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2 marzo 2020 1 02 /03 /marzo /2020 00:00
Viñeta: David Kerr

Viñeta: David Kerr

Desde esta perspectiva, el medio ambiente no se encuentra fuera y separado de mí, soy todo y cada una de las partes que lo componen. Me contiene y lo contengo, así como el mundo no está fuera de mí, sino en mi conciencia, como dice Krisnamurti: “usted es eso”, de manera que soy el mundo, soy las aves, los océanos, los montes y los ríos, soy tú, tu alegría, tu tristeza y tu esperanza; pese a mi olvido, Soy todo, somos todo

Juventina Salgado

Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el Hombre

Fidel Castro

Visto lo visto, un concepto (citado en varias ocasiones durante esta serie de artículos) que conviene precisar y explicar con detalle es el de "Deuda Ecológica", ya que precisamente la reversión de la misma es uno de los objetivos principales del Decrecimiento, en lo que se refiere a la relación entre los países del Norte y del Sur global. Para hacerlo tomaremos como referencia el magnífico artículo "Decrecimiento y cooperación internacional", de Giorgio Mosangini, publicado en el digital Rebelion. Partimos de la base, como ya hemos explicado en varios artículos de la serie, de que el objetivo primordial de la economía convencional, como es el crecimiento económico ilimitado, tiene que ser descartado al ser contradictorio con las leyes fundamentales de la naturaleza. Entonces, los modelos de economías y sociedades tienen que volver a respetar la capacidad de carga de la tierra y reconocerse como subsistemas dependientes de la biosfera, o si preferimos, los parámetros económicos han de respetar los límites biofísicos del planeta. Bien, pero tal y como ha evolucionado el panorama internacional, con las tremendas desigualdades sociales entre los diferentes países, y dentro de cada país en cuestión, la siguiente pregunta podría ser: ¿Alcanzar dicha meta tiene las mismas implicaciones para los países del Norte y del Sur? Es evidente que al partir de una situación de desigualdad, no podemos medir a todo el mundo por el mismo rasero. Y así, mientras los países (y sus habitantes) del Norte global han consumido en exceso los límites disponibles, los países (y sus habitantes) del Sur global lo han hecho por defecto, y muchos de ellos no tienen aún hoy día garantizados sus mínimos vitales de subsistencia. Alcanzar por tanto el Buen Vivir, pasando por una solución de decrecimiento, no puede medirse igual en todas partes, si no pretendemos olvidarnos de la justicia social, además de la justicia ecológica. La capacidad de regeneración del planeta impone un techo máximo de consumo. El consumo ilimitado condena la sostenibilidad ambiental y social de la tierra. Ahora bien, la responsabilidad en el exceso de crecimiento no recae en el conjunto de la población mundial. Son los países del Norte, el modelo de crecimiento occidental, los que están llevando al planeta al borde del colapso. 

 

La ideología del crecimiento contabiliza la mayoría de sus efectos negativos como algo positivo, es decir un incremento del PIB. De esa manera, la ciencia económica invisibiliza la insostenibilidad ambiental de nuestro modelo. ¿Cómo podemos sacarla a la luz y analizarla? Debido a la complejidad de valorar económicamente la insostenibilidad de la economía, la economía ecológica ha elaborado diversos indicadores e índices multicriteriales para valorar el impacto de la economía humana sobre el medio ambiente. Así, frente a la incapacidad de la economía dominante de incorporar adecuadamente en sus análisis su impacto en la biosfera, los índices elaborados desde la crítica ecológica a la economía permiten visualizar y valorar la insostenibilidad de nuestros modelos de producción y consumo. Hay muchos índices distintos y se trata de mediciones parciales e imperfectas, ya que intentan reflejar realidades muy complejas a través del análisis de distintos criterios necesariamente limitados. Aún así, permiten tener claridad sobre el aspecto esencial: las sociedades occidentales han alcanzado un grado de insostenibilidad ecológica muy preocupante para la supervivencia del planeta. Además de visibilizar la insostenibilidad respecto a la biosfera, distintos índices también permiten visualizar las diferencias Norte-Sur en la explotación del medio ambiente y respecto a las consecuencias negativas de los impactos ecológicos. Es el caso de la Huella Ecológica o del índice que ha popularizado la idea de "mochila ecológica" (que recoge todos los impactos de un producto a lo largo de su ciclo de vida). La huella ecológica es un índice elaborado por Mathis Wackernagel que se ha popularizado mucho en los últimos años, fundamentalmente mediante su uso y divulgación por parte del WWF o de la Global Footprint Network. "La Huella Ecológica mide la demanda de la humanidad sobre la biosfera, en términos del área de tierra y mar biológicamente productiva requerida para proporcionar los recursos que utilizamos y para absorber nuestros desechos" (WWF 2006). Es un indicador multicriterial que recoge solamente una parte de nuestro impacto sobre el planeta. Básicamente intenta medir el área productiva necesaria para abastecer el consumo humano y absorber sus desechos con relación a los siguientes factores: asentamientos humanos, energía nuclear, emisión de dióxido de carbono, pesca, explotación de bosques, pastoreo y agricultura. No toma en consideración otros elementos fundamentales del impacto humano sobre la tierra como puede ser el consumo de agua dulce.

