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20 diciembre 2019 5 20 /12 /diciembre /2019 00:00

La obligación de la comunidad debe ser garantizar el derecho a la mejor educación pública de calidad que tienen todos los niños y niñas. Y eso solo es posible con una red pública única, que no derive recursos públicos de nuestros impuestos a financiar opciones privadas, que garantice una oferta de plazas públicas suficientes en todos los niveles y modalidades educativas, que respete criterios pedagógicos y equitativos que beneficien a los menores y que ofrezca igualdad de oportunidades

Enrique Díez y Agustín Moreno

Otro gran engaño, falacia o falso paradigma donde se apoya normalmente la escuela concertada es en la trampa de la llamada "cultura del esfuerzo", asunto que es tratado por Julio Rogero en este artículo para el medio digital El Diario de la Educación, y que seguiremos a continuación. En efecto, se nos transmite una imagen (derivada de la cultura capitalista y neoliberal) de que todo lo que consigamos en la vida depende de nuestro esfuerzo y dedicación, de nuestras ganas y de nuestra valía personal. Pero esto hay que matizarlo bastante. Rogero explica: "La escuela oculta que la desigualdad social de partida cuando se accede a ella determina en gran medida tu futuro, y que no existe la igualdad de oportunidades, sino una falsa meritocracia en la que suelen perder los mismos". De entrada, hemos de partir (hecho que ya hemos analizado a fondo en nuestra serie de artículos "Arquitectura de la Desigualdad") de que la desigualdad se hereda, lo cual ha quedado ampliamente demostrado y documentado en los diversos informes que ONG como Intermon Oxfam o Cáritas han elaborado al respecto. Sabemos, por ejemplo, que más del 80% de los hijos e hijas de familias pobres serán también pobres. El sistema educativo, bajo un modelo de sociedad neoliberal, juega también un papel reproductor de las desigualdades sociales. En esta dinámica de la "sociedad del rendimiento", cuando se analizan las causas del fracaso escolar, es frecuente escuchar el mismo razonamiento, que culpabiliza al alumnado por no esforzarse lo suficiente en la escuela, o por no ser lo suficientemente inteligentes como para alcanzar el éxito. Algo tiene que ver también con los rancios eslóganes americanos sobre la "tierra de las oportunidades", lo cual es igualmente una soberana falacia. El mensaje consiste en decirte que si te esfuerzas, si tienes dedicación y te empeñas con todas tus ganas, podrás conseguir en la vida todo lo que desees, lo cual es absolutamente falso. El problema añadido, además, es que muchos de los que no fracasan escolarmente y logran títulos universitarios, másteres, doctorados, saben idiomas, etc., también han entrado a formar parte de la clase precaria, con frecuencia, haciendo trabajos de mucha menor cualificación que la que poseen y con sueldos de miseria. A éstos también se les acusa de no esforzarse lo suficiente en el mercado laboral para conseguir un mejor empleo, aunque ya se esforzaran en su paso por el sistema educativo. 

 

Eso no contradice, por supuesto, los datos que nos indican que, en sentido general, quienes tienen estudios universitarios encuentran trabajo antes y en mejores condiciones que quienes se quedaron a medio camino en su paso por el sistema educativo. Existen cientos de miles de personas (que se lo digan a los jóvenes exiliados laborales, por ejemplo) que viven estas situaciones con una gran frustración, sentimiento de culpabilidad y la profunda impresión de haber sido engañados por el sistema. Un sistema que les había prometido que si se esforzaban y completaban los ciclos educativos iban a verse muy bien recompensados. Las promesas de "estudia para ser algo en la vida", "si no te esfuerzas no serás nada" o "esto te servirá para el futuro" forman parte del gran engaño de una sociedad profundamente clasista, que nos oculta la realidad creada para que unos triunfen siempre y otros sean los grandes perdedores del sistema. De hecho, es el elemento más utilizado por el poder para seguir ocultando y reproduciendo la tremenda realidad de injusticia social de esta sociedad. El mensaje es que sigas esforzándote, porque en caso contrario no llegarás a ninguna parte. Del mismo modo, debes esforzarte para ser un buen emprendedor y empresario de ti mismo, es decir, autoexplotado, para poder salir adelante y competir en una sociedad de buitres carroñeros sin piedad. Pero esforzarse...¿para qué? ¿para quién? A la primera pregunta podemos responder que, dentro de la lógica dominante, es necesario esforzarse para adquirir el máximo valor en el mercado laboral; para que, con una mayor formación, puedas competir en una mejor posición en la que el capital saque más plusvalía en la sociedad del rendimiento; en el fondo, para ser más útil al sistema, sobre todo si has aprendido y te has esforzado por ser creativo e innovador. A la segunda pregunta no solemos responder porque nos han hecho creer que el esfuerzo que hagamos revierte en nosotros mismos, en nuestro propio beneficio. Sin embargo, se nos suele ocultar que el máximo beneficio de nuestro esfuerzo en la economía de mercado capitalista es para los dueños de los medios de producción. 

