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11 marzo 2019 1 11 /03 /marzo /2019 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (30)

Hay que pensar en estrategias de salida de la pobreza material que no dependan del crecimiento económico y del aumento del consumo general. Algunos deberán aumentar su riqueza, pero otros deberán disminuirla. No se puede combatir a la pobreza sin, a la vez, combatir la riqueza. No, al menos, al nivel de consumo al que hemos llegado el día de hoy, en el cual ya nos hemos comido la Tierra

Gerardo Honty

El Buen Vivir se enfrenta, como venimos contando, en todas las dimensiones a la concepción capitalista de la vida, y eso incluye muchos flecos, todos ellos atravesados por la relación del ser humano con la naturaleza y el resto de seres vivos que nos rodean. El propio entorno donde vivimos, su metabolismo, su morfología, su estructura y su dinámica, son tremendamente importantes. Hoy día, la mitad de la población total del planeta malvive hacinada en grandes urbes, gigantescas ciudades, que imponen un ritmo de vida frenético, y además constituyen los grandes núcleos del metabolismo capitalista, donde se distribuyen y se consumen los productos, bienes y servicios que se generan. El propio urbanismo desenfrenado sería lo primero que habría que combatir, alejándose de los modelos actuales de construcción, que son modelos agresivos que atentan contra el medio ambiente y la propia vida. Por otra parte, las ciudades son los principales sumideros de energía y materiales, y las principales generadoras de insostenibilidad. Las ciudades, su derecho a ellas (catalogado como uno de los Derechos Emergentes) han de replantearse desde prácticamente todos los puntos de vista (vivienda, urbanismo, desechos urbanos, contaminación acústica, lumínica, del aire, aumento de los espacios públicos, ampliación de los espacios verdes, desprivatización del ámbito público, participación ciudadana...). En primer lugar, habría que acotar el continuo crecimiento de las ciudades de forma clara, declarando moratorias para impedir que aquellas ciudades que aún poseen un tamaño medio continúen ampliándose. Cuanto más se amplía un núcleo urbano más se manifiestan todos los inconvenientes antes mencionados, y todo ello se hace a costa de comer terreno rural o de costa. 

 

Así mismo, hay que acometer procesos de transformación urbana en las grandes ciudades, que llegan a absorber el área de influencia de varias provincias de alrededor. También hay que acometer medidas contra el tráfico de vehículos a motor en el centro de las ciudades, debido a la enorme contaminación del aire que causan. Algunos gobiernos locales de ciertas ciudades por todo el mundo ya comienzan a ser conscientes, pero otros aún no están en esa línea. Medidas como protocolos anticontaminación, reducción de la velocidad de circulación, prohibición de circulación por el centro urbano, etc., son bastante beneficiosas en este sentido. En cualquier caso, las tendencias generales han de evolucionar hacia no permitir ninguna modalidad de tráfico contaminante en los núcleos urbanos, y hacia sustituir los motores contaminantes por otros que no lo sean. Por otra parte, los modelos de transporte público, desde la bicicleta hasta el tren, pasando por el autobús o los taxis, han de ser potenciados frente al vehículo privado. Hay que tender hacia modelos de ciudad más policéntricas, en las que no haya un único centro urbano que obligue a grandes desplazamientos. También hay que favorecer todos los procesos que creen cercanía, tanto en la producción y en el consumo, como en los propios modelos de negocio. La meta siempre debe ser, mirando hacia el colapso que estamos explicando, disminuir el uso y consumo de energía, y la generación de una cada vez menor huella ecológica. Por supuesto, las grandes infraestructuras, tanto de transporte como de vivienda, deber ser minimizadas. Complejos como el que se va a construir al norte de Madrid son una auténtica aberración urbanística, y generan perjuicios desde todos los puntos de vista. Hay que dar prioridad a los modelos de fabricación, distribución y consumo de cercanía, generando incluso procesos de agricultura urbana, intentando generar un porcentaje cada vez mayor de la alimentación necesaria mediante agricultura dentro de la propia ciudad. 

 

Todos los bienes públicos fundamentales han de comunalizarse, o si se quiere, desprivatizarse, volviendo a remunicipalizar, es decir, regresar desde el control privado de unos pocos hacia el control público, comunitario y democrático. Un claro ejemplo de ello es el agua, del que ya hablábamos en la entrega anterior. Y sobre todo, hay que insistir en el mensaje de que debemos y podemos organizarnos renunciando a nuestra vida en los núcleos urbanos, volviendo al campo, al entorno rural, mucho más limpio y sostenible. Es fundamental volver a recuperar un tejido rural vivo y amplio, saneado y bien estructurado. Durante las últimas décadas los progresivos procesos de despoblamiento rural han conducido a que muchos pueblos, antaño con verdadera vida propia, hayan sido masivamente abandonados y despoblados, llegando a estar prácticamente vacíos, lo cual revierte en su propia contra, pues se llega a entrar en un círculo vicioso donde si no hay gente no tiene sentido que existan servicios e infraestructuras, y si no existen, si se desmantelan, se convierten en un inconveniente para que venga más gente. Hoy día existen infinidad de pueblos vacíos, donde ya no existen servicios como para mantener una comunidad de vecinos de cierto tamaño. Se fue creando un imaginario cultural de atraso de estos núcleos rurales, que junto a la escasez de oportunidades laborales, fue contribuyendo a su despoblación. Hay un enorme desprestigio de la vida y del mundo rural, por lo cual, la revitalización y dinamización del campo, de los pueblos y del entorno rural es un elemento central para la filosofía del Buen Vivir. Y hablar del entorno rural nos lleva a hablar también del animalismo. No entraremos aún a fondo en este asunto, que dejaremos para el final de esta serie de artículos, pero avanzaremos siquiera a continuación algunos planteamientos básicos. Y lo haremos volviendo a reclamar, en el mayor marco legal posible, es decir, en la propia Constitución, un reconocimiento como sujeto de derechos a la propia naturaleza, y a todos los animales que conviven con nosotros. 