 

Aún con sus limitaciones, la Huella Ecológica permite evidenciar que desde los años 90, aproximadamente, la humanidad ha superado la capacidad de carga de la tierra. Así, desde entonces, nuestro consumo supera la posibilidad regenerativa de la biosfera. Esta tendencia incrementa sin parar debido al crecimiento económico y en el año 2003 el consumo humano ya había superado en un 25% la capacidad de regeneración del planeta. ¿Cómo es posible que la humanidad consuma más de lo que el planeta pueda producir? Hay dos mecanismos fundamentales que explican esta situación: el derroche de los recursos que la tierra ha acumulado durante su existencia y la desigualdad social creciente en el acceso a los mismos. En el último cuarto de siglo, por primera vez en su historia, la humanidad ha dejado de vivir sobre los "intereses" generados por la biosfera y depende del despilfarro de su "capital". Seguir por este camino hace cada vez más grande el riesgo de generar impactos irreversibles y condenarnos al colapso de los ecosistemas y de la biosfera, impidiendo la continuidad de la vida humana en la tierra y quizás de cualquier forma de vida. En cuanto a la desigualdad social, son los países industrializados del Norte, los centros del capitalismo globalizado, los que están malgastando los recursos del planeta de manera desproporcionada, mientras que la mayoría de los países del Sur, el grueso de la población mundial, siguen viviendo sin alcanzar el techo ecológico máximo marcado por los grandes ciclos de la naturaleza. En definitiva, la Huella Ecológica nos permite situar en los países del Norte la responsabilidad de la destrucción creciente de la biosfera y la amenaza a su continuidad. A modo de ejemplo, para que fuera posible extender el modelo de consumo de un ciudadano promedio de EEUU al conjunto de la población mundial se necesitarían 5,3 planetas. En el caso de la UE, tendríamos que disponer de casi 3 planetas. Los países del Norte viven así en un mundo imposible gracias al deterioro irrevocable de la biosfera y a la confiscación de los recursos del resto de la población de la tierra. A escala global, debido a que la capacidad de carga de la biosfera ya se ha superado, aparece de manera clara que no se trata solamente de que el modelo occidental no sea extensible a escala universal. Ni tan siquiera se puede mantener en el Norte en sus condiciones actuales.

 

