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17 diciembre 2018 1 17 /12 /diciembre /2018 00:00
Viñeta: Oleh Smal

Viñeta: Oleh Smal

El cambio que nos espera es de un calibre semejante al de las grandes transiciones del pasado que dieron paso de la etapa cazadora recolectora, a la de la civilización neolítica y de ésta a la era industrial. La diferencia es que en estas transiciones la disponibilidad de energía aumentó significativamente en cada una de ellas, mientras que en la actual sucederá lo contrario; la disponibilidad de energía se reducirá en varias veces la que se consume actualmente en los países desarrollados. Tal reducción vendrá acompañada de una pérdida de complejidad de las sociedades futuras y de un descenso demográfico importante, hasta llegar a sociedades de un tamaño demográfico y económico compatible con las capacidades de los ecosistemas

Máximo Luffiego García

Llegados a este punto, y antes de entrar a fondo en el asunto del decrecimiento (tan necesario para la adaptación al colapso civilizatorio, como estamos comentando), vamos a introducir también algunos conceptos previos, como pueden ser la Economía del Bien Común o la Democracia Energética, para intentar ir cambiando un poquito nuestra filosofía económica y nuestra ética de valores compartidos. Como ya hemos afirmado en anteriores entregas, la adaptación a nuevos modos de vida requerirá por parte del conjunto de la población la asunción de un nuevo imaginario colectivo acorde con dichos nuevos modelos de producción y de consumo. El punto de partida ya lo hemos venido contando: una humanidad que se encamina hacia el abismo si no somos capaces de sustituir el actual marco de valores del sistema-mundo (capitalista) agonizante, por otra forma de vivir en armonía con el planeta y su biodiversidad, con otra economía para las personas y la vida, la Economía del Bien Común (EBC). Para ello hemos de romper muchos de nuestros esquemas mentales, por ejemplo, el individualismo. Hemos de elevar la conciencia hacia una conciencia colectiva, pensar como humanidad, y pensar que somos parte integrante de la madre naturaleza, una aldea común universal que tenemos que defender y respetar entre todos. Siguiendo a Fernando Moreno Bernal en este artículo sobre la EBC (que forma parte del número 151 de la Revista Salud 2000 de la FADSP), este cambio de mentalidad nos trae dos conceptos jurídicos nuevos que lo cambiarán todo: en primer lugar, el concepto de Ciudadanía Universal. Y en segundo lugar, el reconocimiento de la Madre Tierra como persona jurídica sujeto de derechos. Hay que desarrollar los ejes esenciales de una Economía al servicio de la vida, y como elemento principal de ella los fundamentos de un sistema productivo alternativo para el Buen Vivir. Y en este contexto aparece la Economía del Bien Común "como propuesta holística, como un nuevo paradigma completo de objetivos, motivaciones y valores, que den sentido y coherencia a todas las propuestas que surgen dispersas fruto de las luchas parciales".

 

Y todo ello, cómo no, hay que elevarlo a altura de máximo rango legal, es decir, supone e implica un desarrollo normativo nuevo, elaboración de nuevas leyes, otras nuevas Constituciones para los Estados-nación, regionales e incluso una Constitución mundial (como fruto de la creación de ese concepto de ciudadanía universal al que aludíamos anteriormente). ¿Tenemos precedentes o referencias? Pues sí: ya hemos visto surgir las constituciones de Bután, que mide la felicidad bruta de sus habitantes; las de Venezuela, Bolivia o Ecuador, todas ellas Constituciones orientadas al Buen Vivir, y que reconocen a la naturaleza como sujeto de derechos. Y recientemente, el cambio constitucional para reconocer los derechos jurídicos del río Whanganui en Nueva Zelanda. La EBC debe superar los parámetros y objetivos de la economía financiarizada y puesta al servicio de los mercados, orientándose hacia la vida, hacia las necesidades de las personas, y hacia el respeto a los seres vivos y la naturaleza. Y para hacer posible todo ello, debe impregnarse de perspectiva ética. De entrada, no será posible una economía del bien común si no se reduce la desigualdad y polarización social, tanto entre países y continentes como dentro de cada país. Hay que pasar a producir bienes duraderos en lugar de bienes perecederos, hay que desprogramar la obsolescencia, y hay que olvidarse del PIB como indicador de la riqueza, y pasar a evaluar otros indicadores que miden redistribución, igualdad y felicidad. La EBC también debe cambiar el paradigma energético reduciendo el consumo y desarrollando energías alternativas renovables, que también bajarán el PIB al reducir el transporte internacional de petróleo y carbón, pero incrementarán la soberanía energética y alimentaria, reduciendo el hambre y la pobreza extrema. La EBC debe igualmente erradicar la especulación financiera sobre bienes alimentarios, energéticos, deudas públicas de los países, etc. Hemos de tener en cuenta que las soberanías (capacidad de ser autónomos en cualquier ámbito) forman una pirámide, de tal forma que no podremos disfrutar de soberanía política sin soberanía económica, y no tendremos soberanía económica sin soberanía energética, tecnológica y alimentaria. Todas ellas actúan como una cascada. 

