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31 diciembre 2018 1 31 /12 /diciembre /2018 00:00
Viñeta: Paolo Lombardi

Viñeta: Paolo Lombardi

Leemos los diarios cada mañana y nos indignamos con la ineptitud, la falta de conciencia y la incapacidad de los gobiernos de encontrarle soluciones al problema del cambio climático. Les exigimos a los representantes nacionales que estuvieron en Polonia que eviten la amenaza inminente y catastrófica del calentamiento global. Eso sí, que las soluciones que encuentren no reduzcan nuestro nivel de consumo, ni nuestros salarios, ni suban los precios, ni nos quiten el confort. Que no desacelere el crecimiento económico del país, ni le reste competitividad, ni reduzca su nivel de exportaciones. Bueno, tengo una mala noticia: no se puede

Gerardo Honty

En la entrega anterior ya pusimos un ejemplo rápido y elocuente para que se comprendiera, al menos en una idea inicial, el concepto del decrecimiento. Hicimos para ello un relato muy superficial, pero también un relato muy cotidiano, para que los lectores y lectoras pudieran asociarlo rápidamente con algún aspecto de su vida. Pero el relato no queda ahí. No es tan fácil, porque influyen muchos más factores que no contamos allí. Porque retomando nuestro ejemplo, el proceso del decrecimiento no implica sólo que los ciudadanos/as no compremos más coches, o que compremos menos, sino hasta qué punto estamos preparados para llevar una vida sin nuestro automóvil. Y hasta qué punto la fábrica de coches "se puede permitir" fabricar menos coches, lo cual también conllevaría, entre otros efectos, necesitar menos empleados/as. El asunto, como puede comprobarse, no es fácil. Seguiremos a Gerardo Honty en este didáctico artículo para el digital Rebelion. El epicentro del problema está en el consumo. Nuestra civilización industrial se basa en la inercia del consumo, todos los demás parámetros están en función del consumo. De entrada, el consumo abarata también los productos finales, para que estén asequibles a todo el mundo. Siguiendo con el ejemplo de los coches, todos disfrutamos de los bajos precios de los combustibles (y protestamos cuando nos suben los precios, como ahora mismo está ocurriendo en Francia con los llamados "chalecos amarillos"). Si de repente nos suben los precios, nos fastidian nuestra vida cotidiana, porque está en función de nuestros desplazamientos. Pero igual lo podemos extrapolar a otros productos. Por ejemplo, festejamos la oportunidad de comprar un producto barato que llega por barco desde el otro lado del mundo, pero no nos percatamos de que precisamente es barato porque se procesa en un parque industrial o tecnológico que se alimenta de gas o de petróleo, o que utiliza una electricidad barata generada por carbón, o que seguramente utiliza una mano de obra semiesclava. Gracias a estas circunstancias, o a la suma de todas ellas, lo podemos adquirir, porque en caso contrario, si su coste de producción fuese muy alto, no llegarían hasta nosotros a precios bajos.

 

El consumo es la base del crecimiento económico, y para que haya consumo las cosas no pueden ser caras. Porque cuando la economía neoliberal habla de "crecimiento económico" se refiere únicamente a un indicador, el PIB, que mide de forma aislada la cantidad de bienes, productos y servicios que nuestra comunidad ha sido capaz de crear en un año. Pero claro, todos esos productos se han fabricado porque esperan ser consumidos, y para ello, hay que ponerlos en los mercados bajo unas condiciones asequibles para la gran mayoría de la población. Y al final, el montaje de este sistema económico depende sobre todo de una fuente energética asequible y barata, como es el petróleo. Tenemos dos problemas con respecto a este hecho: el primero es que el petróleo (y el gas, y el carbón) son fuentes fósiles de energía, es decir, necesitan para su extracción y producción mecanismos energéticos muy costosos en emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), que llevan calentando el planeta desde hace demasiado tiempo. El cambio climático viene producido por los efectos de estas emisiones. Pero dijimos que teníamos un segundo problema...¿qué pasa si esa fuente energética asequible y barata llega a alcanzar sus límites naturales? De hecho, el cénit del petróleo fue ya alcanzado, es decir, ya no tenemos más reservas naturales donde obtenerlo, por lo cual estamos ya en la recta final que nos condena a quedarnos sin él cuando acaben los procesos extractivos actuales. En realidad, si nos damos cuenta, ambos problemas convergen en uno: el colapso civilizatorio. Porque tanto el cambio climático que venimos comentando como la escasez y agotamiento de los combustibles fósiles nos abocarán al fin de la civilización industrial tal y como la conocemos. Sin embargo, aquí seguimos, fingiendo que no lo sabemos, o que no nos importa, pasando el balón hacia adelante, en una desquiciada fuga sin destino. 

