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9 enero 2019 3 09 /01 /enero /2019 00:00
Viñeta: Tomas

Viñeta: Tomas

Más de 15.000 hondureños junto a 5.000 salvadoreños han decidido recorrer a pie 2.000 kilómetros para huir del terror cotidiano, procurar un trabajo digno, una educación para sus hijos y escapar del zumbido de las balas. El sistema político de Centroamérica ha sido moldeado por el intervencionismo de las embajadas norteamericanas, el Comando Sur y la agencias de inteligencia con sede en Langley, Virginia. El éxodo hacia el norte, organizado en Tegucigalpa mediante mensajes de WhatsApp, fue resuelto en forma mancomunada con el objetivo de lograr una protección colectiva ante los peligros que viven habitualmente quienes realizan el periplo migrante en soledad. Mujeres responsables de hogar, integrantes de colectivos LGTBI y niños sin adultos a cargo son parte de esa columna que expresa con exactitud el grado de deterioro de un sistema que se ha mostrado como incapaz para gestionar la supervivencia de millones de ciudadanos. Los desplazados son la muestra cabal de un fracaso político institucionalizado

Jorge Elbaum

Nos recuerda Patricia Simón en este magazine para el medio La Marea que vamos a tomar como referencia a continuación, que el 1 de noviembre de 2018 se cumplieron 30 años desde que apareciese el primer migrante muerto en las playas andaluzas, resultado del primer naufragio de una patera del que tenemos constancia, en el que murieron 18 personas. ¿Ha cambiado en algo el recibimiento de estas personas, cuando llegan a nuestras costas? Pues veamos: existe algo más de coordinación, de automatización en los procesos, pero la verdad es que seguimos siendo incapaces de recibir a estas personas como a seres humanos. Y creemos que esto es así en todas partes del mundo. En la frontera con Estados Unidos ya hemos descrito lo que ocurre, y lo tenemos también de plena actualidad. La desesperación de estas personas, que llegan exhaustos después de recorrer miles de kilómetros, es manifiesta. Pero ante ello, la indiferencia de la Administración norteamericana es pasmosa y desesperante. Algunos/as tardarán días en poder ser atendidos, otros quizá meses. Pero aún es más dramática la estampa de los que llegan a nuestras costas: después de horas y horas a la deriva en el mar, en una embarcación inestable, empapados, descalzos y ateridos de frío, sólo traen una manta (y eso en caso de que hayan sido previamente atendidos por algún buque de Salvamento Marítimo). Primero bajan los niños, las niñas y las mujeres. Después los hombres. Les colocan en fila. Bajo esta estampa uniforme, borrada su identidad individual, sólo la contemplación de sus gestos es harto elocuente del interior de su mundo. Un mundo sórdido, ávido de llegar a un puerto donde puedan ser recogidos, donde finalice su terrorífica travesía, mucho peor que cualquier pesadilla que podamos tener. 

 

Es muy frecuente que muchas de las mujeres que llegan en estas embarcaciones terminen prostituidas por redes de trata o explotadas, como también muchos de los hombres, mediante su trabajo en las tareas más precarias y desprestigiadas de nuestra economía, como la agricultura o el trabajo doméstico. Algunos repartirán panfletos por las calles, otros se sumarán a la venta ambulante, casi ninguno podrá realizar su sueño, pero al menos, llegan a una sociedad que podrá darles una salida que no tenían en sus países de origen. Patricia Simón relata: "Los guardias civiles les escoltan en una especie de marcha marcial hasta unas mesas de playa, donde miembros de la Cruz Roja les toman la temperatura, les preguntan sus nombres, edad, si tienen alguna enfermedad, sus tallas de calzado. De pie, a las espaldas de los trabajadores humanitarios, policías procedentes de varios países europeos que trabajan para el Frontex, la agencia europea de control de fronteras, toman nota de las respuestas que dan a la Cruz Roja, una clara violación del derecho internacional de los derechos humanos que obliga a las ONG a amparar la privacidad de estas personas, además de que podría suponer una coacción hacia su libertad de expresión, como explica el jurista David Bondía, profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad de Barcelona y Presidente del Instituto de Derechos Humanos de Cataluña". En efecto, los protocolos implementados no son respetuosos con los derechos humanos. Les falta humanidad, cercanía, calidez, respeto, protección. Hay premura, diligencia, mecanización de la recepción, pero tratamiento deshumanizado. Hay que tener en cuenta que la mayoría de estas personas vienen de superar meses o años de agresiones, explotación, violaciones, ansias de poder alcanzar un proyecto de vida digno. No vendrían mal algunas palabras o frases de apoyo, de empatía, de comprensión. Y aquí, aún les quedarán por delante años de clandestinidad y para muchos, en el peor de los casos, la deportación. 

 

