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30 diciembre 2019 1 30 /12 /diciembre /2019 00:00
Viñeta: Marco De Angelis

Viñeta: Marco De Angelis

La acumulación material mecanicista e interminable de bienes, apoltronada en “el utilitarismo antropocéntrico sobre la Naturaleza”, al decir de Eduardo Gudynas, no tiene futuro. Los límites de estilos de vida sustentados en esta visión ideológica del progreso clásico son cada vez más notables y preocupantes. Los recursos naturales no pueden ser vistos como una condición para el crecimiento económico, como tampoco pueden ser un simple objeto de las políticas de desarrollo. Los aportes de la economía ecológica lo demuestran y, es más, comienzan a echar raíces en el mundo. Por cierto, lo humano se realiza (o debe realizarse) en comunidad, con y en función de otros seres humanos, sin pretender dominar a la Naturaleza: la humanidad no está fuera de la Naturaleza, forma parte de ella

Alberto Acosta

Este nuevo sendero implica reestructurar, reciclar y optimizar lo existente, repartir y compartir las riquezas económicas, ecológicas y sociales, reducir lo superfluo, inútil e insostenible, así como desmercantilizar nuestras mentes, cuerpos y sociedades. Implica también poner la cuestión de los límites (por abajo y por arriba) en el centro de atención: tanto a nivel político y socioeconómico (a través de una legislación que lo tenga en cuenta y aplique) como a nivel cultural (recuperando el principio elemental de autolimitación). Dicho de otra manera, se trata de iniciar una Gran Transición socioecológica

Florent Marcellessi

En nuestra última entrega exponíamos la necesidad de otro modelo educativo que rompa moldes con los tradicionales, si es que pretendemos educar para la sustentabilidad. Y es que el modelo educativo tradicional funciona bien cuando se trata de transmitir un saber meramente técnico que, como bien sabemos, no carece de importancia en nuestra sociedad. Sin embargo, cuando se trata de transmitir conocimientos científicos o saberes no claramente establecidos que requieren de una mirada a largo plazo, que necesitan inventiva, creatividad y pensamiento libre, el modelo educativo tradicional se revela absolutamente insuficiente. Existe, además, un problema adicional. Si algo quedó claro a la humanidad después de la experiencia de las guerras mundiales de Occidente fue que no hay ninguna garantía de que la generación precedente (la de la definición canónica de la educación mencionada anteriormente) no esté enloquecida y conduzca a toda la humanidad a la pura y simple destrucción, lo cual se repite ahora en la crisis socioambiental. La Primera y la Segunda Guerras Mundiales, así como la crisis derivada del fin de la era de la exuberancia, muestran que no se puede confiar ciegamente en la "generación precedente" y por eso se han producido múltiples escuelas "alternativas": Montessori, Waldorf, Summerhill, Freinet, por mencionar solo algunas. En nuestros días el mundo requiere, otra vez, de un modelo educativo alternativo que produzca otro tipo de ser humano, uno que, conociendo su impulso a la destrucción de su entorno, aprenda a limitarlo y a respetar a la Madre Tierra a la vez que se respeta a sí mismo permitiéndose "llegar a ser el que es". El aprendizaje verdaderamente significativo no es el de los datos, las fechas o las cifras, es aquél que debe buscarse en sí mismo, y que habitualmente conduce a una experiencia del vacío, de la falta, de la nada, a un saber que ya se intuía desde el principio pero que solo al final del recorrido se puede afirmar con certeza. Permite pasar a otra vivencia, una donde el mundo y el futuro no están "más allá", una donde todo se conjuga y copertenece, donde el hombre es en-el-mundo y con otros, pues el mundo y los otros le son constitutivos. Sólo el reconocimiento de la unidad con el otro y el mundo permite asumir una posición de respeto y cuidado por la Madre Tierra, y en consecuencia, el valor de los recursos finitos. 

 