 

Por tanto...¿cuál es la salida, si es que existe? Como el modelo de civilización industrial basado en el consumo desaforado y las energías fósiles no podrá continuar, el decrecimiento se nos impone como la única salida. Y de nosotros depende que seamos capaces de decrecer hasta un punto más o menos traumático, en el cual converjan una utilización muy avanzada de las energías renovables (que no necesitan extractivismo sino únicamente transformación, y no son contaminantes) junto a un cambio en el conjunto de nuestros modos de vida, costumbres y metabolismos culturales (es decir, el decrecimiento). Si somos capaces de hacer converger estos dos factores de manera rápida e inteligente, el colapso no será tan traumático, pero si continuamos por la senda actual hasta "media hora antes de que se agote el petróleo del mundo", entonces nos veremos abocados a estallidos sociales sin precedentes, que junto con los efectos más radicales del cambio climático, harán este planeta insostenible para la especie humana. Bien, la pregunta es...¿es fácil? La respuesta es NO. No es nada fácil. Pongamos un ejemplo muy actual. La reciente Cumbre de Katowice (COP24, Polonia, que como siempre ha defraudado en sus expectativas) se ha celebrado en una ciudad cuyo modelo industrial y de desarrollo depende en muy alto grado de las minas de carbón. La pregunta es: ¿cómo se tomará el alcalde de dicha ciudad el tener que decirle a sus habitantes que van a cerrarse próximamente las minas, sabiendo que es su nicho laboral predominante? O imaginémonos que somos el Ministro de Industria de algún país exportador de petróleo, de un país cuyos ingresos propios dependan en más de un 50% de dicha actividad. ¿Cómo reaccionaríamos si nos dicen que la solución para el cambio climático es reducir la actividad extractiva y exportadora, con la consiguiente disminución de los ingresos? La papeleta sería dura. Y también podemos ponernos en el lugar de los líderes sindicales de los obreros de dichos ejemplos. Como podemos imaginar, a nadie puede gustarle tener que asumir la idea de tener que recortar drásticamente las fuentes de riqueza autóctonas de un país, y más en un reducido intervalo temporal. 

 

