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22 febrero 2019 5 22 /02 /febrero /2019 00:00
Arquitectura de la Desigualdad (130)

Cada nueva idea pasa por tres fases. Primera: es una locura, no me haga perder el tiempo. Segunda: es posible, pero no vale la pena. Tercera: ¡ya dije desde el principio que era una buena idea!

Arthur C. Clarke (1917-2008)

El interés científico, económico, político y mediático que está suscitando el asunto de la RBU viene siendo creciente durante los últimos años, y no cesan los experimentos en diversos lugares del mundo, para proyectar sobre algún colectivo o durante un período de tiempo determinado la Renta Básica, y poder analizar después, mediante los oportunos datos estadísticos, el éxito o el fracaso de esta medida. Así que la base de datos de experiencias con la RBU va creciendo, y esto es bueno, no solo para que la medida en sí se extienda y se reconozca, sino para que se demuestre (también experimentalmente) que todas las críticas que los detractores a dicha medida aluden, no tienen ningún fundamento. Al respecto, Anthony Painter, Director del Action and Research Centre (RSA) de Londres, en un artículo para el medio Viento Sur, afirmaba: "Recientemente han proliferado los llamamientos al diálogo sobre una renta básica universal (RBU) por parte de partidos políticos, institutos de estudios (incluida la Royal Society for the Encouragement of Arts, Manufacturers, and Commerce), activistas, sindicatos, y directivos de empresas, como el director general de Tesla, Elon Musk. Estos llamamientos son una creciente respuesta a la creciente inseguridad de los ingresos, cierta sensación de que los sistemas de bienestar pueden estar fallando, y como preparación para los efectos potenciales de la automatización y la inteligencia artificial en las perspectivas de empleo en sectores que podrían operar mejor con máquinas. Hay proyectos de pruebas piloto de algún tipo de RBU en Finlandia, los Países Bajos y Canadá como respuesta potencial a estas cuestiones y preocupaciones". Nosotros dedicaremos en posteriores entregas mayor atención al experimento en Finlandia, como un ejemplo de los mismos que se están ya realizando por todo el mundo. La RBU no es una subvención, un seguro de desempleo, una prestación condicionada, o una determinada subvención familiar. La Renta Básica Universal es un derecho de ciudadanía, y desde ese punto de vista, enlaza con el conjunto de derechos humanos fundamentales. Eso la descataloga y la libera de todos los problemas del conjunto de prestaciones condicionales, y la determina en una cuantía suficiente y no embargable para cada individuo de la sociedad. 

 

De ahí que la RBU, si se llegara a implantar en la forma y el modo en que aquí la proponemos, no tenga sentido si no va aparejada (esto es un proceso que puede durar meses, incluso años) de una confluencia del resto de todas las demás prestaciones sociales que actualmente se conceden por diversas casuísticas y circunstancias (desempleo, maternidad/paternidad, jubilación, baja, invalidez, viudedad, pensiones especiales...). La confluencia de todas ellas, y a su vez con un Salario Mínimo Interprofesional, teniendo en cuenta los baremos (que pueden ir cambiando con el tiempo) de situación donde se considere el estado de pobreza, pueden y deben acotar una cantidad concreta a percibir por cada persona adulta, así como por cada menor de edad (si se va a implementar esta variante, en cuyo caso la cuantía de la RBU para un menor de 18 años sería menor a la concedida a un adulto). La RBU debe ser, a nuestro juicio, completamente universal, ya que se percibiría, en efecto, independientemente del sexo al que se pertenezca, del nivel de ingresos o fuentes de renta que se posean, de la confesión religiosa que se profese, o de la orientación sexual que se tenga. Esta universalidad es la que saca a flote todos los prejuicios de la derecha, que apuntan además, como ya hemos señalado, hacia que la medida fomentaría el parasitismo social. Nada nuevo bajo el sol, porque sabemos históricamente que cualquier medida política, económica o social que se haya arrancado desde el poder hacia las clases populares, siempre ha sido criticada bajo este prisma. Por ejemplo, cuando en Andalucía se creó bajo el Gobierno del PSOE la prestación ligada al PER (Plan de Empleo Rural), que consistía en una prestación económica concedida cuando se demostraban una serie de peonadas, esta prestación estuvo en el ojo del huracán de la derecha durante mucho tiempo (y aún hoy día lo está, aunque en menor medida). Por tanto, hemos de partir de la base de que la actual arquitectura de la desigualdad ha sido proyectada por las clases poderosas, por las élites sociales y políticas, y todo lo que se dicte para revertirla será objeto de feroces críticas. 

 

