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18 enero 2019 5 18 /01 /enero /2019 00:00
Viñeta: Iñaki y Frenchy

Viñeta: Iñaki y Frenchy

Una garantía de ingresos dinerarios mínimos forma parte del paquete de bienes primarios que configuran la libertad efectiva, tiene que ser universal, es decir para todos, por las mismas razones que lo son la educación, la sanidad, o las pensiones... Como tiene que ser incondicionado o, mejor dicho, sólo sometido a la condición de ciudadanía, eso posibilita que alguien cuyo proyecto de vida no sea trabajar en el sistema productivo, pueda hacerlo si considera que con el nivel establecido de renta básica satisface sus necesidades. Aquí, el debate más interesante que se abre no es tanto sobre la influencia de la renta básica en los incentivos al trabajo... sino sobre el propio concepto del trabajo

Jordi Sevilla

La Renta Básica Universal también pone el foco sobre las verdaderas fuentes de riqueza, identificadas desde el Marxismo clásico con la fuerza del trabajo humano y con la propia naturaleza y sus recursos. Pero hoy día hay que ampliar ese concepto, porque como indican Luis Alonso Echevarría y Daniel Raventós en el artículo de referencia, "la riqueza que se genera no procede sólo del trabajo de los trabajadores en activo en el momento actual, sino que en su mayor parte, la riqueza procede de los conocimientos acumulados por la humanidad a lo largo de la historia, de las infraestructuras que nuestros antepasados han ido construyendo, y de los recursos naturales que son, o mejor dicho deberían ser, de todos (y de nadie en particular al mismo tiempo). Por tanto, no solo el que trabaja en la actualidad o el que dispone de capital privado (que compra la fuerza laboral de terceros) tienen derecho a una renta. Al menos una parte de dicha riqueza total, debe redistribuirse a todos por igual, se trabaje o no, se disponga de bienes o no. Y así, los frutos de la tierra y del conocimiento humano deben ser compartidos por todos porque a todos pertenecen. En este sentido, la RBU, por primera vez en la historia, universalizaría un derecho hasta ahora exclusivo de unos pocos, la parte más rica de la población: el derecho a poseer rentas no necesariamente del trabajo propio". Hemos de contemplar la RBU como un derecho universal de ciudadanía a conquistar, y como tantas conquistas obreras y sociales en el pasado, las reticencias son poderosas. Raventós y Echeverría nos ponen como ejemplo en su referido artículo la lucha que nos costó la conquista del sufragio universal. Rescato sus palabras a continuación. 

 

Merece la pena, en este sentido, recordar el proceso que en su día condujo a la consecución de uno de los hitos más importantes de la historia política contemporánea. La idea del sufragio universal, la idea de conceder el voto a todo el mundo, con independencia del nivel de renta, de la instrucción o del género, tuvo ilustres y respetables enemigos tanto en la derecha (por razones de principio) como en la izquierda (por consideraciones de oportunidad política). Sin embargo, esta oposición que tan razonable parecía fue lenta pero vigorosamente barrida de la opinión pública, mediante heroicas luchas y muchos retrocesos, por una idea sencilla y éticamente irresistible. De este modo, es difícil entender hoy la democracia y la libertad sin el triunfo definitivo del sufragio universal. En esta misma dirección, la democracia y la libertad tampoco se entenderán en el futuro (así lo deseamos) sin la RBU, esto es, sin el derecho a la existencia económica y social garantizada políticamente a todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo. Entonces, y al igual que el sufragio universal hace un siglo aproximadamente, la idea de garantizar políticamente la subsistencia digna al conjunto de la ciudadanía de un Estado democrático, por el simple hecho de ser ciudadanos y ciudadanas residentes en dicho Estado, constituye hoy una idea con tanta fuerza normativa que bien puede acabar barriendo todas las consideraciones de oportunidad y principios que se le puedan oponer. Y al igual que entonces con la universalidad del sufragio concedido por la condición de ciudadano/a, la RBU puede pasar a ser considerada por la ciudadanía como un valor en sí misma, como una pieza indispensable para garantizar su libertad e independencia, y como un requisito irrenunciable de justicia y dignidad para las sociedades democráticas de hoy día. Así lo esperamos. 