La educación, la buena educación, por tanto, es un asunto fundamental llegado este momento. Siempre lo es, pero en una crisis civilizatoria como la que nos ocupa, aún más. Educar es seducir, invitar a una problemática. El maestro, por tanto, es aquella persona que seduce a su alumno hacia un determinado enigma, cambiando por ello su naturaleza, convirtiéndolo en su discípulo. Educar es instalar en la mente la semilla de la reflexión, del cuestionamiento, de la pregunta, de la crítica. El docente, por ende, es alguien que, por una parte, asume que sabe algo gracias a su dedicación y a su experiencia, y por la otra, asume que no lo sabe todo, que posee enigmas, preguntas esenciales, las cuales transmite a sus discípulos, instando a que ellos y ellas también planteen cuestiones esenciales. En la Grecia clásica el discípulo era, por tanto, el que compartía ser, esencia, con su maestro, el discípulo "compartía enigma" con su maestro. Discípulo es aquel que no solo "asiste" a una situación de transmisión, sino que asume como propio el enigma transmitido por el docente, sumándose, de esa manera, a la tradición que tal representa. Un discípulo no es, por tanto, un "seguidor fiel", sino más bien un "hereje", es decir, uno que interroga las fuentes de su maestro y puede, por ello, realizar aportaciones valiosas. Tal debe ser el sentido, pues, de una educación que pretenda generar personas respetuosas con la madre tierra, y estimular su capacidad creativa, una educación donde el profesor, por haberse previamente liberado a sí mismo, puede optar por un "procurar por" liberador. Sólo un docente que se encuentra "en camino hacia..." puede ayudar a otros a encontrar la propia vía; sólo un docente que vive cuidando los recursos de la tierra podrá encaminar a otros a su cuidado; sólo un docente que ha sido "silenciosamente transformado" puede ser catalizador de la transformación de otros; sólo un investigador puede estimular a otros a investigar; sólo alguien "mordido", es decir, "agarrado", "seducido" por una problemática puede invitar a otros a su campo de conocimiento, pues educar es seducir. Educar es, en última instancia, una actividad erótica en el mejor sentido de la palabra. 

 

El ser humano del fin de la era de la exuberancia constituye lo peor que le ha acaecido al planeta Tierra en su historia reciente: el consumista y "entretenido" hombre moderno ha dañado a la tierra de todas las maneras posibles, comportándose como un virus para la misma, y acercando la Sexta Extinción de las especies de la tierra. Generar un nuevo ser humano capaz de convivir de manera sostenible con la madre tierra implica, para los educadores, recuperar algo que ya se encontraba presente en las enseñanzas de Heráclito y Platón: el anhelo de despertar a los hombres. El modelo de transmisión heideggeriano posibilita pensar una humanidad que, por saberse una con el otro y el mundo, puede dejar atrás el modelo ecodepredador, una humanidad que conduzca a una vida sostenible en nuestro planeta. Y ello es de particular importancia dado que, como antes indicábamos, a partir de aproximadamente el año 2030, indican múltiples expertos (Duncan, 2007; McEwan, 2011; Brown, 2008 y Lovelock, 2007) ocurrirá el fin del industrialismo y de la era de la exuberancia. Dicha situación ocurrirá como consecuencia del fin de la era del petróleo barato, lo cual encarecerá todos los procesos industriales y producirá una falla generalizada de los servicios públicos (agua, energía, pensiones...). Esa grave situación producirá hambrunas generalizadas y guerras por todo el orbe. La crisis derivada del fin de la era de la exuberancia, del fin del industrialismo, estará asociada a las peores consecuencias del calentamiento global antropogénico y ocasionará que, en el mejor de los casos, desaparezca la mitad de los seres humanos actualmente existentes en la tierra (en el caso peor acabará con el 90% de ellos así como con la mayoría de la biodiversidad actualmente conocida, según afirma Lovelock (2007)). No pasará mucho tiempo para que se comprenda aquello que desde hace años repetían los estudiosos de la huella ecológica: se requerirían 3, 4 ó 5 planetas tierra para poder sostener los depredadores modos de consumo de las naciones "desarrolladas"...y nunca contamos con más de un solo planeta. Ese malestar social, afortunadamente, puede ser mitigado si, desde ahora, enseñamos a la población a cuidar y recolectar el agua de lluvia, a generar sus propios alimentos y a generar su energía con renovables. Pero todo ello no puede llevarse a cabo sin una vuelta a la convivialidad, sin recuperar el concepto de bien común, sin retroceder a comunidades básicas y primitivas.

 