 

Y así, nos esforzamos para servir a un poder cada vez más difuso, donde los ricos y los explotadores están cada vez más lejos y ocultos de los pobres y los oprimidos, que son los que rentabilizan a su servicio el trabajo individual y colectivo de la mayoría de la humanidad. Son ellos los que dicen con los hechos que cada vez hay una parte mayor de personas descartables, de desechos humanos, sobrantes e inútiles para el sistema. Son los que se quedan fuera del mercado laboral, los que ya poseen cierta edad (hoy día ya es difícil encontrar trabajo si se han superado los 40 años de edad), los desposeídos, los insolventes, los subsidiados, los que no aportan "productividad" (rentabilidad económica, porque la rentabilidad social deja de importar), y en definitiva, son un lastre para el crecimiento económico y el "desarrollo" de la sociedad. Por todo ello, tal como sostiene Julio Rogero en el artículo de referencia, es absolutamente necesario desmontar y cambiar radicalmente el discurso dominante de la "cultura del esfuerzo" en el sistema educativo. Dicha cultura nos prepara para convertirnos en esclavos sumisos al poder, haciéndonos creer que nos esforzamos para nosotros mismos. Es justo por eso que crea tanta frustración, culpabilidad y sufrimiento. Pero no se nos interprete mal: nadie dice que no sea necesario esforzarse en el vivir cotidiano, y por supuesto también en la escuela. Pero hay un esfuerzo que nos conduce a ser dominados, es el esfuerzo que nos predican y nos imponen, y otro esfuerzo que nos lleva a ser libres con los demás, siendo y viviendo lo que queremos ser y vivir, en una sociedad radicalmente diferente a la actual. Julio Rogero lo expone en los siguientes términos: "Si es un esfuerzo para poder ser nosotras mismas, para desarrollar nuestras capacidades al máximo, nuestra curiosidad insaciable, nuestras inquietudes, nuestra dimensión crítica y creativa, para aprender a convivir, a cooperar, a compartir, a salir de nuestro ego, a cuidar la vida y a cuidarnos, a empatizar, a apasionarnos por saber y por conocer, por ser justos, igualitarios y fraternos, entonces sí vale la pena ese trabajo, porque nos producirá una gran satisfacción personal y colectiva. No estará basado en el triunfo sobre los demás, sino en la búsqueda colectiva de la equidad, la justifica y la vida buena para todos y todas". 

 

