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21 enero 2019 1 21 /01 /enero /2019 00:00
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos… estas situaciones provocan el gemido de la hermana Tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo

Extracto de la Encíclica “Laudato Si” (Papa Francisco, 2015)

En el anterior artículo nos quedamos exponiendo las diversas facetas de la crisis civilizatoria que nos afecta, tomando como referencia este artículo de Renán Vega Cantor. Habíamos expuesto ya algunos matices de la vertiente alimentaria de esta crisis terminal. Asistimos a un ataque global a las civilizaciones campesinas, perpetrado por las corporaciones alimentarias que se apropian de las materias primas para formar enormes cadenas productivas, que van desde la generación de semillas hasta la venta de productos-paquete elaborados en los supermercados, que son controlados por estas empresas, proceso tras el cual los alimentos ya no son la base de la producción agrícola. Justamente, la conversión de los alimentos en mercancías y la aplicación de los principios criminales del llamado "libre comercio" (cuyos últimos exponentes son los salvajes Tratados intercontinentales de última generación) destruyen los mecanismos de producción, distribución, comercialización y consumo que posibilitan la supervivencia de los pueblos. Vega Cantor describe: "Las grandes empresas han despojado a los pequeños agricultores basándose en la retórica del libre comercio, falacia con la cual justifican la eliminación de los subsidios y los mecanismos proteccionistas por parte de los Estados, obligan a los países dependientes a especializarse en la producción de géneros agrícolas para el mercado mundial (los de siempre, café, banano, azúcar, o los nuevos, como palma aceitera, soja, colza o frutas exóticas), impulsan la conversión de las mejores tierras en zonas ganaderas, de cultivos forestales, y últimamente, las destinan a la siembra de cultivos de los que se extraen necrocombustibles (combustibles de la muerte es su verdadero nombre, pues el de biocombustibles que se emplea frecuentemente es un embuste). Todo esto ha ocasionado la pérdida de la seguridad alimentaria en los países pobres, en los cuales ya no se producen los alimentos básicos, que deben ser comprados en el mercado mundial, a los precios que fijen las empresas multinacionales y los países imperialistas". 

 

Este perverso modelo agrícola es el responsable del hambre que se extiende por el mundo y que afecta a millones de seres humanos (se calcula que unos 1.200 millones de personas soportarán hambre crónica en 2025), y que ha vuelto cotidianas las escenas de muerte de niños por inanición en Sudán, Haití, Colombia y muchos otros países. Por otro lado, la crisis alimentaria se conecta con la crisis energética por múltiples vías: la industrialización de la agricultura la vuelve petrodependiente en todos los ámbitos, debido al uso de fertilizantes, abonos, pesticidas, fungicidas, y por la utilización de medios de transporte que requieren de combustibles fósiles para funcionar; el aumento en los precios del petróleo, una tendencia que cobrará más fuerza a medida que se agote el crudo, incide en la producción agrícola; los intentos de sustituir petróleo por agrocombustibles, originan un proceso de concentración de tierras para sembrar productos destinados a alimentar a los motores de automóviles y aviones en vez de a seres humanos, aumentando también los precios de los alimentos. Así, el arroz, el azúcar, el maíz, la patata, y otros productos esenciales se están convirtiendo en biomasa para producir combustibles y no para satisfacer las necesidades nutricionales de millones de personas que viven en la periferia. Así mismo, la crisis alimentaria está también vinculada con el caos climático, puesto que éste incide de forma directa en la disminución de las cosechas, sobre todo en las zonas más pobres del mundo. Las zonas desérticas avanzan, debido a los bruscos cambios de temperatura y la reducción del volumen de precipitaciones. Se prevé que durante los próximos años caerán los rendimientos de los principales productos alimenticios en diversos lugares del mundo: la caña de azúcar en un 3% en los Andes, el arroz en un 10% en Asia Meridional, el maíz en un 47% en el sur de África, el trigo en un 3% en Asia oriental, etc. 

 

Otra faceta de la crisis civilizatoria que nos afecta sobremanera es la crisis hídrica, responsable de la destrucción de las reservas de agua, el agotamiento del agua dulce y la contaminación de ríos, lagos y mares, junto al arrasamiento de los humedales. Hasta no hace mucho tiempo se suponía que el agua era un recurso inagotable y no había ningún problema en garantizar su suministro de forma permanente. Hoy se sabe que el agua dulce es limitada y su agotamiento y escasez corre en paralelo al aumento demográfico, al crecimiento urbano, a la industrialización de la agricultura, a las modificaciones climáticas y a su derroche en la producción de mercancías. En este sentido, la crisis hídrica es el resultado de la expansión mundial del capitalismo, porque el agua misma se ha convertido en una mercancía y ha dejado de ser un bien común y público, ya que algunas corporaciones transnacionales alimentarias (como Coca-Cola, Danone, y otras) la han convertido en un nicho de mercado, con el que obtienen cuantiosas ganancias por diversos medios: la producción a gran escala de agua embotellada, la privatización de los servicios de canalización, producción y distribución (incluso acueductos, cloacas, etc.), y la apropiación de ríos y lagos por empresarios capitalistas. A todo ello deben añadirse algunos otros factores, como la urbanización acelerada, que necesita de importantes cantidades de agua, los procesos tecnológicos más sofisticados, que requieren cantidades ingentes de agua (como la que precisa la producción de automóviles, ordenadores, dispositivos móviles o televisores), o la producción de determinado tipo de cultivos (como las flores, que consume enormes volúmenes de agua). A todo lo anterior hay que añadirle los procesos salvajes de industrialización, la urbanización desaforada, la agricultura industrial, los megaproyectos e infraestructuras faraónicas, los grandes centros de ocio, y la explotación de recursos minerales y energéticos, que han contaminado las más importantes fuentes de agua en el mundo. 

