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11 febrero 2019 1 11 /02 /febrero /2019 00:00
Viñeta: Tasos Anastasiou

Viñeta: Tasos Anastasiou

Los estudios más detallados sobre el capitalismo y el análisis de la situación actual de la crisis energética indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis ¿final del capitalismo?. Algunos creen que solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Otros indican que los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada

Eduardo Camín

Como venimos comentando desde los primeros artículos de esta serie, no sólo son las fuerzas políticas y sociales de la derecha las que no comprenden los planteamientos que aquí exponemos, sino que también aquí la izquierda, sobre todo la izquierda clásica, la marxista obrerista, las izquierdas históricas, quedan también ancladas a sus postulados de hace siglo y medio, sin asimilar que la visión histórica y evolutiva de aquél momento no es la de ahora, y que por tanto, deben romper con su sagrado culto al progreso, a las fuerzas productivas y a los artefactos tecnológicos generados por el capitalismo, lo cual requiere una visión, una adaptación y un nuevo tipo de educación, porque la bandera de la izquierda ya debe ser, como mínimo, roja y verde, lo cual implica poner en el centro del debate político la adopción de medidas ambientalistas radicales. Cualquier planteamiento sobre un futuro modelo de sociedad debe partir de la base de que se deben abandonar los temerarios intentos de continuar con las prácticas productivas que nos han conducido a esta situación. Es imprescindible construir un modelo bajo otra ética, la de los límites y la autocontención, la de la vida local y frugal, que debe llevar aparejada la urgencia del decrecimiento en todas sus manifestaciones. Hemos de partir de la base de que los seres humanos no podemos vivir al margen de la naturaleza, y de esa asunción plena y respetuosa, concederle el estatus jurídico de sujeto de derechos, así como al resto de animales que habitan el planeta. Yayo Herrero, una de las mayores expertas ecofeministas, afirma directamente que "Le hemos declarado la guerra a la vida, ya que hemos proyectado políticas, economías, sociedades y culturas que se desarrollan y se expanden en contra de las bases materiales que sostienen la vida". Pero no nos damos cuenta, existen vastos sectores de la población que aún permanecen anestesiados e insensibles, incapaces de darse cuenta del momento tan complicado que vivimos. Este hecho, es decir, nuestra incapacidad para poder reconocer claramente el riesgo que sufrimos, es lo que convierte la crisis global y multifacética en una crisis civilizatoria. 

 

Y por supuesto, gran parte de la responsabilidad de este estado de "anestesia" generalizado de la mayoría de la población se debe al criminal ocultamiento que las autoridades han efectuado del fenómeno del calentamiento global, debido al motivo de que aceptar ese hecho y hacerle frente suponía intervenir en los beneficios de gran cantidad de empresas y corporaciones transnacionales. Este ocultamiento criminal ha tenido como consecuencia que no se haya actuado en el pasado, cuando se podía y debía haber actuado, porque aún estábamos a tiempo de hacerlo. Hoy, cuando ya hemos traspasado ciertas barreras ambientales, y el calentamiento global está desbocado, hemos de pensar y actuar en la línea de la aceptación del hecho como algo inevitable, y en prepararnos para la obligada adaptación que todos los ecosistemas vivos habrán de hacer para poder sobrevivir al colapso. Las agresivas políticas económicas basadas en los agresivos procesos extractivos y los rápidos avances tecnológicos, por otra parte, no han desarrollado un modelo social de bienestar colectivo y generalizado, sino que han profundizado enormemente las desigualdades. El concepto de "progreso" que hemos difundido bajo el discurso dominante ha consistido únicamente en el expolio salvaje de los recursos naturales de los lugares donde se encontraban, provocando grandes desequilibrios medioambientales, grandes injusticias sociales, y el veloz agotamiento de dichos recursos. Y así, crisis social y crisis ecológica van entrelazadas, en el sentido de que la degradación de las condiciones de vida de la mayoría social tiene mucho que ver con el agresivo modelo económico que se utiliza, precisamente basado en el saqueo brutal de los recursos que permiten el equilibrio de los ecosistemas. El relato capitalista y patriarcal ha hecho mucho daño a nuestra civilización, pues ha instalado en el imaginario colectivo, según Yayo Herrero, una visión del ser humano sin las ecodependencias y las interdependencias que son imprescindibles para la vida humana (es decir, de nuestra relación con la naturaleza y el resto de seres vivos por un lado, pero también de nuestra relación con el resto de personas que nos cuidan). 

 

Haría falta repensar, pues, y establecer otro marco conceptual distinto para la vida humana, superador de todas estas falacias derivadas de la difusión de la cultura capitalista y patriarcal. Para empezar, debemos asumir (pero no como ideología, sino como imposición física y natural, demostrada por las propias leyes físicas) la finitud, los límites de la naturaleza donde pretendemos que se de la vida. Ello a su vez nos llevará a asumir de modo imperativo el decrecimiento de toda la esfera natural de la economía (recursos, ecosistemas, territorios, minerales...). Ello requiere apostar por "un cambio en el metabolismo económico y social radical, de tal forma que pongamos la cuestión de los límites en el centro, y por otro lado la cuestión de la atención a las condiciones mínimas de vida para las personas" (en palabras de Yayo Herrero). Este planteamiento necesita incidir en la definición de lo que son las necesidades humanas, en segundo lugar de lo que hace falta producir para satisfacerlas, y por último, cuáles son los trabajos socialmente necesarios para cubrir estas necesidades de todos. Todo ello sentaría las bases para un nuevo modelo de producción, donde el concepto de producción estaría ligado al conjunto de necesidades que tenemos que satisfacer, y el concepto de trabajo estaría ligado al conjunto de actividades que tenemos que desarrollar para poder satisfacerlas, incluidos los trabajos que se realizan de forma oculta, como los trabajos de cuidados. Debemos asumir el precepto formal de que la vida tiene valor intrínseco, es decir, por sí misma, o lo que es lo mismo, posee valor al margen de los mercados, cosa que el capitalismo ha borrado de nuestras mentalidades. Como podemos intuir, los conceptos de "libertad", "bienestar", "vida buena", "riqueza", etc., quedan afectados y nuevamente delimitados bajo estos nuevos parámetros filosóficos y políticos. Todos estos conceptos, límites e interdependencias deberíamos volcarlos a nuevos documentos constituyentes donde definiéramos los nuevos parámetros de relación entre las personas y sus comunidades, las personas y los entornos naturales, las personas y el resto de animales. 

