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22 septiembre 2019 7 22 /09 /septiembre /2019 23:00
Viñeta: Luc Descheemaeker

Viñeta: Luc Descheemaeker

De modo que en un extremo tenemos sociedades tribales indígenas que intentan detener la carrera hacia el desastre. En el otro extremo, las sociedades más ricas y poderosas de la historia mundial (…) se apresuran a destruir el medioambiente lo más rápido posible

Noam Chomsky

Una ética sobre el medio ambiente, como ya veíamos en anteriores entregas, nos obliga a acabar con la visión antropocéntrica del derecho ambiental. Más justa y sostenible, la visión biocéntrica o ecocéntrica considera que el ser humano no constituye el único ser importante, inteligente o necesario, sino que todo ser vivo lo es, incluso la propia Naturaleza. Hemos de entender que ella y el resto de seres vivos que alberga son entidades que también merecen respeto y protección por parte no sólo de las conductas humanas, sino también por todo el cuerpo jurídico de un país, así como por la jurisprudencia internacional. Cuando hablamos por tanto del reconocimiento de un "derecho humano a un medio ambiente sano" no nos debemos referir únicamente a otorgar al ser humano las condiciones para su vida, sino que también se busca el reconocimiento, la protección y la conservación de dicho medio ambiente en sí mismo. La Madre Tierra debe ser concebida como un conjunto donde cohabitan diversos ecosistemas, seres vivos, especies de animales y plantas, seres humanos y no humanos, recursos naturales, y todos necesitamos de dicho medio ambiente para poder vivir y desarrollarnos en plenitud. Esto es exactamente lo que las Constituciones deben recoger, al más alto nivel, para que los desarrollos normativos posteriores puedan complementar. Pero un problema fundamental es la visión mundial que hemos de tener sobre el medio ambiente, porque la importancia de estos derechos de la Naturaleza rebasa las fronteras de un país o de un continente determinado. Cuando en la reciente Cumbre del G7 se preguntó a Jair Bolsonaro sobre los incendios de la Amazonía, éste contestó de forma ignorante y arrogante: "La Amazonía pertenece a Brasil". Craso error. La Amazonía, como el resto de bosques y selvas naturales, los ríos, montes, lagos, mares, humedales, reservas de especies, etc., no son patrimonio de ningún país en concreto, aunque estén situados en él, sino que son Patrimonio de la Humanidad. Si nosotros, aquí en Andalucía, castigáramos el Parque Natural de Doñana, no estaríamos haciendo daño únicamente a Andalucía, tampoco sólo a España, ni siquiera a toda Europa, sino que estaríamos haciendo daño a toda la humanidad, a todos los países y a todos los continentes, al mundo entero. Nuestras acciones perversas tendrían consecuencias no sólo a escala local, sino a escala mundial. 

 

De ahí que el respeto a la Naturaleza y su concepción como sujeto de derechos no deba preocuparnos a tal o cual país, sino a todo el mundo. Cuanto antes consigamos una legislación ambiental internacional que lo reconozca a nivel global, tanto mejor, a la hora de hacer respetar sus derechos y evitar sus ataques en todo el mundo. La protección de la Naturaleza va más allá de idiomas, de fronteras, de culturas, de leyes particulares, de tradiciones, de costumbres...debe ser un mandato universal. Traspasa jurisdicciones, horizontes, continentes y geografías. Traspasa empresas, ecosistemas, montañas y océanos. Traspasa latitudes y longitudes. Es algo que a todos debe preocuparnos, porque nos va la vida en ello a todos. Los Derechos de la Naturaleza, entonces, deben ser derechos universales. La Naturaleza es una sola, en su visión integral, en su manifestación de conjunto. Como tal debemos verla, contemplarla, disfrutarla y protegerla. El Buen Vivir nos conmina a ello. En todo el mundo se van conociendo ya proyectos pioneros, sentencias, juicios y propuestas en este sentido. Las luchas sociales inspiradas por el reconocimiento de los derechos a la Naturaleza se van multiplicando. Y de hecho, existen ya varias propuestas emparentadas con este sentir: por ejemplo, la Carta de la Tierra, a modo de Carta Magna o Constitución del planeta, promovida por el entorno de las Naciones Unidas desde el año 2000, o la Declaración Universal de los Derechos de la Tierra, impulsada por EnAct International. Lo que hemos de conseguir es retomarlos, completarlos, universalizarlos, y sobre todo, hacer que se respeten. Y ello no será posible hasta que el conjunto mundial de la ciudadanía posea conciencia de la necesidad de reconocer derechos a la Madre Tierra, de ahí que las Constituciones nacionales y los respectivos Parlamentos, diseñando leyes, puedan ayudar bastante en esta tarea. Es interesante también la creación de un tribunal internacional que sancione los delitos ambientales en todas partes del mundo, y como decimos, haga respetar en todo el plantea los derechos de la naturaleza, protegiéndola de los ataques de los agentes económicos, que son los que más la ignoran y la destrozan. 

