos renovables, que como venimos contando, no generarán emisiones GEI y contribuirán a un menor calentamiento global. 

 

La democracia energética ofrece, pues, una nueva orientación del sector público hacia el control de los recursos energéticos, destruyendo el peligroso modelo de negocio orientado a beneficios (que conlleva también la explotación humana y de la naturaleza), y sustituyéndolo por el modelo de orientación social. Y ello porque las personas y las comunidades deben tener el derecho de controlar su futuro energético, y no depender de las decisiones elitistas de las compañías privadas fundamentadas en el lucro de sus directivos y accionistas. La democracia energética nos permitiría dirigir, de forma soberana, una transición energética justa y planificada hacia las fuentes renovables. La democracia energética convertiría los recursos energéticos en bienes públicos controlados democráticamente, de propiedad social, y enfocados al verdadero fin que deben poseer, que no es otro que abastecer las necesidades sociales, haciendo el menor daño posible a nuestro medio ambiente. Y así, como la energía generada a través del sol, del mar o del viento no tienen precio, los costes de esta transición serían infinitamente menores, y además las inversiones podrían recuperarse rápidamente con enormes beneficios sociales y ambientales. Los puestos de trabajo estarían más controlados, las decisiones serían gestionadas democráticamente, y sobre todo, sería mucho más fácil dirigirnos hacia la finalidad y afrontar de forma más preparada la llegada del colapso (que como venimos contando, no es otra cosa que la adaptación a nuevos modos de vida como consecuencia de la caída brusca de las fuentes de energía que hasta ahora hemos utilizado). La democracia energética, de esta forma, se nos presenta como un modelo a seguir, como una meta a alcanzar para el conjunto de la ciudadanía en la consecución de estos objetivos, pero lógicamente debe llevarse a cabo mediante Gobiernos comprometidos en esta causa. No obstante, desde fuera de las instituciones, es decir, desde las múltiples organizaciones del tejido social, puede empujarse con fuerza en esta dirección, no sólo dejando de engordar los balances de estas grandes empresas, sino además participando a nivel comunitario en nuevos modos de consumir y canalizar la energía.

 

Y llegados a este punto, quizá sería ya conveniente ir entrando en una materia fundamental, que abordaremos múltiples veces durante toda esta serie de artículos, como es el Decrecimiento. Ya lo hemos mencionado varias veces, sin entrar a fondo en su significado. Phil Gasper, en este artículo para el medio Socialist Worker (en traducción para el digital Rebelion a cargo de Paco Muñoz de Bustillo), nos introduce a la necesidad del decrecimiento. Voy a rescatar sus palabras a continuación: "Tenemos que ser conscientes de que el problema no se resolverá si nos mantenemos dentro de los confines del actual sistema económico, basado en maximizar el beneficio. El "capitalismo verde" es un oxímoron, un término intrínsecamente contradictorio. La reducción de emisiones exigirá la reducción del volumen de la economía global y ello choca con el modo en que las economías capitalistas están organizadas. La dinámica del capitalismo se basa en la producción para el intercambio, no para el uso. En las economías capitalistas, es una pequeña minoría quien controla los medios de producción con el fin de competir y conseguir beneficios cada vez mayores. El sistema impone a los individuos capitalistas el deseo de acumulación, lo que les lleva a centrarse en las ganancias a corto plazo y a ignorar las consecuencias de la producción a largo plazo, incluyendo las repercusiones para el medio ambiente. El indicador del éxito del capitalismo es el crecimiento y la acumulación. Si un directivo de cualquier corporación intenta ir contracorriente, será despedido o provocará la quiebra de la compañía. El crecimiento ilimitado forma parte del sistema. El problema es que el crecimiento ilimitado es imposible en un planeta finito. El capitalismo ha abierto lo que Marx denominaba una "fractura metabólica" entre las sociedades humanas y el resto de la naturaleza: una disrupción entre los sistemas sociales y los sistemas naturales. Los procesos necesarios para mantener la sociedad capitalista la enfrentan al mundo natural". Pues todo esto, algo tan sencillo de entender y de asumir (cualquier escolar en edad temprana lo comprendería), se niegan a verlo los directivos y propietarios de las compañías. 

