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11 abril 2019 4 11 /04 /abril /2019 23:00
Fuente Viñeta: https://canadalatina.info/

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Se necesita una renta básica para la libertad. Es la única forma en que las personas pueden tener una elección genuina sobre si deben realizar un trabajo remunerado o no. Donde las personas tienen más opciones sobre si trabajar y en qué, la calidad de su trabajo es mucho mayor. Necesitamos una renta básica si queremos lograr buenos empleos. También la necesitamos para que algunos puedan elegir vivir un estilo de vida de consumo muy bajo. Una renta básica es lo que dice: básica. El consumo por parte del acomodado también se reduce en aquellos lugares y tiempos en que se introduce la renta básica

Danny Dorling

Hemos de ir ya finalizando este quinto bloque temático de la serie, dedicado a la desigualdad en el mundo del trabajo y de las empresas. El trabajo humano, como hemos venido exponiendo, está siendo objeto de profundas transformaciones, algunas derivadas de la propia evolución tecnológica, pero otras derivadas de la perversa globalización neoliberal. El mundo del trabajo deberá sufrir una gran revolución, no sólo con el instrumento de la renta básica universal (RBU), a la que hemos dedicado profunda atención en las entregas anteriores, sino también por el hecho de que determinados trabajos, ocupaciones y empleos son perjudiciales para el bienestar social, y para la salud de nuestro planeta. La desigualdad en el mundo laboral hay que revertirla no sólo mediante la RBU, sino también dotando de más capacidad a los representantes de las clases populares y trabajadoras, y no permitiendo que ciertos sectores laborales vayan cayendo en las trampas de los nuevos nichos de mercado, y de los nuevos modelos de negocio, basados en las plataformas digitales. No podemos permitir que la revolución tecnológica, que afecta a todas las facetas de nuestra vida, pueda llegar al mundo laboral para precarizarlo, generando nuevas y profundas bolsas de pobreza en personas que poseen algún tipo de actividad. Hemos igualmente de reivindicar no sólo las acepciones capitalistas del "trabajo", sino también las versiones sociales y comunitarias de los mismos: ocupaciones de cuidados, reparto del trabajo existente, fomento del tiempo libre, renta básica, capacidad de negociación, planes de empleo garantizados, etc. Debemos orientar los trabajos humanos desde las perspectivas de género, abolir la visión de los trabajos asalariados como las únicas versiones aceptables de trabajo, apostar por la utilidad y rentabilidad social de los empleos, y descartar trabajos, ocupaciones o proyectos que vayan en contra o perjudiquen el resto de parámetros que hay que conservar (pacifismo, ecologismo...). 

 

Necesitamos grandes dosis de ética en el mundo laboral, criticar los parámetros dominantes del trabajo, e ir introduciendo otras visiones, conceptos y valores en el mundo laboral. Debemos sacar a flote todo el mundo del trabajo de cuidados, mayoritariamente desarrollado por mujeres, no sólo para acabar con la división sexual del trabajo, sino también para reconocer como económicamente indispensables dichas actividades, que no se suelen remunerar, porque quedan escondidas en el ámbito familiar y privado. En este sentido, la ONG Oxfam Intermón ha llevado a cabo un cálculo curioso, y ha llegado a la conclusión de que si una única hipotética empresa se encargase de realizar todo el trabajo de cuidados no remunerado que actualmente llevan a cabo las mujeres de todo el mundo, su facturación anual ascendería a...¡10 billones de dólares!, que supone una facturación 43 veces mayor a la de Apple, la mayor empresa del mundo. Todas estas actividades, por tanto, hay que normalizarlas, visibilizarlas, y sobre todo, concederles la dignidad y la importancia que suponen en nuestro mundo. Las tareas de cuidados son absolutamente imprescindibles para que el resto de tareas y actividades económicas puedan llevarse a cabo, y como tales han de estar reconocidas y remuneradas. Bien, pero hemos de finalizar este bloque tal como lo empezamos, porque el poder empresarial constituye por sí solo quizá el principal inconveniente para revertir la arquitectura de la desigualdad laboral. No podemos seguir tolerando que los directivos, gerentes, accionistas, consejeros, etc., de las grandes corporaciones continúen alcanzando sus millonarias retribuciones, mientras llevan a cabo ERE, ajustes de plantilla, congelaciones salariales, subidas de sueldo mínimas, o masivas deslocalizaciones de sus sedes o sucursales. 

 

