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2 abril 2019 2 02 /04 /abril /2019 23:00
Viñeta: Vasco Gargalo

Viñeta: Vasco Gargalo

En el informe “Alerta 2018!” (Icaria), la Escola de Cultura de Pau contabiliza 33 conflictos armados en el mundo en 2017 (14 concentrados en África) y 88 “escenarios de tensión”. El 40% de los conflictos son de “alta intensidad”, es decir, con más de mil víctimas mortales al año y graves impactos en el territorio; por ejemplo en Libia, región Lago Chad, República Democrática del Congo (región de Kasai), Somalia, Sudán del Sur, Afganistán y Filipinas (isla de Mindanao). Asimismo, ACNUR calcula que hay 68,5 millones de desplazados forzosos en el mundo (44.400 nuevos desplazamientos diarios durante 2017) por los conflictos y la violencia generalizada

Enric Llopis

Y al hilo de la cita de Enric Llopis que hemos destacado, resulta que los Gobiernos occidentales, siempre ávidos a desviar sus responsabilidades, suelen echar gran parte de la culpa de las muertes de refugiados y migrantes a las organizaciones que los trafican, a las mafias. Evidentemente no dudamos de su existencia, está documentado perfectamente que las hay y hasta dónde llega su perversión, pero en este asunto, entendemos que se magnifica su influencia. Con todo lo que llevamos expuesto sobre la propia esencia perversa de las fronteras, podemos concluir que dichas muertes son parte integral del propio régimen fronterizo, y que por tanto, la responsabilidad última de tanta barbarie corresponde a los Estados, que son también en última instancia los responsables de luchar contra ellas. Si las fronteras fuesen libres y seguras, si los trayectos fuesen garantistas y las personas tuviesen formas seguras de viajar de un país a otro, no recurrirían a las mafias, a los traficantes. Precisamente recurren a dichas mafias porque les "prometen" encargarse de su viaje a cambio de dinero (bastante dinero), pero esto es fomentado precisamente por la inseguridad y hostilidad de las fronteras, y por la peligrosidad de los trayectos. Recce Jones, en la entrevista que estamos tomando como referencia, afirma que por ejemplo les cuesta cinco, seis o siete mil dólares viajar de Bangladesh a Europa. Pero un simple billete de avión se consigue por mil. El hecho de que no existan vías seguras para el viaje es lo que arroja a los migrantes en brazos de los traficantes. Su negocio se basa precisamente en la existencia de esos peligros fronterizos, y de esa inestabilidad de los trayectos. Pero la auténtica responsabilidad de estos hechos corresponde a la Unión Europea y sus Estados miembro, que son los que implementan las políticas que obligan a la gente a valerse de intermediarios, y a tomar rutas cada vez más peligrosas. 

 

Y como venimos contando desde varias entregas atrás, lo que prima (como siempre bajo el sistema globalizado capitalista) es el negocio, el beneficio de las empresas, que han visto un filón y un nicho de mercado fantástico en el sector de la "seguridad fronteriza". Todo lo demás les da igual. Ello es fomentado por eslóganes políticos que aluden a las "invasiones" de migrantes, a la "perdida de nuestra identidad cultural europea", y demás chorradas por el estilo. Pero lo cierto es que quien gana es dicho sector. Hoy día se estima que la industria de la seguridad fronteriza alcanzará el astronómico volumen de 107.000 millones de dólares de facturación para el próximo año 2020. Como sabemos, es una industria relativamente joven, que ha emergido hace unos 30 años. La inmensa mayoría vienen del sector armamentístico, que además se han especializado en desarrollar tecnología de seguridad para las fronteras. Como ocurre en el resto de sectores industriales en alza, a medida que dicho sector crece, se crea un círculo vicioso en el cual las empresas obtienen grandes ingresos, que a su vez utilizan para hacer tareas de lobby y conseguir que el negocio aumente, es decir, que los países gasten cada vez más dinero en seguridad fronteriza, lo cual aumenta más sus ingresos. Estamos acostumbrados a ver que cada vez que ocurre un atentado terrorista, el miedo social que se provoca se canaliza hacia la adquisición de más seguridad en las fronteras, pero también ahora en las propias ciudades. De esta forma, ha emergido todo un fantástico mercado dedicado a la seguridad, del mismo modo que en su tiempo emergió el complejo militar-industrial cuando las empresas vieron el filón de fabricar armas para las guerras, más o menos tras la Segunda Guerra Mundial. Al final de la segunda Gran Guerra, existían únicamente cinco muros fronterizos en el mundo. En 1990, tras la caída del Muro de Berlín, había 15, y hoy, treinta años más tarde, hay más de 70. Ello nos da buena idea de la proliferación de esta perversa Política de Fronteras, que hay que erradicar. 