Ese es precisamente el esfuerzo valioso, es el esfuerzo que hay que pedir a todos los que formamos parte de la comunidad educativa, y no solo al alumnado, como se suele hacer. Se trata del esfuerzo inclusivo, individual y colectivo, para caminar hacia el cumplimiento del derecho humano fundamental a la educación buscando el éxito de todos. Es el cambio de mirada que a todos nos convendría hacer sobre la tan cacareada y manida "cultura del esfuerzo" en la escuela. Pero para poder exigir y llevar a cabo este otro esfuerzo, el que de verdad merece la pena, necesitamos "aprender a mirar desde la perspectiva de un nosotros común", en expresión de Miguel López Melero, cuyo artículo seguiremos a continuación. Se trata de la mirada inclusiva. La inclusión educativa ha sido un aspecto poco cuidado hasta ahora, y se trata de un aspecto educativo absolutamente esencial, que por supuesto el modelo de escuela pública que proponemos debería llevar a cabo. En palabras de López Melero: "La educación inclusiva nos abre la esperanza para la construcción de un proyecto de sociedad y de humanización nueva, donde el pluralismo, la cooperación, la tolerancia y la libertad sean los valores que definan las relaciones". La escuela pública debe dar respuesta al conjunto del alumnado, independientemente de la etnia, el género, la religión, la orientación sexual, la procedencia cultural...La escuela pública debe estar pensada para incluir, no para segregar. La exclusión educativa debe ser erradicada, como uno de los pilares básicos para poder erradicar la exclusión social en su conjunto. Pero aclaremos: la educación inclusiva no tiene nada que ver con la educación especial, ni con el alumnado discapacitado, ni con los programas de la educación compensatoria, ni con las adaptaciones curriculares, ni con el profesorado "sombra", sino con el hecho de construir una nueva escuela pública que dé respuesta a todas las niñas y niños, adolescentes y jóvenes, sin excepción alguna. Desde este punto de vista, es otra escuela pública la que necesitamos, una escuela pública que incluya a todos en una educación equitativa y de calidad. No es una moda, ni una tendencia educativa, sino una imperiosa necesidad social.

 

Luis Melero explica: "Pensar en niñas y niños que aprenden de distinta manera es seguir anclados en un discurso deficitario propio de tiempos pasados. Si pretendemos construir una sociedad justa, democrática y culta, la escuela pública debe ofrecer modelos equitativos donde no haya ninguna niña o niño, ni ningún joven que por razones de género, etnia, religión, hándicap, sexo, procedencia económica o social esté excluido. Mientras haya un alumno o una alumna en una clase que haya perdido su dignidad y no sea respetado como es, ni participe en la construcción del conocimiento con los demás ni conviva en condiciones equitativas a sus compañeros y compañeras, no habremos alcanzado la educación pública. Y su finalidad fundamental es que todos y todas aprendan a pensar y aprendan a convivir". El modelo educativo inclusivo se ha visto torpedeado, bajo la sociedad neoliberal, por el capitalismo, la selección del alumnado, los ránkings, los centros de "excelencia", el clasismo, la segregación, los itinerarios tempranos, la eliminación de diversas asignaturas, etc. La escuela pública no puede funcionar bajo este modelo, ha de tender hacia un modelo cuanto más inclusivo, mejor. Y ello porque hablar de inclusión en el campo educativo es hablar de justicia, y parece lógico que para construir una sociedad justa y honesta sea necesario desarrollar modelos educativos equitativos que afronten con justicia los desequilibrios existentes, ya que la educación es el medio más eficiente para romper el círculo de la pobreza y de las desigualdades en el mundo. Se vuelve por tanto imprescindible que los responsables de las políticas educativas, el profesorado y el resto de la comunidad educativa contraigamos el compromiso moral de orientar la educación hacia la equidad. No existe calidad educativa sin equidad, y no existe equidad si no se atiende ni se respeta a la diversidad del alumnado. Sólo lograremos un sistema educativo equitativo y de calidad cuando las diferencias sean consideradas como un valor y no como un defecto, cuando las aulas se conviertan en comunidades de convivencia y aprendizajes, que es lo mismo que decir en unidades de apoyo de unos a otros, donde cualquier actividad no se organice ni individual ni competitivamente, sino de manera cooperativa y solidaria. Sólo podremos hablar de equidad y de justicia social si cambiamos nuestras prácticas educativas para que nadie se encuentre excluido en nuestras escuelas. Y no se trata de ninguna utopía ni de un objetivo irrealizable, sino de un proyecto moral que nos obliga a quienes nos dedicamos a este mundo. Continuaremos en siguientes entregas.

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