Tomo datos a continuación, por constituir un ejemplo paradigmático de lo que decimos, en este artículo de Antonio M. Vélez para eldiario.es, donde titula que "Los consejeros del IBEX se subieron el sueldo medio en 2017 cuatro veces más que a los empleados". Y así, la retribución media de los gestores ascendió, según el sindicato CC.OO., a 786.000 euros, lo que supone un 15,8% más, mientras que el salario medio de los empleados creció tan sólo un 4%, hasta 34.600 euros. Los ejecutivos pasaron a embolsarse 86,6 veces la retribución media de un empleado, frente a las 60,9 veces del año 2016. Estas diferencias no son socialmente aceptables. Esta manifiesta desigualdad laboral no hace sino incrementar profundamente todas las brechas que ya hemos venido comentando. A todo ello hay que unirle las crecientes condiciones de precarización laboral que hemos enumerado en anteriores entregas (exagerada temporalidad, horas extraordinarias no pagadas, empleos a tiempo parcial, falsos autónomos...), lo que dibuja un panorama ciertamente desolador. Por tanto, a la luz de estos escandalosos datos, volvemos a insistir en un asunto ya también tratado a la luz de la implantación de la RBU, como es la existencia de una Renta Máxima, es decir, de asignar unos topes máximos (SMAXI) y mínimos (SMINI), tanto para empleados como para directivos empresariales. Son verdaderamente extravagantes (en realidad debieran ser consideradas delictivas y criminales) las retribuciones percibidas por los dirigentes de las grandes corporaciones. Y además, tienen la indecencia de proclamar públicamente que los salarios mínimos deben moderarse, que los incrementos salariales deben estar en función de la productividad, o que los planes de pensiones públicos son inviables, precisamente ellos/as, que se embolsan sumas millonarias en concepto de indemnizaciones y pensiones vitalicias. Sus ingresos son varios cientos de veces (y en algunos casos más de mil veces) superiores al salario promedio percibido por los trabajadores y trabajadoras de sus respectivas empresas. 

 

Esta extravagante y perniciosa desigualdad en la percepción de rentas sólo se puede entender en clave de privilegios, y de relaciones de poder e influencia. El poder empresarial, de los ricos, de las grandes fortunas y de las grandes corporaciones es precisamente la barrera que hemos de eliminar para dotar de un mayor empoderamiento a la clase obrera en general. Hoy día, además, estos grandes poderes económicos no suelen controlar únicamente una sola esfera de poder, sino que lo extienden a numerosas facetas, tales como los medios de comunicación y los bancos, dos actores muy relacionados y muy poderosos para consagrar la arquitectura de la desigualdad (los primeros creando opinión pública, y los segundos controlando los préstamos que el resto de corporaciones y los Estados necesitan). Pero se trata de unas retribuciones que nada tienen que ver con el supuesto "capital humano" que aportan, o su contribución a la productividad del trabajo. Nada de eso. Sus ingresos, sobre los que ellos mismos deciden (constituyendo una escandalosa endogamia oligárquica), alimentan tanto los mercados financieros como el lujoso consumo, y representan un factor de descapitalización y empobrecimiento de las empresas que dirigen, incidiendo por supuesto en disparar la arquitectura de la desigualdad. Pensemos por ejemplo en la Caja Madrid de la época de Miguel Blesa: todo un conglomerado empresarial constituido para enriquecerse de forma ilícita, desarrollando mecanismos de retribución descontrolados e ilegales, mientras desahuciaban a familias enteras, o engañaban a ahorradores de toda la vida, sobre todo personas mayores, haciendo que participaran de la gestión de productos financieros tóxicos. Todo un conjunto de actividades delictivas y condenables, que extienden el manto de la desigualdad por todos los sectores que atraviesan. 

 

Existe un último factor laboral que hoy día consagra la desigualdad: la edad de los trabajadores y trabajadoras. Durante los últimos años, estamos asistiendo también a una clara discriminación laboral según la edad, de tal forma que se prima la capacidad, la experiencia y la trayectoria profesional de los candidatos jóvenes sobre la de los mayores, digamos, de 45 años en adelante. Y así, asistimos hoy día a un escenario ciertamente preocupante: personas de 45, 50, 55 y más años, tremendamente útiles, válidas y capaces para sus respectivas áreas de actividad, con gran experiencia acumulada, que son completamente desechados/as por las empresas, en favor de candidatos y candidatas más jóvenes. Este hecho afecta tanto a hombres como a mujeres, y además se une la fuerte pérdida de protección social que estas personas padecen, ya que cuando el tiempo de desempleo crece, y dura ya varios años, estas personas han consumido ya todos los itinerarios de prestaciones, tanto contributivas como no contributivas, quedando absolutamente desprotegidos, sin ningún tipo de ingresos, teniendo muchos de ellos y ellas, ciertamente, cargas familiares a sus espaldas. Todos los tipos de empresas practican esta pauta de conducta muy clara, que podríamos resumir y enunciar como la expulsión de los mayores del mercado de trabajo, y una deriva en la concentración del empleo por grupos de edad. Solo daremos una cifra como referencia: en las empresas del IBEX-35, los mayores de 50 años representan únicamente el 15% del empleo total. Hemos de revertir también esta peligrosa tendencia, y volver a recuperar la actividad de todas estas personas, por supuesto comenzando por no dejarlas sin protección social. En este sentido, volvemos a recuperar aquí la importancia de la Renta Básica Universal (RBU), con la dimensión, significación y alcance que aquí hemos expuesto, como baza fundamental para no continuar causando sufrimiento a todo este segmento de población. Bien, creemos haber tratado en este bloque de la serie todos los aspectos que configuran y contribuyen a la desigualdad laboral, aunque seguro que algún aspecto se nos habrá quedado pendiente. Lo trataremos en artículos independientes. Finalizamos aquí este bloque temático, y en la próxima entrega comenzaremos el siguiente, dedicado a la pobreza infantil.

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