 

Vamos a rescatar a continuación un argumento no diríamos contrario, pero sí crítico con el concepto de RBU, tal y como lo estamos exponiendo aquí. Es el argumento energético, al que sí le concedemos cierta validez, o con el que estamos, al menos en principio, de acuerdo. Este inconveniente o crítica a la RBU no lo es por principio, es decir, no se opone a la propia naturaleza de la medida en sí misma, sino que centra su enfoque en algunos inconvenientes que podrían hacerla inviable, de aquí a algunas pocas décadas. Retomo a continuación dicho argumento, del ensayo de Manuel Casal ya referido en anteriores entregas. La corriente ecosocialista pone el dedo en la llaga al denunciar que la propuesta de la RBU que aquí exponemos no tiene en cuenta habitualmente la situación de inminente colapso de varios de los condicionantes básicos para su viabilidad: el crecimiento económico (como fuente monetaria última de esa renta), el sistema monetario (ya que la RBU se concibe únicamente en forma pecuniaria), y la sostenibilidad del propio Estado del Bienestar. Casal Lodeiro explica: "Es decir, conseguimos dejar de mirar al empleo como la única manera de satisfacer nuestras necesidades, pero inventamos un nuevo concepto socioeconómico que también acaba dependiendo, en última instancia, de un marco civilizatorio que deja de ser viable". En efecto, el ecosocialismo pone en jaque los marcos civilizatorios actuales amenazados por el agotamiento de los combustibles fósiles, y por las terribles consecuencias del cambio climático, entre otros factores. Y en este sentido, nos llama a reconvertir nuestros modos de producción y consumo desde otras vías, por otros medios, para otros fines (lo estamos explicando con detalle en nuestra serie "Filosofía y Política del Buen Vivir"). La incompatibilidad entre este incipiente colapso y la sostenibilidad de esta medida de asignación monetaria es lo que esta corriente destaca. 

 

Lo que se prevé es que debido a este colapso civilizatorio, incluso el propio Estado verá mermadas sus facultades, alcances y posibilidades, habiendo de reducir su tamaño y complejidad mientras va también disminuyendo la energía que alimenta su metabolismo. Destacados ecosocialistas, como Jorge Riechmann o Henrique Pérez Lijó se muestran críticos con esta medida de la RBU desde dichos puntos de vista. Y en efecto, hay que concederles que sus reticencias a esta medida, en el carácter con el que aquí la planteamos, están plenamente justificadas, pues es evidente que para que el Estado pueda repartir el montante de la RBU entre el conjunto de la ciudadanía, es necesario que dichos ingresos provengan del crecimiento económico que experimenten las arcas públicas (bajo el consiguiente aumento de la demanda energética y consumo de recursos asociado), procediendo éste de la actividad económica y mercantil de las empresas y organizaciones de la sociedad civil, tanto públicas como privadas. Es algo absolutamente evidente. Y aunque manejemos parámetros de justicia social, de mejor redistribución de la riqueza, y de personas que no dediquen su tiempo a hacer "crecer" la economía, lo cierto es que el dinero necesario para repartir la RBU a todo el mundo procederá de actividades económicas de sus propios agentes sociales. Bien hasta aquí. Pero veremos que si el problema es la moneda en sí, con el valor de uso y social que el propio capitalismo le otorga, podemos transformar un poco la naturaleza de la medida, para que deje de depender tanto de la lógica de mercado capitalista, y hacer de este modo la medida de la RBU más sostenible. Es decir, se trataría de anular el carácter crecentista de la RBU (que profundizaría aún más el problema ecológico y energético de nuestras civilizaciones industriales), lo que puede conseguirse por diversas vías, no excluyentes entre sí. 

 

Veamos: de lo que se trata es de que la RBU no redistribuye riqueza real (sino monedas, riqueza monetaria, es decir, riqueza virtual), porque la moneda oficial está continuamente sometida a los procesos de inflación o deflación que los que controlan la moneda en que se hiciere efectiva la RBU (nosotros proponemos una salida del euro, dicho sea de paso) quisieran permitir, o donde fuese empujada por el declive energético. Y así llegamos a la idea-fuerza que podría hacer viable tanto la RBU como los Planes de Trabajo Garantizado (PTG) de los que hemos hablado, que consiste en desligarse del Dios Trabajo por una parte, y de la dependencia de la moneda oficial por otra parte...¿cómo hacemos esto? Tendiendo hacia labores comunitarias, organizadas autónomamente por la población de cada lugar como un elemento de autosuficiencia, y sin el vínculo a un salario, sino remuneradas mediante cualquier tipo de moneda social, y ocupándose la gente de satisfacer las necesidades de la comunidad en cuestión. Estos parámetros ya sí podrían ser sostenibles, al desligarse tanto de la producción industrial (y su crecimiento económico emparejado, lo cual necesita incrementos energéticos y de consumo, inviables de aquí a poco tiempo), como del modelo capitalista de trabajo remunerado, como del modelo de renta monetaria, ligada a la producción del Estado capitalista, y por tanto sujeta a los mismos inconvenientes que ya hemos expuesto. En cualquier caso (y aquí es donde sobre todo llaman la atención estos autores), es absolutamente necesario ir desligándose de los conceptos típicos del capitalismo industrial, tales como la reactivación de la economía, el consumo desaforado y la imparable recaudación pública de impuestos, pues estos parámetros están basados ya en un modelo que a todas luces se nos presenta insostenible en un par de décadas. Continuaremos en siguientes entregas.

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