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10 diciembre 2018 1 10 /12 /diciembre /2018 00:00
Viñeta: Malagón

Viñeta: Malagón

En un mundo normal, la declaración de Trump de que el control del clima es un cuento chino, y que se inventó contra los intereses de Estados Unidos, debería haber causado una conmoción global. Además, si bien las políticas internas de Trump son una cuestión estadounidense, el clima está afectando a los 7.590 millones de habitantes del planeta, y Trump fue elegido por menos de una cuarta parte de las personas con derecho a voto de USA: aproximadamente 63 millones. Demasiado poco para imponer decisiones que afectan a toda la humanidad

Roberto Savio

Julio César Centeno, un autor que ya hemos citado alguna vez en esta serie de artículos, precisamente en el titulado "La encrucijada climática", publicado en el digital Rebelion, expresa de esta forma el daño que le hemos venido haciendo a nuestro medio ambiente: "Aunque la atmósfera es un bien común, ha venido siendo colonizada por una minoría de la población mundial, sin costo alguno, amenazando la seguridad de toda la humanidad y la estabilidad del planeta. Los costos sociales y ambientales de sus procesos de desarrollo han sido arbitrariamente transferidos a toda la población mundial. Los países industrializados se niegan a reconocer su desproporcionada responsabilidad por el calentamiento global. Se niegan por lo tanto a asumir compromisos vinculantes sobre la reducción de emisiones, sobre la transferencia de recursos financieros y tecnológicos a los países más pobres, a reconocer las extremas limitaciones que el calentamiento global impone ahora a las aspiraciones de desarrollo de la mayoría de la humanidad. De mantenerse las tendencias actuales, para el 2050 los países industrializados, con sólo el 16% de la población mundial para entonces, habrán acaparado el 60% del cupo atmosférico disponible para evitar un aumento de temperatura superior a los 2ºC, habiendo consolidado su desarrollo a partir del consumo de combustibles fósiles. El resto de la población mundial, el 84% de la humanidad para entonces, verá sus posibilidades de desarrollo severamente limitadas. Las restricciones se harán efectivas a través de mayor endeudamiento, mayor dependencia tecnológica, impuestos a las emisiones de carbono y medidas arancelarias y no arancelarias a la huella de carbono de productos y servicios. La obligatoria transformación de la infraestructura energética de los países en desarrollo hacia energías limpias y renovables, sin un acuerdo vinculante sobre la transferencia de recursos financieros y tecnológicos, tiende a profundizar su dependencia económica y tecnológica, fortaleciendo el injusto orden económico internacional impuesto desde la segunda guerra mundial".

 

El panorama es, pues, incierto y desolador. En la base del desconocimiento se sitúa también nuestra cultura sobre la energía. En general, las posibilidades energéticas de una sociedad construyen también sus posibilidades de interacción y su propia complejidad. Hoy día, se requiere una transformación profunda de nuestra cultura de la energía si pretendemos hacer frente a este problema con ciertas garantías de éxito (entendiendo éste como una adaptación no demasiado traumática a los nuevos escenarios derivados del colapso civilizatorio). Y estos cambios y adaptaciones energéticas deben ser realizados contra reloj, en un período de tiempo cada vez más limitado. Parece que cada informe que se publica nos acucia a una transformación más urgente, pero esto no es debido a que cambie el grado de optimismo o pesimismo de sus redactores e investigadores, sino a que ante la limitada acción política y social ante el colapso, las cifras y datos nos apremian a proyectar las acciones necesarias cada vez con menos tiempo por delante. A modo de ejemplo, como citan Francisco Heras y Pablo A. Meira en este artículo para la Revista Papeles, un reciente trabajo aparecido en la revista Nature estima que, para tener un 50% de posibilidades de mantener el calentamiento global por debajo de 2ºC, las emisiones acumuladas entre 2011 y 2050 no deberían superar las 1.100 gigatoneladas de CO2, unas cifras que serán superadas de largo si persisten las actuales tendencias. De hecho, si se utilizasen las reservas conocidas de combustibles fósiles, se produciría una cantidad de emisiones tres veces superior a esta cifra. De acuerdo con los autores del citado artículo, no superar los 2ºC requiere renunciar a quemar el 80% de las reservas conocidas de carbón, el 50% de las de petróleo y el 30% de las de gas. 

 