 

En este otro artículo de su autoría publicado en el medio Contexto y Acción, Yayo Herrero nos introduce en las necesarias visiones que habríamos de incluir y dar perspectivas a un nuevo documento constituyente. Y así, la ecodependencia (de la que anteriormente hablábamos) posee tres derivadas importantes que no tiene en cuenta ni nuestra Constitución de 1978, ni seguramente ninguna otra del mundo actual. La primera derivada es que lo que llamamos "territorio" no es sólo el decorado ambiental que posee nuestra comunidad, que podemos ver, plasmar en un mapa o recorrer con un coche o un helicóptero. El territorio es un tejido vivo, que se autoorganiza, en el que la vida se reproduce y cambia. Dado que la economía (una ciencia social creada por nosotros y que debe estar a nuestro servicio) es un subconjunto de ese proceso vivo y no al revés, conviene que las Constituciones blinden y protejan, no tanto el valor (casi sagrado) de la propiedad privada, sino el mantenimiento de los bienes comunes limitados y parcialmente agotados del territorio, que para que puedan ser de todos, es preciso que no sean de nadie. La segunda derivada nos lleva a tener en cuenta que un territorio no es un ente aislado, sino que fenómenos como el cambio climático, la contaminación del aire o el declive del agua dulce les afectan, porque no conocen fronteras. Las fronteras también son un invento humano, para delimitar precisamente la "propiedad" de dichos territorios, pero no existe en el contexto vivo y natural. Es preciso señalar, en este sentido, que los países llamados desarrollados, mantienen físicamente sus economías con cargo a los bienes y recursos de otros territorios, los de los países llamados "subdesarrollados" (que lo son precisamente porque a los demás les interesa que lo sean). Por ejemplo en nuestro país, el 80% de la energía utilizada y el 75% de los minerales proceden de otros países. Tenemos una profunda dependencia material de los países africanos y de América Latina, donde libramos guerras formales e informales por los recursos, que expulsan a pueblos enteros de sus lugares originarios. Si lo extrapolamos a semillas y alimentos, también ocurre lo mismo. 

 

Entonces, nuestro principal déficit, injusto para otros territorios y peligroso para todas las personas del mundo, es el déficit físico y territorial, causado por un modelo de producción y consumo incompatible con nuestra propia base de recursos. Pero además de esta ecodependencia (dependencia hacia los sistemas y el resto del mundo vivo), las personas no podemos existir si no se garantizan y protegen los vínculos y relaciones (sobre todo en los casos de infancia, vejez, enfermedad, diversidad funcional, discapacidades diversas, momentos críticos vitales, etc.) que tenemos que tener con otras personas, y que son necesarios para asegurar la supervivencia de nuestros cuerpos, que son entes vulnerables, limitados y finitos (como todo ser vivo) en los que se encarna la vida humana. El capitalismo ha conseguido inocularnos la mentalidad de externalizar estas necesidades para crear en nosotros la idea de que somos independientes, invulnerables e infinitos, y lo ha hecho destruyendo la naturaleza al ponerla a nuestro servicio, e invisibilizando las tareas que (sobre todo las mujeres) llevamos a cabo para cuidar a otras personas. Pero no debemos caer en el engaño: no existen los individuos completamente autónomos, sino que todas las personas somos interdependientes unas de otras. Quienes se han ocupado históricamente del cuidado de los cuerpos de las otras personas han sido mayoritariamente las mujeres, pero no porque ellas estén mejor dotadas genéticamente para hacerlo, sino porque vivimos en sociedades patriarcales que han asignado de forma no libre estas funciones a las mujeres, a través de toda una serie de mecanismos culturales, económicos, simbólicos y políticos, ocultando e invisibilizando la importancia vital de estas funciones. Por ello, parece razonable organizar los principios constituyentes para una mejor vida, para el Buen Vivir, precisamente alrededor de la sostenibilidad de la vida, máxime cuando el Antropoceno, la crisis de reproducción social y el cambio en las pirámides demográficas ponen en riesgo las condiciones vitales de las personas más precarias (enfermas, pobres, excluidos, refugiados, desempleados, pensionistas...). Unos buenos principios constituyentes, de cualquier Constitución hija del tiempo actual, consciente de la realidad que sufrimos, consciente del colapso civilizatorio ineludible, deben empaparse de la plena consciencia de que la vida humana no se sostiene sola. La vida humana hay que mantenerla intencionalmente, desarrollando todos los mecanismos necesarios para ello, sean o no rentables económicamente, interactuando con el medio natural, respetando el equilibrio de los ecosistemas, y garantizando el mantenimiento de las tareas de reproducción cotidiana y generacional de la vida. Según Yayo Herrero, a esto es a lo que llamamos "poner la vida en el centro". Continuaremos en siguientes entregas.

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