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24 febrero 2020 1 24 /02 /febrero /2020 00:00
Viñeta: Rodrigo de Matos

Viñeta: Rodrigo de Matos

La idea del sumak kawsay o suma qamaña: nace en la periferia social de la periferia mundial y no contiene los elementos engañosos del desarrollo convencional. (…) la idea proviene del vocabulario de pueblos otrora totalmente marginados, excluidos de la respetabilidad y cuya lengua era considerada inferior, inculta, incapaz del pensamiento abstracto, primitiva. Ahora su vocabulario entra en dos constituciones

José María Tortosa (2009)

Nosotras y nosotros, el pueblo soberano del Ecuador decidimos construir una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay

Preámbulo de la Constitución del Ecuador (2008)

En el artículo anterior hicimos un somero repaso de las principales consecuencias esperadas debido a los graves efectos del caos climático, tomando como referencia esta vez el texto "Crisis civilizatoria: Experiencias de los gobiernos progresistas y debates en la izquierda latinoamericana", coordinado por Edgardo Lander, cuyas tesis, propuestas y razonamientos continuaremos aquí. Frente a todo este caos que se nos avecina, la lógica capitalista insiste en sus planteamientos. Y cuando concede alguna posibilidad de cambio, lo hace de forma cobarde, infantil, incompleta y reduccionista. En el texto de referencia, Edgardo Lander explica: "Un patrón ampliamente extendido en las respuestas que se formulan desde los centros de poder político, económico y científico contemporáneos, es la búsqueda de reducir la compleja interrelación de factores que inciden en las transformaciones climáticas, a unas pocas, y preferiblemente a una sola, variable. Si ésta puede ser sintetizada en una sola cifra, aún mejor. Es esto expresión del reduccionismo radical que confunde realidad con cuantificación. Así como en la economía se ha pretendido expresar la compleja realidad económica en una cifra, el PIB, en los estudios, debates y acuerdos internacionales sobre cambio climático, se ha ido avanzando en dirección a esta misma lógica reductora. Las multiformes dimensiones del colapso ambiental planetario se han reducido a un aspecto básico: el calentamiento global, entendido éste como la elevación de la temperatura promedio de la superficie terrestre. Esto a su vez ha sido reducido a una única determinación causal: la emisión de gases de efecto invernadero como consecuencia principalmente de la quema de combustibles fósiles. Seguidamente se crea un indicador sintético: la cifra de concentración de partículas de gases de efecto invernadero en la atmósfera, expresada en partes por millón, en lo que Camila Moreno ha denominado la métrica del carbono". En efecto, la obsesión de la propia lógica capitalista por reducir y cuantificar, nos ha llevado a expresar lo que es solo un indicador, una caricatura, la punta del iceberg, de lo que representa la auténtica dimensión del abismo civilizatorio.

 

Camila Moreno explica que a partir de este reduccionismo, y de las soluciones que se proponen a partir de éste, ni siquiera se da cuenta adecuada de las diversas fuentes de gases de efecto invernadero más allá de la quema de combustibles fósiles. Incorporar a las negociaciones [de las diversas cumbres climáticas] la necesidad de reducir drásticamente las emanaciones de metano que produce el ganado vacuno implicaría enfrentarse a fuertes intereses corporativos y cuestionar los patrones alimentarios carnívoros que se han expandido aceleradamente durante las décadas de expansión de la globalización neoliberal. Edgardo Lander concluye: "De esta manera, la crisis de un patrón civilizatorio antropocéntrico, patriarcal y monocultural de crecimiento sin fin es acotada como un asunto técnico". Es decir, el capitalismo intenta, siempre que puede, esquivar el asunto, reducir la problemática, esquematizar la solución, simplificar y reducir el planteamiento, no entrar al fondo de los problemas (lo que supondría evidentemente cuestionar la propia lógica capitalista), y redirigir la cuestión hacia aspectos meramente superficiales e insuficientes. El capitalismo y sus adalides jamás comprenderán que, para superar el caos climático al que nos enfrentamos, hacen falta otros modos y estilos de vida. Se limitará a intentar parchear todo lo que pueda, a alterar diversos indicadores que no plantean realmente amenaza a su supervivencia. Pero sabemos que es la propia supervivencia del capitalismo la que nos amenaza. También Camila Moreno lo ha expresado sabiamente: "...traducir una crisis multimensional ecológica y social compleja como el cambio climático a toneladas de dióxido de carbono equivalentes (CO2) --que podemos medir, contar, poseer, asignarles un precio y comerciar-- no solo reduce nuestra visión de lo que serían acciones verdaderamente transformadoras, sino que permite que actores e intereses sigan operando el sistema actual como hasta ahora" (Moreno, Speich Chassé y Fuhr, 2017). Y es que la forma en que describimos y enmarcamos un problema ya predetermina el tipo de soluciones y respuestas que podremos darle. No podemos fijarnos en el dedo, como popularmente se dice, porque nos está tapando la luna. Y concluye Lander: "Desde una perspectiva autoritariamente monocultural, se niega la posibilidad de otras opciones de vida, de otras culturas en el planeta Tierra. Perspectivas tales como el Sumak Kawsay y el Suma Qamaña o la defensa de los derechos de la Naturaleza como puntos de partida para iniciar las requeridas transformaciones paradigmáticas profundas en la relación de los seres humanos con el resto de las redes de la vida, ni siquiera merecen unos instantes de atención". 