Es fácil imaginar las enormes resistencias (modelos de negocio, número de puestos de trabajo afectados, industrias dependientes, PIB nacional...) que plantea esta autolimitación en las esferas social y económica. De hecho, la actual Cumbre de Katowice (Polonia) se está celebrando paradójicamente en una ciudad altamente dependiente de estas industrias, y como decimos, la resistencia del gobierno polaco a desmantelarlas es enorme. Y como ya venimos denunciando, existe un abismo real entre los objetivos de reducción de emisiones planteados en estas cumbres, y las propuestas y decisiones reales que se adoptan después en cada país. Y es que las creencias y valoraciones sociales sobre el cambio climático y el Peak Oil (agotamiento del petróleo) condicionan las reacciones personales y colectivas ante el problema. Cuando ni las formaciones políticas son capaces de reflejar en sus programas la transversalidad requerida en cuanto a las decisiones a tomar, no podemos pedir a la ciudadanía que esté más concienciada. Es la ciencia la que nos planta ante nosotros la cruda realidad, y ante sus conclusiones, son los medios de comunicación y los actores políticos y sociales los mayores responsables de crear la debida conciencia en el conjunto de la población. Y así, por ejemplo, si se extienden las dudas sobre el cambio climático, o sobre su relación causal con la acción humana, o si se minusvalora su peligrosidad, parece muy difícil alcanzar los consensos sociales necesarios y la voluntad política requerida para hacer frente a tamaña amenaza. Es necesario conceder la relevancia necesaria al problema, y entender que, como asunto transversal al resto de políticas a implementar, se hace necesario reformular decisiones en materia de agricultura, transporte, industria, energía, turismo...El problema surge cuando estas políticas y medidas contra el cambio climático y la adaptación a nuevos entornos energéticos entran en competencia (o en clara contradicción o conflicto de intereses) con otras políticas, especialmente cuando se aplican objetivos y visiones a corto plazo. 

 

A esto tampoco ayuda el hecho de que los medios de comunicación reflejen estos temas de forma poco frecuente o relevante, únicamente cuando existen noticias concretas de interés (nos referimos aquí sobre todo a los medios convencionales y dominantes, la prensa alternativa en Internet sí suele más sensible a ello). La bibliografía y el número de autores que tratan el asunto también es menor con respecto a la importancia del mismo. Por su parte, como bien indican Francisco Heras y Pablo A. Meira, el cambio climático y el agotamiento energético están ausentes de los debates políticos, las campañas electorales y las intervenciones parlamentarias. Sin embargo, tal y como declara el gran pensador crítico estadounidense Noam Chomsky, este asunto es (junto a la guerra nuclear) la mayor amenaza que se cierne sobre la humanidad. Creo personalmente que es el temor a los costes de actuar los que más pesan a la hora de poder explicar nuestra inacción al respecto. En efecto, una cosa es que comprendamos la gravedad y urgencia del problema, y otra cosa distinta es que las acciones a implementar "me toquen al bolsillo". Los problemas comienzan ahí porque la filosofía capitalista nos impone la inmediatez y el beneficio como máximas universales. Ni incluso la guerra compite con las ganancias (véase el conflicto ético creado recientemente entre el modelo de negocio de Navantia y el uso bélico que va a darse a sus productos). Así que, si de hecho no nos importan ni las vidas de millones de personas a la hora de mantener nuestros puestos de trabajo, difícilmente nos va a importar la destrucción del planeta, o el colapso energético. No vemos más allá de nuestras narices económicas. Nuestra mirada es cortoplacista. Nuestra mente (capitalista) no es capaz de proyectar grandes problemas en el tiempo y el espacio, analizarlos con el rigor debido, y proyectar soluciones al respecto. Siempre se interponen el negocio, los beneficios, los puestos de trabajo, la economía en una palabra. Así nos va.

 

Pareciera que, como sociedad, hemos decidido mirar para otro lado, o hacer oídos sordos ante los mensajes de una minoría (compuesta esencialmente por ecologistas, activistas sociales y algunos científicos) que alerta sobre el problema y exige que nos enfrentemos abiertamente a él si pretendemos sobrevivir como civilización. Aún no tenemos la suficiente conciencia como para comprender en todas sus dimensiones hasta qué punto el mantenimiento de las condiciones mínimas de sostenibilidad para los ecosistemas naturales constituye una condición sine qua non del bienestar humano.  Hay por tanto que llevar a cabo duras campañas, difundir los mensajes al máximo posible, alertar al conjunto de la ciudadanía sobre la envergadura del problema, desmentir a los negacionistas, y en general, romper el "silencio climático" en el que aún vivimos, disfrutando de unos niveles de complejidad energética que dentro de poco ya no serán posibles. Mirar de frente una realidad que no nos agrada no es un ejercicio racional y emocionalmente fácil, pero aún peor es continuar practicando la "política del avestruz", es decir, no querer saber del tema, ignorarlo, hacer como que no existiera. Por otra parte, también hemos de soportar discursos irresponsables (incluso algún dirigente político se ha permitido tal desfachatez), que transmiten un optimismo irracional y alimentan la inacción con absurdas soluciones (expresadas comúnmente como "ya se arreglará", "ya estamos trabajando para resolverlo", "al final la ciencia inventará algo", "los científicos tampoco están seguros", y muchos más por el estilo). Nos encontramos ante un reto crucial, ante una situación extraordinariamente difícil y comprometida, y no es lícito ocultarlo, disfrazarlo ni minimizarlo. Pero el señalamiento de los riesgos no puede venir solo, no podemos hacer únicamente un discurso catastrofista, sino que este discurso debe asociarse también a la identificación de soluciones, a las propuestas concretas. Este enfrentamiento al problema tampoco es fácil, pero debemos estar absolutamente decididos y comprometidos a hacerlo, porque nuestra supervivencia como especie depende de ello. Debemos repensar la producción de alimentos, el transporte, la vivienda, el comercio, el turismo, el ocio, etc. Todos ellos están sustentados en modelos insostenibles que es preciso transformar. Continuaremos en siguientes entregas.

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