Y antes de ello, el propio Estado debe hacerse solidario con todo el mundo, con todas las personas, con la totalidad de la población, tomando medidas como reestructurar y eliminar una parte de la deuda pública, reducir y compartir el trabajo, implantar una renta básica y una renta máxima, implantar una reforma fiscal, dejar de apoyar y subsidiar actividades y modelos de negocio contaminantes, apoyar a la sociedad alternativa, optimizar el uso del parque inmobiliario, reducir la publicidad, establecer límites ambientales, o abolir el uso del PIB como indicador de progreso económico. El Dr. Jorge Riechmann, en su ensayo "¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación", plantea cuatro principios básicos para una sociedad que pretenda sobrevivir a la crisis venidera: gestión generalizada de la demanda (es decir, autolimitación), biomímesis (imitar a la sabia naturaleza), ecoeficiencia (hacer más con menos), y precaución (no permitir el libre juego de científicos y tecnólogos inconscientes asociados a corporaciones inhumanas). Véanse las entregas anteriores para una exposición más detallada de estos principios. Son principios a los que, como antes indicamos, debe sumarse la mirada de la totalidad descrita por Rodolfo Santander (2011), la comprensión de la función exponencial presentada por Bartlett (2004) y el principio de la unidad del hombre con el resto y el mundo descrita por Heidegger. Sólo de esa manera podremos escapar del escenario apocalíptico presentado por Carl Amery (2002) en su estudio "Auschwitz. Hitler precursor del siglo XXI" (muy cercano, por cierto, al planteado por Derrick Jansen en su "Endgame") y que puede ocurrir a la humanidad, indica, desde mediados del siglo en el que nos encontramos: ante la cada vez más evidente limitación de los recursos de la tierra para la satisfacción de las necesidades básicas de una humanidad que crece exponencialmente, las naciones ricas (y los segmentos ricos de las naciones pobres) comenzarán a apropiarse de tales recursos e iniciar una eugenesia como la que los nazis practicaron contra los no arios, una especie de "doctrina del shock" a escala global. Se establecería, entonces, una sociedad claramente jerarquizada y vigilada en la cual una pequeña sección de seres humanos continuaría conservando el estilo de vida ecocida propio de la mayoría de los habitantes de las naciones ricas de nuestros días, y el resto, la enorme mayoría, viviría prácticamente esclavizada en un mundo cada vez más caótico, pobre y urbano. 

 

A este triste relato, que bien pudiera fatalmente ocurrir a la humanidad, lo llamamos el escenario del ecofascismo. El "Mundo Feliz" (Brave New World, de Huxley) es el mejor panorama ante tal situación, los peores son el "1984" de Orwell o la sociedad desgarrada descrita por George Miller en su película Mad Max (1979) e incluso la presentada por Harry Harrison en su obra "¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!", de 1966, fuente de la película "Cuando el destino nos alcance". Es ahora, por tanto, cuando tenemos que educar para la sustentabilidad y la convivialidad, y así poder construir el mundo del mañana. Lo que ahora logremos lo legaremos a nuestros hijos y a nuestros nietos. El mundo futuro, simplemente, será ecosocialista (convivial) o no será. Hace poco más de 40 años se publicó, por parte del Club de Roma Project (un grupo de intelectuales entre los que se encontraban Dennis y Donella Meadows, Aurelio Peccei y Alexander King, entre otros), el estudio "Los límites del crecimiento" (1972), texto que ya alertaba acerca de las temibles consecuencias que tendría el crecimiento sin parar de la humanidad y de los patrones de consumo propios de la globalización capitalista. Dicho informe intentó alertar a la humanidad pues sostenía con claridad que el futuro, de seguir creciendo de manera tan acelerada, no se mostraba particularmente halagüeño. Algunos años después, los diversos informes que fueron apareciendo (1990, 1995, 2001, 2007, 2013) del IPCC (ONU) ampliaron y fundamentaron todo lo afirmado por el Club de Roma, concluyendo que de no detener el crecimiento acelerado de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), la civilización humana así como innumerables especies de animales y plantas del planeta podrían extinguirse hacia el final del siglo XXI. No por otra razón varios gobernantes y líderes mundiales del planeta han sostenido la urgencia de firmar un convenio vinculante entre todas las naciones (sobre todo las más contaminantes, es decir, las más industrializadas) del mundo para verdaderamente detener la ingente emisión de GEI. Y muchos otros estadistas están de acuerdo...pero a la hora de la verdad, realmente son incapaces de llegar a acuerdos eficaces, y ello por una simple razón: ellos no son los verdaderos gobernantes de la tierra. Nuestros mandamases, tal como informó el estudio "La red corporativa global" de Vitali, Glattfelder y Battiston, son 147 grandes corporaciones a las cuales todos enriquecemos cotidianamente. El mundo actual no es, pues, gobernado por políticos sino por unas pocas grandes corporaciones transnacionales, esas inhumanas, corruptoras y solamente preocupadas por el incremento de las ganancias de sus accionistas. Esa es nuestra triste realidad. Continuaremos en siguientes entregas. 

 

Fuente Principal de Referencia: "Aprender a decrecer - Educando para la sustentabilidad al fin de la era de la exuberancia", Luis Tamayo

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