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16 diciembre 2019 1 16 /12 /diciembre /2019 00:00
Viñeta: Predrag Srbljanin

Viñeta: Predrag Srbljanin

El Buen Vivir implica la reconstitución de la identidad cultural de herencia ancestral milenaria, la recuperación de conocimientos y saberes antiguos; una política de soberanía y dignidad nacional; la apertura a nuevas formas de relación de vida (ya no individualistas sino comunitarias), la recuperación del derecho de relación con la Madre Tierra y la sustitución de la acumulación ilimitada individual de capital por la recuperación integral del equilibrio y la armonía con la Naturaleza

Fernando Huanacuni (2010)

Cualquier cosa que sea contraria a la Naturaleza lo es también a la razón, y cualquier cosa que sea contraria a la razón es absurda

Baruch Spinoza

Continuando con los ocho principios básicos que fundamentan el Ecosocialismo, nos restan únicamente por exponer los dos últimos (continuamos tomando como referencia el magnífico texto de Luis Tamayo "Aprender a decrecer - Educando para la sustentabilidad al fin de la era de la exuberancia") (véanse las entregas anteriores para consultar los demás principios fundamentales):

 

VII.- Una Economía Solidaria y Biomimética. Si queremos realmente construir una sociedad convivial es evidente que el modelo económico vigente en el mundo no es, de ninguna manera, el correcto. Si pretendemos construir una economía verdaderamente solidaria y biomimética es menester que dicho modelo económico funcione con: 1. Ciclos cerrados de materia (es decir, sin generar "externalidades"). 2. Sin acumulación de capital (es decir, en una sociedad convivial se comparten equitativamente las ganancias y se presta sin interés alguno, véanse las entregas anteriores cuando hemos dedicado atención a las diversas modalidades de la donación, la colaboración, el intercambio y el trueque). En primer lugar, tal y como nos indica Jorge Riechmann, la clave de la sustentabilidad descansa en "Ciclos de materiales cerrados, sin contaminación y sin toxicidad, movidos por energía solar, y adaptados a la diversidad local: ésta es la esencia de una economía sustentable. Cuando se trata de producción industrial, suele hablarse en este contexto de producción limpia". Y ese modelo económico es biomimético (citamos de nuevo a Riechmann): "Los ecosistemas naturales funcionan a base de ciclos cerrados de materia, movidos por la energía del sol: ésta es su característica fundamental, si los contemplamos con "mirada económica". Se trata de una "economía" cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (que incluye, por ejemplo, el viento y las olas). En esta economía cíclica natural cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran. Por el contrario, la economía industrial capitalista desarrollada en los últimos dos siglos, considerada en relación con los flujos de materia y de energía, es de naturaleza lineal: los recursos quedan desconectados de los residuos, los ciclos no se cierran". 

 

Y en eso radica la clave de la crisis ambiental que sufrimos y que se agravará en el futuro próximo: los procesos industriales, por ser lineales, implican una enorme cantidad de "externalidades", es decir, de variables y procesos que constituyen "desechos" y donde esperan que sea otro quien se encargue de ellos. Toda la basura, los residuos en el aire, el suelo y el agua de los más diversos procesos industriales constituyen "externalidades" propias de ciclos lineales, es decir, no cerrados, como sí son los de la naturaleza. En segundo lugar es necesario afirmar que en una sociedad convivial no puede existir el cobro de intereses por los préstamos (y mucho menos el interés compuesto). La idea de cobrar intereses por los préstamos otorgados si bien es un principio clave de un capitalismo que nació como respuesta a la aristocracia feudal católica y reposa en ideas con cierta justificación, en nuestros días ha derivado en actos que simplemente pueden ser calificados como criminales. Señalo que tales ideas tienen cierta justificación pues los defensores del principio del cobro de intereses por los préstamos otorgados indican que ello es tan antiguo como la humanidad, que deriva del hecho de que, cuando en la economía pastoril un pastor prestaba un rebaño para que otro lo cuidase y se beneficiase con sus productos (la leche, la lana, etc.), esperaba, al final del préstamo, que el rebaño le fuese devuelto con "intereses", es decir, con las crías menos los decesos. Si bien esta idea no carece de fundamento histórico parece no tomar en cuenta que ello no era así en todos los casos, es decir, olvida aquellos en los cuales el pastor prestamista reconocía que a él mismo le convenía "prestar" un rebaño cuyo tamaño ya no podía cuidar adecuadamente, o cuando lo prestaba a sus hijos o a otros miembros de su familia, casos en los cuales los intereses, si los hubiese, serían divididos equitativamente entre los participantes. 

