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14 enero 2019 1 14 /01 /enero /2019 00:00
Viñeta: Falcó

Viñeta: Falcó

El Hombre es la especie más insensata: venera a un Dios invisible y masacra una naturaleza visible, sin saber que esta naturaleza que él masacra es ese Dios invisible que él venera

Hubert Reeves

Volvamos en este punto de nuevo, y lo haremos tantas veces como haga falta según los nuevos argumentos que pongamos en el debate, al concepto de crisis civilizatoria. ¿Cuáles han sido los términos que se han manejado hasta ahora? Veamos: retrocedamos por ejemplo una década. Entonces se hablaba únicamente de crisis económica, y los economistas de izquierda nos explicaban muy bien lo sucedido (véase por ejemplo el texto "Hay Alternativas", todo un clásico, de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón). Pero después comenzamos a distinguir nuevas facetas o dimensiones a esa crisis, que inicialmente era sólo económica, y entonces empezamos a hablar sobre crisis política, crisis social, crisis de régimen (de nuestro Régimen del 78), crisis alimentaria, crisis energética...Todas ellas eran ciertas, siguen siendo ciertas, y cada una se explica teniendo en cuenta sus propios puntos de vista, no excluyentes entre sí. Pero desde hace unos años, convergemos (debemos hacerlo) en el concepto global de Crisis Civilizatoria. Sigamos este artículo de Renán Vega Cantor, donde nos lo explica profundamente: "La noción de crisis civilizatoria es importante porque con ella se quiere enfatizar que estamos asistiendo al agotamiento de un modelo de organización económica, productiva y social, con sus respectivas expresiones en el ámbito ideológico, simbólico y cultural. Esta crisis señala las terribles consecuencias de la producción de mercancías, que se ha hecho universal en los últimos 25 años, con el objetivo de acumular ganancias para los capitalistas de todo el mundo y que sólo es posible con el gasto exacerbado de materiales y energía". Es decir, la crisis civilizatoria se da cuando ponemos en riesgo todos los modos en que una determinada civilización vive y se expresa: sus modos de producción, sus fuentes de energía, sus materiales, su cultura...Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en estos albores del siglo XXI.

 

Entiéndase bien: no estamos queriendo negar el resto de crisis, que son ciertas todas ellas. Estamos diciendo que superpuesta a todas ellas (y curiosamente de la que se habla menos), tenemos la crisis más generalista que podemos sufrir, porque afecta a todos los elementos de nuestro mundo actual. Todos nuestros modos de vida se ven implicados. El mensaje es, pues, de rotunda emergencia civilizacional. ¿Y cuál es esa civilización que se acaba? Pues podemos denominarla de varias formas, pero quizá la forma más correcta sea la de Civilización Industrial Capitalista. Antes de ella las sociedades humanas se organizaban y funcionaban de otros modos, existían otras fuentes de producción, sus materiales eran rudimentarios, el consumo respondía a otros valores culturales, la filosofía de vida era distinta, sus fuentes de energía eran muy limitadas, etc. Y luego se produjo la transición hacia nuestra actual civilización. La civilización industrial consolidada durante los dos últimos siglos, un breve lapso de toda la historia de la humanidad, se ha sustentado en la extracción intensiva de combustibles fósiles (carbón, gas, y de manera primordial, petróleo). Las transformaciones tecnológicas que se han dado durante estos dos últimos siglos han sido posibles gracias también al uso de estos combustibles, a los cuales están asociados inventos como la máquina de vapor, el ferrocarril, el avión, el televisor, el tanque de guerra, el automóvil, el ordenador, el teléfono móvil, y cualquier otro instrumento tecnológico que se nos ocurra. El uso de dichos combustibles ha permitido al capitalismo extenderse por todo el mundo (hoy hablamos de "globalización"), ya que los medios de transporte han aumentado su velocidad, tamaño y alcance, con lo cual la producción de mercancías ha rebasado el ámbito local y se ha desplegado por todo el mundo. Las distancias geográficas que antes eran muy largas se han hecho cortas, y con ellas las posibilidades de interacción humana entre diversas culturas. Ello ha permitido también una rápida urbanización, un éxodo de gran cantidad de población del campo a las ciudades, hasta el punto de que hoy por primera vez habita en las ciudades un poco más del 50% de la población mundial, una tendencia que continúa creciendo, y que provoca el abandono de los lugares rurales. 

 

Pero el capitalismo nos trae también las desigualdades, así que podemos contemplar cómo en esas ciudades existe una minoría opulenta que disfruta de lujosos bienes, junto a una mayoría que vive en la más espantosa pobreza, sin tener acceso a los servicios públicos fundamentales, apiñados en guetos y sin contar con lo básico para poder vivir de una forma digna. Pero esta expansión mundial del capitalismo no habría sido posible sin el petróleo, cuyo despegue podemos situarlo durante la década de 1930, ya que la producción de China o India, que vincula a millones de personas al mercado capitalista como productores (en gigantescas fábricas del neoesclavismo laboral) y consumidores (vía uso de ropa de moda, automóviles o teléfonos móviles, por ejemplo), se ha logrado con la reproducción de la lógica depredadora del capitalismo y el uso a gran escala de los combustibles fósiles. Pero el petróleo tiene un problema fundamental, y es que es un recurso no renovable, y en estos momentos nos encontramos en un punto de inflexión, cuando ha comenzado su agotamiento irreversible. Y este petróleo resulta esencial para mantener el modelo capitalista, pues no sólo se necesita para garantizar que se incremente la producción de cualquier tipo de mercancía que se consume a gran escala en cualquier punto del planeta, sino también para permitir la construcción de infraestructuras que posibiliten el transporte de esas mercancías, hasta sus ciudades de destino, mediante carreteras, puertos, oleoductos, aeropuertos, etc. Dado el aumento de la población mundial vinculada al mercado capitalista, y del consumo que de éste se deriva, no hay duda de que nos encontramos en el cénit no solamente de la producción de petróleo y de carbón, sino también de los principales recursos minerales que posibilitan el funcionamiento de nuestra civilización industrial. La mayoría de los ingenieros consideran que el eclipse del petróleo se consumará en las próximas dos décadas, lo cual implica que tenemos que abordar ya un cambio radical en la forma de vida que conocemos, incluyendo una reducción del tamaño de las ciudades, una desaparición de los grandes sistemas de transporte existentes, y unos modos de vida más frugales, locales y simples. 

