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28 enero 2019 1 28 /01 /enero /2019 00:00
Viñeta: Martirena

Viñeta: Martirena

Es necesaria y urgente una potente movilización global de los movimientos ambientalistas, sindicales, campesinos, feministas e indígenas. Ya no es suficiente indignarse y hacer presión sobre quienes deciden. Hay que rebelarse, construir convergencias de luchas, salir a la calle por millones o decenas de millones, bloquear las inversiones fósiles, los acaparamientos de tierras y el militarismo

Daniel Tanuro

En las anteriores entregas hemos descrito (basándonos en este magnífico artículo de Renán Vega Cantor) diversos ámbitos de lo que hemos denominado Crisis Civilizatoria (alimentaria, hídrica, energética...), y todas ellas convergen en la crisis ambiental, es decir, aquélla que destruye las condiciones de producción y de vida. Son numerosos los componentes de la degradación medioambiental que hoy soportamos, en la que deben incluirse la destrucción de las fuentes de agua, la desaparición de tierras y suelos fértiles para la agricultura, el arrasamiento de selvas y bosques, la reducción de recursos pesqueros, la disminución de la biodiversidad, la extinción de especies animales y vegetales, la generalización de distintos tipos de contaminación, la reducción de la capa de ozono y la destrucción de ecosistemas necesarios para la vida. Todos ellos juntos inhabilitan la continuidad de la especie humana sobre la Tierra, y tienen en común haberse originado bajo la lógica depredadora del capitalismo, con su concepción arrogante y salvaje de mercantilizar todo lo existente y de dominar a su antojo la naturaleza. El capitalismo considera a la propia naturaleza y al resto de especies animales y vegetales como objetos para su libre explotación, sin derechos, pretendiendo eludir los límites naturales, las leyes físicas de la naturaleza, y el más mínimo sentido común. Y así, la expansión mundial del capitalismo ha transformado profundamente los paisajes del planeta, dando por sentado que dicha destrucción no generaría ningún costo, y que por tanto se puede destruir impunemente, y además, es posible regenerarla rápidamente, o sustituirla de manera artificial. Ahora estamos pagando las consecuencias de tantos desmanes, de tanta devastación.

 

El capitalismo que de forma despiadada produce esta explotación prefiere ignorar, con su miopía y ambición características, el precio que ha de pagarse por haber sometido al medio ambiente a una transformación tan acelerada, como parte del uso intensivo de combustibles fósiles y del uso descomunal de materias primas y de recursos naturales para obtener los mayores y más inmediatos beneficios. Y como estos recursos naturales van mermando, desde hace varias décadas vienen librándose terribles guerras por parte de los países imperialistas y sus grandes corporaciones transnacionales para apoderarse por la fuerza de los recursos energéticos, forestales e hídricos en aquéllas zonas que todavía los tienen, como se evidencia en el Congo, en Colombia, en Brasil, en México, en Indonesia, y el caso más flagrante, el de Venezuela. El consumo a gran escala de dispositivos tecnológicos de última generación (televisores, dispositivos móviles, armamento sofisticado...) conlleva el arrasamiento de ecosistemas, y de las consecuentes guerras locales en países africanos, por ejemplo, para satisfacer las ingentes necesidades de materias primas (metales y minerales) a las empresas multinacionales que financian ejércitos estatales y privados (mercenarios, paramilitares, guerrillas...) con el fin de asegurarse el abastecimiento de esas materias primas, y mantener la oferta continua de sofisticados elementos tecnológicos de consumo. Relacionada también con todo ello, estamos asistiendo a la Sexta Extinción de especies, provocada no por causas naturales sino económicas y sociales (es decir, creadas por el ser humano), motivada por la ambiciosa lógica capitalista. El comercio de animales exóticos o la ganadería extensiva convierten a los animales en mercancías, o bien en tremendas factorías de huevos, leche, carne o grasa, que de forma descontrolada provocan enfermedades entre los animales, algunas de ellas pasando incluso a la cadena alimentaria y afectando al ser humano. 

 

Según el Índice Planeta Viviente, que pretende medir el estado de la biodiversidad mundial, hemos provocado un declive promedio del 30% entre 1970 y 2005. De igual forma, nuestra huella ecológica (que calcula la cantidad de recursos de la tierra y el mar, medido en hectáreas, que cada uno de nosotros necesita para vivir, incluyendo la destinada a absorber nuestros desechos) señala que la demanda humana sobre la biosfera aumentó más del doble entre 1961 y 2005, lo que se traduce más concretamente en que, en la actualidad, al ritmo de población y consumo existentes, serían necesarios 1,2 planetas tierra para vivir, y que en 2030 la cifra habrá llegado a 2 planetas...pero sólo tenemos uno. Como es obvio, la huella de todos los países y todos los seres humanos no es la misma, puesto que el nivel de consumo de las grandes potencias capitalistas es sensiblemente mayor que los del resto del mundo. Por ejemplo, Estados Unidos es el país que posee una mayor huella ecológica, que de lejos supera su capacidad de carga. Mientras esa huella es de una hectárea en los países más pobres, en los Estados Unidos se acerca a las 10 hectáreas y en promedio para toda la población mundial es de algo más de 2 hectáreas. Las leyes físicas de la materia y de la energía no pueden ser eludidas, por muchos avances tecnológicos que podamos engendrar los humanos. Y como no es posible evolucionar hacia un capitalismo sin "crecimiento" económico (es decir, sin la elevación constante de la producción y del consumo), y los recursos son finitos, nuestra civilización industrial ha de enfrentarse a la dura realidad de afrontar y asumir esos límites, el del agotamiento y carácter finito de los combustibles fósiles y la reducción paulatina de los recursos naturales. No es posible conciliar, como conclusión, una lógica de crecimiento ilimitado, propia del capitalismo, con la existencia limitada de recursos energéticos y materiales, si tenemos en cuenta que el planeta es un sistema cerrado en términos de materia. El conflicto, entonces, está servido. 

