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6 marzo 2019 3 06 /03 /marzo /2019 00:00
Viñeta: Ramses

Viñeta: Ramses

¿Qué decir entonces de las políticas occidentales actuales -en primer lugar de la de Francia- en África o en Medio Oriente? ¿Por qué deberíamos callar el caos económico, político, militar, y las guerras suscitadas por estas injerencias, motivadas por el afán de ganancias y la sed de dominación política, que son la causa del desplazamiento de la mayor parte de esas personas migrantes que huyen del infierno?

Olivier Besancenot

Las políticas migratorias son un verdadero caos, y están construidas de espaldas a la realidad, y desde la insensibilidad más absoluta. La política de fronteras es cruel e inhumana, y mientras se olvida, se va convirtiendo en un problema desatendido y no solucionado, en un problema enquistado, que cada vez se hunde más en la aberración. Por ejemplo, es caótica la estampa de unos inmigrantes encerrados en un penal, en una cárcel, en un CIE. El desinterés por abordar estos asuntos de una manera correcta, humana y sensible supone, como bien indica Esteban Ordóñez en este artículo para el medio Contexto, la confirmación de una realidad ideológica: las condiciones arquitectónicas y organizacionales que el Gobierno considera óptimas para alojar a los inmigrantes sólo se pueden implementar dentro de una prisión. Las políticas de fronteras están caracterizadas por la improvisación, por la dejadez, por el desinterés, por la crueldad, por la pereza, por la inconsistencia, por la falta de sensibilidad y de voluntad política, por la vulneración de derechos humanos fundamentales...podríamos seguir, remitiéndonos a lo ya expuesto en entregas anteriores, y a lo que aún seguiremos exponiendo en las próximas entregas. Quizás la emergencia humanitaria no era inevitable, quizá algunos hechos puedan haber desbordado las previsiones, quizás algunas instituciones no estuvieran preparadas, pero nada de eso disculpa que después de más de una década de enfrentamiento con el hecho migratorio, desde diversas rutas, no se haya construido una arquitectura institucional de acogida e integración mucho más estable y garantista. Muchas instalaciones llevan años desbordadas, muchos centros de acogida descontrolados, algunos a punto del colapso. 

 

Por su parte, las retóricas alarmistas van generando una caja de resonancia que actúa como un altavoz difusor de las políticas migratorias deficientes. En palabras de Carlos Arce, portavoz de APDHA: "La ausencia de planificación y la escasísima dotación de recursos para afrontar la asistencia y la acogida de los migrantes obligan a la improvisación y generan una imagen de caos y de emergencia que, a su vez, sirve para justificar medidas más duras contra la inmigración, para instalar en la ciudadanía una sensación de incertidumbre y alarma, y para esbozar un culpable: el inmigrante irregular". Y ya sabemos que la construcción de este chivo expiatorio en el imaginario popular es el caldo de cultivo de votos y ascenso de la ultraderecha, que proclaman falaces eslóganes como "los españoles primero", y otros parecidos. Es como si el propio Estado se colocara en el papel de víctima, y pide apoyo ciudadano en forma de votos. No existen instalaciones adecuadas, ni recursos humanos ni materiales, ni planes o protocolos para asistir a los refugiados en sus demandas de asilo. Comisarías desbordadas, CIE's repletos, instalaciones desastrosas, condiciones deplorables. Esta es la imagen que cualquier observador mínimamente decente puede obtener del panorama de acogida a los migrantes. Y en vez de atajar todo esto bajo una política de fronteras realista y coherente, completa y honesta, humana e integral, solidaria y garantista, lo que hace el Estado es escurrir el bulto continuamente, poner parches y bordear la legalidad en todos los frentes. Para disimular todo esto, el Estado se erige como si fuera una víctima ante un ataque sorpresivo, y para ello, elabora un discurso institucional falso e indigno, ese "inmigracionalismo" al que nos referíamos en entregas anteriores: "asalto a vallas", "inmigrantes irregulares", "ilegales violentos", "oleadas masivas", "efecto llamada", y otros calificativos por el estilo crean en la opinión pública la sensación de que estamos ante una crisis continua debido a la inmigración descontrolada. 

 

Es un discurso político irreal e indecente, que "construye su proyecto político espoleando y profundizando prejuicios arraigados en la sociedad española" (en palabras de Esteban Ordóñez). Todo este discurso va creando un imaginario colectivo que crea opinión, define posicionamiento y después, decide elecciones. Y por su parte, el posterior proceso de integración de los migrantes que se quedan en nuestro territorio es insuficiente, deficitario y carente de las mínimas garantías. Deberían existir cauces institucionales, dotados de las infraestructuras y los recursos necesarios, para que estas personas pudieran aprender nuestro idioma, nuestras costumbres, y tuvieran después amplias posibilidades de inserción, al igual que cualquier ciudadano/a nacional. Las personas que quedan en situación irregular no tienen posibilidades de acceder a un puesto de trabajo y a una vivienda dignos. La política migratoria es proyectada de espaldas a las necesidades reales. Es lógico en sociedades donde impera el capitalismo más descarnado, como ocurre en nuestro país. Lo correcto sería, en primer lugar, abrir vías de acceso legales y seguras para la llegada de estas personas. En segundo lugar, habilitar protocolos, instalaciones y recursos para garantizar la acogida de estas personas, y por último, garantizar procesos de inserción garantistas para las personas que se quedaran en nuestro país. Estamos a años luz de conseguir todo esto. En todo el continente europeo, lejos de avanzar hacia una política de fronteras estable y coordinada, es evidente el escoramiento a la derecha de sus fuerzas políticas, y por tanto, la criminalización creciente de los migrantes. Las ONG's se han venido encargando de las tareas de rescate humanitario en alta mar ante la desidia repugnante de los Gobiernos europeos, pero incluso esta posibilidad ha sido interceptada, y no se permite actualmente faenar a ningún barco de rescate ni atracar en puerto europeo. 