 

Todo ello ocurre, en última instancia, por nuestra educación, mejor dicho, por nuestra deficiente educación en estos asuntos. Al igual que nuestros escolares no conocen nuestra historia reciente (nos referimos al franquismo), tampoco conocen los fundamentos de la ecología social, simplemente porque no se les han enseñado. El resultado se nos aparece bien claro: cientos de miles de personas adultas que no conocen ni son conscientes de que vivimos en un mundo insostenible (ni siquiera conocen el concepto de sostenibilidad), que no se cuestionan el progreso, el desarrollo y el crecimiento (bajo sus exclusivas visiones capitalistas), que practican un culto irracional a la tecnología, que entienden la ciencia como un valor absoluto, que no les llama la atención el proceso de mercantilización de la vida que sufrimos, que ignora los límites biofísicos de nuestro planeta, que mira al más allá en vez de al más acá, que cree que los sistemas de energía son inagotables, que practican el etnocentrismo y el desprecio por las demás culturas, que trivializan el concepto de información, que son forofos consumidores, que son amantes de la velocidad (desde todos los puntos de vista), que no pueden ni saben explicar las guerras y los conflictos, que naturalizan la propiedad privada, que no saben valorar dónde se encuentra el bienestar y la calidad de vida, que reducen el trabajo humano al mero empleo productivo concreto (incluso valoran los trabajos basura), que no respetan a la naturaleza (no respetan el mar, ni los bosques...), que despilfarran el agua, que no valoran lo biodiversidad, que no conceden derechos a los animales, y un larguísimo etcétera de errores, ignorancias, mentiras, ocultaciones y falsedades. La lista de falacias que se creen y se practican sería interminable. La educación en sostenibilidad y en ecologismo social es prácticamente nula. Necesitamos otra mentalidad, cambiar de gafas para mirar el mundo de otro modo, desde otro prisma, bajo otra perspectiva. Es justo lo que estamos intentando en esta serie de artículos. Y así, nuestra educación (nos referimos sobre todo a la escolar, a la que nos enseñan en escuelas e institutos) adolece de una formación equilibrada para desmitificar ciertos asuntos, y ensalzar otros. En sentido general, permanecen invisibles aquellas tareas que construyen la sostenibilidad (crear la vida, desarrollarla, cuidarla y mantener la biodiversidad), mientras que están sobrerrepresentadas las actividades que provocan la insostenibilidad (la producción y el consumo, la construcción de grandes infraestructuras, las guerras y los conflictos armados, la cultura de la velocidad...). Con estos mimbres educativos, evidentemente, no podemos esperar luego que la sociedad esté repleta de adultos muy capaces de siquiera imaginar otros mundos posibles. 

 