Pero aún podemos hacer nosotros una crítica más feroz: María Julia Bertomeu y Daniel Raventós explican en este artículo para el medio Sin Permiso lo siguiente: "Justamente la Renta Básica permitiría por primera vez en la historia de nuestra especie que todos pudieran hacer lo que desde siempre solamente han podido hacer unos pocos, la parte más rica de la población, a saber, la posibilidad de vivir sin hacer ninguna contribución. Pero, alegará todavía algún crítico insatisfecho, es justo que el hombre que no trabaje, que no coma, según se dice en la Segunda Carta a los Tesalónicos de Pablo de Tarso. Como ya se dejó escrito en otra parte: En nuestro mundo, quien no disponga de tierras o de capital no puede elegir dejar de trabajar para otro, si es que la posibilidad de no morir de hambre se considera propiamente una alternativa. La implantación de una Renta Básica garantiza la reciprocidad; su ausencia la impide. Actualmente, solo una parte pequeña de la población puede elegir entre trabajar remuneradamente o no hacerlo. Con la Renta Básica sería una posibilidad abierta a toda la ciudadanía. El principio paulino "quien no trabaja no come" solamente es efectivo para los pobres, no para todos los componentes de la sociedad, en ningún caso para los más ricos. Hay ricos que comen y no trabajan". Y esto también nos lleva a la cuestión de que existen cantidad de puestos de trabajo (incluidos los de los más altos directivos empresariales) absolutamente inútiles desde el punto de vista social, que son remunerados, junto a trabajos muy importantes (hoy día, por ejemplo, el rescate de migrantes en alta mar, sin ir más lejos) que no se remuneran, los cuales se llevan a cabo por puro amor a la propia sociedad. No todos los trabajos útiles son remunerados, ni todos los trabajos remunerados son útiles. Por tanto, hemos de tener mucho cuidado cuando pongamos alegremente el foco sobre la necesidad de "trabajar" (bajo la visión capitalista, es decir, rentable económicamente, y por tanto, remunerado) para obtener algo a cambio. Pero como siempre decimos, nuestra mentalidad está tan imbuida en los valores capitalistas, que no ponemos en cuestión ese discurso, y esa visión de lo que es trabajo y de lo que no, y por tanto, qué debe estar remunerado y qué no. 

 

Pero como decimos, la RBU nos liberaría (a todo el mundo) de dichas absurdas disquisiciones, para desligar absolutamente la percepción de rentas (monetarias o de otro tipo) de nuestras (posibles) actividades laborales. Nuestras reticencias mentales y sociales provienen únicamente de que hemos asimilado (durante siglos de implantación) el concepto de libertad capitalista, que alude únicamente a la "libertad de mercado", o si se quiere, libertad de los más ricos. Pero...¿de verdad nos creemos libres en un mundo plagado de desigualdades como las que estamos describiendo en esta serie de artículos? Esa no es la verdadera libertad, pues existen familias e individuos, personas en general, que viven casi como los esclavos del mundo romano, o más tarde feudal. Por contra, nuestro concepto de libertad (ligado al republicanismo democrático) nos remite a un mundo de horizontes más amplios: "ser libre es estar exento de pedir permiso a otro para vivir o sobrevivir, para existir socialmente; quien depende de otro particular para vivir, es arbitrariamente interferible por él, y por lo mismo, no es libre. Quien no tiene asegurado el derecho a la existencia por carecer de propiedad, no es sujeto de derecho propio "sui iuris", vive a merced de otros, y no es capaz de cultivar ni menos de ejercitar la virtud ciudadana, precisamente porque las relaciones de dependencia y subalternidad le hacen un sujeto de derecho ajeno, un "alieni iuris", un alienado", en palabras de los autores citados en el referido artículo. Una medida como la RBU nos demuestra perfectamente que "libertad" e "igualdad" no van separadas, sino unidas. Las grandes desigualdades crean un problema profundo de libertad para la gran mayoría. Toda persona que no posea su existencia material garantizada debe pedir permiso a otro para poder vivir, luego no es libre. ¿Qué libertad tiene el trabajador que no sabe si el mes próximo, o incluso la próxima semana, seguirá teniendo aquél puesto de trabajo que le proporciona el sustento diario? ¿Qué libertad posee la mujer materialmente dependiente del marido, que la maltrata, la domina, y a veces llega a asesinarla? ¿Qué libertad disfruta el desempleado que vive marcado con el estigma social del subsidio público, que además sabe que tiene fecha de caducidad? 

 

Pero claro, hemos de asumir la dificultad de proponer una medida como ésta, pero no por su imposibilidad técnica o política, no por su justicia, no por su necesidad, no por su financiación, problemas todos ellos ya expuestos y resueltos en el escenario teórico, por grandes expertos y especialistas que estudian el tema a fondo. Pero no, ninguno de ellos es el problema real, porque el problema real es la arquitectura misma de la desigualdad. El problema real es hablar de RBU en una sociedad donde, sin ir más lejos, los pensionistas llevan más de un año saliendo a protestar a las calles sistemáticamente, para que sus pensiones alcancen unos niveles dignos, mientras que algunos banqueros, por ejemplo, se "jubilan" con pensiones de más de 80 millones de euros. Algo absolutamente irracional, despótico, insultante, macabro, propio de una sociedad quebrada, enloquecida y desquiciada, que vive y además jalea la propia arquitectura de la desigualdad que la cerca, que la divide y que la limita. Ese es el gran problema. El problema es hablar de renta básica universal en un país, como el nuestro (podemos coger cualquier otro como ejemplo), donde se pueden incrementar en miles de millones los gastos para armamento, mientras si se intenta subir el SMI a 900 euros mensuales, se forma una catástrofe nacional, y los partidos de la derecha y las asociaciones de empresarios montan en cólera. Ese es exactamente el problema. Necesitamos reivindicar lo que es justo, y hacerlo con valentía y determinación, y pelear por ello con todas nuestras fuerzas. Solo una movilización continua, organizada y sostenida de una gran parte de la sociedad en torno a una idea conseguirá los fines reclamados. En el fondo, estas fuerzas políticas y sociales que no quieren ni oír hablar de la RBU (o de cualquier medida que implique reparto y redistribución de la renta), lo que tienen es miedo: miedo a que los pobres y los desposeídos sean más independientes y más autónomos, más libres, más iguales, más capaces de hacer oír su voz, de reclamar sus derechos, de alcanzar cotas de sociedades más dignas, y de resistir más articuladamente los ataques y procesos de desposesión que tienen lugar en todas partes del mundo bajo la bandera cruel del capitalismo y de la globalización. En el fondo, es el miedo de los poderosos la única razón para oponerse a la RBU. Continuaremos en siguientes entregas.

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