 

La situación se cronifica, y los líderes europeos, lejos de ofrecer una solución, empeoran el escenario tras cada reunión comunitaria. Impera una violación flagrante del derecho internacional, de los derechos humanos más elementales, y del respeto a los tratados y convenciones vigentes. Estamos abocados al enquistamiento de la situación, bajo una política migratoria sin rumbo, que se mueve al albur de las decisiones oportunistas, erróneas o déspotas de los líderes políticos del viejo continente. Las acciones que se despliegan contra los migrantes son execrables, a la deriva de una casta política que parece no respetar los más mínimos estándares humanitarios. Con la extrema derecha como pilar de esta Europa fortaleza, no es probable que las políticas de fronteras vayan a evolucionar en sentido positivo, sino todo lo contrario. Como apunta Beatriz Ríos en este artículo para el medio Publico: "La extrema derecha gobierna en coalición en Austria, también con un discurso marcadamente racista, Bélgica cuenta con un Secretario de Estado para el Asilo y la Migración que no oculta su xenofobia, y países como Hungría, Polonia, República Checa o Eslovaquia se han negado a acoger refugiados casi desde el inicio de la crisis. Además, otros Estados miembros, sobre el papel progresistas, como Países Bajos, ceden ante los discursos más radicales. Y los halcones del este, el norte, y ahora también el sur, han hecho de la política migratoria su principal objetivo". El Parlamento Europeo aprobó en noviembre de 2017 una propuesta para reformar el sistema de Dublín. La Eurocámara propuso un sistema de reubicación obligatorio, para que no sean necesariamente los países de llegada quienes deban hacerse cargo de las demandas de asilo, y así evitar la saturación en países fronterizos como Italia, Grecia o España. Se propusieron sanciones contra los Estados que no cumplieran sus obligaciones, pero gran parte de los Estados miembros llevan torpedeando sistemáticamente las políticas que iban hacia una gestión europea de los flujos migratorios, a no ser que el objetivo fuera simplemente reducirlos. 

 

No existe voluntad política, ni siquiera al más alto nivel, de que Europa pueda alcanzar una política migratoria integrada y solidaria. Las únicas y perversas decisiones que la Europa comunitaria ha sido capaz de tomar han sido el vergonzoso acuerdo con Turquía, el cierre de la ruta de los Balcanes, la suspensión del Tratado de Schengen, y el refuerzo de la seguridad en las fronteras terrestres y marítimas (de lo cual hemos dado cumplida información y valoración en las anteriores entregas). Es todo lo que Europa ha sido capaz de confeccionar hasta ahora. Absolutamente lamentable. Indigno de un continente que fue faro, luz y guía en la antigüedad. Indigno de unos gobernantes que se creen adalides de la libertad, la democracia y los derechos humanos. Incapaces de diseñar una política europea de fronteras respetuosa y justa con el derecho internacional, vagan de reunión en reunión, de decisión en decisión, perdidos y presionados por las fuerzas políticas más desalmadas. El explosivo cóctel que se nos brinda no tiene que ver con la protección de los derechos de los migrantes, ni con su integración como ciudadanos, ni siquiera con verdaderos planes que, lejos de continuar abonando las actividades neocoloniales, se dediquen a fortalecer el tejido social y económico de los países de origen. Sólo saben proteger por la fuerza nuestras fronteras, nuestros territorios, sin la más mínima autocrítica, derivada de su funesta actuación durante décadas (incluso siglos) de dominación sobre sus países, sus territorios, sus recursos naturales. El viejo continente, cuna de la democracia en la antigüedad, debiera más bien verse retrospectivamente, y darse cuenta hasta dónde ha sido capaz de llegar. Y en vez de presumir de Occidente próspero, de valores, y de respeto a las libertades, debería hacérselo mirar, debería autocontemplarse como el niño que se ve reflejado en el agua por primera vez, y descubrir la verdadera cara de este continente, una cara inhóspita, imperialista, violenta, desgarradora, aberrante, involucionista y degeneradora. Una cara que es, a su vez, la cruz de una misma moneda: la moneda de la insolidaridad, de la dominación, de la devastación, de la degradación de los derechos humanos. Quizá sea la indecente política de fronteras donde mejor se vea. Continuaremos en siguientes entregas.

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