 

Pero la crisis hídrica también se ve afectada por la profunda desigualdad en el acceso a este bien público y sagrado para la vida. Tanto a nivel interno en los países como en el plano mundial existe una distribución injusta y desigual del agua, porque mientras sectores minoritarios tienen siempre a su disposición agua de calidad que despilfarran continuamente (para lavar coches, regar campos de golf, o surtir sus propias piscinas), otra gran parte de la sociedad carece del imprescindible líquido, lo cual ocasiona en el mundo la muerte diaria de miles de personas por problemas estomacales y produce la enfermedad de millones de ellos por consumir agua no potable. Esta desigual apropiación del agua también existe en el plano mundial, ya que algunos países cuentan con importantes reservas hídricas o por su poder económico, militar o político, pueden apropiarse del agua de otros países, a cuyas poblaciones dejan muriéndose de sed (como el emblemático caso de Israel con los palestinos, o como le ocurre a algunos países africanos), con lo cual podemos predecir una de las contradicciones determinantes de los conflictos del futuro inmediato, que va a ocasionar guerras por el agua, con la misma frecuencia que las actuales guerras por el petróleo. Valga recordar también, para mostrar las interrelaciones e interdependencias entre la explotación de hidrocarburos y el agua, que la extracción de los primeros conlleva siempre despilfarro de la segunda por múltiples formas: para extraer un barril de petróleo o de gas se precisan cientos o miles de barriles de agua; con todas las labores propias de la industria petrolera se contaminan las fuentes de agua; los derrames de crudo llegan inexorablemente a los cursos de agua, como nos lo recuerdan las enormes tragedias de contaminación hídrica que han generado los numerosos accidentes de grandes buques petroleros en los mares del mundo.

 

Y un último aspecto que debe mencionarse es el relativo a los nexos directos entre el caos climático y la crisis hídrica. Así, el trastorno climático se manifiesta en primera instancia con un aumento de la temperatura en diversos lugares del planeta, lo que ocasiona transformaciones bruscas e inesperadas: se producirá, y estamos asistiendo ya e ello, el deshielo de glaciares, con lo que se reducirá la oferta hídrica en muchos países, pues las principales reservas de agua dulce están en los nevados y en los páramos. Al mismo tiempo, y como consecuencia de lo anterior, aumentará el caudal de muchos ríos mientras otros se secarán, y estos desequilibrios afectarán sobre todo a las poblaciones que viven gracias a esos cursos de agua. Todo ello generará inundaciones y sequías a un ritmo e intensidad no conocidas, como ya se evidencia en algunos continentes, como Europa, donde hemos asistido en los últimos años a inviernos más lluviosos y veranos más cálidos. De la misma forma, el caos climático influye en el cambio de la cantidad y calidad del agua disponible, ya que al aumentar la temperatura del aire se altera la temperatura del agua, con lo cual se reduce su contenido de oxígeno, se afecta a la distribución de los organismos acuáticos y se altera el ciclo de los nutrientes, entre otras muchas y graves consecuencias. También el cambio climático ocasiona la mezcla de agua salada con aguas dulces en los acuíferos litorales, afectando a otra importante reserva de agua dulce en muchos lugares del planeta. Adicionalmente, en la medida en que cambia el clima mundial se altera el régimen de lluvias en ciertas zonas del planeta, lo que produce severas sequías, la desertificación y la hambruna, y genera los éxodos de población, las migraciones hídricas, cuando la gente huye en masa de sus terrenos ancestrales, sitios adorados para muchas culturas indígenas, convertidos en lugares yermos y sin vida, donde han desaparecido las fuentes de agua que les posibilitaban la subsistencia, como es el caso de algunos países del Sahel en África. La crisis hídrica, unida a la crisis alimentaria que hemos descrito, serán las responsables de terribles hambrunas, guerras y éxodos de población, que desestabilizarán el planeta y causarán la muerte de millones de personas durante los próximos años. Graves desequilibrios que afectarán también a miles de especies animales y vegetales, cuyos ciclos vitales también dependen de los equilibrios ecosistémicos donde se asientan. Continuaremos en siguientes entregas. 

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