 

La idea de cobrar intereses por los préstamos acordados es absolutamente contraria al principio de solidaridad humana y genera que, en nuestros días, existan dos tipos de préstamos: los que nos otorgan los bancos (los de intereses no solo crecientes sino incluso variables) y aquellos que nos otorgan las personas que nos estiman y nos quieren, los cuales nos prestan "sin interés". Esos extraños préstamos (para el sistema financiero) que nos brindan familiares o amigos derivan del hecho de que, v. gr., cualquier padre sabe que si presta dinero a sus hijos con una tasa de interés creciente y éstos, por alguna razón, no pueden pagarle, él no tendrá otra opción (por el cariño que les tiene y para liberarlos de la preocupación) que anular la deuda establecida. Una economía verdaderamente humana, solidaria y preocupada por el bienestar del otro tendría que prestar el fruto de los excedentes del trabajo de todos (no son otra cosa las "ganancias" de los capitalistas) a quienes lo requiriesen para desarrollar sus proyectos (que por provenir de una sociedad solidaria no podrían ser sino para el mejoramiento social y ambiental de todos), y sin interés alguno. Y así, una economía solidaria sabría perfectamente que los capitales son de todos (por ser producto del trabajo de todos), y no solo de los capitalistas, y por ende que todos tendríamos derecho a disfrutar de ellos. En una sociedad convivial el otro sería reconocido como nuestro hermano y sus proyectos serían también los nuestros. En consecuencia, en sentido estricto, en una sociedad convivial no existirían los "préstamos", todo lo que ahora nombramos así serían simplemente "inversiones", es decir, proyectos de todos y para todos. En las sociedades conviviales, así mismo, los ciudadanos son autónomos: cosechan agua pluvial, producen sus propios alimentos y generan su propia energía con recursos renovables. Los excedentes que producen les permiten intercambiar con sus vecinos. Los ciudadanos de las sociedades conviviales no son "asalariados", sino (como bien indica Gabriel Zaid) empresarios, o mejor dicho, microempresarios, pues cuentan con su propia hacienda. Y es su autonomía lo que permite que las sociedades conviviales sean verdaderamente democráticas. 

 

Los proyectos de las sociedades conviviales no sufren de "gigantismo". Son los proyectos pequeños, dirigidos directamente a satisfacer las necesidades de los ciudadanos, los que reciben el apoyo del dinero excedente de todos, tal y como hacen por ejemplo las comunidades zapatistas de Chiapas. En las sociedades conviviales se combate la desigualdad manteniendo la hermosa diferencia. La diferencia digna, es decir, aquella que nos hace sentirnos orgullosos de lo que somos porque lo hemos construido. En las sociedades conviviales la diferencia es riqueza, y se valora la diversidad. Igualarnos y uniformizarnos nos empobrece. La belleza está en la diversidad, tal como ocurre en la propia naturaleza. Aunque ciertamente ante la Ley debemos ser todos iguales, y nadie debe tener privilegios sobre los demás. El Estado bajo las sociedades conviviales existe precisamente para garantizar todo esto. El Estado en las sociedades conviviales administra además los espacios comunes y regula los intercambios. Es clave, por último, para el establecimiento de una economía ya no solo convivial sino mínimamente eficiente, la regulación, por parte de los Estados nacionales, de la rapiña financiera (tal y como la efectuó Roosevelt en 1933 para detener los efectos de la crisis de 1929 al promulgar la Ley Glass-Steagall, la cual separó claramente la banca de ahorro de la banca de inversión, y fomentó la creación de los bancos locales, estatales y nacionales). Gracias a la regulación financiera llevada a cabo por Roosevelt los operadores financieros de los Estados Unidos dejaron, durante más de 40 años, de jugar a las cartas con el dinero ajeno. Desgraciadamente esa regulación se perdió en nuestros días. Como hemos indicado en multitud de ocasiones en este Blog, la crisis de 2007 fue una consecuencia directa, precisamente, de la desregulación financiera ya iniciada por el gobierno de Ronald Reagan y que produjo, a la vez que la acumulación de capital en manos de unos cuantos magnates financieros, el hundimiento en la pobreza y la desesperación de decenas de millones de familias en todo el mundo. Para evitar nuevas crisis es evidente que la economía de las sociedades conviviales a las que debemos aspirar no puede ser sino solidaria y biomimética. Continuaremos en siguientes entregas. 

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