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23 abril 2019 2 23 /04 /abril /2019 23:00
Viñeta: Vasco Gargalo

Viñeta: Vasco Gargalo

Resulta paradójico que en el marco de la globalización, que suponía ampliaría las relaciones entre los países, abrir las fronteras, permitir el libre flujo de seres humanos, lo único que tiene esa libertad en este tercer lustro del siglo XXI sean los capitales financieros. Ellos se mueven sin restricciones. Viajan de país en país sin pedir permiso, sin mostrar pasaportes y sin que se considere qué color de piel, qué raza, qué ideología o qué religión posee

Pablo Jofré Leal

Los problemas y deficiencias de los CIE que ya hemos expuesto en artículos anteriores no fueron subsanados en el Reglamento que se publicó en el año 2014, sino que además, dicha norma incidió o dejó sin resolver aspectos muy preocupantes de los mismos. En este artículo del sociólogo Christian Orgaz para el medio Diagonal se recogen los siguientes cuatro aspectos fundamentales, que no sólo consolidaron la perversa naturaleza de estas instituciones, sino que además abrieron peligrosamente nuevas posibilidades:

 

1.- El Reglamento confirmó el modelo policial de los CIE, desoyendo las recomendaciones de diversas organizaciones de derechos humanos. Legaliza la entrada de armas en estos centros, y en definitiva, no altera su naturaleza: insuficiente desarrollo legal de una medida tan grave como la privación de libertad, gestión policial que concentra todo el poder en la figura de su Director (éste puede decidir sobre aspectos no reglamentados, como el derecho a la comunicación telefónica de los internos), instalaciones estructuralmente deficientes, dotaciones económicas pobres, mecanismos de quejas que no garantizan el secreto de las comunicaciones, etc.

 

2.- El Reglamento abre la vía a la privatización de estos establecimientos o de sus servicios, al establecer que las labores asistenciales (sanitarias, culturales, sociales...) podrán externalizarse mediante contratos y convenios con empresas y ONG. De esta forma, se supeditan las necesidades de las personas internas al obligado ajuste presupuestario, y al silencio cómplice y culpable de las empresas adjudicatarias. 

 

3.- El Reglamento no sólo regula insuficientemente el régimen interior de los CIE, sino que además no regula los criterios específicos de ingreso de los extranjeros en ellos. Según la ley, el internamiento debería ser una medida excepcional y el último recurso tras valorar exhaustivamente la situación de la persona. Por otra parte, el Reglamento tampoco regula los protocolos sanitarios a aplicar en los traslados de internos desde los Centros de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI de Ceuta y Melilla) a los CIE.

 

4.- El Reglamento establece la posibilidad de internar a personas consideradas vulnerables, tales como menores, discapacitados, ancianos, mujeres embarazadas, madres con hijos, etc., cuando muchas de estas personas no son "expulsables", y por tanto, no cabría su encierro en los CIE. Por otro lado, no establece la forma de identificar a potenciales solicitantes de asilo o víctimas de trata, ni la forma en que estas figuras de protección según el derecho internacional han de proporcionarse, quedando bajo custodia del mismo cuerpo policial que las detiene y encierra. Finalmente, no reconoce otras identidades no normativas ni las necesidades específicas que podrían representar, continuando en limbos legales.

 

En vista de todo lo cual, el Reglamento de los CIE pretende en última instancia legitimar el encierro y la expulsión administrativa de personas, así como frenar la deslegitimación que venía sufriendo la Policía Nacional, y por consiguiente, el propio Ministerio del Interior. Pero más allá de todo ello, no se debería regular lo que, simplemente, no debería existir. Todos los CIE deberían ser cerrados, porque intentan servir a una causa absolutamente cruel e injustificada, como es el encierro temporal de personas que deberían estar disfrutando de su libertad, porque no son delincuentes. La publicación de su Reglamento sólo intentó legalizar vulneraciones de derechos, absolutamente inasumibles bajo una sociedad democrática. Vulneraciones sistemáticas que vienen ejecutándose desde la propia creación de estos centros, que nunca debió haber ocurrido. Aspectos de la vida cotidiana de los internos e internas, como los horarios o las prácticas religiosas, quedan en manos de la dirección de cada centro, y supeditados a "criterios de seguridad". Los CIE son la máxima expresión de la política del encierro y del miedo, de la inseguridad y de la incertidumbre, y representan físicamente lugares inexplicables en nuestra sociedad. Son expresión palpable de una Política de Fronteras injusta, que criminaliza a los migrantes, que militariza las fronteras, y que consolida un Estado policial y represor que vulnera los derechos humanos con total impunidad. Pero lógicamente, son instituciones reflejo de la propia sociedad donde se crean, una sociedad racista, xenófoba y temerosa, a la que le han inculcado el rechazo a los extranjeros como una pulsión instintiva de autodefensa. Una sociedad que se moviliza ante mensajes burdos y primarios, ante proclamas que intentan llegar a las vísceras más que a la razón, al corazón más que al argumento, al instinto más que al intelecto, al rumor más que a la información. 

 

Porque como afirma Arturo Borra en este artículo para el digital Rebelion: "La demagogia política que capta millones de votos y el negocio del miedo que mueve millones de euros son dos factores centrales que sólo pueden crecer en condiciones en las que la mayoría de la población autóctona vive al otro como sujeto antagónico, no integrable, que usurpa un espacio que no le pertecenería por derecho (servicios sociales, sanidad, educación, empleo, vivienda)". Los CIE, al penalizar con el encierro a estos inmigrantes "irregulares" no hacen más que alimentar la tendencia a asimilar socialmente la inmigración con la delincuencia. Pero los CIE no existen sólo en España, sino en otros países europeos, desde el año 1985, precisamente donde determinadas fuerzas políticas de tinte ultraderechista no han hecho más que aumentar su electorado, y su presencia institucional. El discurso que llama a los primitivos instintos cala en poblaciones cada vez más alienadas, donde es fácil identificar a un supuesto "enemigo", y recetar una simple "solución" para el "problema", tal como cerrar cada vez más las fronteras, levantar muros, y vulnerar los derechos de los que se encuentran ya en nuestro territorio. Entre las diversas denuncias que muchas ONG han presentando durante estos años (APDHA, CEAR, SOS Racismo, Médicos del Mundo...) se encuentran palizas y torturas a internos, castigos colectivos arbitrarios, registros nocturnos, insultos racistas, traslados y deportaciones repentinas e injustificadas, atención sanitaria deficiente, falta de identificación de los funcionarios policiales, falta de recursos e infraestructuras suficiente, y un largo etcétera. Aún continúan, tanto los CIE como las denuncias. ¿Hasta cuándo? Continuaremos en siguientes entregas.

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