 

En este sentido, el Buen Vivir se asienta sobre un equilibrio entre el ser humano y el entorno natural que nos rodea, una interacción constante y una valoración y protección del mismo. El Buen Vivir se asienta sobre el profundo respeto y consideración a todos los seres vivos. La relación del ser humano con los animales debe avanzar hacia modelos de profundo respeto y conservación de todas las especies animales y vegetales, así como hacia los ecosistemas que las mantienen y las albergan. La vida humana no está por encima de la vida de ningún otro ser vivo. Toda la vida ha de ser valorada por igual. Los animales no son máquinas, ni utensilios, ni instrumentos, ni artefactos, ni herramientas que estén a nuestro servicio. Son seres vivos, y como tales, tienen dignidad, valor y derechos por sí mismos, y nosotros hemos de conseguir que se respeten. Hasta ahora sólo hemos conseguido cierto grado de valoración de la vida humana (muy relativo, cuando aún existen países donde se practica la pena de muerte), pero ninguno hacia la vida animal. Nuestros códigos morales y deontológicos no consideran a una persona al igual que un animal, sino de forma superior, y ello se traduce en brutales prácticas de trato a los animales, y desconsideración hacia su vida, que provocan que los Códigos Penales castiguen de forma ridícula a quien abusa o provoca la muerte o el sufrimiento de algún animal. Parece que sus sufrimientos no están al nivel de los nuestros. La filosofía capitalista es una filosofía antropocéntrica, que utiliza y desprecia al resto de animales y seres vivos de la naturaleza, en provecho del hombre. De ahí que las especies animales se utilicen como fábricas, o como parte del comercio exótico, o como parte de la experimentación científica. Cada animal se utiliza sin piedad, como si fuera una máquina de la cual extraemos huevos, plumas, lana, piel, leche, o cualquier subproducto derivado. Y todo bajo la lógica industrial capitalista, que busca con todo ello no generar la alimentación más sana posible para el ser humano, sino la máxima generación de beneficio. A todo ello debemos añadir que la disponibilidad de territorio que hace falta para que se pueda alimentar a toda la población con una dieta básicamente basada en la proteína animal se multiplica de una forma impresionante con respecto a la que se necesita para una dieta basada en proteína vegetal. 

 

Esto significa que se necesita una cantidad enorme de territorio para alimentar al ganado, y ese ganado a su vez alimenta y proporciona una base de proteína animal a muy poca gente, y desde unos criterios de reparto o de acceso a la riqueza en un mundo cuyos límites físicos se están desbordando y colapsando. Por ejemplo, las cantidades de agua y otros recursos necesarios para mantener a una cantidad reducida de ganado son insostenibles comparados con la cantidad de alimentación humana que generan. El retrato, por tanto, no es muy sugestivo. Desde este punto de vista, entonces, una dieta básicamente vegetariana se vuelve un imperativo ético fundamental. Esto no quiere decir que tengamos que criminalizar a todas las personas que mantienen su alimentación desde una dieta animal, sobre todo si lo hacen potenciando el mantenimiento de granjas con criterios no industriales o ecológicos. Pero en cualquier caso, debemos concienciarnos, y el Buen Vivir nos obliga a ello, de que el modelo de producción industrial basado en la proteína animal de cara a la alimentación humana es ecológicamente insostenible, y éticamente reprobable. Pero nuestra alimentación no es el único problema que tenemos con los animales: la caza de diversas especies, la mercantilización de especies exóticas, la brutalidad ejercida con algunos animales en determinadas manifestaciones enfocadas al entretenimiento humano, el uso de animales para experimentación científica, la extinción de muchas especies debido a los efectos del caos climático, el salvaje destrozo de hábitats naturales por parte del hombre donde conviven determinadas especies de animales, y muchos otros procesos, deben cambiar si queremos adoptar otra filosofía y forma de vida, basada en el reconocimiento y valoración del mundo animal. El animalismo, por tanto, también nos introduce un cambio estructural a la hora de entender nuestra relación con los animales, basado en el respeto a sus derechos, a su protección y a su cuidado. Continuaremos en siguientes entregas.

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