 

Alberto Acosta, en el artículo de referencia, explica: "Debemos entender que las relaciones emancipatorias con la Naturaleza, entre la sociedad, géneros y generaciones, se construyen desde las prácticas sociales. Son patrimonio de las sociedades, y en su relación con el Estado, deben ser fortalecidas, protegidas y reconocidas para que no sean reprimidas. Las relaciones de armonía con la Naturaleza son ejercidas por muchos pueblos y personas. Son un proceso en construcción, que marca las pautas para asegurar otras formas de reproducción social, respetuosas de la Naturaleza y de las culturas, destinadas a formular demandas y crear otros imperativos". Y más adelante concluye: "En síntesis, la tarea pendiente es ardua. Hay que vencer tanto visiones miopes como resistencias conservadoras y prepotentes que esconden y protegen varios privilegios, a la vez que se construyen diversas y plurales estrategias de acción. La vigencia de los Derechos de la Naturaleza y de los inseparables Derechos Humanos exige la existencia de marcos jurídicos locales, nacionales e internacionales adecuados, considerando que estos temas atañen a la Humanidad en su conjunto; también atañen a otras teorías del derecho, que desafíen la propiedad privada, la gobernanza de una sola especie, o un sistema organizado para explotar la Naturaleza, y a todo lo que nos ha llevado a crisis ecológicas sin precedentes, en el marco de lo que se conoce como antropoceno, que en realidad debería considerarse como capitaloceno, sustentado en el faloceno y racismoceno" (Alberto Acosta). El reconocimiento de los Derechos de la Naturaleza nos indica por dónde debemos empezar a construir una nueva organización social, si realmente se busca una opción de vida en respeto y convivencia dentro de ella, garantizando una existencia digna a todo tipo de vida. Todas las vidas (humanas y no humanas) poseen valor y dignidad, y todas ellas deben ser respetadas y protegidas, en aras a una armonía superior del ser humano con su entorno vital. Al ser parte del mismo todo, debemos ser Uno con la Naturaleza, como símbolo superior de esta ansiada armonía.

 

