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25 febrero 2019 1 25 /02 /febrero /2019 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (28)

El clima es un asunto político, puesto que incide de forma directa e inmediata en la vida cotidiana de todos nosotros, como se ve a diario, con las inundaciones, las sequias, los huracanes cada vez más destructivos, el frío extremo, el calor asfixiante… No podemos pensar que esos sean fenómenos naturales, al margen de la realidad capitalista, con su lógica de producción incesante de mercancías y búsqueda insaciable de ganancias. Es lógico hablar de capitaloceno, porque esa denominación recalca que el capitalismo tiene un sello, casi de tipo geológico, que deja una huella destructiva por doquier

Renán Vega Cantor

El reto principal que poseen los enfoques del decrecimiento, del Buen Vivir, de la Economía del Bien Común, y de más enfoques por el estilo, es que nos encontramos con la losa del bloqueo mental, es decir, hemos de ganar la batalla cultural. Hemos de sustituir el imaginario cultural heredero del capitalismo (el único sistema que han conocido las diversas generaciones que aún viven en cualquier país del mundo), por uno distinto, adecuado a las nuevas necesidades, que tenga en cuenta los límites biofísicos del planeta, así como la escasez y el agotamiento de materiales, recursos y combustibles fósiles. Por poner un ejemplo, mucha gente ya asume y comprende la comparación del 1% frente al 99% (paradigma de la desigualdad social), pero es que dentro de ese 99% que comprende las desigualdades y desea abolirlas, una parte aún muy importante mira la realidad bajo el prisma capitalista, porque ese ha sido el paradigma de su mundo cultural, de sus valores. El capitalismo, en palabras de Yayo Herrero, "ha generado un tipo antropólogico que mira como le conviene al capitalismo que mire". Y por tanto, no solo es que haya que acabar con las desigualdades sociales (como la mayoría de la gente ya piensa, afortunadamente), sino que además hay que acabar con los paradigmas productivos y de consumo imperantes en nuestra civilización industrial. Lo que es absolutamente crucial es entender que la crisis de esta civilización, en todas sus facetas, obedece siempre a unas mismas causas, es decir, que los orígenes y motivaciones de cualquier lucha social de hoy día (mujeres, clase obrera, precarios, desempleados, campesinado, pensionistas...) tienen que ver con el cuidado de la vida, de los ecosistemas, con el peso del patriarcado y con la superación de los límites biofísicos del planeta. Si esto no se entiende no habrá manera de entender la auténtica y verdadera dimensión del colapso civilizatorio. 

 

Cuando todo esto se comprende, cuando se asimila de forma completa y total, parece que ya quedan pocas dudas (más bien ninguna) de que el decrecimiento no es una opción, sino que estamos abocados a él. Luego por tanto...¿Cuál es el siguiente paso? Evidentemente, prepararnos para él. Pero prepararnos, ¿para qué? No podemos decir que nos avisen media hora antes del colapso, como circula en ese famoso chascarrillo, así que hemos de haber transformado mínimamente nuestras estructuras productivas y nuestras formas de consumo y desecho, y sobre todo, como decíamos antes, haber transformado nuestro imaginario cultural. Bien, esto puede hacerse de dos maneras: 1) de forma voluntaria y progresiva, consciente y paulatina, de forma global, equiparando oportunidades sociales, o 2) de forma violenta, competitiva y fascista, promoviendo una guerra de todos contra todos por unos recursos cada vez más escasos. De nosotros depende elegir o implementar una u otra forma. Es evidente que cuanto más tiempo tardemos en reaccionar, le estaremos dando más peso a la segunda y muy peligrosa opción. Hay que partir de la base de unificar problemas, diagnósticos y estrategias. Hay que entender que la sobreexplotación de la naturaleza y el sometimiento de las mujeres (variante ecofeminista, que ya hemos traído a colación) tienen un mismo origen, que no es otro que una economía depredadora que funciona devorando cuerpos y territorios, y que se sostiene en una concepción de la naturaleza como máquina infinita, y en la extensión del patriarcado como sistema de dominación cultural. Yayo Herrero, en esta extensa entrevista para el medio Asturias24 que tomaremos como referencia a partir de ahora, lo explica de este modo: "Lo que plantea básicamente el ecofeminismo, o lo que le da sentido, es que cuando uno analiza las causas de la degradación de la naturaleza y de la destrucción de los procesos naturales, e indaga también en algunas de las causas que se esconden detrás de la subordinación de las mujeres y de la persistencia del patriarcado, se encuentran bastantes lógicas comunes".

 

Y continúa: "Del mismo modo, cuando uno se plantea cómo construir un mundo ajustado a los límites físicos del planeta y de la naturaleza y que a la vez sitúe como prioritario el cuidado de la vida y el bienestar de las personas, que ha sido una de las preocupaciones fundamentales del feminismo, se encuentra también que las propuestas son bastante sinérgicas. Cuando los dos movimientos dialogan se produce una amplificación de la fuerza de los temas que cada uno de ellos aborda por separado. El ecofeminismo nos permite, por así decirlo, comprendernos mejor como especie; darle importancia material, política y simbólica a las relaciones del ser humano con la naturaleza y con el resto de seres humanos, que es la base de poder sostener la condición humana". El ecofeminismo, así como el Buen Vivir que da título a esta serie, y todas las corrientes de pensamiento político, social y económico (incluso filosófico) que están en esta línea parten de una base que parece de pura lógica, pero que asientan una idea fundamental: el ser humano no puede existir en soledad, ni con respecto a otros seres humanos ni con respecto a la naturaleza. Esta afirmación, que parece de perogrullo, es como decimos muy importante, porque al contrario que el capitalismo, que pregona el individualismo y la competencia, y que reniega de la sociedad, estas corrientes intentan demostrar que ello no es posible para nuestra especie. Para el ecofeminismo, existen dos conjuntos de relaciones que son profundamente materiales: las relaciones con la naturaleza y las relaciones con las demás personas. No podemos prescindir ni de unas ni de otras. Y hemos dicho "profundamente materiales", es decir, que más allá de lo afectivo, lo sentimental, lo espiritual o lo simbólico, estas relaciones se basan en procesos físicos y en leyes naturales. Y es fundamental entender esto porque los instrumentos que ha desarrollado el modelo económico capitalista y los propios instrumentos políticos que hemos construido para desarrollar las sociedades del bienestar no lo tienen en cuenta. Es como si aceptaran la idea que las personas pudiéramos vivir emancipadas de la naturaleza y del resto de los seres vivos. 