 

La otra gran amenaza a que nos enfrentamos ya la hemos venido contando desde las primeras entregas de la serie, y es el caos climático provocado por el conglomerado de todos estas crisis que hemos expuesto. Aunque a lo largo de la historia del planeta se hayan presentado incontables modificaciones climáticas, más o menos bruscas, con cambios hacia épocas glaciales o cálidas, todas estas modificaciones anteriores tenían un origen natural, o fueron debidas a una amenaza externa (un meteorito, por ejemplo). Ahora es diferente. Ahora estamos experimentando un trastorno climático asociado de manera directa al uso de combustibles fósiles, especialmente del petróleo. No por casualidad, en la medida en que se llegaba al pico del petróleo (Peak Oil) han aumentado en forma proporcional las emisiones de GEI y su concentración en la atmósfera. Y como algunos científicos han establecido, el clima es uno de los factores fundamentales para explicar la extraordinaria biodiversidad, y por lo tanto, sus modificaciones tienen efectos devastadores sobre variadas formas de vida. Asistimos por tanto a un cambio climático brusco resultado de la acción entrópica, ligada a la constitución de la moderna civilización industrial, más o menos desde finales del siglo XVIII. Esa transformación climática ya tuvo su primera manifestación hace unos 40 años, cuando se detectó la destrucción de la capa de ozono en algunos lugares de la Antártida. Y desde entonces, los fenómenos climáticos han sido mucho más potentes y adversos, muchos de ellos absolutamente destructivos. Y como, a pesar de los Acuerdos Climáticos alcanzados desde 1992 hasta la actualidad, no existen perspectivas reales de poder controlar el paulatino calentamiento global del planeta, asistiremos a catástrofes climáticas con efectos desastrosos, que provocarán más pérdida de biodiversidad, éxodo masivo de personas, y aumento de las nuevas guerras por todas esas situaciones. Por citar tan solo un dato (ya hemos expuesto en las entregas anteriores las terribles consecuencias que todo ello está acarreando), ciertos estudios anuncian que en un lapso de tiempo de 50 años desaparecerán, como resultado de las modificaciones climáticas, unas 450.000 especies de animales y plantas, algo así como el 30% de todas las especies vivas actualmente existentes.

 

Esta situación plantea la pregunta sobre la posibilidad de colapso de la civilización capitalista-industrialista, y con ella de toda la humanidad, admitiendo esto último solo si no admitimos la existencia de alternativas revolucionarias, imprescindibles para evitarlo. Hoy día esa revolución es más imperiosa que nunca antes en la historia de la humanidad, pues el reto es también ciertamente mayor. Necesitamos concienciarnos de forma masiva, entender la dimensión del colapso que enfrentamos, para colocar los frenos de emergencia que detengan la rápida caída en el abismo, e impidan que el capital nos hunda en la locura mercantil que nos conduce hacia la extinción como especie, así como a la desaparición de diversas formas de vida. La visión pesimista nos dice que está demostrado a lo largo de la historia que el capitalismo no va a desaparecer gracias a sus propias crisis, sino por acción de sujetos colectivos, conscientes de la necesidad de superar esta forma de organización económica y social y que actúan en consecuencia. En este sentido, más que una concienciación global que abandone por voluntad el capitalismo, lo que necesitamos son millones de conciencias parciales que vayan abandonándolo, mediante el cultivo de otras formas de vida, de otras costumbres, de otros valores, de otras aspiraciones, de otros objetivos, de otras estructuras. Es precisamente eso lo que intentamos desde esta serie de artículos, dar una visión alternativa al pensamiento dominante (que cultiva el Vivir Bien, basado en la posesión y en el culto al lujo), para cultivar el Buen Vivir, basado en los valores de "con esto es suficiente". Necesitamos los cambios culturales que nos hagan que seamos nosotros mismos los que vayamos progresivamente abandonando el capitalismo, para llegar, por ejemplo, a una situación donde no nos importe que las grandes corporaciones no inviertan capital (empresas, fábricas, empleos, aumento del PIB...) en nuestro país, porque ya tengamos desarrolladas formas de vida alternativas, y toda una red de cooperación social a nivel local suficientemente resiliente como para desafiar al sistema. Continuaremos en siguientes entregas.

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