 

Según Richard Duncan, uno de los mayores expertos mundiales, la época del petróleo puede considerarse como una fiesta de corta duración que va a durar sólo un siglo aproximadamente, al cabo de la cual finalizará el derroche energético emprendido por el capitalismo, situación a la que se llegará en escasamente dos décadas, cuando arribemos a otra era, en la cual ya no habrá petróleo, y por tanto no podrán mantenerse las estructuras productivas y consumistas de nuestra civilización. Pero nos asalta una pregunta fundamental...Si esta información también la poseen las élites mundiales...¿Qué panorama se nos avecina? Es lógico pensar que en estas condiciones, cuanto más aumente la producción y el consumo de energías fósiles, el petróleo se acabará incluso más rápido de lo previsto, y tal carencia provocará el regreso brusco a las crisis precapitalistas de subproducción por la imposibilidad de mantener los frenéticos ritmos de despilfarro de petróleo en el mundo actual, como una expresión de la decadencia y del parasitismo de nuestro modelo de sociedad. Por supuesto, todo ello también acarreará el aumento de guerras y conflictos armados, debidos a la lucha por el control de los últimos reductos de hidrocarburos, como ya se aprecia con los diversos conflictos que asolan a los territorios que tienen la desgracia de poseer petróleo (Irak), que están cerca de las fuentes de petróleo o de gas (Afganistán), o se ubican en lugares estratégicos de la circulación mundial de mercancías (Ucrania, Somalia o el cuerno de África). Pero esta reducción acelerada no es solo del petróleo, puesto que los más recientes estudios indican que el carbón (del que hasta hace poco se anunciaba que iba a durar por varios siglos) también se acerca a su pico máximo, al cual se llegará también en las próximas dos décadas. Lo mismo acontece con otros minerales estratégicos (imprescindibles para la fabricación de determinadas tecnologías), cuyo agotamiento también está más o menos próximo: uranio, 40 años; antinomio y plata, entre 15 y 20 años; tantalio y zinc entre 20 y 30 años; indio entre 5 y 10 años; platino, 15 años; hafnio, menos de 10 años, etc. Lo verdaderamente crítico radica en que el pico del petróleo es un punto de inflexión histórico, cuyo impacto mundial sobrepasará todo cuanto se ha visto hasta ahora, y tendrá consecuencias en la vida de la mayoría de las personas que habitamos este planeta.

 

Otra vertiente de la crisis civilizatoria es la alimentaria. El capitalismo es una fábrica simultánea de riqueza y de miseria, productor constante de injusticia y desigualdad, en razón de lo cual la polarización de clase es una de sus características intrínsecas. Esto se manifiesta en las más diversas facetas de la vida social, como sucede con la producción de alimentos. Que el capitalismo produzca hambre no es nuevo (de ahí la hipocresía de las grandes campañas mundiales, incluidos los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la propia ONU), puesto que su expansión mundial ha generado, de manera invariable, hambre a gran escala, como resultado de la destrucción de las economías locales, sometidas a nuevas exigencias para que se adapten a los requerimientos del mercado mundial, y a las "reglas del comercio", controladas por las élites y sus organizaciones anexas. En la práctica, la globalización capitalista ha dado origen a una realidad profundamente injusta en términos alimentarios, porque al mismo tiempo unos pocos consumen hasta el hartazgo (lo que provoca fenómenos como los índices mundiales de obesidad en los países más desarrollados), mientras que en todos los continentes millones de seres humanos soportan la desnutrición o mueren de hambre. O también: mientras la comida basura se extiende por el mundo, millones de toneladas de alimentos se desperdician diariamente. Esta atroz realidad es, por desgracia, cotidiana. Pero todo ello se explica por la misma causa: el hambre y la desnutrición actuales son un resultado directo de la destrucción de las economías campesinas por parte de las grandes empresas agroindustriales, que monopolizan las mejores tierras, imponen costosos paquetes tecnológicos y controlan la producción de alimentos, semillas y materias primas de origen agrícola. Todo ello ha venido acompañado del despojo y expulsión de los campesinos e indígenas de sus territorios ancestrales por poderosas compañías transnacionales (con la colaboración de empresarios locales), con lo que la producción agrícola y pecuaria es dominada por unos pocos países, unas cuantas empresas y algunos terratenientes, habiéndose liquidado la soberanía alimentaria de multitud de territorios antaño autosuficientes, en los cuales se siembran productos comerciales en sustitución de alimentos esenciales. Continuaremos en siguientes entregas.

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