El asunto, por tanto, se nos presenta, cuando menos, peliagudo. El problema es que si no lo asumimos y actuamos pronto, el problema acabará estallando en nuestras propias narices, cuando ya sea demasiado tarde. Bien, vayamos ahora a desmentir otra hipótesis. Porque podríamos pensar: ¿sería posible sostener el crecimiento económico actual, pero reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero utilizando fuentes energéticas renovables (solar, eólica...)?. La respuesta es, al igual que antes, NO. Sentimos la decepción, pero hemos de ser realistas, y enfrentarnos a los hechos. De entrada, las fuentes renovables no pueden sostener el volumen económico global actual, ni incluso aunque se aprovecharan al 100%. Pero existen más razones que hacen este supuesto inviable: para empezar, los países exportadores de petróleo no pueden exportar otras energías, sólo las que tienen en su subsuelo. Para ellos, por tanto, la sustitución por energías renovables no es una solución. Pero tampoco es solución para los consumidores finales que utilicen un tractor o cualquier otro tipo de maquinaria agrícola, porque dichas máquinas tampoco funcionan con energías renovables. El mismo argumento puede extrapolarse para todo el sistema de transporte que nutre el comercio global (aviones, trenes, barcos...), y que hacen posible la vorágine de consumo y de crecimiento económico actuales. Al igual que no existe una tecnología renovable capaz de generar el calor que requieren determinadas industrias como la del acero, o la siderurgia. Pero existen además otros problemas añadidos: las fuentes de energía renovables utilizan otros elementos que no lo son: los paneles solares, los aerogeneradores, las baterías de almacenamiento y demás elementos requieren para su fabricación de una cantidad importante de metales, minerales no metálicos y tierras raras que ni son infinitos, ni baratos. Al igual que para mantener la fabricación de nuestros sofisticados teléfonos móviles, estos dispositivos necesitan poderosos procesos de extractivismo para preparar los componentes internos. Todo ello nos lleva a la conclusión de que llevar a cabo la transformación de la matriz energética global es algo que no se hace de la noche a la mañana, y de que por tanto, la única solución es fabricar menos, consumir menos, trabajar menos...Decrecer, en una palabra. Maravillosa o caótica palabra, según se mire. Pero en cualquier caso, la solución. 

 

La conclusión está clara, y nos hacemos un flaco favor si no queremos verla: aunque pudiéramos imaginarnos un mundo 100% renovable (situación que ya hemos visto que es harto complicada), esto no sucedería en el corto espacio de tiempo (varios lustros) como para suavizar el cambio climático. Y aún si existiera la capacidad tecnológica y de recursos naturales para hacerlo (que también hemos visto que no es posible de momento), todo ello no podría llevarse a cabo sin detener el crecimiento económico. Hemos llegado a un mundo donde la civilización industrial nos ha impuesto tantas dependencias e interdependencias que es muy difícil sustituir algunas piezas del puzzle sin afectar profundamente a otras. Por tanto, no existe una solución que satisfaga las necesidades del clima (frenar el calentamiento global, a costa de frenar las emisiones de GEI) y las necesidades de crecimiento económico. Si los requisitos no se adaptan a las necesidades, está claro que deberemos cambiar las necesidades. No existe otra vía. Necesitamos el cambio mental y cultural que el decrecimiento supone, y lo necesitamos tanto de abajo hacia arriba (es decir, desde los movimientos sociales y la acción individual o grupal de la ciudadanía) como de arriba hacia abajo (desde los más altos representantes políticos, económicos y sociales de nuestras Administraciones e instituciones y organismos). No bastará sólo con una vía. La transformación cultural y las acciones a proyectar requieren ir en ambas direcciones. Porque nada podrá hacerse desde arriba sin una ciudadanía convencida (crearemos estallidos sociales y revoluciones), ni tampoco desde abajo sin unos responsables políticos y económicos convencidos (porque sólo desde arriba a nivel político se puede actuar para transformar ciertos modelos). Por eso, las iniciativas políticas necesitan de grandes dosis de pedagogía social, para concienciar a las masas sobre la gravedad del problema que sufrimos. Y paralelamente, necesitan ser expuestas ofreciendo vías alternativas de solución, para al menos suavizar los efectos negativos de estas transformaciones. Pero el panorama actual es todavía incierto, pues ni abajo ni arriba tenemos la suficiente conciencia como para generar inercia para esta transformación. Es decir, ni gobernantes, ni empresarios, ni trabajadores, ni resto de ciudadanos tenemos el suficiente conocimiento ni la conciencia para generar la respuesta adecuada. Nadie parece aceptar la responsabilidad de una civilización edificada sobre combustibles baratos que ha alcanzado sus límites. Sólo el decrecimiento podrá salvarnos. Continuaremos en siguientes entregas.

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