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4 marzo 2019 1 04 /03 /marzo /2019 11:45
Filosofía y Política del Buen Vivir (29)

Llamar a las cosas por su nombre nos obliga a superar conceptos flacos de contenido, como aquello de antropoceno, una trampa nada casual. Hablemos sin rodeo de capitaloceno. No negamos que la Humanidad provoca los tremendos desajustes que hoy vive la Tierra, pero la responsable no es cualquier Humanidad, es la Humanidad del capitalismo. Una civilización que sofoca la vida tanto de los seres humanos como de la Naturaleza a fin de alimentar al poder que conocemos con el nombre de capital. Y en ese empeño de llamar las cosas como son, cabría renombrar a los monstruosos huracanes y fenómenos extremos por sus verdaderos nombres: Chevron-Texaco en vez de Irma, British Petroleum en vez de Harvey, Exxon en vez de María…

Alberto Acosta

Uno de los puntales de las políticas del Buen Vivir debe ser la relajación de nuestros modos de vida, de nuestros ritmos infernales, de nuestra vertiginosa dedicación a las tareas. La reorganización de los tiempos de las personas es fundamental. Al igual que se proyectan políticas económicas, se han de proyectar también políticas del territorio, políticas de la dedicación, políticas de los tiempos, políticas de distribución...Debemos repensar todo el tiempo dedicado a los trabajos remunerados, y la distribución de todo aquéllo que requiere una dedicación. Reducción de jornadas, reorganización de los permisos, de las posibilidades de excedencia, servicios públicos y sociocomunitarios pensados para ayudar en todas estas asignaciones, etc., son algunos ejemplos que van en esa línea. Y conectando con el debate sobre la concepción de trabajo humano y la renta básica universal que estamos exponiendo actualmente en nuestra serie sobre la arquitectura de la desigualdad, hay que decir, como ya sostuvimos allí, que el propio concepto de trabajo ha de ser repensado. Tomo las palabras y ejemplos que expone Yayo Herrero en la entrevista que estamos tomando como referencia: "...cantar porque te encanta cantar con tu coro de barrio no es trabajo, pero cuando eso lo haces pagado en un escenario, en una gala, es trabajo. Un futbolista trabaja, pero si tú haces exactamente la misma actividad jugando con tus colegas un fin de semana, eso no es trabajo. Más paradójico aún: si tú eres empleada doméstica y vas cada día a cuidar a un viejito a una casa estás trabajando, pero las personas que hacen eso mismo dentro del hogar estando disponibles veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, son consideradas personas inactivas por la Encuesta de Población Activa. Cuando en una asamblea de barrio estamos organizándonos para mejorar o para crear un centro social que proporcione actividades culturales al barrio, eso no es considerado trabajo. Si lo que hay es una empresa privada que media y organiza actividades culturales en un centro público, eso sí es trabajo". 

 

Y concluye: "...llamamos trabajo exclusivamente al empleo y lo otro, que es toda esa cantidad ingente de trabajo que supone el cuidado cotidiano de la vida, pasa a no tener ni nombre, no tiene valor. Ojo, no estoy diciendo que a ese cuidado cotidiano de la vida se le tenga que reconocer su valor en términos monetarios. Lo que decimos es que tiene que haber otra serie de indicadores multicriterio además de los económicos para valorar esas aportaciones; que se tiene que abandonar esa manera ultracontable y ultracapitalista de entender la vida". Este es, en efecto, el enfoque. Todo ello ocurre porque la dimensión capitalista del trabajo (la única de hecho que se tiene en cuenta) entiende que sólo ha de reconocerse como tal aquéllas actividades que ofrezcan rentabilidad económica, es decir, beneficios. El Buen Vivir intenta que lo veamos desde otra filosofía, desde la filosofía de lo útil y lo positivo para la comunidad, es decir, de lo rentable socialmente. Los "trabajos" así considerados no han de ser únicamente los que las empresas privadas catalogan y consideran como tales, sino también todo el conjunto de actividades que nuestras comunidades más locales (barrios, distritos, municipios...) necesitan para su mantenimiento, para su evolución, para su enriquecimiento desde todos los puntos de vista: social, económico, tecnológico, cultural, educativo, medioambiental...El Buen Vivir solapa, de esta forma, trabajo con actividad, con necesidad. La necesidad puede ser de hecho un impulso vital que sienta una determinada persona en un momento de su vida, o puede ser una necesidad social que la comunidad estime que necesita (por supuesto, democráticamente). Y todo ello sin desvalorizar, es decir, empoderándolos, los trabajos cotidianos dedicados al cuidado de la vida de las personas. 

 

Hemos llegado a tal punto de perversión capitalista en nuestra sociedad, que existe muchísima gente que trabaja en asuntos que no le interesan absolutamente nada (para las cuales su vida es justo lo que hacen fuera del trabajo), y llama "trabajo" a ese período de varias horas de alienación diaria, a las que no ven ningún sentido, que detestan, pero que les proporciona la renta para poder vivir. Es un modelo de vida absolutamente enloquecido y desvirtuado, pero desgraciadamente, imperante hoy día. Como resultado, tenemos personas que debido a dicha forma de vida sufren desajustes psicológicos tremendos, no ven sentido a sus vidas, son infelices, no disfrutan de lo que hacen. Intentando ir de nuevo a la raíz del planteamiento, el Buen Vivir está interesado en despojar de su vertiente mercantilista a la fuerza de trabajo humana y a la propia naturaleza, pero también a la mayor parte de los productos, bienes y servicios que este ciclo crea. Aquí entroncamos con la filosofía, economía y política del Bien Común (EBC), y desde este enfoque, podríamos decir que "básicamente, un bien común es una fuente de vida, algo necesario para sostener la propia vida, y en torno al cual existe una comunidad que se organiza para administrarlo y cuidarlo" (según definición de Yayo Herrero). Entonces, frente a la visión egoísta, competitiva e individual de todo bien, el Buen Vivir intenta despojar esa visión, e instalar la visión comunitaria, solidaria y compartida de todo lo que es importante para nuestra vida. Consideremos el ejemplo del agua, algo básico para la vida humana y el resto de animales y la propia naturaleza: si el agua es privatizada, embotellada, distribuida, vendida y comprada, por mucho que ética y naturalmente nos parezca un bien común, deja de serlo, porque se convierte en un producto del capital: en torno al "negocio" del agua surgen empresas, industrias, trabajadores/as, otras empresas, distribuidores finales...Es decir, hemos mercantilizado ese bien común que es de todos, para que pase a ser únicamente de los que puedan pagarla. 