En nuestra educación, y en la que ahora mismo están aprendiendo nuestros hijos e hijas, la historia, la ciencia, la técnica, incluso los valores morales son contemplados desde una perspectiva evolutiva en la que de forma incuestionable se va de peor a mejor. La mágica palabra "modernidad" legitima todo aquello con lo que es asociada. Nos han enseñado (equivocadamente) que en el pasado se sitúa la barbarie, el esclavismo y la superstición, y en el presente el progreso y el conocimiento. Apenas se mencionan los límites ni todo aquéllo que va a peor: el agua, el aire, el suelo, la biodiversidad, la diversidad cultural, la extensión del manto vegetal, el desorden radiactivo, el desorden genético...En ningún caso se menciona como barbarie el desorden creado por el desarrollo basado en la simple extracción de elementos a la naturaleza. Hemos sido educados para plantear soluciones individuales e insignificantes, nunca en contra del sistema y de la lógica productivista. Con frecuencia aparecen soluciones como apagar la luz, no tirar papeles al suelo, cerrar el grifo o reciclar papel. Nunca se nos ha enseñado nada parecido a calmar el tráfico, denunciar la construcción de grandes aeropuertos o abstenerse de merendar chocolatinas de multinacionales depredadoras. La organización Ecologistas en Acción (una de las más activas y prestigiosas de nuestro país) ha llevado a cabo un profundo estudio de las deficiencias de nuestra educación (con comparativas en cientos de libros de texto procedentes de varias editoriales), que nosotros estamos exponiendo a fondo en nuestra serie de artículos sobre la Reforma Educativa, y señala por ejemplo: "También es significativo aquello de lo que no hablan los libros de texto: no hablan de las multinacionales, del reparto del poder, de las culturas arrasadas, de las aportaciones de las mujeres, de los sindicatos, de los movimientos alternativos (aunque sí de las ONG's de ayuda), de la autosuficiencia, de los proyectiles reforzados con uranio, de las aficiones de bajo impacto ecológico, de los bancos, de la pérdida de soberanía alimentaria, del modo en que se impone la comida basura, de las personas homosexuales, de la vida que desaparece debajo de las autopistas, de la otra cara de la Unión Europea, de las campesinas que viven del bosque y lo cuidan, de las patentes de las semillas, de los placeres del sexo, de los inmigrantes que vienen en autobús, de las soluciones colectivas, del lavado de imagen verde de las grandes empresas, de los dueños y de los daños de la televisión, del final del combustible fósil, de las cargas de la policía, ni de las mentiras de los libros de texto". 

 

Podrían (y deberían) entenderse como sociedades más desarrolladas aquellas que son más sostenibles, lo que implicaría redefinir por completo la evolución histórica y los conceptos de adelanto y atraso, así como los consabidos y manidos conceptos de "progreso", "desarrollo", "bienestar" o "crecimiento". Todos ellos han sido fatalmente reapropiados por la cultura del capital, pero deben ser resignificados. Sería por tanto interesante problematizar los términos progreso, desarrollo, crecimiento y riqueza en lugar de darlos por supuestos. Una forma de hacerlo sería dejar de utilizarlos siempre de forma acrítica y optimista. Pero necesitamos, en cualquier caso, un nuevo marco de referencia para repensar nuestra ubicación e identidad en relación con la naturaleza. Víctor Toledo viene defendiendo desde hace muchos años la pertinencia de la formación de una "conciencia de especie", de manera que la identidad de las personas no solo surja de la pertenencia a un pueblo o a una nación, cultura, clase social, grupos de estatus o de la acción de profesar una religión o una ideología, sino también, y antes de cualquier otra cosa, de sentirse parte "de una especie biológica, dotada de una historia y necesitada de un futuro, y con una existencia ligada al resto de los seres vivos que integran el hábitat planetario, y por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo (...) La conciencia de especie otorga a los seres humanos una nueva percepción del espacio (topoconciencia) y del tiempo (cronoconciencia), que trasciende la estrechísima visión a la que le condena el individualismo, racionalismo y pragmatismo del Homo economicus". Esta conciencia es la más ligada a nuestra identidad biológica, como seres vivos, antes incluso que como seres sociales o culturales. Y es, como decimos, quizá aquella conciencia que mejor se adapte a nuestra relación con la naturaleza, en el sentido de dotarnos del sentido irrenunciable de pertenencia a ella, de inclusión en ella, de interrelación con multitud de otros seres vivos que ella alberga, y de interdependencia y ecodependencia con otros seres humanos y con la propia biosfera. En este sentido, Víctor Toledo acuña también la expresión "Memoria biocultural" para referirse a todo aquel bagaje que nos viene dado por herencia de nuestra especie, a todo el conjunto de saberes y conocimientos ancestrales que el ser humano viene cultivando, asimilando, aprendiendo y practicando con la naturaleza, y con el resto de seres vivos. Ni qué decir tiene que no podemos perder esta memoria biocultural, que no podemos olvidarnos de ella, sino que en vez de alejarnos de ella (hecho que ha sido propiciado por el avance de la civilización industrial capitalista), hemos de volver a recuperarla, a cultivarla y a respetarla, a transmitirla y a guiarnos de ella, a modo de una ancestral intuición que nos ayude a integrarnos con la naturaleza, a ser uno con ella. Continuaremos en siguientes entregas.

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