Debemos aceptar que toda vida tiene el mismo valor ontológico en medio de la diversidad. Es una lucha por el respeto y por la valoración de toda vida. En este sentido, es una lucha de liberación. Pero esta lucha de liberación, en tanto esfuerzo político, empieza por reconocer que el capitalismo destruye sus propias condiciones biofísicas de existencia, en su desesperada e irracional búsqueda por acumular bienes materiales, capital y poder. Pero aclaremos en este punto un aspecto fundamental: algún lector o lectora de esta serie (y en general de todos los artículos de este Blog), imbuido en el espíritu del capitalismo, podrá argumentar que la esencia capitalista no dista mucho de la esencia natural. Nos explicaremos: podrían argumentar que puesto que la filosofía capitalista se basa en que el más fuerte vence, el que posee más dinero gana, el que posee más poder posee más fuerza política para salvaguardar sus intereses, etc., todo eso no dista mucho de las leyes naturales, donde también sabemos que el más inteligente vence, el más fuerte gana, el que llega antes se lleva la comida, el que vence en combate se lleva a la hembra codiciada, el que es más fuerte consigue el territorio...Podrían argumentarnos esto para concluir que el capitalismo es, en ese sentido, fiel a las leyes naturales, y que por tanto, no será tan malo. Bien, podemos contraargumentar basándonos en dos aspectos: el primero es que la Naturaleza no consagra toda una arquitectura social y política para la desigualdad, esto es, proyecta, edifica y perpetúa una serie de mecanismos para promover y profundizar dicha desigualdad. El capitalismo lo hace, la Naturaleza no. En la Naturaleza, todos los seres nacen libres e iguales, aunque por supuesto, con distintas capacidades. Pero en el capitalismo, los seres humanos no nacen libres e iguales. Como estamos demostrando en nuestra serie de artículos dedicada a la desigualdad, el capitalismo ha ido desarrollando con el paso del tiempo toda una arquitectura para diferenciar, para distinguir, esto es, para hacer la vida fácil a los ricos, y para hacérsela difícil a los pobres: nacer en una familia rica o pobre, los paraísos fiscales, el poder en las relaciones laborales, los mecanismos de corrupción, la fiscalidad, la redistribución de la riqueza en el planeta, las normas del comercio internacional...Todos ellos, y muchos más, son factores que determinan la desigualdad, es decir, no es que la desigualdad sea algo "natural", sino que es el capitalismo quien la provoca expresamente. 

 

Pero decíamos que teníamos además un segundo argumento, incluso más potente que el primero: en efecto, nos pueden decir que en la Naturaleza sobrevive el más fuerte, que el más débil muere, que la propia Naturaleza es absolutamente despiadada en ese sentido. No negamos que esto sea cierto. Pero a lo que aspiramos es a que las comunidades humanas, surgidas de la convivencia y de la armonía, no lo sean. Deberíamos mirarnos en la vida de una jirafa o de un elefante, por ejemplo, en lo relativo a su sencillez, a su frugalidad, a su austeridad, a su unión con la naturaleza, pero no deberíamos tener como espejo a dos pájaros, por ejemplo, cuando se enfrentan por un determinado territorio. Pensamos que nuestras comunidades humanas, precisamente por ser humanas y estar dotadas de una inteligencia superior y de una capacidad de reflexión, debieran precisamente evitar estos enfrentamientos, y garantizar que independientemente de todo lo demás, cada persona, por ejemplo, tenga derecho a una vivienda digna, sin necesidad de tener que pelear por ella (con el riesgo de quedarse sin ella, e incluso no alcanzarla nunca). Una comunidad de derechos sirve precisamente para esto. No podemos interferir a estos niveles en una comunidad de tórtolas, pero sí podemos y debemos hacerlo en una comunidad humana. Precisamente el Buen Vivir, en sus conexiones con el ecosocialismo, el ecofeminismo, la Economía del Bien Común, el decrecimiento, la teoría del Desarrollo a Escala Humana y otras muchas, debe proporcionarnos este sistema comunitario de alto nivel, donde las personas no tengamos que pelearnos las unas con las otras por un territorio, por una pareja, por comida, por agua. etc. Un sistema comunitario de alto nivel donde las necesidades básicas estén cubiertas para todos, y no haya necesidad de disputar por ellas, incluso demostrando que las necesitamos ferviente y desesperadamente. Un sistema de alto nivel, para humanos, donde la existencia y la vida estén absolutamente garantizadas y protegidas. Un sistema de organización social donde no haya que disputar por los derechos básicos y fundamentales, sino que sea el propio sistema quien los prevé, los planifica y los garantiza. Continuaremos en siguientes entregas.

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