 

La realidad les desmiente, la ciencia se lo demuestra, pero ellos y ellas, los grandes agentes del capitalismo, se niegan a verlo. Y no hay más ciego que el que no quiere ver. Bien, vamos a ilustrarlo con un sencillo ejemplo. El decrecimiento aplicado a algo, a alguna cosa en particular: por ejemplo, el coche, nuestro automóvil particular.  Nos basaremos en este sencillo pero interesante artículo de Ricardo Natalichio, Director del medio Ecoportal. Desde hace décadas, un símbolo del nivel de vida de una persona o familia es el automóvil que posee. Éste se ha convertido en una especie de Dios con cuatro ruedas, sin el que no podemos vivir. Un Dios que a la larga va poniendo a quienes profesan su religión, a su servicio (gasolina, seguros, revisiones...). Y condena tanto a seguidores como a detractores a padecer su devastadora ira contaminante, depredadora y letal. Muchas personas trabajan todo lo que pueden sólo para poder pagar los gastos derivados del automóvil, y otros, debido a sus profesiones y actividades, se pasan gran parte del día subidos en él, conduciendo de un sitio a otro. Anualmente, los accidentes de tráfico matan o hieren de forma directa o indirecta a más personas que cualquier enfermedad terminal, y eso sin contar con la degradación del planeta que suponen, que se efectúa diariamente, como una ofrenda necesaria para mantener contenta a esta deidad, y que lo multiplica hasta el infinito como causa de mortandad y padecimientos a nuestra salud. De forma constante e ininterrumpida, se construyen en todos los países miles de kilómetros de carreteras y autovías, que no solamente producen los negativos efectos medioambientales que cualquier otra infraestructura de gran magnitud, sino que además muchas veces actúan como barrera, cortando corredores naturales de gran cantidad de especies, con sus correspondientes consecuencias nocivas. Esas grandes autovías atraviesan montes, ríos y lagos, dividen y articulan las ciudades, destrozan las vías naturales humanas y animales, destruyen parajes naturales, y en los peores casos, los recursos naturales de donde se nutren tribus o pueblos indígenas al completo. 

 

Desde hace años se ha emprendido una guerra contra el tabaco (con el consiguiente enfado de las empresas tabaqueras), e incluso las campañas de publicidad de las marcas están obligadas a advertir sobre la peligrosidad para la salud que supone el nocivo hábito de fumar. Pero ningún anuncio de automóviles advierte sobre el monóxido de carbono que produce el uso de los coches, y que vierten en miles de toneladas diariamente a través de sus tubos de escape. Sacamos hasta aquí una conclusión clara: con el tabaco, el conjunto de la sociedad llegó a un nivel de concienciación que fue más poderoso que el poder desplegado por la industria tabaquera, pero parece ser que con la industria automovilística aún no hemos llegado a ese estadío. Eduardo Galeano lo ha expresado magistralmente de esta forma: "La gente no puede fumar. Los autos, sí". Con todo esto no estamos diciendo que todos deberíamos salir corriendo mañana a vender nuestro coche, o dejar de utilizarlo de un día para otro (como por cierto sí podemos hacer con el tabaco). Solamente estamos reflexionando sobre una parte de nuestros hábitos, de nuestra cultura (en este caso de transporte) que está generando graves problemas al planeta y a las personas, y que necesariamente tendrá que modificarse para que la vida en la Tierra siga siendo posible. Es decir, que al igual que en el hábito de fumar hemos experimentado un "decrecimiento" (a nivel personal, que se extiende a nivel mundial, implicando a la propia industria del sector), lo mismo podríamos hacer para el hábito del coche (comprar un coche, mantenerlo, y usarlo de forma regular). Al igual que con el tabaco, el "decrecimiento" en la compra y uso de vehículos haría decrecer a la propia industria, que al principio no se lo tomaría muy bien (haría campañas en contra de los Gobiernos que apostaran por esa tendencia), pero poco a poco se asumiría como un bien social superior a los beneficios de la industria del automóvil. Las sociedades modernas están diseñadas de tal forma que convierten el automóvil en algo indispensable, y esto en gran parte es fomentado desde las tres grandes industrias que tienen competencia en este ámbito, como son las del petróleo, el caucho y las propias industrias automotrices. Por tanto, afirmamos que se deben buscar alternativas al automóvil: mejorando y fomentando el uso del transporte público, fundamentalmente los trenes, tranvías, subterráneos y aumentando la cantidad de vías para ciclistas y de sendas peatonales. Pero sobre todo fomentando un cambio en la cultura de nuestras sociedades que nos permita reducir drásticamente la necesidad de desplazarnos decenas de kilómetros cada día para cumplir con nuestras actividades laborales o cotidianas. Así, el automóvil irá siendo cada vez menos necesario (decrecimiento), las industrias fabricarán menos y se reciclarán, y todos nosotros gozaremos de una mayor calidad de vida. Continuaremos en siguientes entregas.

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