 

Pues bien, frente a ese planteamiento capitalista para el agua, que busca el negocio y la rentabilidad, tenemos el planteamiento que haría la Economía del Bien Común, y también el Buen Vivir: el bien común no es sólo el agua, sino el conjunto de prácticas comunitarias que se organizan en torno a ella. El agua es parte de ese bien común tanto como todo el sistema organizativo (cultural, político, administrativo...) que construimos alrededor de ella, para que el agua pueda llegar a todo el mundo. De esta forma, los bienes pasan a ser comunes en el momento en que existe una comunidad que se organiza para garantizar precisamente que lleguen a todo el mundo, que estén bien repartidos, y que elabora para ello un conjunto de normas, controles y sanciones. La norma ha de existir precisamente porque los bienes comunes no son infinitos, son limitados. Todos los recursos naturales que la naturaleza alberga lo son. Veámoslo desde el siguiente enfoque: todo aquéllo que es necesario, y por tanto hay que garantizar para que todo el mundo pueda disfrutarlo, y sin embargo es limitado, no puede tener un uso descontrolado, y lo que hace el capitalismo para evitar que el uso de dicho recurso sea irrestricto es que esté mediado por el dinero. Quien tiene dinero, quien puede pagarlo, accede al bien, y quien no tiene dinero no accede, y así es como se reparte y organiza. El problema es que entonces deja de ser común algo que es necesario para todo el mundo. Por tanto, cuando hablamos desde la lógica de lo común, de los bienes universales, el planteamiento debe ser otro, y es básicamente que tiene que existir una comunidad que colectivamente defina cómo se organiza el control y el acceso a ese recurso para que todo el mundo pueda disfrutarlo, y cómo se sanciona a quienes pretendan consumir mucho más de lo que les corresponde, o a quienes pretendan negarlo a otras personas. La conclusión es perfectamente entendible: lo que, siendo absolutamente necesario para la vida, es limitado, tiene que ser comúnmente gestionado. El Buen Vivir apuesta por ello, lo cual contribuye además a una mayor justicia social. Y precisamente esta filosofía y esta política nos conduce de nuevo al decrecimiento, ya que todo aquéllo que necesita todo el mundo, pero es finito, no puede ser usado de forma creciente, sino controlada, precisamente para que no se agote. 

 

Cuando se habla de decrecimiento nos referimos siempre a la esfera material de la economía. Lo que tiene que decrecer son las actividades extractivistas, la extracción de minerales, de fuentes de energía finitas, la destrucción de suelo fértil, etc. La economía debe decrecer en este sentido, lo cual obliga lógicamente a que los parámetros de crecimiento capitalista también se pongan en solfa. Ese manta del "crecimiento económico" debe denunciarse, porque no es posible bajo una biosfera finita y limitada. No debemos fijarnos sólo en el PIB, pues no es tan importante si éste indicador sube o baja, sino en base a qué lo hace. Retomo de nuevo las sabias palabras de Yayo Herrero: "Es decir, si de repente pusiéramos en el centro la atención y el desarrollo de los bienes relacionales, el cuidado, la transición a un modelo basado en renovables, etc., que eso generara un incremento en el PIB no sería preocupante. El crecimiento del PIB sólo es preocupante cuando se produce a costa de la fabricación de automóviles, del consumo cada vez mayor de petróleo, de la guerra...Lo que nosotros decimos es que debe decrecer la esfera material de la economía. Y no es que deba decrecer, es que es inevitable que decrezca. No es algo que busquemos los ecologistas, es una imposición de los límites físicos de la naturaleza". Se trata, entonces, no tanto de que la economía se contraiga, cuanto de buscar y reorientar la economía hacia otros paradigmas, otros modelos, otras fuentes de energía, otros repartos, otras actividades. Debemos entender que durante los próximos años vamos a decrecer inexorablemente, y si no lo hacemos de forma tranquila, asumida, pacífica y progresivamente, lo haremos de forma brusca y violentamente. Esa será la diferencia entre un panorama donde nuestros políticos, nuestros empresarios y el conjunto de la ciudadanía hayan entendido la natural necesidad de decrecer, y un panorama donde este decrecimiento se deje al albur de la propia escasez de los recursos naturales, y del colapso brusco de determinados modelos de negocio, que conducirá a situaciones sociales de mayor desigualdad, violencia, estallidos, revueltas, indignación y masacres. Si los países continúan por la senda del "estilo de vida" actual, arrogante, despilfarrador e insolidario, a costa incluso de los recursos de otros países, llegará el fascismo más tarde o más temprano, y el colapso se manifestará de forma aún más violenta y desgarradora. Continuaremos en siguientes entregas.

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