Prosigamos: les entregan una bolsa con un chándal y unas zapatillas. Les dicen que se sienten en el único sitio disponible: el sucio suelo del pantalán, cubierto de charcos. El edificio en el que, supuestamente, deberían poder quitarse sus ropas empapadas, ir al baño, ser registrados por la policía y pasar la noche, está lleno de los otros migrantes, que pueden haber llegado hace una hora, 7 horas o el día anterior. No saben dónde van a ser trasladados, ni nadie les explica dónde están, o qué va a pasar con ellos. Cuando no conocen nada de nuestro idioma llaman a algún traductor o traductora. Muchos niños/as pueden estar en un verdadero shock. Todos estos son signos del racismo y la aporofobia que nuestra sociedad desprende. Imaginemos que nos recibieran así al bajarnos de cualquier avión, en cualquier aeropuerto del mundo. ¿Cómo nos sentiríamos? Y al menos, nosotros no vendríamos de hacer una travesía terrible, como vienen ellos y ellas. No es culpa de los voluntarios/as. Ellos y ellas los reciben lo mejor que pueden, son los protocolos, las normas y las leyes de extranjería, así como la pésima voluntad de nuestros gobernantes en mejorarlos. Patricia Simón concluye: "Se trata de todo un sistema, en este caso el protocolo de recepción, que está diseñado para despojar a estas personas de su dimensión humana, y convertirlos en sacos de carne, en números que contabilizar, cribar, identificar, trasladar, encerrar". Es todo muy frío, muy distante, demasiado automático. Poniéndonos en su piel, seguro que agradecerían un trato más cercano y humano por nuestra parte. En este sentido, la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA), reconocida en toda España por la excelencia jurídica de sus informes anuales sobre esta frontera sur europea, lleva desde el año 2000 exigiendo que el Estado cumpla con su obligación y se haga cargo de la recepción de las personas rescatadas, y no una entidad no gubernamental como Cruz Roja, con lo que pareciera que se trata de una cuestión de caridad. Digámoslo alto y claro: ¡No es caridad, son derechos humanos! Es el cumplimiento de los tratados y normativas internacionales. Además, exigen que se diseñe de una vez por todas un verdadero sistema de acogida, en lugar del protocolo de detención, expulsión y derivación vigente en la actualidad.

 

Un 90% de los que llegan en estas embarcaciones sólo permanece un tiempo en nuestro país, luego continúan su periplo a Francia, o a otros países del norte de Europa. Casi nadie se queda, a no ser que tenga algún familiar o un conocido aquí. Muchas de las mujeres terminarán siendo pasto de las redes de trata, en prostíbulos. Las redes son muy potentes, y ejercen sobre estas personas una gran influencia y temor. Suelen amenazarles con represalias hacia sus familiares que han dejado en sus países de origen (hijos, hermanos, padres...). Pero Patricia Simón nos aclara: "Las redes tampoco son un fenómeno natural: son el resultado de esa Europa Fortaleza que no les permite viajar de manera normalizada a estas mujeres que no se resignan a repetir las vidas paupérrimas y sin horizonte de mejora de sus padres y madres". En efecto, la desidia y la injusticia de los gobiernos es la que fomenta la aparición de estas redes criminales, verdaderas mafias que se alimentan de la desesperación humana, y que los utilizan en su provecho en sucios y oscuros negocios. En fin, esto es todo lo que tiene que ofrecerles nuestro país (y otros países aún lo hacen peor que el nuestro) en sus primeras horas en tierra firme a hombres, mujeres y menores que no solo acaban de vivir una de las experiencias más aterradoras para cualquier ser humano, sino para los que esta situación traumática es sólo la última de una sucesión de ignominias. Preguntémonos ahora...¿Si fuesen ricos, sería ésta su llegada? ¿Los recibiríamos así? Si fuesen europeos, o si fuesen blancos...¿No se pondrían inmediatamente a su disposición psicólogos y estancias adecuadas? ¿No se levantaría un amplio dispositivo para ofrecerle todas las garantías a estas personas?  ¿Acaso ser víctimas de un éxodo causado por el expolio, la desigualdad, el cambio climático o las guerras les hace menos dignos que si lo fuesen de un tsunami u otra catástrofe natural? Y por último...¿Que este éxodo siga recibiendo casi la misma desatención desde hace más de 30 años no hace más grave e injustificable aún este maltrato institucional?

 

Dejamos estas reflexiones y sus respuestas a nuestros lectores y lectoras. Después de este "caluroso" recibimiento que hemos contado, muchos de ellos son conducidos a los Centros de primera asistencia y detención de extranjeros. El Defensor del Pueblo ya exigió la clausura de estas instalaciones en febrero de 2018 (el de Motril concretamente), vetadas para los periodistas. Existe un plazo de 72 horas después de haber sobrevivido al viaje en patera, durante el cual estas personas pueden ser encarcelados en celdas donde las camas son insuficientes, por lo que muchos hombres tienen que dormir en el suelo, sobre colchonetas y cartones. Durante todo ese tiempo no tienen derecho a ducharse, salvo que presenten heridas. Las mujeres y los niños/as sí pueden trasladarse al edificio de Cruz Roja para poder asearse. La iluminación es artificial. En invierno, la falta de calefacción agrava aún más las condiciones de estos edificios situados a pie de mar, y consecuentemente, con un alto grado de humedad. Tampoco se les informa sobre su derecho a solicitar asilo o protección internacional. Los magrebíes, además de todo esto, son objeto de un trato especial(mente malo). Debido a un acuerdo bilateral de nuestro país con Marruecos, los procedentes de este país son trasladados a la Comisaría más cercana, porque son rápidamente deportables. Los argelinos suelen tener reservado el mismo destino, pero tras pasar por algún Centro de Internamiento de Extranjeros (los famosos CIE, de los que hablaremos largo y tendido en su momento). En estos centros, estas personas conducidas allí, que no han cometido delito alguno, son recluidas en peores condiciones que si estuviesen en cárceles, según reconocidos jueces y diversas ONG's. Podrán pasar hasta 60 días en estos centros antes de ser enviados de nuevo a su país. El gesto de estas personas lo dice todo. El lenguaje gestual es universal, y por medio de él expresamos más y mejor que de ninguna otra manera el gozo, el odio, la alegría, el espanto o el miedo. La expresión de sus rostros es muy significativa. Sus miradas, clavadas en el suelo, como esforzándose por mostrar un total estado de sumisión, como una clara estrategia de defensa, de autoprotección. Llevan en sus cuerpos meses o años de violencia previa y agresiones a lo largo de su penoso éxodo por distintos países africanos. Pero la tenacidad para cumplir sus sueños es verdaderamente encomiable. Continuaremos en siguientes entregas.

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