 

Y así, se ha construido una idea del individuo sobre el que pivotan los derechos, las obligaciones, la participación económica y política, etc., que no existe, que es una ficción, que es imposible materialmente. Porque los humanos no somos seres aislados ni autónomos, sino interdependientes: dependemos de la naturaleza y del resto de seres vivos que la habitan, y por lo tanto, la destrucción de esa naturaleza y de los entornos comunitarios donde nos relacionamos somete a las personas a una tremenda vulnerabilidad, es causa de sufrimiento y de muerte. Por tanto, ese no es el camino. El camino debe partir de la base de que nos necesitamos los unos a los otros (la vía del ser social) y también necesitamos a la naturaleza (la vía del ser natural). Ambas vías se complementan, se necesitan, se interrelacionan. Ambas vías están profundamente intrincadas. No podemos separarlas, ni intentar emanciparnos de ellas. Para el conocimiento de ambas vías nos ilustra la ciencia (tanto las ciencias exactas como las ciencias sociales, como por ejemplo la matemática, la física, la química, la antropología, la economía, la sociología, la fisiología, la ecología...), pero también la ciencia evoluciona sus paradigmas con el tiempo. Pongamos un ejemplo: según Francis Bacon (célebre científico y filósofo inglés, que vivió entre los siglos XVI y XVII), el objetivo básico de la ciencia es someter a la naturaleza, ponerla al servicio del hombre. Esta idea está en plena consonancia con lo que la derecha política y social de hoy día defiende ("el planeta al servicio del hombre"), lo que legitimaría todos los procesos extractivos y destructivos (saqueadores, en una palabra) que el hombre practica con la madre Tierra. Según esta visión (acuñada a principios de la modernidad), la ciencia no es sólo un instrumento de poder, sino también un conocimiento exacto, neutro, desideologizado, y no sujeto a distorsiones fruto de las modas imperantes. Hoy sabemos que esto no es así, ya que hemos separado las ciencias sociales de las ciencias exactas (en ese sentido, las Leyes de la Termodinámica son neutras, pero las "Leyes" de la economía de mercado no), y ayudados de otras recientes disciplinas, como la Ecología, sabemos que la naturaleza no es una autómata fría y predecible, sino un gigantesco organismo vivo, que experimenta evoluciones, cambios y metabolismos. Y que nosotros, el ser humano, tiene mucho que ver con ellos. 

 

De hecho, han existido otras épocas pretéritas que también experimentaron grandes cambios naturales, caos climáticos, y enormes transformaciones, dando lugar a otras varias extinciones. Pero nunca como ahora el ser humano tuvo tanto poder (derivado de la globalización de la civilización industrial-capitalista-desarrollista) para hacer daño a la naturaleza, para forzar esos cambios, para alterar el medio ambiente, para acometer y provocar enormes catástrofes naturales. La naturaleza, como decimos, no es un autómata que funcione bajo unas cuantas leyes mecánicas, sino todo un entramado de ecosistemas naturales que necesitan unos equilibrios, unas condiciones y unos estados para poder funcionar. ¿Por qué los científicos de entonces veían así a la naturaleza? Hay que partir de la base de que los padres de la ciencia eran personas extremadamente religiosas (como era normal en la época), y concebían al ser humano cerca de Dios y distanciado de la naturaleza, al ser concebido como un ser con inteligencia, reflexión y razón, que le permiten alejarse de la órbita de lo material, y acercarse a la órbita espiritual (de Dios). Y así, los científicos y pensadores de la época concebían a Dios como un arquitecto o diseñador de la naturaleza, y al Hombre como el depositario de esa "máquina" que estaba a su servicio. En ese sentido, Max Weber acuñó el concepto de "desencantamiento del mundo" para resumir ese proceso mediante el cual se pasa de una visión medieval o de la naturaleza vista como un receptáculo de magia que era impredecible y fuente de temor (y que por lo tanto había que cuidar y respetar), a esa otra nueva visión mecánica de la naturaleza en la que se reduce toda la complejidad de lo vivo a las relaciones causa-efecto y se pasa a creer que la misma acción siempre genera en la naturaleza el mismo efecto (o la misma reacción), cuando en realidad lo que sucede en los sistemas complejos, en los organismos o sistemas vivos, es que operan muchísimas más relaciones que las relaciones causa-efecto. Esas relaciones están presentes, desde luego, pero también lo están las sinergias, las realimentaciones positivas y negativas, etc. Hoy sabemos que la naturaleza es un entorno en el que intervienen una infinidad de variables y de factores que no siempre responden de la misma manera. Continuaremos en siguientes entregas.

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