 

Y por supuesto, no puede haber EBC si no profundizamos los cauces y los canales democráticos, si no ampliamos la democracia a todos los ámbitos, en una palabra, si no alcanzamos la democracia real. La meta es alcanzar la implicación (libre y soberana) de toda la sociedad civil en el diseño, implantación y evaluación de las políticas públicas. Sin ánimo de ser catastrofista, estamos a años luz de todo ello. En la actualidad, no poseemos soberanía monetaria (usamos la moneda única, que no común, del euro), ni soberanía económica (somos dependientes de la política del Banco Central Europeo), ni soberanía política (nuestras decisiones están supervisadas por las instituciones europeas). Por otro lado, nuestra soberanía energética es aún muy limitada, pues dependemos de terceros países de los cuales importamos su petróleo, y nuestro grado de implantación de energías renovables (en las cuales somos muy ricos, sobre todo en energías solar y eólica) es aún muy limitado. Por su parte, nuestra soberanía alimentaria es también muy dependiente de mercados extranjeros y emergentes, cuando dentro de nuestro país somos productores básicos y pioneros de determinados bienes, productos y servicios. Por último, nuestra democracia es una democracia de baja intensidad, muy limitada, no tenemos conciencia desarrollada sobre la participación popular y las consultas y referéndums sobre los temas que nos conciernen, ni disfrutamos de democracia revocatoria (poder revocar los cargos públicos), ni por supuesto democracia económica (las decisiones económicas son tomadas por los grandes agentes del capitalismo, es decir, las grandes corporaciones y lobbies empresariales, con mucha menor fuerza de los sindicatos y la iniciativa pública). La guinda del pastel la pone una ciudadanía no concienciada sobre estos asuntos, que continúa dando su confianza a las fuerzas políticas que precisamente menos hacen por avanzar en todos estos temas. 

 

Todo ello define un modelo económico alternativo al capitalismo. Es absurdo pensar que el capitalismo será capaz de adaptarse a un colapso industrial como el que vivimos, simplemente porque dicha adaptación va en la dirección contraria a sus postulados, que lleva practicando durante casi tres siglos. Por tanto, se trata de introducir una nueva escala de valores sobre los que descanse la economía en general, y el funcionamiento de las empresas en particular, alejándose del valor beneficio para apostar por el valor social. Debemos fomentar en la economía los mismos valores que hacen florecer nuestras relaciones humanas: confianza, cooperación, aprecio, respeto, solidaridad, etc. Está demostrado que estos valores y las buenas relaciones que promueven son los factores que más contribuyen a la felicidad y a la motivación de los seres humanos. La Economía del Bien Común persigue tres objetivos principales: 1) Ofrecer una alternativa completa y coherente al actual modelo económico; 2) Proceso de implementación democrática abierto a la combinación y cooperación con otras alternativas y con aquéllas partes del sistema actual que funcionen bien; y 3) Brinda a toda persona, empresa, organización e institución una forma de co-crear la transición hacia una economía más social, sostenible, humana y democrática. Fernando Moreno Bernal lo explica con las siguientes palabras: "El pensamiento económico dominante se ha desconectado de sus contextos cultural-ético, político-democrático y natural-ecológico. La ciencia económica clásica se ha desprovisto de alma. La EBC se basa en la reconciliación del pensamiento económico con sus contextos, y en consecuencia con la economía real o productiva". Para la EBC los beneficios empresariales ya no son un fin en sí mismo, sino un medio para aportar lo máximo posible al bienestar general. La EBC propone clasificar a las empresas conforme a unos criterios más sociales, según la matriz del bien común, que establece una serie de valores que se puntúan y se miden: dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social, democracia y transparencia.

 

Siguiendo estos criterios, se establece una clasificación de las empresas que será la que las haga merecedoras de mayores o menores incentivos, que a su vez permitirán que las empresas más justas sean competitivas frente a aquéllas que pasan por encima de reglas y valores, es decir, que ignoran los valores de la EBC. Quedarán fuera las empresas que compitan de forma desleal, las que exploten a sus trabajadores/as, las que devalúen las condiciones laborales, las que perjudiquen al medio ambiente, etc. Actualmente existe una red de más de 2.000 empresas adheridas, repartidas entre diferentes países, entre los que se encuentran Alemania, Austria, Francia, Suiza, Italia, España, México y Brasil. Este movimiento por la EBC comenzó a nivel mundial en octubre de 2010, y en nuestro país en 2012. Las Administraciones Públicas, por supuesto, también pueden y deben adherirse a este movimiento. Por ejemplo, a nivel de los Ayuntamientos, la EBC ha creado una matriz específica para ellos y una "Red de Municipios del Bien Común", cuyo objetivo es el compromiso público de promover entre sus vecinos y empresas los valores de la EBC, mediante la inclusión de cláusulas sociales y medioambientales en la contratación pública, decisiones basadas en la transparencia y participación democrática, etc. Esto es muy interesante, ya que la contratación pública supone entre un 20% y un 30% del total de la actividad productiva de los territorios. Por último, las propias ciudades también pueden tener sus propias matrices EBC. Y así, partiendo del derecho a la ciudad (uno de los derechos emergentes reconocidos) de toda la ciudadanía y utilizando la misma metodología y valores que para el resto de matrices, se crea una matriz para la ciudad del bien común cuyos valores son: 1) cohesión social; 2) derecho a la vivienda; 3) derecho a servicios públicos y 4) sostenibilidad medioambiental. Para estos cuatro valores se conforman en el cruce hasta 16 campos de interés, que se concretan en un total de 67 indicadores, que determinan y miden el grado de bienestar de la población que vive en la ciudad en cuestión. Es una herramienta de diagnóstico y gestión para los responsables políticos que apuesten por la EBC, y de transparencia y de empoderamiento de la ciudadanía, sobre todo si sus indicadores se hacen públicos y sus valores se contrastan y debaten democráticamente. Continuaremos en siguientes entregas.

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