 

La solución, como venimos expresando en esta serie de artículos, es la plena eliminación de dichos muros, la apertura total de las fronteras (lo cual debilitaría y haría desaparecer las mafias de traficantes) para permitir la libre circulación de las personas, y el establecimiento de toda una serie de condiciones laborales y protecciones medioambientales globales, que controlen las mercancías, y sobre todo, los capitales. Ellos, los capitales, representan el poder del dinero, el verdadero poder fáctico del neoliberalismo, y es el último responsable de toda esta locura fronteriza, y sus peligrosas consecuencias. Por supuesto, ello requeriría también, como igualmente hemos explicado, dejar de practicar políticas injerencistas en terceros países, que son las que provocan las guerras por los recursos, las guerras geopolíticas, o las interesadas simplemente en derrocar cierto tipo de Gobiernos que son incómodos para Occidente. Todo ello configura la razón de un mayoritario porcentaje de los flujos migratorios. En lugar de eso, deberíamos comenzar a practicar verdaderas políticas de ayuda al desarrollo, de cooperación y de responsabilidad internacional, teniendo como fin que ningún país sea inviable para la vida digna de sus habitantes. Y por supuesto, el último paso es integrar convenientemente, de manera justa, ordenada y equitativa, a todos los extranjeros que vengan a nuestros países. Ello requiere, por ejemplo, conseguir la plena igualdad de derechos en los territorios, evitando los guetos, las desigualdades de oportunidades y las injusticias. Porque si mantenemos las diferencias de derechos según nacionalidad, los que tengan plenos derechos en un lugar concreto podrán abusar de quienes no los tienen. Hay que poner palos en las ruedas a la globalización, intentando fomentar la idea de un salario mínimo global, que disminuyera los incentivos que tienen las grandes empresas para deslocalizar sus negocios, y obtener mayores beneficios recurriendo a la mano de obra barata de otros lugares con salarios devaluados. 

 

Hay que pensar que si pusiéramos todo esto en marcha como Política de Fronteras (apertura de las fronteras, libre circulación de las personas, limitaciones al capital y a las mercancías, condiciones laborales y ambientales globales, salario mínimo global, practicar políticas de cooperación con terceros países, olvidarnos de las guerras y conflictos armados, integración justa de los extranjeros en nuestras sociedades, igualdad de derechos en todos los lugares, entre otras muchas que irían complementando a las anteriores), otro gallo nos cantara. La situación sería inmensamente más justa y humana, pero perderían (y mucho) las grandes corporaciones, que son, como decíamos más arriba, el poder fáctico de esta interesada globalización. Hemos de enfrentarnos a ellas, ese es el reto que tenemos como sociedades. ¿Existe por ahí algún Gobierno digno que quiera seguir este rastro? Mucho nos tememos que no. Pero estamos convencidos de que es la única solución. Mejor que eso: la verdadera solución. Porque con todo ello se mejorarían considerablemente las condiciones de trabajo en todos los territorios, con lo cual serían bueno para los trabajadores de Europa y de Estados Unidos, pero también para la clase obrera de los países pobres del Sur global. Los únicos actores que saldrían perdiendo, como decimos, son las grandes corporaciones, que perderían la capacidad de aprovecharse de las divergencias en regulaciones y en salarios, y de esa cultura de las fortalezas, de las fronteras seguras, de "controlar las invasiones", y de toda la falsa parafernalia que se ha ido generando alrededor de este asunto. Un mundo sin fronteras sería lo ideal. Está en nuestra mano. No es una utopía, ni una ilusión inalcanzable. Sólo tenemos que pelear por ello. Pelear y enfrentarnos a los grandes gigantes de la industria, que son los enemigos de este escenario. 

 

Porque estas grandes industrias, que se lucran con las desgracias humanas, son las primeras interesadas en que todo el panorama actual continúe como está: a ellas, a estas grandes empresas, les interesa que continúen las guerras y conflictos armados, que continúe la fortificación e inexpugnabilidad de nuestras fronteras, que se levanten muros, que se militaricen sus instalaciones, que los pueblos pobres no puedan avanzar, que las rutas continúen siendo peligrosas, que las mafias trafiquen con las personas, que los mercados laborales sean dispares y desiguales, que no exista la integración de los migrantes, que los capitales sean cada vez más libres de actuar, que sus posibilidades comerciales cada vez estén sujetas a menos restricciones, que puedan explotar los recursos naturales de cualquier sitio del planeta, que los refugiados y migrantes sean encerrados (en Estados Unidos existe el mayor porcentaje de empresas privadas que se dedican al encierro de personas), que la violencia estructural de las fronteras continúe, que las políticas de cooperación al desarrollo sean prácticamente inexistentes, que no existan las políticas de interculturalidad, que se fomente la política del odio, del rechazo, de la intolerancia, del racismo y del miedo, que se fomente el discurso de la persecución al extranjero, al diferente, que existan seres humanos considerados "ilegales", que continúen los éxodos dantescos de población, que la inmigración sea considerado un problema de "seguridad", que se identifique a los migrantes con delincuentes, criminales y asesinos (porque así criminalizan la misma pobreza), que se instalen las políticas racistas globalizadas, que aumente el racismo institucional, que los discursos identitarios crezcan, y que, en fin, se continúe diseñando un mundo hostil para los muchos, y un mundo plácido, cómodo y lleno de riquezas para los pocos. ¿Nos quedamos de brazos cruzados ante sus bárbaros intereses, o luchamos por Políticas de Fronteras humanas, justas y seguras? Continuaremos en siguientes entregas. 

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