La degradación creciente de materia/energía producto del proceso económico así como su impacto en el incremento de las desigualdades e injusticias sociales, origina lo que podríamos llamar una deuda del crecimiento. El precio del agotamiento de los recursos naturales y de la degradación de la biosfera, así como del incremento de las desigualdades sociales son pagados por una gran mayoría de países y personas, mientras una minoría se aprovecha de los beneficios del crecimiento (el 20% de la población mundial consume el 80% de los recursos del planeta). Las relaciones entre países del Norte y del Sur no son la única manera de entender la deuda del crecimiento. También se puede plantear a escala individual. Una persona que vive en Barcelona, por ejemplo, y se desplaza en coche (incrementando el PIB a través de la compra del coche y de la gasolina y contaminando el entorno) es deudora de crecimiento respecto a otra persona que se desplaza en bicicleta (cuyo consumo de materia/energía e impacto ambiental vinculados al transporte son casi nulos). De la misma manera, en el seno de los países del Sur, una minoría enriquecida es deudora de crecimiento respecto a la mayoría de la población empobrecida. Pero esta deuda ecológica o del crecimiento también posee una vertiente intergeneracional, porque desde otra perspectiva, la deuda del crecimiento no solamente se plantea entre vivos sino también con respecto a las generaciones futuras. El mecanismo de mercado ha sido definido en este caso por Georgescu-Roegen como una verdadera dictadura del presente sobre el futuro. "Si todas las generaciones pujaran desde un principio por el depósito de carbón, el precio de éste "in situ" se elevaría al infinito (...) el mecanismo de mercado no puede proteger a la humanidad de una crisis económica en el futuro (y mucho menos asignar recursos óptimamente entre generaciones), aunque intentemos fijar los precios "correctamente". Tal y como expresaba de manera gráfica el economista rumano, cada vez que producimos un coche lo hacemos al precio de la disminución de vidas humanas en el futuro. Pero para la vertiente que nos ocupa, la deuda del crecimiento la generan fundamentalmente los países del Norte - son los deudores de crecimiento - mientras que los países del Sur sufren y pagan sus consecuencias - son los acreedores de crecimiento. La mayoría de la población del Sur tiene una responsabilidad casi nula en el sobreconsumo de materia y energía a escala global y en la generación de las crisis ecológicas que vivimos.

 

La responsabilidad, entonces, recae esencialmente en los países del Norte y las élites del Sur. Sin embargo, son los primeros los que sufren la mayor parte de las consecuencias negativas del modelo de crecimiento y consumo existente en Occidente. Individualizar los procesos que generan esta deuda y las distintas naturalezas de la misma es complejo, ya que, como hemos mencionado anteriormente, el sistema económico se encarga de invisibilizarlas sistemáticamente. Aún así, se han ido definiendo distintos tipos de deudas que componen la deuda del crecimiento. Ésta engloba el conjunto de deudas que el Norte tiene respecto al Sur: ecológica, social, cultural, histórica, económica, etc. La deuda ecológica, entonces, no es más que una manifestación de las múltiples que posee esta deuda del crecimiento. En el artículo de la próxima semana entraremos brevemente a comentar el significado de cada uno de estos tipos de deuda, pero de entrada, como comentábamos más arriba, en este asunto está claro que existe un evidente desequilibrio. Hemos sostenido que el decrecimiento no puede afectar a todo el mundo por igual, dado que la huella ecológica que generan los países, y los niveles de consumo que poseen sus habitantes, no es el mismo, existiendo mucha diferencia entre los países del Norte y del Sur global. Siglos de imperialismo y décadas de expansionismo capitalista, de explotación de los recursos naturales y de mano de obra barata, han conducido a esta enorme desigualdad. Por ejemplo, la huella ecológica sobre el planeta de un estadounidense medio es del orden de unas 18 veces mayor que la de un ciudadano medio de Haití o de la República del Congo. En cuanto a las emisiones globales de CO2, la mitad de ellas corresponden a menos del 10% de la población mundial. Por otra parte, no se trata, claro está, de condenar todo consumo, sin matizaciones. Es preciso disminuir, sobre todo, el consumo innecesario e irresponsable y evitar el de productos que tienen un gran impacto negativo sobre el medio natural, pero sin olvidar que el consumo contribuye al desarrollo humano cuando mejora la calidad de vida de unas personas sin menoscabo de la vida de las demás. Así, mientras que la mayoría de los habitantes de Estados Unidos, Europa o Canadá deberían consumir menos y eliminar un derroche que no contribuye en nada a la calidad de vida, para más de 800 millones de las personas más pobres del mundo, aumentar su consumo es cuestión de vida o muerte y un derecho básico. Continuaremos en siguientes entregas.

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